Mi novio quiso verme con otro y yo le seguí el juego
«Sabés que me puse a pensar y se me ocurrieron varios inventos», escribió. Tres horas después había un desconocido tocando el timbre de nuestra casa.
«Sabés que me puse a pensar y se me ocurrieron varios inventos», escribió. Tres horas después había un desconocido tocando el timbre de nuestra casa.
Cada mañana elegía una prenda distinta sabiendo que acabaría rota en el suelo del salón. Lo que no calculó fue el día en que la puerta se abrió antes de tiempo.
Aquella tarde el masaje me dejó ardiendo. Nunca imaginé que terminaría de rodillas frente a un desconocido en mi propio salón, ni quién me sorprendería allí.
Bajo aquella ropa amplia y discreta se adivinaba una hembra con el deseo intacto. Yo solo tenía que esperar a que dejara de fingir delante de su marido.
Acepté la fantasía de mi marido con una condición: yo elegía cómo, dónde y con quién. Lo que él no sabía es que yo ya tenía a alguien en mente.
Cuando abrí la caja y encontré el encaje negro y la máscara con la pluma, pensé que era un capricho de Andrés. Faltarían meses para que entendiera quién la había elegido en realidad.
Fue mi propio marido quien eligió la lencería con la que me iba a entregar a otro hombre esa noche, y quien me llevó hasta la puerta del bar donde mi ex me esperaba.
Cuando los vi ajustarse el pantalón al verla estirarse en la cocina, supe que ese verano iba a ser distinto. Y yo mismo me encargaría de empujarlo.
La primera tarde, un animador del hotel le ofreció un trago mirándole el escote. Bianca cruzó las piernas, se mordió el labio, y supe que ese viaje no iba a ser lo que yo había planeado.
Cuando Sofía entró al salón y encontró al prestamista atado y a su marido con la escopeta en la mano, supo que su mentira había llegado al final.
Diego dormía cuando sintió el colchón hundirse a su lado. Era ella, descalza, susurrando que solo había bajado a buscar su pijama. Su hermano roncaba al lado.
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.
La primera vez que lo vi con ella, quise matarlo. La segunda vez que entró por mi puerta sin tocar, entendí que las reglas habían cambiado para siempre.