El parque, el uniforme y el hombre que no era mi novio
Me llamo Camila y mido apenas un metro cincuenta. Tengo el cuerpo menudo, las caderas anchas para mi estatura y unos pechos que me quedan demasiado grandes para los uniformes de la escuela. Esto que voy a contarles pasó cuando todavía era novia de Mateo y, sin que él lo supiera, estaba aprendiendo a ser otra cosa entre las manos de Damián.
Damián era diez años mayor que yo. Trabajaba en un taller cerca de la avenida y, desde que me vio una tarde esperando el camión, no me dejó en paz. Me escribía a las horas más raras. Me mandaba mensajes en clase, mensajes en la cena, mensajes mientras yo intentaba pelearme con mi novio por teléfono. No tardó mucho en convencerme de cosas que ni siquiera me atrevía a pensar.
Esa mañana me despertó un mensaje suyo antes de que sonara la alarma.
—No vayas a la escuela. Paso por ti para llevarte a desayunar… aunque ya sabes que no es solo el desayuno.
Sonreí mirando la pantalla con la cara hundida en la almohada. Le contesté con el corazón yéndome a mil.
—Está bien, te veo. Pero voy a ir con el uniforme.
—Mejor —respondió enseguida—. Así me encantas más. Toda santita por fuera, y conmigo otra cosa.
No supe qué inventarle a mi mamá, así que terminé saliendo a la misma hora de siempre. Pensé que entraría a las dos primeras clases y le pediría a Damián que pasara después. La falda me quedaba más corta que el año anterior, y cada vez que me sentaba sentía la tela tirando del muslo. Eso, esa mañana, me parecía a propósito.
Durante la segunda hora, el teléfono me vibró debajo del cuaderno.
—No sabes las ganas que traigo de verte. No te tardes.
Le contesté que faltaba poco. La profesora hablaba de algo que ni recuerdo. Yo solo miraba el reloj y se me iba la respiración cada vez que pensaba en lo que vendría después. Cuando terminó la clase, me llegó otro mensaje.
—Estoy afuera. Sal ya.
Le dije a mi compañera que me sentía mal del estómago y me fui antes de que sonara la chicharra para la tercera hora. Crucé el patio con la mochila contra el pecho, como si así pudiera disimular que el corazón me golpeaba en las costillas. Cuando llegué a la puerta, su carro ya no estaba.
Este hombre no me deja en paz… y me encanta.
Caminé hasta el parque que queda a tres cuadras, el mismo donde de niña iba con mi abuela. A esa hora estaba casi vacío. Solo unos señores jugando dominó en las mesas de cemento y, más lejos, una señora con un perro. Me senté en una banca a esperarlo. Cada vez que pasaba un carro, levantaba la cabeza.
—Más te vale que llegues —murmuré para mí, sonriendo sola.
Apareció a los quince minutos. Caminó hacia mí sin apuro, con esa forma suya de mirar que me hacía sentir desnuda incluso con el uniforme puesto. Se paró delante de la banca y me recorrió de arriba abajo.
—Mira nada más —dijo—. Te queda demasiado bien ese uniforme. Dan ganas de arrancártelo aquí mismo.
Me puse de pie y él me besó así, sin avisar, con la mano en mi nuca y la lengua entrando en mi boca como si llevara semanas esperando ese momento. Me sentí floja desde los pies. Cuando se separó, deslizó un brazo alrededor de mi cintura y me pegó a él.
—Te extrañé —susurró en mi oído—. Necesito tocarte ya.
La otra mano bajó hasta mi muslo y empezó a subirme la falda. Yo se la sujeté un instante.
—Nos pueden ver —murmuré.
—Que vean —contestó sin mover los ojos de los míos—. Tú eres mía y a lo mío yo lo toco donde quiera.
Sentí el calor subiéndome por el cuello. No era solo nervios. Era una mezcla rara de vergüenza y de ganas, de querer decirle que no y de querer que no me hiciera caso. Subió la mano todavía un poco más. Yo ya estaba mojada antes de que llegara a tocarme.
—Dime que te gusta —insistió, con la voz baja.
—Sí —contesté—. Me encanta. Haz lo que quieras conmigo.
Miré hacia los señores del dominó. Ninguno levantaba la vista. Aun así no quise arriesgarme.
—Vámonos más adentro —pedí—. No quiero que pares.
—Eso quería oír —dijo sonriendo—. Vamos a escondernos. Aunque no tanto.
Me tomó de la mano y caminamos hasta la zona de juegos. Era de esas estructuras grandes de plástico, con toboganes, una escalera y una casita arriba que sirve para descansar entre tramo y tramo. A esa hora no había ningún niño. Me hizo subir primero. Lo escuché reírse atrás de mí mientras me miraba la falda.
—Aquí está perfecto —dijo cuando los dos estuvimos arriba—. Nadie nos va a interrumpir. O eso espero.
***
La casita era estrecha y olía a plástico calentado por el sol. Me senté en el rincón y él se acomodó frente a mí. Antes de que pudiera decir nada, su mano ya estaba debajo de mi falda otra vez, abriéndome con los dedos por encima de la tela de la tanga.
—Mira nada más cómo estás —susurró—. Ya te tengo empapada.
Apretó la mano contra mí. Yo me mordí los labios para no soltar ningún ruido. Por la rendija de la casita se veía el sendero del parque. Cualquiera que mirara hacia arriba en el ángulo correcto podía adivinar dos siluetas.
—No te aguantes —me provocó—. Me gusta escucharte.
Movió la tela a un lado y me metió dos dedos lentos, muy adentro. Se me escapó un quejido y él me tapó la boca con la otra mano.
—Eres una niña muy obediente —dijo, con la sonrisa pegada a mi oreja—. Y me encanta cuando te vienes. Hazlo para mí.
—No puedo —susurré entre sus dedos—. Nos van a oír.
—Sí puedes. Ven para mí.
Aguanté lo que pude. Sus dedos entraban y salían con un ritmo que no me daba descanso. Cuando ya no fui capaz de retener nada, me vine apretando los dientes contra su palma y temblando entera. Él no me soltó la boca hasta que dejé de moverme.
—Eso —dijo bajito—. Así me gusta.
Sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó delante de mí, sin dejar de mirarme.
—Sabes a mí —murmuró—. Podría quedarme así todo el día.
Pensé que ahí terminaba. No fue así.
—Quítate la tanga —me ordenó—. Ahora.
Bajé la voz hasta convertirla en un hilo.
—¿Aquí?
—Aquí. Obedece.
Yo había llegado al parque sabiendo que iba a hacer todo lo que me pidiera. Me la bajé hasta los tobillos, la enrollé y la dejé a un lado, sobre el plástico. Él se rio sin ruido.
—Así me gustas. Obediente.
Me tomó de los hombros y me hizo recostarme con la cabeza sobre sus piernas. Se desabrochó el pantalón y la sacó, dura y caliente, casi pegada a mi mejilla. La olí antes de meterla en la boca. Sabía a él.
—Eso —decía mientras yo lo chupaba—. Como sabes hacerlo.
Esa boca era mi vicio desde la primera vez. Me gustaba la manera en que se le contraía la respiración, la manera en que ponía la mano sobre mi nuca sin empujarme, solo guiándome. Mientras yo le movía la lengua, él me volvió a colar los dedos entre las piernas. Con la otra mano me subió la blusa del uniforme y me pellizcó un pezón.
—Tus tetas me vuelven loco —dijo—. Cada vez que te veo en el uniforme, pienso en esto.
Saqué la cabeza y respiré agitada.
—Métemela ya —le pedí—. No aguanto más.
—Qué urgida estás —se burló—. Súbete.
***
Me levanté con cuidado para no tirar todo el juego con el peso. Él se sentó con la espalda contra una de las paredes de plástico y yo lo monté de frente, con la falda cubriendo lo que estábamos haciendo. Si alguien pasaba por debajo, vería los pies míos colgando, la mochila tirada en un rincón, nada más.
—Así te quiero —dijo cuando entré en él, despacio, hasta el fondo.
Me agarré de sus hombros y empecé a moverme. Me costaba no hacer ruido. La casita crujía con cada movimiento, y yo le pedía bajito que no parara, que me siguiera dando, que era suya. Él me mordía el cuello sin marcar.
—Y yo voy a hacerte venir todas las veces que quiera —contestó.
Me levantó la blusa otra vez y empezó a chuparme los pechos. Cada vez que respiraba hondo, sentía cómo se me apretaba todo por dentro. No quería terminar tan rápido, pero ese cuerpo no era mío en ese momento.
Después me hizo bajarme. Me puso de rodillas, con la cara contra el plástico tibio y la falda subida hasta la espalda. Volvió a entrar de un solo movimiento.
—Así me gusta más —dijo, agarrándome de la cintura—. Para verte ese culo.
Esta vez se me olvidó si nos veían o no. Cerré los ojos y dejé que los gemidos salieran como salieran. La idea de que cualquiera pudiera asomarse y descubrirnos me prendía más en lugar de asustarme.
—Que nos vean —murmuré, sin pensarlo bien—. No me importa.
—Eres una niña deliciosa —contestó, y me dio una nalgada que sonó más fuerte de lo que esperaba—. Me encanta tu culo.
—Sigue —jadeé—. No pares.
Aceleró. Yo me vine por segunda vez con la frente apoyada en el plástico y sus dedos clavados en mis caderas. Un par de embestidas después, se salió y sentí el calor de su semen cayendo en mi espalda baja, entre la falda enrollada y la piel.
—Toda para ti —susurró.
Quedé empinada, respirando como si hubiera corrido un maratón. Él me limpió con mi propia tanga, despacio, y después me la pasó.
—Póntela —dijo—. Y no te la quitas en todo el día.
—¿Así mojada?
—Así. Para que no se te olvide qué pasó aquí.
Me la subí. La sentí pegada y fría. Mientras me acomodaba la falda, vimos pasar a un policía en bicicleta por el sendero principal, no muy lejos. Me quedé congelada.
—Mira —susurré.
—Tranquila —respondió él, sonriendo—. Ya es tarde para arrepentirse.
El policía solo levantó la mano para saludar a los señores del dominó y siguió de largo. Bajamos de la casita con la respiración medio normal y caminamos despacio hasta la salida del parque. Damián me acompañó hasta media cuadra antes de la escuela.
—Me encantó tenerte aquí —me dijo, dándome un beso en la sien—. Y no te quitas la tanga en todo el día. ¿Me oíste?
—No lo voy a hacer —contesté—. Quiero seguir sintiéndote.
***
Volví a casa caminando, con esa humedad pegada entre las piernas y una sonrisa que no me podía borrar. Mi mamá ni se asomó a la cocina cuando entré. Subí a mi cuarto, me cambié el uniforme por algo más cómodo y, sin pensarlo demasiado, dejé la tanga puesta.
Como a las seis llegó Mateo. Veníamos arrastrando una pelea boba desde el fin de semana y trajo flores para hacer las paces. Me besó en la boca y yo se lo devolví pensando en otro. Nos sentamos en el sofá, le dejé que me abrazara, intenté seguirle la conversación.
—¿Qué tienes? —me preguntó después de un rato—. Te veo rara.
Lo miré a los ojos. Lo quería. Lo seguía queriendo, en serio. Pero ese día yo era otra persona.
—Me siento un poco húmeda —le solté, bajando la voz como si estuviera confesando una travesura inocente.
—¿Cómo? —preguntó, curioso.
Le tomé la mano y la guie debajo de la falda del pijama, contra la tela de la tanga. Mateo abrió los ojos.
—Estás muy mojada —murmuró, sorprendido.
—Es porque quiero que me toques —le dije.
No era cierto. Estaba mojada por otra cosa y por otra persona, pero Mateo no podía saberlo. Él no era tan lanzado como Damián.
—Tranquila —dijo, casi tímido—. Despacio.
Me metió los dedos por encima de la tanga y me hizo venir otra vez, con esa torpeza dulce que tenía. Yo gemí bajito, con los ojos cerrados, recordando todo lo de la mañana. Después lo masturbé hasta que terminó en mi mano. Le sonreí, me pasé la mano por la tanga sin que se diera cuenta y me quedé pensando, mientras él se acomodaba la ropa, en cómo se sentiría tener a los dos al mismo tiempo.
Algún día.
Esa noche me dormí con la tanga puesta. Damián me escribió tarde, ya pasada la medianoche, preguntando si seguía obedeciendo. Le contesté con una foto que no voy a contar aquí.