El masaje de aniversario que no debí aceptar
Cumplíamos siete años de casados. Siete años desde aquel sí frente al juez, cuando mi familia lloraba en la primera fila y Tomás temblaba al ponerme el anillo. Yo tenía treinta y un años, era arquitecta, llevaba el cabello castaño ondulado hasta los hombros y una vida estable que cualquiera envidiaría. Mi marido tenía treinta y siete, era dueño de una ferretería en el barrio, alto, de piel morena, barba descuidada y una sonrisa que todavía me hacía sentir tonta cuando llegaba a casa.
Éramos una pareja sociable, los típicos amigos de juntar gente en el patio los sábados. Nuestra vida sexual era buena, sin trucos ni rarezas, pero tampoco rutinaria. Nos conocíamos los tiempos, los gustos, las miradas. Yo creía que ya lo sabía todo de mí misma.
Para el aniversario le había comprado a Tomás unos botines de fútbol que él miraba en internet hacía meses, grises con detalles azules, esos que costaban una fortuna y que nunca se iba a comprar solo. Él, en cambio, me dijo que había pensado en algo distinto, algo que yo no podía regalarme sola sin sentir culpa. Y me entregó un sobre con un voucher para un spa en el centro: masaje completo de noventa minutos, aceites aromáticos, sala privada.
—Te lo merecés —me dijo besándome la sien—. Hace meses que volvés del estudio con la espalda hecha pedazos.
El día del aniversario lo arrancamos con desayuno en la cama, café fuerte, medialunas calientes y un beso que prometía más para la noche. Después me fui a trabajar como cualquier otra mañana. Salí del estudio a las cinco, manejé hasta la dirección del voucher, estacioné y entré.
El lugar no se parecía a lo que yo había imaginado. Era una casona vieja remodelada con buen gusto, paredes blancas, plantas grandes en las esquinas y un aroma a maderas que no terminaba de identificar. La recepcionista, una chica jovencísima de delantal beige, me ofreció un té de jengibre y me pidió que me sentara a esperar. Yo me hundí en un sillón mullido, abrí Instagram en el teléfono y miré sin mirar las fotos de gente desconocida hasta que escuché mi nombre.
—¿Mariana?
Levanté la vista. Una mujer estaba parada a unos metros, sonriendo. Le calculé treinta y pocos. Pelo rubio que claramente no era natural, ojos color miel y un uniforme blanco que se le ajustaba apenas lo necesario para insinuar un cuerpo lleno, de pechos generosos y caderas redondas. Se presentó como Renata.
—Vení, te llevo a la sala.
Caminé detrás de ella por un pasillo angosto. Algo en su manera de moverse, en cómo me miraba sin apuro cuando giraba la cabeza para hablarme, me dio una sensación extraña que no supe nombrar. La sala era pequeña, con azulejos blancos, una luz cálida muy baja, un biombo de madera oscura, una camilla cubierta con una sábana y, sobre una mesita, velas, frascos de aceites y unas piedras pulidas.
—Detrás del biombo te dejo una bata y dos toallas chicas —me dijo Renata—. Quitate toda la ropa, también la interior. Las toallas son para cubrirte mientras me esperás boca abajo.
Salió de la sala. Yo me desvestí despacio, doblé la ropa sobre una silla y me coloqué la bata. Olía a azahares. Me la quité enseguida, me tendí boca abajo y acomodé las toallas como me había indicado: una en la zona baja de la espalda, cubriendo desde la cintura hasta donde terminaba la curva, y la otra al alcance de la mano por si me daba vuelta.
Renata volvió a entrar después de golpear suavemente.
—¿Cómoda?
—Sí —respondí con la cara apoyada contra el hueco de la camilla.
Prendió las velas. Sonó una música instrumental con flautas suaves. Escuché el sonido del aceite cuando se lo vertía en las manos y, después, las palmas tibias se apoyaron en mi espalda como si supieran exactamente dónde tenía las contracturas. Empezó por los hombros. Hundió los pulgares en los costados de la columna y subió hasta la nuca con una presión firme que me arrancó un suspiro involuntario.
—Tenés todo agarrotado —murmuró.
—Estudio de arquitectura —contesté—. Vivo doblada sobre planos.
Siguió. Me trabajó los omóplatos, los brazos, las manos, dedo por dedo. Cuando llegó a las lumbares yo ya tenía los ojos cerrados y la sensación de flotar sobre algo muy lejano. Pasó a las piernas. Desde los tobillos hacia arriba, una y otra vez, ascendía hasta justo debajo de donde la toalla cubría la cola y volvía a bajar. La música, el aceite tibio, el aroma de las velas. Estaba entregada.
—Date vuelta, despacio.
Lo hice. Mientras giraba acomodé la primera toalla sobre los senos y la segunda sobre el pubis, con un movimiento medio torpe que delató cierto pudor. Renata sonrió sin decir nada y siguió. Me masajeó el cuello, después colocó dos piedras tibias sobre el abdomen, una a cada lado del ombligo. Yo respiraba largo, soltando el aire por la boca. Pensé que iba a quedarme dormida.
Sus manos bajaron por la cintura, esquivaron la toalla del pubis y se posaron en mis muslos. Aceite nuevo. Más cantidad. Empezó por la parte exterior, después la interior, subiendo. Yo seguía con los ojos cerrados. Levantó una rodilla, después la otra, alternando, masajeando los aductores con una presión que no era idéntica a la de antes. Los movimientos se alargaban. Las yemas de sus dedos avanzaban un poco más cada vez.
Abrí los ojos.
Renata estaba mirándome. No con la sonrisa profesional de la recepción, sino con algo más quieto, más directo. La toalla del pubis se había corrido apenas. Ella no la acomodó.
—¿Te molesta? —preguntó en voz baja.
Tendría que haber dicho que sí. Tendría que haberme incorporado, haber pedido que parara, haber agradecido y haberme ido. Tomás estaba en casa preparando la cena. Era nuestro aniversario. Yo nunca había estado con una mujer, ni siquiera lo había pensado en serio.
Pero el cuerpo tiene su propia lógica. Y el mío, después de una hora de aceites y manos tibias, había dejado de obedecer a la cabeza.
—No —dije.
Y supe, en ese mismo instante, que esa noche le iba a tener que mentir a mi marido.
***
Renata corrió la toalla del todo. La dejó caer al piso sin ceremonia. Sus dedos, los mismos que hasta hacía un minuto me masajeaban con técnica clínica, recorrieron los costados de mi sexo con una suavidad nueva, como si estuvieran reconociendo un territorio. La mezcla del aceite con la humedad que ya empezaba a aparecer me sorprendió por la velocidad con que llegó. Yo apreté las piedras tibias que todavía tenía en las manos.
—Soltalas —dijo—. Te vas a lastimar.
Las solté. Una rodó hasta el borde de la camilla y cayó al piso con un golpe sordo. Ninguna de las dos miró.
Su mano izquierda se apoyó plana sobre mi vientre, justo debajo del ombligo, mientras la derecha subía y bajaba con una lentitud que me iba poniendo cada vez más intolerable. Yo respiraba por la boca. Levanté las caderas apenas, sin pensarlo, y ella tomó esa señal como respuesta.
—Sentate un poco —pidió.
Me incorporé hasta quedar apoyada sobre los codos. La toalla de los senos se me cayó hacia un lado. Renata se acercó. Estábamos a la altura de la cara. Le miré la boca antes que los ojos.
—Nunca con una mujer, ¿no?
Negué con la cabeza.
—Entonces avisame si querés que pare. Cuando quieras.
Asentí. Ella se inclinó y me besó. El primer beso fue corto, exploratorio, casi pidiendo permiso. El segundo fue más largo. Para el tercero yo ya le tenía la mano en la nuca y le estaba enterrando los dedos en el pelo rubio. Su boca sabía a algo dulce, tal vez al té de jengibre, tal vez a un caramelo. Era distinto a besar a Tomás, distinto de un modo que no podía explicar. Más blando. Sin barba que rozara. Sin urgencia.
Mientras nos besábamos, mi mano bajó sola por su brazo, por su cintura, y empezó a tirar del cierre del uniforme. Renata se rió contra mi boca.
—Esperá.
Se separó. Se desabrochó los botones de adelante uno por uno, sin apuro, sin sacarme los ojos de encima. Debajo no llevaba corpiño. Los pechos eran exactamente como yo los había imaginado debajo de la tela: llenos, pesados, con los pezones oscuros y duros. Me incliné y le besé uno. Después el otro. Sentí el pulso de ella en la lengua.
—Acostate —me dijo.
La obedecí. Volví a quedar boca arriba, ahora completamente desnuda, sobre una camilla que ya no era una camilla sino otra cosa. Renata se sacó la parte de abajo del uniforme y la lencería negra que descubrí debajo. Se trepó al borde de la camilla, me separó las piernas con las manos y bajó por mi cuerpo besando todo lo que encontraba en el camino. Los senos, el costado de la cintura, el hueso de la cadera, la cara interna del muslo.
Cuando su boca llegó a mi sexo cerré los ojos con fuerza. Lo que Tomás había hecho otras veces era cariñoso, atento, pero esto era otra cosa. Renata sabía. Sabía dónde, sabía cuánto, sabía cuándo aflojar y cuándo presionar. Era como si me hubiera estudiado durante años. Su lengua dibujaba un movimiento circular sobre el clítoris y al mismo tiempo dos dedos entraban y salían con un ritmo que iba acompasando el mío.
Yo me agarraba de los bordes de la camilla. Mordí mi propio antebrazo para no gritar.
Esto no me lo perdono nunca, pensé. Pero tampoco lo paro.
***
Después de un rato largo, Renata se incorporó, se subió a la camilla y se acomodó sobre mí, una pierna a cada lado de mi cabeza, la cintura cerca de mi cara. Quedaba ofrecida con una naturalidad que me intimidó por un segundo. Yo nunca había visto a otra mujer así, tan cerca, tan dispuesta. Me quedé mirando.
—Si no querés, no —murmuró desde arriba.
Pero quería. Era esa la verdad incómoda. Quería probar lo que ella sabía hacer, quería saber si yo podía aprender. Levanté la cabeza apenas y la toqué con la lengua. Sentí el sabor, distinto al de cualquier cosa que hubiera probado antes, sentí el calor, la humedad, y escuché un gemido suyo que me dio una confianza que no me esperaba. Seguí. Aprendí mientras hacía.
Renata no se quedó quieta. Inclinada sobre mí, sus dedos seguían trabajando entre mis piernas, su boca volvió a encontrar mi clítoris, y por un rato no hubo otra cosa en el mundo que esa imagen de espejo: dos mujeres devolviéndose lo mismo al mismo tiempo, sin hablar, sin nombres, sin promesas.
Después nos cambiamos de posición. Renata se acostó de costado, me tomó de la cintura y me acomodó hasta que nuestros sexos quedaron encastrados. Cruzó una pierna sobre la mía y me explicó sin palabras, solo con un movimiento de cadera, qué tenía que hacer. Yo respondí. Empezamos despacio y fuimos subiendo. Cada roce era un golpe seco de placer. Ella me sostenía con una mano la nalga y con la otra me apretaba un pecho. Yo le agarré la mano libre y entrelacé mis dedos con los suyos.
No sé cuánto duró. No sé qué cara puse cuando me vine. Sé que ella se vino también, casi al mismo tiempo, y que terminamos las dos transpiradas, riéndonos sin razón, todavía con las piernas trenzadas y la camilla casi al borde de tirarnos al piso.
Me besó una última vez antes de levantarse. Un beso corto, suave, sin la urgencia de antes. Después se vistió, me dejó una toalla limpia y abandonó la sala con la naturalidad de quien acaba de terminar un masaje cualquiera.
Me bañé en la ducha minúscula del fondo. Me vestí. Me miré en el espejo y no encontré nada distinto en mi cara, lo cual fue casi peor que encontrarlo.
En la recepción, Renata estaba detrás del mostrador anotando algo en una carpeta. Levantó la vista, me sonrió como si me viera por primera vez.
—Que disfrutes el resto del aniversario.
—Gracias.
Salí al estacionamiento con las llaves del auto en la mano y una sensación rara entre las piernas, una mezcla de aceite, de cansancio y de algo que no quería ponerle nombre. Eran las siete y media. Tomás me esperaba con la mesa puesta, las velas que él odiaba pero que para mí encendía igual, y la sonrisa de siempre. Lo besé en la boca. Comí. Sonreí. Le dije que el masaje había estado increíble, que tenía las manos mágicas la chica, que me había dejado nueva.
No le mentí del todo.