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Relatos Ardientes

Mi novio me besaba sin saber a qué sabían mis labios

Me di cuenta de mi error demasiado tarde. Lo de «Adrián» había sido un paso en falso, demasiado evidente, un amateurismo de principiante. El verdadero genio de la tortura está en la sutileza. Él tenía que sospechar, tenía que sentir que todo apuntaba hacia mí, pero sin una sola prueba que pudiera sostener entre las manos. La duda es un ácido que corroe el alma desde dentro, despacio, sin dejar marca. Así que decidí evolucionar.

Y decidí llevarlo al siguiente nivel. ¿Por qué conformarme con un video grabado solo para él? Si mi obra merecía un público, ¿por qué no compartirla con el mundo entero? Abrí un perfil en una de esas páginas de videos para adultos y lo llamé «La Mujer Sin Cara». La descripción era escueta: sin rostro, sin culpa, solo cuerpo y deseo. Cada clip, una herida para el hombre que dormía a mi lado y no lo sabía. Le mandé el enlace desde una cuenta de correo anónima, con una sola línea: «Ahora todos pueden ver lo que tienes en casa».

El primer video pensado para ese público lo titulé «Un regalo para ti». La calidad era otra cosa: cámara fija, buena luz, encuadre cuidado. Yo, con un pasamontañas de lana negra, arrodillada sobre un suelo de madera clara, las tetas al aire, los pezones duros mirando al objetivo. Un chico joven, de espalda ancha y manos grandes, se acercaba con la polla ya tiesa en la mano, gruesa, venosa, húmeda en la punta. Yo abría la boca sin que me lo pidiera, sacaba la lengua y esperaba. Él me la metió hasta el fondo de golpe, agarrándome de la nuca con las dos manos, y empezó a follarme la garganta sin ninguna piedad. Yo tragaba, me atragantaba, me caían los hilos de saliva por la barbilla hasta las tetas, y él seguía embistiendo, marcándome el ritmo como si mi boca fuera solo un agujero para su placer. Le chupé los huevos entre arcada y arcada, se los lamí uno a uno mientras él se meneaba la verga contra mis labios. Cuando estuvo a punto, me sacó la polla de la boca, se pajeó dos veces con el puño cerrado y se corrió a chorros sobre mi cara. La primera lechada me cayó en la frente y bajó por la nariz. La segunda me llenó la boca abierta. La tercera y la cuarta me empaparon las mejillas, la barbilla, el mentón, colgando en hilos densos y blancos. Yo tragué lo que tenía en la lengua, saqué la punta y lamí lo que le quedaba en el glande, chupando hasta la última gota. Después miraba directamente al objetivo, a los ojos que asomaban por la tela, con la cara chorreando de semen, y hablaba.

«Mírame bien, amor mío. Este es el regalo que te traje esta noche. Me lo dejo en la cara para ti, ¿lo ves cómo me cae? Me lo dejo pegado a las pestañas, en los labios, entre las tetas. ¿Te gusta cómo me queda su corrida? Espero que la próxima vez que me beses puedas reconocer un poquito de él en mi boca. Que se te ponga la polla dura imaginar a tu novia arrodillada, tratada así, como algo de usar y tirar. Cornudo de mierda, mira bien cómo me follan la garganta mientras tú te la meneas solo en casa.»

Lo vio. Y esta vez no escribió nada. Se quedó mirando la pantalla del móvil con la cara del color del papel, los nudillos blancos alrededor del aparato. Ahí empezó su verdadera paranoia.

El segundo lo llamé «Aguanta más de lo que crees». En él yo aparecía boca abajo sobre una cama deshecha, con el culo levantado en pompa, sostenida entre dos hombres que se turnaban sin tregua. Uno me tenía agarrada de las caderas y me metía la polla en el coño hasta el fondo, sacándomela entera y volviendo a clavármela con embestidas secas que me hacían gritar contra el colchón. El otro, de rodillas junto a mi cara, me obligaba a chupársela mientras el primero me destrozaba por atrás. Cambiaban de sitio sin avisar. El de detrás me sacaba la polla del coño chorreando, me escupía en el ojete y me la clavaba en el culo de un solo golpe. Aullé. Me arqueé como una gata y el otro aprovechó para meterme la suya en la boca, empujando hasta el fondo de la garganta. Era brusco, era real, y mis gemidos mezclaban dolor y algo peligrosamente parecido al placer. Uno me agarraba del pelo tirando hacia atrás y me obligaba a mantener la mirada en la cámara con la boca llena de polla mientras el otro seguía dándome por el culo, escupiéndome en la espalda, dándome cachetes en las nalgas hasta ponérmelas rojas. Me pusieron a horcajadas sobre el de abajo, empalada en su verga, y el otro se subió detrás para metérmela también, los dos a la vez, apretándome entre sus cuerpos. Doblada por dentro, con dos pollas rozándose dentro de mí, ya no gemía: chillaba, babeaba, decía guarradas que ni yo misma reconocía. Se corrieron casi al mismo tiempo. El de detrás me llenó el culo hasta que le rebosó y le chorreó por los muslos. El otro me sacó la polla y me vació la corrida en la boca abierta, en la lengua fuera, obligándome a enseñárselo todo antes de tragar.

«Esto también es para ti, mi vida. Para que veas de lo que es capaz mi coño cuando se entrega de verdad, para que veas cómo me abren el culo dos pollas que no son la tuya. Ojalá estuvieras aquí, de rodillas entre mis piernas, esperando a que terminen para limpiarme todo con tu lengua. La leche que me cae por dentro de los muslos, la que me chorrea del culo, la que me queda pegada al coño. Eso harías por mí, ¿verdad, mi amor? Limpiarías lo de otros dos hombres sin rechistar, tragándotelo como el cornudo bueno que eres.»

Esa noche, después de grabar, no me duché. Me vestí deprisa y fui directa a casa. Llevaba el aliento impregnado del olor de los dos, de mi propio sudor, de todo. Tenía la ropa interior empapada, el semen todavía saliéndoseme del coño y del culo mientras caminaba, resbalando lento contra la tela. Me había enjuagado la boca en un baño público, pero el rastro seguía ahí, terco, como un fantasma que se niega a marcharse. Notaba el sabor salado pegado al paladar, incrustado entre los dientes.

Mateo estaba en el sofá, a oscuras, con la televisión apagada. Me senté a su lado sin decir nada y apoyé la cabeza en su hombro, igual que cualquier otra noche.

—¿Qué tal el día, cariño? —preguntó, y la voz le salió rota por algún sitio.

—Agotador —contesté, y me giré para besarlo.

Fue un beso profundo, una lengua buscando la suya, obligándolo a saborearme entera. Él se tensó de inmediato. Todo su cuerpo se endureció como una cuerda a punto de partirse. Apartó la cabeza unos centímetros, desconcertado.

—Carolina… hueles… raro.

—¿A qué? —pregunté con toda la inocencia del mundo, acercándome de nuevo, esta vez al hueco de su cuello—. A mí, supongo. He tenido un día imposible.

—No… es otra cosa. Es más fuerte. Es… —buscaba la palabra y le daba miedo encontrarla—. Es un olor salado. Como a cloro.

Sonreí en la penumbra, donde él no podía verme. Lo tenía justo donde quería. Sabía perfectamente a qué olía. A semen seco pegado al fondo de la garganta.

—Ah, sí, tienes razón. Hoy probé un batido de proteína nuevo, uno asqueroso. Sabe fatal y se me queda pegado. Debe ser eso. ¿No te gusta? —y volví a besarlo, más hondo todavía, metiéndole la lengua hasta hacérsela chocar con la suya, para que no tuviera escapatoria, para que se tragara sin saberlo el rastro de las dos pollas que me habían llenado la boca hacía apenas dos horas.

Me dejó hacer, pero su cuerpo era un solo nudo de tensión. Estaba besando a su novia y, al mismo tiempo, en algún rincón de su cabeza, estaba oliendo a otro hombre. Estaba tragándose la humillación sin entenderla del todo. Y lo peor, lo que más le iba a doler después: se le puso la polla dura, tan dura que le tensaba la tela del pantalón. Un traidor escondido en sus propios calzoncillos. Le pasé la mano por encima, como sin querer, y sentí el bulto grueso y palpitante. Sonreí contra su boca. El muy cabrón se estaba empalmando con el sabor de la corrida de otros en mi lengua.

***

El siguiente video, mi pieza favorita, lo titulé «La cena del que no sabe». La escena era el rincón discreto de un restaurante caro. Yo, con un vestido negro ajustado y el pasamontañas, debajo de la mesa. Un hombre mayor, de canas elegantes y reloj de oro, comía con una calma estudiada. Le había abierto la bragueta, le había sacado una polla larga y gruesa, y me la había metido entera en la boca sin que ni siquiera cambiara la expresión. Yo trabajaba despacio, sin prisa, chupándosela con los labios apretados alrededor del tronco, subiendo y bajando la cabeza, girando la lengua alrededor del glande, mientras la cámara escondida enfocaba el movimiento de mi cabeza contra la tela del mantel. Le lamí los huevos, se los metí en la boca uno a uno, le pasé la lengua por debajo del tronco desde la base hasta la punta. De vez en cuando él me empujaba con la palma en la nuca, marcando un ritmo que no era el mío, hundiéndomela hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas y se me escapaba un gemido ahogado. Le babeaba la polla entera, le empapaba el pantalón, y él seguía cortando su carne con el cuchillo como si nada. Cuando el camarero se acercó a rellenar la copa, él me metió la verga hasta el fondo de la garganta y la mantuvo ahí, quieta, mientras pedía un vino con voz firme. Yo no podía respirar. Solo tragar saliva contra el glande palpitante que me tapaba la garganta. Aquello me hizo apretar los muslos, el coño empapándome las bragas, corriéndome yo misma sin que nadie me tocara.

«Mientras tú cenas tu comida aburrida en casa, yo estoy aquí abajo, de rodillas, con la polla de un desconocido en la boca, dándome un capricho mucho mejor. Imagina mi cara, amor. Imagina mis labios hinchados de chupársela cuando vuelva y te dé el beso de buenas noches. Imagina que te cuento que tuve una reunión larguísima, agotadora. Y que durante todo ese rato lo único que hice fue esto, mamársela a un viejo con dinero, para que tú, en tu ignorancia, sigas presumiendo de mí, cornudo de mierda.»

El hombre terminó con un gruñido casi imperceptible, apretándome la nuca contra su ingle, y me vació toda la corrida en la boca. Espesa, caliente, tanta que casi no me cabía. Yo me la quedé toda, sin tragar de golpe, dejándola en la lengua, mirando fijamente al objetivo. Después abrí la boca para enseñar el charco blanco entre los dientes y me lo tragué despacio, chupando hasta la última gota que le colgaba del glande. Me limpié la comisura con el dedo, me chupé el dedo, me levanté, me alisé el vestido con dos manos tranquilas y salí del local como quien sale de una junta de trabajo, con el sabor de otro hombre pegado al paladar.

Cuando llegué a casa, Mateo me esperaba despierto, como siempre. Parecía la sombra de sí mismo, los ojos hundidos, la barba de tres días.

—¿Cómo fue la reunión? —preguntó sin mirarme.

—Interminable, mi amor. Estoy muerta. —Fui directa hacia él, lo rodeé con los brazos y le di exactamente el beso de buenas noches que le había prometido frente a la cámara, sin que él lo supiera. Le metí la lengua hasta el fondo, se la restregué contra la suya, le hice tragarse el rastro pegajoso que me quedaba en la boca.

Se quedó completamente quieto. No me devolvió el beso. Solo me olió, despacio, como un animal que reconoce un peligro antiguo. Su cuerpo entero temblaba bajo mis manos. Estaba oliendo a otro hombre en mi boca, saboreando la corrida de un desconocido en mi lengua, la prueba definitiva, la única que importaba. Pero era una prueba que jamás podría presentar ante nadie. Un olor. Un sabor. Una sospecha. Una idea que cualquiera tacharía de locura.

Me separé apenas y vi que tenía los ojos brillantes, a medio camino entre las lágrimas y algo más oscuro. Y le vi también el bulto en el pantalón, otra vez duro, la polla traicionándolo mientras el cerebro le gritaba lo contrario.

—Carolina… ¿tú…? —empezó, y no fue capaz de terminar la frase.

—¿Yo qué, mi vida? —respondí, acariciándole la mejilla con la ternura más falsa y más perfecta que supe fingir, mientras con la otra mano le rozaba el bulto por encima de la tela—. Estoy reventada. Vámonos a la cama. Te quiero.

Y ahí estaba la clave de todo. Si yo lo negaba con dulzura, con esa ternura de novia cansada, él se quedaba sin terreno donde plantar su rabia. No podía gritar a una mujer que lo abrazaba y le decía «te quiero». No podía acusar sin convertirse él mismo en el monstruo, en el celoso enfermo que inventa traiciones donde no hay nada. Cada gesto suave mío era otra vuelta de tuerca. Lo estaba encerrando en una jaula hecha de mi propia dulzura.

Me di la vuelta y caminé hacia el dormitorio, dejándolo de pie en el salón a oscuras, con el sabor de mi traición todavía en los labios, la polla dura contra el pantalón, y la certeza absoluta de que estaba perdiendo la cabeza. Lo escuché quedarse atrás, respirando hondo, como quien intenta no derrumbarse.

Esa noche se acostó tarde. Sentí cómo se metía bajo las sábanas con cuidado, intentando no rozarme, manteniendo entre los dos una frontera invisible que solo él conocía. Durante horas notó mi respiración tranquila a su lado y supo, sin poder demostrarlo, que esa misma boca que lo besaba había chupado otra polla apenas unas horas antes, que ese mismo coño que él ya no se atrevía a tocar tenía todavía dentro la humedad de un desconocido. Y yo, con los ojos cerrados y la cara hundida en la almohada, sonreía.

Porque la verdadera obra no estaba en ningún video, ni en ningún perfil anónimo, ni en los comentarios de desconocidos que jamás verían mi cara. La verdadera obra estaba ahí, en la cabeza de Mateo, proyectándose en bucle en la oscuridad de nuestro propio dormitorio. Cada beso futuro sería una duda. Cada olor en mi aliento, una pregunta sin respuesta. Cada «te quiero» mío, un cuchillo envuelto en seda.

Lo había convertido en algo mucho peor que un hombre engañado. Lo había convertido en un hombre que sabía y no podía probar nada, que sospechaba y se odiaba por sospechar, que me deseaba justo cuando más debía despreciarme, que se pajeaba en el baño con mi olor en la cabeza pensando en las pollas que me llenaban mientras él no estaba. Esa contradicción era mi venganza más fina, la que no deja huella y no se cura nunca.

Me acerqué a él en la cama, le pasé un brazo por encima del pecho y noté cómo su corazón latía a toda velocidad bajo mi mano. Bajé la mano un poco más y le rocé la polla por encima del calzoncillo: la tenía dura como una piedra. Sonreí en la oscuridad. Le besé el hombro, suave, y susurré contra su piel un «descansa, mi amor» que sonó como una caricia y cayó como una sentencia. Él no dijo nada. Solo apretó los párpados con fuerza, mientras yo me dejaba llevar por el sueño más tranquilo del mundo.

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Comentarios(8)

Nati_BsAs

Increible!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, ese final me dejo pensando horas

CuentosFan

El titulo ya te engancha y despues el relato no decepciona. Muy muy bueno

Mariana_Cba

Me quede un rato con el titulo antes de empezar a leer. Vale cada palabra, de verdad

LectorOsado

Que tension tan bien manejada... me dejo con un sabor raro, en el buen sentido. Excelente trabajo

Verito_R

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo, pero prefiero no contar jajaja. El relato esta muy logrado

TormentaNocturna

La parte psicologica esta buenisima, no es el tipico relato de esta categoria. Espero que sigan publicando cosas asi!

Fer_lect

buenisimo!!

PatriGzz

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo esto. Abrazo

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