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Relatos Ardientes

Lo cité mientras todavía sentía a mi novio dentro

El miércoles santo me desperté sin ganas de hacer nada. Lucas se había ido a trabajar a las seis, después de un polvo rápido y caliente, y me dejó tumbada en la cama con las sábanas revueltas y esa sensación pegajosa que tantas veces me había gustado y que aquella mañana, no sé por qué, me supo a poco.

Me metí en la ducha, me depilé las piernas con calma y, mientras el agua me caía por la espalda, miré el móvil. Tenía una notificación. Sonreí antes de leerla.

«¿Estás sola?», decía.

Era él. Damián. El último hombre con el que me había acostado antes de empezar con Lucas. Llevábamos meses sin vernos, pero cada tanto se asomaba con un mensaje. Siempre el mismo tipo de mensaje. Siempre cuando sabía que estaba sola.

«Sí —le contesté—. Me estoy depilando. ¿Por?»

«He visto que tu novio se ha ido. Tengo ganas de verte.»

Me quedé mirando la pantalla. No me sorprendía del todo. Damián vivía en el edificio de enfrente y desde su balcón se veía perfectamente nuestro portal. A mí siempre me había parecido inquietante; aquella mañana, en cambio, me pareció cómodo.

«¿Para qué?», escribí.

«Antes ni me lo hubieras preguntado.»

Tenía razón. Antes, cuando lo nuestro era un secreto sin nombre, no le pedía explicaciones. Cuando me escribía bajaba al portal, le abría la puerta y subíamos juntos sin hablar. Bastaba con mirarse.

«No es que no quiera verte —le contesté—. Es que todavía me sale semen de Lucas. Acaba de terminar antes de irse.»

«¿Te ha dejado satisfecha?»

Me mordí el labio. No supe qué responderle. Lucas era atento, paciente, generoso. Le gustaba tomarse su tiempo y mirarme a los ojos cuando se corría. Pero había algo, alguna cosa pequeña y precisa, que con Damián no necesitaba fingir. Una manera de tocar, una manera de mirar, una manera de ponerme contra la pared sin pedir permiso que solo él tenía.

«Me gusta verlo disfrutar conmigo —escribí—. Pero yo necesito más. Contigo no tenía que fingir nada.»

«¿Quieres que termine yo lo que ha empezado otro?»

«Ufff, cabrón. No quiero ponerle los cuernos con lo bien que se porta. Pero me pones a mil. ¿No te importa mezclar tu leche con la suya?»

«Cuando te vea desnuda no me voy a poder acordar de nada. Solo de las ganas que tengo de cogerte.»

Suspiré. Suspiré largo, despacio, mirando la mancha de humedad que se me había hecho en el camisón.

«Espera —le escribí—. Voy a llamarlo para asegurarme de que no se haya olvidado nada.»

Marqué el número de Lucas con el corazón latiéndome contra el esternón. Tardó tres tonos en responder.

—Cariño, ¿todo bien?

—Sí, sí —le dije, y la voz me salió más natural de lo que esperaba—. ¿No te has olvidado nada? Quería ir al supermercado y, si vuelves a por algo, te espero.

—No, voy con todo. Llego a las nueve y media. Te quiero.

—Y yo a ti.

Colgué. Me temblaban las manos. Volví al chat de Damián.

«Ven. Te espero paciente.»

Apenas había soltado el móvil cuando sonó el portero automático.

—¿En serio? —le pregunté riendo cuando descolgué—. ¿Estabas abajo?

—No aguanto las ganas.

Le abrí. Dejé la puerta del piso entornada y crucé el pasillo descalza. La cama grande, la que comparto con Lucas, ni la toqué. Me metí en el cuarto pequeño, el de invitados. Ese era el nuestro. Cuando Damián venía, era ahí donde íbamos siempre. Una vez le pregunté por qué y me contestó que era más íntimo. Yo sabía que en realidad era porque no quería joderme con detalles que pudieran quedarse en la otra habitación, donde dormíamos Lucas y yo.

Me tumbé encima de la colcha, abrí las piernas y esperé. Llevaba el tanga negro que me había comprado Lucas la semana anterior. Damián siempre me había preferido medio vestida, con la ropa interior puesta y el cuerpo casi a su alcance, pero no del todo. Esa anticipación, decía, era media función.

Escuché la puerta cerrarse, escuché sus pasos por el pasillo y lo vi apoyado en el marco con esa media sonrisa que siempre se me clavaba en el estómago. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos y los vaqueros viejos de siempre.

—¿Cuánto hacía que no te veía así? —dijo en voz baja—. Estás muy rica.

—Demasiado.

Avanzó sin prisa. Se quitó la chaqueta, la dejó caer en la silla, se descalzó. Le gustaba alargar el momento. Cada gesto era una promesa.

—Estoy ardiendo desde que me has escrito —le confesé—. Necesito correrme, por favor. Hace un rato no he sabido.

—Vamos a ver qué hago yo entonces.

Se arrodilló a los pies de la cama y empezó por los tobillos. Subió besándome los gemelos, la cara interna de las rodillas, los muslos. Iba despacio, demasiado despacio, y eso me ponía nerviosa. Notaba su aliento caliente sobre la piel y, cada vez que su boca se acercaba al tanga, daba un rodeo y volvía a empezar.

—No me hagas esto —murmuré.

—Sí —contestó él—. Esto te lo voy a hacer todo.

Apartó la tela con dos dedos y, sin mirarme, deslizó el índice y el corazón dentro de mí. Estaba empapada. Estaba empapada del polvo de Lucas y de las ganas acumuladas de las últimas semanas, y lo notó al primer roce.

—Joder, Carolina —dijo con una sonrisa que no era de burla—. Estás hecha un desastre.

—Es culpa tuya.

—Es culpa mía, sí.

Bajó la cabeza y pegó la lengua al clítoris con la presión justa. La movía rápido, en círculos pequeños, y a la vez seguía con los dedos dentro, buscando ese punto que solo él encontraba a la primera. No me dio tregua. No me dejó respirar.

—Aaah, cabrón, no aguanto —jadeé—. Me corro, me corro ya.

—Córrete.

Me corrí como en aquella primera tarde después de la pandemia, cuando volvió a aparecer en mi vida tras meses de silencio. Me corrí solo con que me rozara, con un grito largo que se me escapó de la garganta sin permiso. Le clavé los talones en la espalda y le tiré del pelo.

Cuando volví a abrir los ojos, él me miraba desde abajo con la barbilla brillando.

—Qué rico verte jadear —dijo.

—Qué ganas tenía de ti. Gracias.

—Pero si estás jugando la Champions —se rio—. Desde aquel febrero no te ponías así.

—Tu polla me vuelve loca —le contesté, sentándome para alcanzarle el cinturón—. No sé qué tienes.

—Pues mámamela como antes.

Se quitó el resto de la ropa de pie, sin perder de vista mi cuerpo, y me empujó suave hasta tumbarme de lado. Se colocó en el sesenta y nueve, encima de mí, con ese culo firme delante de la cara y las piernas abiertas a ambos lados de mi cabeza. Lo agarré con las dos manos y me lo metí entera en la boca.

***

Damián tenía una manera de comer concentrada, casi obsesiva. Hacía pausas, lamía despacio, me chupaba con cuidado, y cada tanto volvía con la lengua plana sobre el clítoris y yo perdía el ritmo. Pero yo lo conocía. Sabía que se le ponía dura más rápido cuando lo hacía con la garganta abierta, sin manos. Y lo hice.

Empezó a moverse encima de mí, embistiendo despacio, y yo le seguía. Sentía cómo se hinchaba, cómo se ponía cada vez más caliente, cómo se le tensaban los muslos contra mis orejas. Le subí una mano por el sacro y, sin pensarlo demasiado, me mojé el dedo índice con su propia saliva y se lo metí en el ano hasta el primer nudillo.

—Joder —gimió contra mí—. Joder, Carolina.

—Cállate y sigue —le dije, y volví a la mamada con más rabia.

Y siguió. Siguió hasta que sentí cómo se le aceleraba la respiración, hasta que se le escapó un gemido grave que era más bien un gruñido animal. No saqué el dedo. Le agarré la base con la otra mano y se la dejé entera dentro de la boca cuando se corrió.

—Me corro, me corro, joder, qué rico la mamas —dijo casi sin voz.

—Y yo otra vez —contesté yo entre tragos—. Joder, cómo me pones con el dedo ahí.

Tragué casi todo. Lo poco que se me escapó por la comisura me lo limpió él mismo con el pulgar mientras se reía. Eres mala, eres mala, eres mala, pensé yo, repitiéndomelo como un mantra para no asustarme de mí misma.

—Eres mala —dijo él en voz alta, como si me hubiera leído.

—Y tú peor.

Se dejó caer a mi lado. Estábamos los dos sudados, pegajosos, con el corazón retumbando en cada arteria. Me abrazó por la espalda, me besó el cuello y me tapó con la sábana hasta la cintura. Iba a decirle algo, no recuerdo qué, pero antes de hablar se me cerraron los ojos.

***

No sé cuánto dormimos. Sé que soñé con la playa, con un perro que ladraba y con el portal de la casa de mis padres. Sé que soñé con cosas viejas, porque quedarme dormida al lado de Damián siempre me devolvía a una versión de mí que ya no existía. Una versión más joven, más libre, más estúpida también.

Y entonces escuché las llaves.

Abrí los ojos de golpe. La luz que entraba por la persiana ya no era la de la mañana. Era amarilla, baja, de tarde. Me incorporé tan rápido que me mareé y tuve que apoyar la mano en la pared para no caerme de la cama.

—Damián —susurré—. Damián, despierta.

—¿Qué? —murmuró él sin entender, con la voz pastosa.

—Las llaves —dije, y le tapé la boca con la mano—. ¿Qué hora es? ¿Qué hora es, joder?

Buscó el móvil en el suelo, lo desbloqueó. La pantalla se le encendió en la cara y le vi el reflejo en los ojos antes de mirar yo misma. Y entonces, desde el otro extremo del pasillo, se oyó la puerta abrirse y la voz de Lucas llamándome desde el recibidor, alegre, ajena, perfecta.

—¿Cariño? Te he traído algo.

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Comentarios (6)

RubiaPicara

Dios mio... qué relato. Me dejo sin palabras. Más!!

SantiMdP

El arranque es brutal, no te suelta hasta el final. Muy bueno

AndreaMdq

jajaja la audacia de la protagonista me mato!! que relato mas picante

MarisolSC

Por favor una segunda parte, me quedé con ganas de saber cómo termina todo esto

pablito_33

Buenisimo, se nota que saben escribir. Esa tension del principio... tremenda

NocheDespierta

me recordo a algo parecido que lei hace tiempo pero este está mucho mejor contado. Seguí así!

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