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Relatos Ardientes

La noche que mi novio me vio sin reconocerme

La paranoia de Adrián se había convertido en mi alimento. Lo veía revisar mi teléfono cuando creía que yo dormía, olía mi ropa con disimulo, me miraba con esa mezcla de devoción y terror que solo había aprendido a leer en los últimos meses. Era un animal asustado dentro de la jaula de su propia cabeza, y yo, desde afuera, lo engordaba con cada sospecha que sembraba. Pero ya no me bastaba. Necesitaba empujarlo hasta el borde y mirarlo caer.

La ocasión apareció en una cena. Sus amigos, un grupo de tipos con más billetera que cabeza, empezaron a organizar una despedida de soltero para uno de ellos, aunque ninguno se casara. El plan era sencillo: un club privado en el centro, de esos donde el dinero compra todo y la discreción es una mentira cara. Adrián, en un intento patético por demostrar que seguía siendo uno más del grupo, aceptó sin pensarlo.

—Va a ser una noche de hombres, Marina, nada serio —me dijo, casi disculpándose.

Sonreí y le contesté que me parecía perfecto, que se divirtiera. Pero mientras sonreía, mi cabeza ya estaba armando la jugada. No sería un mensaje anónimo. No sería una insinuación. Esta vez sería real, y él iba a ser el espectador de su propia ruina sin saberlo.

La noche siguiente, Adrián salió con sus amigos. Yo me preparé. No como Marina. Me transformé en otra. Un corsé negro que me apretaba el pecho hasta el límite, medias rasgadas con intención, tacones imposibles. Y, sobre todo, el antifaz que me cubría medio rostro. Esa máscara era mi identidad secreta. Mi arma.

El club se llamaba El Edén. Un nombre demasiado dulce para un lugar así. Hablé con el encargado, un hombre que entendía el idioma del dinero y no hacía preguntas. Le dije que era una artista invitada, que actuaría solo esa noche, y que mi especialidad era ser el centro absoluto de la atención. Le pagué por adelantado para asegurarme su silencio.

Me escondí en un camerino estrecho hasta que vi entrar al grupo. Llegaban ruidosos, arrogantes, con copas en la mano. Y ahí estaba él. Mi Adrián, mirando alrededor incómodo, fingiendo que pertenecía a ese mundo de luces rojas y humo.

***

El encargado subió al pequeño escenario.

—Caballeros, esta noche tenemos algo especial. Una artista que no necesita mostrar la cara para que la recuerden. Reciban a Velvet.

Empezó la música, un latido grave que parecía nacer del suelo. Salí y me moví como nunca lo había hecho frente a nadie. Cada gesto era una provocación medida, cada paso una invitación. Todas las miradas se clavaron en mí, pero solo me importaba una. Vi a Adrián observarme, primero con curiosidad, después con un interés que lo avergonzaba. No me reconoció. ¿Cómo iba a hacerlo? Yo no era su novia de pijama de algodón. Era Velvet, una desconocida sin rostro.

Bajé del escenario y caminé entre las mesas. Me senté en las piernas de uno de sus amigos, un tal Rubén, y dejé que sintiera el roce de mi cuerpo contra el suyo. Le hablé al oído, despacio.

—¿Quieres jugar conmigo?

Asintió, con los ojos perdidos. Miré a Adrián, que nos observaba mordiéndose el labio, y sonreí bajo el antifaz. Nadie podía ver esa sonrisa, pero él la sintió igual.

Rubén me llevó hacia una de las salas privadas. Los demás nos siguieron como un rebaño obediente. Todos, menos Adrián, que se quedó dudando en el umbral.

—Vení, no te hagas el santo —le gritó otro de ellos, un tipo grandote al que llamaban Tomás.

Y entró.

***

Lo que vino después fue una tormenta de cuerpos. Velvet se convirtió en el centro de todo. Me arrodillé en medio de la sala y dejé que ellos tomaran el control, o que creyeran que lo tomaban. Cada movimiento mío era cálculo puro disfrazado de descontrol. Yo decidía el ritmo, yo elegía a quién mirar, yo sostenía las riendas mientras ellos pensaban que mandaban.

—Mírala —dijo uno, con la voz ronca—. Esta no se guarda nada.

Y yo, con la voz alterada por el antifaz y un acento que no era el mío, respondía entre jadeos.

—Sí, así me gusta. Que me usen los que saben. No como ese inútil que tengo esperándome en casa.

Miré a Adrián, acorralado en un rincón, pálido, con una erección que parecía dolerle tanto como la culpa. Mis palabras eran cuchillos, pero él creía que apuntaban a otro hombre, a un desconocido cualquiera. No sabía que cada sílaba era para él.

Rubén me recostó sobre el sillón de cuero. Otro se ubicó a mi lado, y un tercero esperaba su turno con una ansiedad casi cómica. Yo alternaba la atención, los provocaba, los hacía rogar con la mirada. El aire de la sala se volvió denso, una mezcla de sudor, perfume barato y deseo descontrolado.

—Más fuerte —ordené, y los tres obedecieron como si yo fuera la dueña de la noche, porque lo era.

Sentí cómo me tomaban por turnos, cómo me reclamaban con una urgencia que no tenía nada de elegante. Y entre cada embate, yo seguía hablando, seguía clavando el cuchillo.

—Esto es lo que una mujer necesita. No promesas. No miedos. Esto.

Adrián solo podía mirar. Veía a una mujer sin rostro entregándose a sus amigos, escuchaba sus propias humillaciones disfrazadas de insultos hacia un fantasma. Y su cuerpo lo traicionaba, palpitando con un deseo que lo avergonzaba hasta las lágrimas.

Cuando todo terminó, cuando ellos quedaron vacíos y satisfechos, me incorporé despacio. Las piernas me temblaban, pero mi mente estaba más clara que nunca. Caminé hacia Adrián, que retrocedió contra la pared como si yo fuera una aparición.

Me agaché frente a él, sin tocarlo. Lo miré a través de las ranuras del antifaz.

—¿Te gustó el espectáculo? —susurré.

Él negó con la cabeza, con los ojos húmedos. No le di tiempo a más. Me levanté, le acaricié la mejilla con un dedo y le dejé una marca de carmín en la cara.

—Ahí tienes tu recuerdo. Por mirar y no hacer nada.

Me vestí, me puse el abrigo largo sobre el corsé y salí del club sin decir una palabra más. Dejé a Velvet en esa sala, sobre el cuero gastado, y volví a ser Marina en el taxi de regreso.

***

Llegué a casa antes que él. Me duché hasta que el agua salió fría, me puse mi pijama de siempre, el de algodón, y me senté en el sillón con un libro, como si nada hubiera pasado. Cuando Adrián entró, era apenas una sombra de sí mismo. Olía a alcohol, a perfume ajeno y a derrota.

—Marina… —dijo, con la voz quebrada.

Cerré el libro y corrí a su lado con mi mejor cara de preocupación.

—¡Amor! ¿Qué te pasó? ¿Estás bien?

Se abrazó a mí como un chico perdido. Temblaba.

—Fue… fue horrible. No quiero hablar de eso.

—¿Te hicieron algo? ¿Te metiste en algún problema? —le pregunté, acariciándole el pelo.

—No… a mí no. A una chica. En el club. La… la trataron muy mal.

Apagué la luz y lo llevé a la cama. Lo abracé fuerte, sintiendo cómo su corazón latía contra el mío.

—Tranquilo, mi amor. Ya estás en casa. Estás conmigo.

***

Pasaron varios días de silencio espeso. Adrián se movía por la casa como un fantasma, esquivando mi mirada pero buscando siempre mi contacto, como si mi piel fuera el único antídoto contra el veneno que le corría por dentro. Yo lo cuidaba, lo consentía, le daba todo el cariño falso que su corazón roto necesitaba. Y esperaba. Sabía que la herida estaba abierta y que, tarde o temprano, todo saldría a la superficie.

Una noche estábamos acurrucados en el sillón. La televisión encendida, pero ninguno la miraba. De pronto, su voz rompió el silencio, apenas un hilo.

—Marina… ¿te puedo confesar algo muy jodido?

Me giré hacia él con mi expresión más comprensiva.

—Claro que sí, amor. Lo que sea. Podés contarme todo.

Hizo una pausa larga, peleando con las palabras que lo quemaban.

—Esa noche… en el club… cuando vi lo que le hicieron a esa chica… a Velvet…

Sentí una punzada de placer en el estómago. Ahí venía.

—…me excitó —confesó, y la palabra le salió como un pecado—. Me puso durísimo ver cómo mis amigos la… la usaban. Verla tan entregada, tan sin frenos. Me dio vergüenza, me dio asco… pero no pude evitarlo.

Me quedé muy quieta, conteniendo la respiración para no espantar a la presa. Le pasé la mano por el pelo, despacio.

—Tranquilo, es una reacción normal. El cuerpo a veces responde así ante lo extremo.

—No es eso —dijo, con más fuerza, desesperado por que lo entendiera—. No es el susto. Es ella. La idea de ella. Una mujer sin inhibiciones. Una mujer que quiere ser deseada de esa manera.

Sonreí por dentro. Había encontrado la llave sin darse cuenta.

—¿Una mujer como Velvet, querés decir? —susurré, acercando los labios a su oreja.

—Sí —jadeó—. Como Velvet.

Me aparté apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Y en mi mirada dejé caer, por primera vez, la máscara del amor. Ahora había otra cosa. Una chispa peligrosa.

—Y decime, Adrián… —mi voz ya no era la de su novia, era la de una cómplice—. ¿Qué te calentó más? ¿Verla con ellos? ¿O verla y no poder tocarla?

Él tragó saliva. La tensión de su cuerpo era imposible de disimular.

—Las dos cosas —admitió—. Todo.

—Entonces… —seguí, deslizando la mano por su pecho, bajando lento—. Sé sincero. Si yo fuera esa chica… ¿te gustaría verme así? ¿Te gustaría que otros me tocaran mientras vos mirás?

Adrián cerró los ojos. Un gemido se le escapó de la garganta.

—Sí —susurró—. Dios, sí.

—¿Sí qué, Adrián? —insistí, con la voz convertida en un látigo de seda—. Decímelo.

—¡Sí, me gustaría verte así! ¡Que te tocaran! ¡Que te desearan delante de mí!

***

La victoria era dulce, casi tanto como el poder que sentía corriendo por mis venas. Me levanté y me planté frente a él. Empecé a desabrocharme la blusa, muy despacio, disfrutando cada botón.

—Entonces vamos a jugar —dije—. Vamos a jugar a que yo soy Velvet. Pero esta vez no vas a estar arrinconado en un club. Vas a estar acá. Mirando. Sin poder tocarme hasta que yo lo permita.

Me quité la blusa, después la falda. Quedé en ropa interior y me giré lentamente para que me viera entera.

—Voy a invitar a Rubén. Y a Tomás. Van a venir acá, a nuestra casa. Y vos te vas a sentar en ese sillón —señalé el rincón—. Y vas a ver cómo me desvisten. Vas a escuchar todo lo que les diga. Y mientras tanto, te voy a recordar quién manda.

Adrián se retorcía en el sillón, la mano ya buscando alivio sobre la tela del pantalón.

—¿Te gusta mi fantasía? —pregunté—. ¿Te gusta la idea de ver a tu novia convertirse en otra mujer delante de tus propios amigos?

—¡Sí! ¡Por favor, sí! —gritó, perdido en la locura que yo misma le había construido.

Me arrodillé frente a él, sin rozarlo siquiera. Le hablé al oído con la voz de Velvet, esa que ya conocía mejor de lo que imaginaba.

—Entonces preparate. Esta noche tu novia va a ser la protagonista, y vos vas a ser el mejor espectador del mundo. Y cuando todos se hayan ido, y yo esté agotada y temblando, entonces, y solo entonces, te voy a dejar acercarte. ¿Te gusta?

Él solo podía gemir, al borde, completamente mío. Completamente entregado.

Me levanté y sonreí. La obra estaba casi terminada. Solo faltaba la función. Y yo iba a ser la directora, la protagonista y la única crítica que importaba. Él, en cambio, iba a pagar la entrada con lo único que le quedaba: su orgullo.

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Comentarios (5)

TatiRosario

que buenoooo!!! me engancho desde la primera linea, no pude parar

Selene_R

Por favor que haya segunda parte, dejo todo a medias jajaja. Me quede con ganas de saber como termino eso

CarlosEnMar

La idea de que ella lo haya planeado semanas antes le da un morbo distinto. Muy buena la trama, se nota que pensaste bien cada detalle

RodrigoPampa

me queda la duda: el novio la reconocio en algun momento o no? porque ahi esta lo mejor del relato y no queda claro del todo

LauraR_BA

Lo de la mascara es un recurso genial, muy original para ser de la categoria infieles. Me sorprendio

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