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Relatos Ardientes

Mi nueva compañera de piso llegó con su marido

Mi siguiente objetivo apareció por puro azar. Estaba archivando expedientes viejos en la planta que todos llamábamos «el asilo», ese rincón de la empresa donde aparcaban a los que estaban a punto de jubilarse. Subí a entregar un informe en mano y, al cruzar el pasillo, la vi.

Era una mujer que detenía el tiempo. Morena, el pelo largo recogido en un moño descuidado, ojos grises y unas ojeras que en cualquier otra habrían sido un defecto y en ella eran una promesa. Caderas anchas, cuerpo delgado, una sonrisa apenas insinuada que se te clavaba en alguna parte. Nunca la había visto antes.

No tuve tiempo de presentarme. Un golpe seco, un grito, y ella estaba en el suelo entre dos archivadores, con un hilo de sangre bajándole por la frente. La levanté en brazos —pesaba menos de lo que aparentaba— y la dejé en un sillón hasta que llegó la ambulancia.

—No está enferma —me aclaró una compañera—. Tres años cuidando al marido, día y noche. Murió hace nueve meses y desde entonces no levanta cabeza.

Otra bajó la voz: —Tanto luto y el tipo la trataba fatal. Venía siempre de manga larga, para tapar las marcas.

La taché mentalmente de mi lista. Esa mujer no estaba para juegos.

***

De vuelta en mi despacho, una nota: «Te llamó Lorena». La devolví la llamada. Su voz, que normalmente era pura aspereza, sonaba melosa esa tarde.

—Iván, cariño —ronroneó—, me quiero ir de donde vivo, el ambiente está insoportable. Tú tienes un piso enorme… ¿no te sobra una habitación? Compartimos gastos.

Acepté antes de que terminara la frase. Lorena llevaba meses tonteando conmigo en los pasillos, y yo acababa de estrenar un armario nuevo de juguetes que estaba deseando inaugurar con ella.

Dos días después vino a por las llaves. Me había preparado una sorpresa. Llegué a casa pasadas las tres, ella ya había puesto la mesa, vestida con algo tan cómodo como provocador. Y entonces conté los platos. Tres.

—Te presento a mi marido, Mauro —dijo apretando los dientes, mirándome como quien pide perdón por una estafa—. Vivirá aquí también, ha pedido una excedencia.

En la cocina, a solas, me incliné sobre su oído.

—Mi venganza va a ser lenta y la pagarás con creces —le susurré.

—Ni se te ocurra —siseó ella, furiosa para que él no la oyera—. Es temporal. En cuanto encontremos algo, nos vamos.

***

La primera semana me bastó para entenderla. Mauro era más simpático de lo que esperaba, pero estaba hecho de complejos y celos mal disimulados. A Lorena le gustaba exhibirse, y por las noches, a través de la pared, oía sus encuentros frustrados: sus quejas, sus suspiros a medias, mientras él se venía enseguida y gritaba que la iba a dejar embarazada.

Un viernes Mauro tuvo que viajar a su ciudad natal y quiso llevarse a Lorena. Ella se excusó con el trabajo y, para calmarlo, anunció que una amiga vendría a cenar. Yo ya planeaba mi propia escapada cuando sonó el timbre.

Abrí. Era la mujer del desmayo.

—Creo que ya nos conocemos —dijo con una media sonrisa—. Soy Vera. Y tú debes de ser Iván.

Estaba radiante. La melena suelta, los ojos delineados con un trazo sutil, los labios rosados. Las ojeras seguían ahí, pero ahora resultaban hasta sexis. Una falda vaquera ceñía unas piernas perfectas y el top dibujaba un canalillo profundo. Me agradeció lo del desmayo. Resultó que Lorena y ella se conocían de unos cursos.

Hubo cena, copas y una tensión que flotaba en el aire como humo. Fui a la cocina a preparar unas bebidas y las oí cuchichear.

—Un chico joven y encantador —dijo Vera—. Hacía tiempo que no me reía tanto.

—No te confíes —contestó Lorena—. Iván tiene una cabeza muy sucia. Es un salvaje. El primero que me dio una azotaina sin pedir permiso.

Desde ese momento, Vera empezó a mirarme distinto, escrutándome. Y Lorena se puso celosa.

***

Se hizo muy tarde. Me ofrecí a llevar a Vera a casa. A Lorena no le gustó, pero lo tragó cuando dije que después seguiría de fiesta. Vera me invitó a una última copa en su salón.

Mientras ella servía, recorrí las fotos: aparecía con un hombre de aspecto anodino. Me enseñó la casa, antigua pero reformada con gusto, toda en tonos claros. Todo encajaba salvo un armario rústico de madera oscura en el dormitorio principal. Una pieza preciosa, fuera de lugar. Tenía la llave puesta.

No pude evitarlo. La giré.

—¡No! —gritó ella.

Demasiado tarde. La puerta se abrió y reveló un arsenal: fustas de varios grosores, pinzas, una pala de madera, cuerdas de seda, esposas forradas. Una colección mucho más completa que la mía.

No dije nada. Volvimos al salón. Ella se quedó en silencio, perdida.

—Gracias por la copa —dije, y me acompañó a la puerta.

Antes de salir me giré y la miré a los ojos. Bajó la vista. Supe que era mi momento.

Le tracé la línea de la mandíbula con el dorso de los dedos. No se apartó. Al contrario, apoyó la mejilla en mi palma como una gata, aunque sus ojos seguían llenos de ese miedo excitante que la hacía aún más deseable.

—No tienes que tener miedo de mí, Vera —susurré contra su oreja—. Creo que tú y yo nos vamos a entender muy bien.

***

Cerré la puerta de una patada. La llevé de vuelta al sofá y la empujé con suavidad hasta recostarla. Me arrodillé a sus pies y subí las manos despacio por sus pantorrillas, sus rodillas, el dobladillo de la falda.

—Ese armario esconde muchos secretos, ¿verdad? —dije—. Dime, ¿quién te enseñó a necesitar eso?

—Yo… no sé de qué hablas.

—Mientes. Y eso me pone. También me dice que necesitas a alguien que sepa usar esos juguetes mejor que tu difunto marido.

Le abrí la falda de un movimiento y descubrí que no llevaba nada debajo. La separé con los pulgares y bajé la lengua hasta su clítoris, despacio, saboreando cada temblor. Ella arqueó la espalda y se agarró a mi pelo.

—Así… por favor, no pares.

La hice correrse dos veces con la boca antes de levantarme. La penetré de una sola estocada. Gritó, mezcla de sorpresa y placer, y la tomé con toda la rabia que llevaba días acumulando. La giré, la puse a cuatro patas, la agarré de las caderas.

—Esto es lo que te faltaba, ¿verdad? —le siseé al oído.

—¡Sí! ¡Es esto! ¡No pares!

Me corrí con un rugido y nos quedamos un instante quietos, jadeando. Luego me senté en el sofá y la observé recomponerse con las manos temblorosas.

—Esto no ha sido un capricho, Vera —le dije mientras me abrochaba—. Es solo el principio.

Ella asintió, vencida, pero en el fondo de su mirada había una chispa de desafío que prometía noches enteras.

***

Volví a mi piso de madrugada. La escena que me recibió era pólvora a punto de prender. Lorena estaba de pie en el salón, brazos cruzados, una camiseta blanca tan fina que adivinaba todo lo que había debajo. Su mirada era una daga.

—¿Dónde estabas? —su voz era veneno dulce—. Llevo toda la noche llamando a Vera y no contesta.

Me quité la chaqueta sin prisa, dejando que el olor a otra mujer hablara por mí.

—Ha tenido un mal rato. La he acompañado, la he calmado.

La excusa de la amiga preocupada se hizo añicos en su cara. Lo que quedó eran unos celos negros, espesos, casi palpables.

—¿La has calmado tú? —rió sin gracia—. Te has aprovechado de ella, cabrón. Está vulnerable y tú como un perro.

Me apoyé en la encimera y la miré de arriba abajo.

—¿Y si lo he hecho, qué? Alguien tenía que recordarle lo que es un hombre de verdad. Y le encantó.

Esa fue la chispa. Dio un paso, los puños cerrados.

—¡Eres un cerdo! La usaste…

—La hice sentir viva —la interrumpí, acercándome hasta casi rozarla—. Algo que tú no sabes hacer. Tú solo sabes mentir y traerme a tu marido a casa.

Me escupió. No me moví. Me limpié despacio, sin dejar de mirarla.

—Vas a pagar por esto —siseó.

—Pagaré lo que quieras —respondí en voz baja—. Pero serás tú quien venga de rodillas. Te mueres de curiosidad por saber cómo es. Quieres que te parta en dos como acabo de hacer con ella.

Me pasé la lengua por los labios, lento. Su mirada cayó a mi boca y, por un segundo, el odio se le tiñó de deseo. Le di la espalda y me fui a mi cuarto.

—Cuando quieras una lección de verdad, ya sabes dónde estoy —dije antes de cerrar—. Pero no vengas a llorar. Ven a suplicar.

***

Tardó menos de lo que pensaba. Oí el crujido de la puerta, el sonido tímido de sus pies descalzos sobre el parqué. No me giré. El silencio se prolongó, pesado, cargado con su rendición.

—Iván… —su voz era un susurro roto.

Me volví. Estaba en el umbral, recortada por la luz del pasillo. Se había quitado la camiseta. Estaba completamente desnuda. Pero sus ojos eran los de una mujer que ha vuelto a la mano de su amo.

—¿Qué quieres, Lorena? —pregunté, áspero.

Se acercó despacio y se arrodilló junto a la cama, la cabeza gacha.

—Quiero que lo hagas. Quiero que me trates como una cualquiera.

—Pues vas a tener que ganártelo —la agarré del pelo y la obligué a mirarme—. Dime lo mal que te lo hace tu marido. Os he oído cada noche.

Se le encendieron las mejillas, pero la respiración se le aceleró. Le gustaba que la humillara delante de su propia frustración.

—Es patético —confesó, ganando confianza—. Se corre enseguida, antes de que yo sienta nada. Y me deja a medias, frotándome sola como una adolescente.

—Pues sube a la cama —ordené—. Voy a darte lo que él nunca podrá.

La primera embestida fue seca, brutal. Gritó, pero era puro triunfo. La tomé sin tregua, cada golpe un insulto a su marido, cada profundización una bandera clavada. La follé hasta que sus gritos se volvieron sollozos, hasta que se rindió en un orgasmo que la sacudió entera. Me corrí dentro de ella.

Cuando me retiré, se quedó temblando en la cama. La miré y supe que ya no era una victoria: era una conquista total. Ahora tenía dos. La esposa y la viuda. Y el juego apenas empezaba.

***

El amanecer me encontró despierto. Oí la cerradura de la puerta principal, una maleta arrastrándose. Mauro. Había vuelto de noche.

Sacudí el hombro de Lorena.

—Levántate. Tu marido está en casa.

El pánico le borró el sueño de golpe. Se puso una camiseta minúscula y unas braguitas diminutas y corrió a la cocina, donde yo ya preparaba café. Mauro salió de la ducha con una toalla a la cintura.

—¡Cariño, no sabía que estabas despierta! —dijo dándole un beso en la mejilla—. Acorté el viaje para no perder el día.

—¡Mauro! Qué… qué sorpresa —respondió ella, con una voz que pretendía ser normal y sonaba tensa.

—Bueno, voy a ducharme yo también —dije, y él se encerró en el baño tranquilo, sin sospechar nada.

En cuanto la puerta se cerró, la atmósfera cambió. Me acerqué a Lorena por la espalda, deslicé las manos bajo la fina tela. Ella exhaló y apoyó la cabeza en mi hombro.

—Iván, no… puede salir en cualquier momento.

—Cállate y agáchate —le ordené al oído—. Vamos a recordarte cuál es tu sitio. Aquí y ahora.

La incliné contra el frío mármol de la encimera, le bajé las braguitas de un tirón y la penetré de una sola vez. Un grito ahogado se le escapó. La tomé con una furia ciega, sabiendo que de día pertenecía a otro hombre, y eso lo hacía mejor.

—¿Lo sientes? —siseé tirándole del pelo—. Él ahí, duchándose, y yo follándome a su mujer en su propia cocina.

—¡Sí! ¡Soy tuya! ¡Solo tuya!

La puerta del baño se abrió. Pasos en el pasillo.

—¡Lorena! ¿Me traes una toalla? —la voz de Mauro, cada vez más cerca.

El pánico en sus ojos fue sublime. Aceleré el ritmo.

—Dile que espere —ordené entre dientes.

—¡Un… un momento, cariño! ¡Estoy ocupada! —logró decir, la voz quebrada por las embestidas.

Mauro se detuvo. ¿Habría notado el tono? No importaba. Estaba a punto. La apreté con fuerza y eso la desbordó: su cuerpo se convulsionó en un orgasmo silencioso que la dejó sin aliento. Me corrí dentro de ella una última vez.

Me retiré de golpe. Ella se recompuso como pudo y se giró para enfrentar a su marido, que ya estaba en la puerta con cara de confusión.

—¿Ocupada? ¿Estás bien? Pareces… alterada.

Lorena se pasó una mano por el pelo con una sonrisa débil.

—Sí, sí… me he cortado con un cuchillo. Nada importante.

Mauro se acercó preocupado. Yo me serví otro café, de espaldas, sonriendo. Mientras él la curaba, ella seguía goteando lo mío por dentro. El poder, descubrí, es la droga más adictiva que existe.

***

Los días siguientes fueron un baile de provocaciones cada vez más temerarias. La levantaba sobre la encimera y le enterraba la cara entre las piernas mientras Mauro veía el fútbol a unos metros, ajeno a todo. La tumbaba en la mesa del comedor mientras él roncaba en el sofá. Una mañana, con él en el gimnasio, la puse de manos contra el cristal del salón, a plena luz del día, frente a las ventanas de enfrente.

—Quizá te están mirando —le susurré—. ¿Te excita, exhibicionista?

—¡Sí! ¡Que vean cómo me follas!

El riesgo se convirtió en nuestro idioma. Y yo sabía, mientras la oía gemir contra el vidrio, que aquello no era el final de nada. Tenía a la esposa rendida y a la viuda esperándome con su armario lleno de secretos. El juego, como le había prometido, apenas empezaba.

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Comentarios (5)

NorbertoCba

Excelente!! me tenia en vilo desde la primera linea. Muy buen relato

Martu_Rosario

Por favor seguí, no puedo creer que corte ahí. Quiero saber que paso despues!!

LecturaNocturna77

Muy bien narrado, la tension que se construye al principio es lo mejor del relato. Pocas veces algo te mantiene tan metido en la situacion. Gracias por compartirlo.

RodriBAires

Buenisimo. Me hice fan de golpe jaja

CarinaROS

jaja tremendo, me recordo a algo que le paso a una amiga hace tiempo... estas situaciones pasan mas seguido de lo que la gente cree

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