Mi novio me besaba sin saber a qué sabían mis labios
Me di cuenta de mi error demasiado tarde. Lo de «Adrián» había sido un paso en falso, demasiado evidente, un amateurismo de principiante. El verdadero genio de la tortura está en la sutileza. Él tenía que sospechar, tenía que sentir que todo apuntaba hacia mí, pero sin una sola prueba que pudiera sostener entre las manos. La duda es un ácido que corroe el alma desde dentro, despacio, sin dejar marca. Así que decidí evolucionar.
Y decidí llevarlo al siguiente nivel. ¿Por qué conformarme con un video grabado solo para él? Si mi obra merecía un público, ¿por qué no compartirla con el mundo entero? Abrí un perfil en una de esas páginas de videos para adultos y lo llamé «La Mujer Sin Cara». La descripción era escueta: sin rostro, sin culpa, solo cuerpo y deseo. Cada clip, una herida para el hombre que dormía a mi lado y no lo sabía. Le mandé el enlace desde una cuenta de correo anónima, con una sola línea: «Ahora todos pueden ver lo que tienes en casa».
El primer video pensado para ese público lo titulé «Un regalo para ti». La calidad era otra cosa: cámara fija, buena luz, encuadre cuidado. Yo, con un pasamontañas de lana negra, arrodillada sobre un suelo de madera clara. Un chico joven, de espalda ancha y manos grandes, se acercaba y terminaba sobre mi cara. Después yo miraba directamente al objetivo, a los ojos que asomaban por la tela, y hablaba.
«Mírame bien, amor mío. Este es el regalo que te traje esta noche. Me lo dejo en la cara para ti. ¿Te gusta? Espero que la próxima vez que me beses puedas reconocer un poquito de él. Que se te ponga dura imaginar a tu novia tratada así, como algo de usar y tirar.»
Lo vio. Y esta vez no escribió nada. Se quedó mirando la pantalla del móvil con la cara del color del papel, los nudillos blancos alrededor del aparato. Ahí empezó su verdadera paranoia.
El segundo lo llamé «Aguanta más de lo que crees». En él yo aparecía boca abajo sobre una cama deshecha, sostenida entre dos hombres que se turnaban sin tregua. Era brusco, era real, y mis gemidos mezclaban dolor y algo peligrosamente parecido al placer. Uno me agarraba del pelo y me obligaba a mantener la mirada en la cámara mientras el otro seguía.
«Esto también es para ti, mi vida. Para que veas de lo que es capaz un cuerpo cuando se entrega de verdad. Ojalá estuvieras aquí, de rodillas, esperando a que terminen para limpiarlo todo con tu lengua. Eso harías por mí, ¿verdad? Limpiarías lo de otro hombre sin rechistar.»
Esa noche, después de grabar, no me duché. Me vestí deprisa y fui directa a casa. Llevaba el aliento impregnado del olor de los dos, de mi propio sudor, de todo. Me había enjuagado la boca en un baño público, pero el rastro seguía ahí, terco, como un fantasma que se niega a marcharse.
Mateo estaba en el sofá, a oscuras, con la televisión apagada. Me senté a su lado sin decir nada y apoyé la cabeza en su hombro, igual que cualquier otra noche.
—¿Qué tal el día, cariño? —preguntó, y la voz le salió rota por algún sitio.
—Agotador —contesté, y me giré para besarlo.
Fue un beso profundo, una lengua buscando la suya, obligándolo a saborearme entera. Él se tensó de inmediato. Todo su cuerpo se endureció como una cuerda a punto de partirse. Apartó la cabeza unos centímetros, desconcertado.
—Carolina… hueles… raro.
—¿A qué? —pregunté con toda la inocencia del mundo, acercándome de nuevo, esta vez al hueco de su cuello—. A mí, supongo. He tenido un día imposible.
—No… es otra cosa. Es más fuerte. Es… —buscaba la palabra y le daba miedo encontrarla—. Es un olor salado. Como a cloro.
Sonreí en la penumbra, donde él no podía verme. Lo tenía justo donde quería.
—Ah, sí, tienes razón. Hoy probé un batido de proteína nuevo, uno asqueroso. Sabe fatal y se me queda pegado. Debe ser eso. ¿No te gusta? —y volví a besarlo, más hondo todavía, para que no tuviera escapatoria.
Me dejó hacer, pero su cuerpo era un solo nudo de tensión. Estaba besando a su novia y, al mismo tiempo, en algún rincón de su cabeza, estaba oliendo a otro hombre. Estaba tragándose la humillación sin entenderla del todo. Y lo peor, lo que más le iba a doler después: se le puso dura. Un traidor escondido en sus propios pantalones.
***
El siguiente video, mi pieza favorita, lo titulé «La cena del que no sabe». La escena era el rincón discreto de un restaurante caro. Yo, con un vestido negro ajustado y el pasamontañas, debajo de la mesa. Un hombre mayor, de canas elegantes y reloj de oro, comía con una calma estudiada. Yo trabajaba despacio, sin prisa, mientras la cámara escondida enfocaba el movimiento de mi cabeza contra la tela del mantel. De vez en cuando él me empujaba con la palma, marcando un ritmo que no era el mío.
«Mientras tú cenas tu comida aburrida en casa, yo estoy aquí abajo, de rodillas, dándome un capricho mucho mejor. Imagina mi cara, amor. Imagina mis labios hinchados cuando vuelva y te dé el beso de buenas noches. Imagina que te cuento que tuve una reunión larguísima, agotadora. Y que durante todo ese rato lo único que hice fue esto, para que tú, en tu ignorancia, sigas presumiendo de mí.»
El hombre terminó y yo me lo quedé todo, mirando fijamente al objetivo. Después me levanté, me alisé el vestido con dos manos tranquilas y salí del local como quien sale de una junta de trabajo.
Cuando llegué a casa, Mateo me esperaba despierto, como siempre. Parecía la sombra de sí mismo, los ojos hundidos, la barba de tres días.
—¿Cómo fue la reunión? —preguntó sin mirarme.
—Interminable, mi amor. Estoy muerta. —Fui directa hacia él, lo rodeé con los brazos y le di exactamente el beso de buenas noches que le había prometido frente a la cámara, sin que él lo supiera.
Se quedó completamente quieto. No me devolvió el beso. Solo me olió, despacio, como un animal que reconoce un peligro antiguo. Su cuerpo entero temblaba bajo mis manos. Estaba oliendo a otro hombre en mi boca, la prueba definitiva, la única que importaba. Pero era una prueba que jamás podría presentar ante nadie. Un olor. Una sospecha. Una idea que cualquiera tacharía de locura.
Me separé apenas y vi que tenía los ojos brillantes, a medio camino entre las lágrimas y algo más oscuro.
—Carolina… ¿tú…? —empezó, y no fue capaz de terminar la frase.
—¿Yo qué, mi vida? —respondí, acariciándole la mejilla con la ternura más falsa y más perfecta que supe fingir—. Estoy reventada. Vámonos a la cama. Te quiero.
Y ahí estaba la clave de todo. Si yo lo negaba con dulzura, con esa ternura de novia cansada, él se quedaba sin terreno donde plantar su rabia. No podía gritar a una mujer que lo abrazaba y le decía «te quiero». No podía acusar sin convertirse él mismo en el monstruo, en el celoso enfermo que inventa traiciones donde no hay nada. Cada gesto suave mío era otra vuelta de tuerca. Lo estaba encerrando en una jaula hecha de mi propia dulzura.
Me di la vuelta y caminé hacia el dormitorio, dejándolo de pie en el salón a oscuras, con el sabor de mi traición todavía en los labios y la certeza absoluta de que estaba perdiendo la cabeza. Lo escuché quedarse atrás, respirando hondo, como quien intenta no derrumbarse.
Esa noche se acostó tarde. Sentí cómo se metía bajo las sábanas con cuidado, intentando no rozarme, manteniendo entre los dos una frontera invisible que solo él conocía. Durante horas notó mi respiración tranquila a su lado y supo, sin poder demostrarlo, que esa misma boca que lo besaba había hecho otra cosa apenas unas horas antes. Y yo, con los ojos cerrados y la cara hundida en la almohada, sonreía.
Porque la verdadera obra no estaba en ningún video, ni en ningún perfil anónimo, ni en los comentarios de desconocidos que jamás verían mi cara. La verdadera obra estaba ahí, en la cabeza de Mateo, proyectándose en bucle en la oscuridad de nuestro propio dormitorio. Cada beso futuro sería una duda. Cada olor en mi aliento, una pregunta sin respuesta. Cada «te quiero» mío, un cuchillo envuelto en seda.
Lo había convertido en algo mucho peor que un hombre engañado. Lo había convertido en un hombre que sabía y no podía probar nada, que sospechaba y se odiaba por sospechar, que me deseaba justo cuando más debía despreciarme. Esa contradicción era mi venganza más fina, la que no deja huella y no se cura nunca.
Me acerqué a él en la cama, le pasé un brazo por encima del pecho y noté cómo su corazón latía a toda velocidad bajo mi mano. Le besé el hombro, suave, y susurré contra su piel un «descansa, mi amor» que sonó como una caricia y cayó como una sentencia. Él no dijo nada. Solo apretó los párpados con fuerza, mientras yo me dejaba llevar por el sueño más tranquilo del mundo.