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Relatos Ardientes

Me volví la amante de mi ex después del divorcio

Hace siete años que Mauricio y yo firmamos los papeles del divorcio, y en todo ese tiempo nunca dejé de verlo. Suena absurdo, lo sé. La gente se separa para no verse más, y yo me separé para seguir buscándolo cada cierto tiempo, como quien vuelve a un vicio que sabe que le hace mal. La verdad sin adornos es que lo que extraño no es a él, ni nuestra vida juntos, ni nada de eso. Lo que extraño es el sexo. Con Mauricio siempre fue increíble, y ningún hombre que vino después logró ni acercarse.

Lo nuestro terminó mal, como terminan estas cosas. Él se enamoró de otra mientras todavía dormíamos en la misma cama, y un día me lo dijo sin anestesia. Lloré lo que tenía que llorar, firmé lo que tenía que firmar y me prometí no buscarlo nunca más. Esa promesa me duró exactamente cuatro meses. Después vino el primer mensaje, la primera cerveza, la primera recaída. Y así, de recaída en recaída, llegamos hasta acá, a esta historia que ninguno de los dos contaría en voz alta.

Hace unos meses me escribió de la nada para invitarme unas cervezas. Acepté sin pensarlo dos veces. Nos sentamos en un bar tranquilo, de esos con luz baja y música que no molesta, y dejamos que el alcohol hiciera lo suyo. No hizo falta mucho. A la segunda ronda ya nos hablábamos demasiado cerca, las rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada vez que él se reía me miraba la boca un segundo de más.

Lo miré con calma mientras hablaba de cualquier cosa, su trabajo, un viaje, no me acuerdo. Yo no escuchaba las palabras, escuchaba el tono, esa cadencia grave que me conozco de memoria y que siempre me anunció lo mismo. Tenía las mangas de la camisa remangadas y los antebrazos apoyados en la mesa, y yo no podía dejar de mirarle las manos. Sabía exactamente lo que esas manos eran capaces de hacerme, y él sabía que yo lo sabía. Esa complicidad sin decir nada fue lo que terminó de calentarme.

—¿Te acordás de la última vez? —me preguntó, jugando con la etiqueta de la botella.

—Me acuerdo de todas las veces —le respondí.

Esa fue toda la conversación que necesitábamos. Pagamos la cuenta sin terminar la última cerveza y nos fuimos a la casa de sus padres, que estaban de viaje unos días. Era nuestro viejo refugio de cuando éramos novios, antes de casarnos, antes de todo lo que vino después. Volver ahí tenía algo de prohibido que me caldeó la sangre durante todo el trayecto.

Apenas cerramos la puerta nos empezamos a besar. No fue un beso tierno ni de reencuentro: fue de los que muerden, de los que buscan. Sus manos ya me subían por debajo de la blusa mientras yo le desabrochaba el cinturón a tientas. Cada segundo que pasaba el cuerpo me pedía más, y a él se le notaba lo mismo en la forma en que respiraba contra mi cuello.

Nos fuimos quitando la ropa entre el living y el pasillo. Cuando me quedé en topless, se arrodilló un poco y empezó a besarme los pechos despacio, apretándolos con las dos manos de esa manera firme que siempre me volvió loca. Me chupaba los pezones y los soltaba con un sonido húmedo, y yo le sostenía la cabeza para que no parara. Ya estaba mojada, ya estaba lista, pero todavía quedaba algo que yo quería hacerle primero, algo que se me da bien y que a él lo desarma.

Lo empujé suave hasta que se sentó en el sillón y me arrodillé entre sus piernas. Me encanta chupársela, siempre me encantó, y esa noche se lo dije mientras lo tenía en la boca. Él me contestó con la voz ronca que le fascinaba cómo lo hacía. La sentí endurecerse contra mi lengua, crecer hasta marcarse las venas de lo dura que estaba, y eso me dio más ganas. Me la metía lo más profundo que podía, le besaba los testículos, subía y bajaba con paciencia hasta sentir que ya no aguantaba. Solo cuando lo noté al borde me detuve.

Lo miré desde abajo, con los labios todavía rozándole la punta, disfrutando de tenerlo así, suplicando sin palabras. Le gusta cuando lo hago durar, cuando lo llevo hasta el límite y lo dejo ahí colgado. Esa noche tenía ganas de torturarlo un poco, de cobrarme en placer todos esos años en que fingí que no lo necesitaba. Le di un último lametón lento, de arriba abajo, y recién entonces me levanté.

Entonces me subí encima de él y me la clavé entera de un solo movimiento. La sentí entrar hasta el fondo y se me escapó un gemido largo. Empecé a moverme despacio, agarrándome de sus hombros, y él me clavaba los dedos en las caderas marcándome el ritmo. Me gusta arriba porque puedo verle la cara, ver cómo va perdiendo el control él, que siempre quiere mandar. Esa noche se la estaba quitando de a poco, y lo disfruté como hacía años no disfrutaba a nadie.

Y ahí fue cuando todo cambió, porque ya no éramos pareja y eso lo hacía distinto.

—¿Sabés cómo me la cojo a ella? —me dijo de repente, mirándome a los ojos.

Ella era su esposa. La mujer por la que me dejó. Tendría que haberme molestado, tendría que haberme bajado de encima y mandarlo al diablo. En cambio me quedé inmóvil un segundo, con él adentro, sintiendo cómo esa frase me prendía algo en la boca del estómago.

—Contame —le pedí.

Y me contó. Me contó que a ella le gustaba en cuatro, que cuando la ponía así se volvía loca, que gemía bajito como si le diera vergüenza. Me contó qué le decía al oído, cómo la agarraba, qué partes de su cuerpo lo enloquecían. Cada detalle íntimo que me daba me hacía montarlo más fuerte, más rápido, como si yo quisiera borrar a esa mujer y ocupar su lugar al mismo tiempo.

Quiero que me lo haga como se lo hace a ella.

—Decís que le gusta en cuatro —jadeé.

—Le encanta.

Me bajé de encima y me puse yo misma en esa posición, en cuatro patas sobre el sillón, ofreciéndome.

—Entonces métemelo como a tu mujer —le exigí, mirándolo por encima del hombro.

No hizo falta repetirlo. Se acomodó detrás de mí, me agarró de las caderas y me la clavó de una sola estocada, sin contemplaciones, hasta el fondo. Empezó a embestirme con una rabia rica, como si en ese momento yo fuera todas las mujeres con las que alguna vez quiso desquitarse. Primero por delante, hasta dejarme temblando, y al rato bajó la mano, me acarició y empezó a empujar despacio en otro lado, abriéndose paso poco a poco.

En estos siete años yo también tuve mi historia. Aprendí cosas, descubrí lo que me gusta, dejé atrás la timidez de la mujer casada que fui. Y todo eso lo puse en práctica esa noche, aprovechando lo excitado que estaba poniéndole los cuernos a su flamante esposa.

—Dámelo todo —le dije con la cara contra el cojín—. Todo, como a la cornuda de tu mujer.

Sentí que algo se le rompió por dentro al escucharme. Me embistió más duro.

—Rompeme como a ella —seguí—. Más fuerte. Que no se entere de lo que estás haciendo.

—Estás loca —murmuró, pero la voz le temblaba de puro placer.

—Lléname —le exigí—. Quiero todo adentro.

Y vaya que funcionó. Me dio más fuerte que nunca, perdió el ritmo, perdió el control, hasta que sentí que se vaciaba dentro de mí con un gruñido que le salió desde el fondo del pecho. Apreté todo lo que pude, contrayendo los músculos para exprimirlo hasta la última gota, hasta que ya no pudo más y se separó. Aun así seguí apretando, sintiendo cómo me corría por los muslos lo que él había guardado para otra.

***

Nos quedamos unos minutos en silencio, los dos tirados en el sillón, recuperando el aire. Después nos vestimos sin hablar demasiado, como dos cómplices que acaban de hacer algo que no le contarán a nadie. Él se fue a su casa, con su esposa, con su vida ordenada. Yo me fui a la mía.

Pero desde esa noche me quedó algo dando vueltas en la cabeza, algo que no me esperaba. No me obsesioné con él. Me obsesioné con ella. Con la idea de Mauricio cogiéndosela a su mujer mientras piensa en mí, o pensándome a mí mientras se la coge a ella. Con la posibilidad de estar ahí, en algún rincón, mirando, escuchando esos gemidos bajitos que él me describió.

Lo pienso de noche, cuando no puedo dormir. Me imagino la escena completa: la casa de ellos, la cama matrimonial, ella creyendo que es una noche cualquiera, y yo en la penumbra del pasillo viendo cómo él le hace lo que me describió en la oscuridad de aquel sillón. Me imagino su cara si me descubriera, las explicaciones imposibles, el escándalo. Y en lugar de asustarme, esa imagen me prende. No sé qué dice eso de mí y, a estas alturas, ya no me importa demasiado averiguarlo.

No sé si me animaré a proponérselo la próxima vez que me escriba. Pero algo me dice que sí, que tarde o temprano se lo voy a decir al oído, justo cuando lo tenga más entregado, más mío, más lejos de ella que nunca. Y conociéndolo, conociéndonos, sé que va a costarle muy poco decir que sí.

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Comentarios (4)

Clara_Noche

que relato!! me atrapo desde el primer parrafo, se siente demasiado real

PabloSV

por favor una segunda parte... quede con ganas de mas

MarcelaOro

me recordo a una situacion muy parecida con mi ex, esa tension que no desaparece aunque pasen los años. Muy bien escrito

MiguelCba

buenisimo!!!

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