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Relatos Ardientes

Volvió la mujer que me engañó con mi hermano

Durante diez años me dije que la había olvidado. Lo repetí tantas veces que casi llegué a creerlo: en aviones, en reuniones, en camas de mujeres cuyos nombres no recuerdo. Construí una empresa desde cero, gané más dinero del que sabía gastar y aprendí a mirar a la gente como si fueran piezas de un tablero. Todo para no pensar en Helena.

Y entonces murió Esteban.

Esteban Mora fue lo más parecido a un padre que tuve cuando el mío desapareció y mi madre enfermó. Me sacó de la calle, me pagó los estudios, me enseñó a negociar sin que me temblara la voz. También fue el padre de Helena, lo cual me convirtió, durante un tiempo, en el hombre más afortunado del mundo. Hasta que dejé de serlo.

El abogado me citó para la lectura del testamento. No quería ir. La sola idea de volver a esa casa, de respirar el mismo aire que ella, me revolvía el estómago. Pero le debía eso al viejo, así que me puse el traje más caro que tenía y conduje hasta la finca junto al lago en la que había sido feliz a los veintitrés años.

Ella estaba en el salón cuando entré.

Diez años no le habían quitado nada. Al contrario. La chica de la que me enamoré se había convertido en una mujer de gestos lentos y mirada cansada, más hermosa de lo que tenía derecho a ser. Llevaba un vestido negro de luto que se le ajustaba a las caderas, y cuando levantó la vista y me reconoció, vi cómo se le cortaba la respiración.

—Adrián —dijo, como si mi nombre le pesara en la boca.

—Señora Mora —respondí.

El golpe dio en el blanco. No era «señora Mora», era la señora de mi hermano. Helena se había casado con Mateo apenas un año después de dejarme, en una ceremonia a la que, por supuesto, no fui invitado.

Mateo no estaba allí esa tarde. Mejor para él. Todavía recuerdo la última vez que lo vi, la noche en que entré sin avisar al departamento que compartía con Helena y los encontré en la cama. Mi hermano. Mi prometida. Las sábanas que yo había pagado. No grité. No rompí nada. Simplemente cerré la puerta y desaparecí de sus vidas durante una década. A veces el peor castigo es el silencio.

El testamento fue largo y aburrido hasta que llegó la última cláusula. Esteban, el viejo astuto, había dejado el control de su empresa atado a una condición: que yo volviera a la dirección, codo a codo con la familia que me había destrozado. Era su forma de obligarnos a todos a sentarnos en la misma mesa. Desde su tumba seguía moviendo las piezas.

—Necesito pensarlo —fue lo único que dije antes de marcharme.

***

Apareció en mi casa tres noches después.

Vivo en una casa de cristal sobre una colina, lejos de todo, precisamente para que nadie me moleste. Cuando sonó el timbre a las once de la noche supe que era ella antes de mirar la cámara. Lo supe en el cuerpo, en esa parte de mí que nunca aprendió a olvidarla.

Le abrí. Venía con el pelo suelto y un abrigo sobre algo que no alcancé a ver. Traía los ojos rojos.

—Sé que es tarde —empezó—. Pero si esperaba a mañana no iba a atreverme.

La dejé pasar sin decir nada. La hice esperar de pie en el estudio mientras me servía un whisky y no le ofrecía nada. Pequeñas crueldades. Llevaba diez años fantaseando con tenerla así, incómoda, pendiente de mí.

—Vengo a pedirte que aceptes lo del testamento —dijo—. La empresa lo es todo para mi madre, para Mateo, para…

—Para Mateo —repetí—. Claro. Siempre se trata de lo que Mateo necesita.

—No vine a hablar de él.

—¿No? —Me acerqué un paso—. Porque hasta donde sé, sigues durmiendo en su cama. La misma en la que me enteré de lo que valía tu palabra.

Bajó la mirada. Esperaba que llorara, que se defendiera, que dijera cualquiera de las cosas que ensayé responderle durante años. En cambio se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre el respaldo de una silla.

Debajo no llevaba casi nada. Un conjunto de encaje oscuro que conocía bien, porque era el mismo tipo de ropa que usaba cuando éramos jóvenes y todavía me pertenecía.

—No vine a pedirte perdón —dijo, y la voz le tembló solo un poco—. Sé que no me lo darías. Vine porque hace diez años que no dejo de pensar en ti, y porque esta puede ser la última vez que me dejes acercarme. Castígame como quieras. Pero no me pidas que me vaya.

***

Debería haberla echado. Lo sensato, lo digno, era abrirle la puerta y verla bajar la colina. En cambio dejé el vaso sobre la mesa, crucé la distancia que nos separaba y la agarré del mentón con más fuerza de la necesaria.

—¿Esto es lo que haces? —le dije, muy cerca de su boca—. ¿Te metes en la cama de un hombre para conseguir lo que tu familia quiere? Primero mi hermano, ahora yo.

—No —susurró—. A ti te quiero desde antes que existiera todo eso.

La besé para callarla, y fue como abrir una puerta que llevaba diez años clausurada. No hubo nada dulce en ese beso. Le mordí el labio hasta sentir el sabor caliente de su boca, le tiré del pelo hacia atrás y dejé que notara el rencor en cada presión de mi lengua. Ella respondió al instante, hundiéndose contra mí con una desesperación que me ensució la cabeza más que cualquier fantasía. Sus manos fueron a mi chaqueta, luego a los botones de mi camisa, buscando piel, buscando calor, buscando algo que ya no tenía derecho a pedirme y aun así pedía.

La empujé contra la pared de cristal. Afuera, las luces de la ciudad temblaban a lo lejos; cualquiera con un buen telescopio podría habernos visto, y en ese momento no me importó. Le bajé los tirantes del encaje con dos dedos y le mordí el hombro mientras ella echaba la cabeza atrás contra el vidrio frío. El contraste la hizo jadear, y yo aproveché para deslizar la mano por la curva de su cintura, subir por la tripa tensa y encontrar el borde del sujetador, empapado ya de su calor y de mi rabia.

—Adrián —jadeó, y mi nombre en su boca ya no me pesaba: me encendía.

Le aparté el encaje del pecho y bajé la boca. Recordaba el sabor de su piel mejor que el de cualquier mujer que hubiera tocado después: sal, perfume caro, esa humedad tibia que se le juntaba en el cuello cuando estaba nerviosa. Le chupé un pezón a través de la tela, luego el otro, hasta que se le escapó un gemido roto y me enterró los dedos en el pelo como si quisiera obligarme a quedarme ahí para siempre. Le bajé el sujetador despacio, mirándola, y entonces sí le tomé una teta en la boca, succionando con fuerza, lamiendo el pezón endurecido hasta oírla respirar entrecortado y temblar entera. Ella me empujó la cabeza con la palma, pidiéndome más sin decirlo, arqueando el cuerpo para frotarse contra mi pecho.

—Diez años imaginando esto —le dije al oído—. ¿Sabes cuántas veces?

—Yo también —respondió—. Cada noche. Junto a él.

Esa confesión, que debería haberme dado asco, me prendió como gasolina. Saber que pensaba en mí mientras dormía con mi hermano era la venganza más perfecta que el destino podía ofrecerme. La levanté en brazos y la llevé al sofá largo frente al ventanal. No protestó; abrió más las piernas para rodearme la cintura, y sentí el roce de su sexo duro de deseo contra mi muslo, húmedo, urgente, desesperado por algo que llevaba demasiado tiempo negándole.

La tendí boca arriba y le quité lo poco que le quedaba puesto, despacio, mirándola, dejando que se sintiera expuesta. Primero el encaje negro, después la ropa interior, deslizada por sus caderas con una lentitud cruel. Tenía la respiración agitada y el cuerpo arqueado hacia mí, pidiendo sin palabras. Le separé las piernas con la rodilla y deslicé la mano entre sus muslos. Estaba empapada, caliente, abierta para mí como si la hubiera preparado toda la noche.

—Mírate —murmuré—. Tan mojada por el hombre al que dejaste tirado.

—Cállate —pidió, pero levantó las caderas buscando mis dedos.

La acaricié sin prisa, encontrando el ritmo que mi memoria había guardado todos esos años. Le pasé dos dedos por la abertura, despacio al principio, sintiendo cómo se estremecía y se me agarraba al antebrazo con uñas temblorosas. Luego hundí un dedo dentro, luego otro, despacio, abriéndola desde dentro mientras con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos cortos y duros. Helena gimió, y el sonido me golpeó directo en el bajo vientre. La tenía húmeda hasta la muñeca. La follé con los dedos con calma al principio y luego más rápido, sacándole jadeos cada vez más rotos, hasta que empezó a moverse sola encima de mi mano, persiguiendo el placer como una perra hambrienta.

—Por favor —rogó al fin, con los ojos vidriosos—. No me hagas esperar más. No después de tanto tiempo.

Me desabroché el cinturón. Cuando entré en ella, los dos contuvimos el aire al mismo tiempo, como si el cuerpo recordara algo que la cabeza se había empeñado en negar. La acomodé bajo mí, la abrí más con las manos en las caderas y hundí la polla en su coño apretado, caliente, palpitante. Entré despacio la primera vez, sintiendo cómo me recibía, cómo me apretaba hasta casi doler, y luego empujé más, hasta que estuvo llena por completo. Ella soltó un gemido ahogado y me clavó los talones en la espalda baja, pidiéndome que no me detuviera.

No fui delicado. Me moví con todo el resentimiento de una década, sosteniéndola por las caderas, mirando cómo se le tensaba la cara cada vez que la embestía. La follé sobre el sofá con golpes profundos, secos, sacándole el aire de la garganta. Cada vaivén hacía crujir el cuero bajo su espalda y me devolvía una imagen de lo que había perdido: su boca abierta, sus tetas rebotando con cada embestida, las piernas rodeándome más fuerte cuando me hundía hasta el fondo. Ella me devolvía cada embestida murmurando mi nombre, jurando entre jadeos que se había equivocado, que nunca había dejado de quererme, que esa noche era mía y de nadie más.

Le agarré las muñecas y se las clavé sobre el sofá por encima de la cabeza, para tenerla inmóvil mientras la follaba más fuerte. Quería verla rendirse del todo. Quería notar cómo su coño se cerraba a mi alrededor en espasmos pequeños cada vez que le daba justo en ese punto que la hacía arquearse y llorarme al oído. El olor de su excitación llenó el salón: sexo, piel caliente, mi propio whisky derramado en algún golpe. Le bajé una mano entre las piernas y le hice un gesto brutal con el pulgar sobre el clítoris mientras seguía entrando y saliendo, y ella gritó mi nombre con la voz quebrada, ya sin vergüenza, ya sin freno.

—Dilo otra vez —le exigí, sin dejar de moverme.

—Tuya —gimió—. Solo tuya. Nunca fui de él.

Le tapé la boca con la mano cuando empezó a gritar, no por discreción, sino porque quería sentir el temblor de su placer contra mi palma. La sentí apretarse de golpe alrededor de mi polla, las paredes del coño contrayéndose en una sacudida larga y feroz que le arqueó la espalda y le hizo clavarme las uñas en la muñeca. Se deshizo debajo de mí con un estremecimiento que la recorrió entera, y ese fue mi límite. Seguí embistiéndola unas cuantas veces más, más hondo, más duro, hasta que perdí el control. Me hundí hasta el fondo y me dejé ir, vaciándome dentro de la mujer que me había roto y que esa noche, por fin, me pertenecía de nuevo. Sentí la corrida caliente dispararse dentro de ella, el pulso de mi polla latiendo mientras me derramaba hasta el final, y ella se quedó temblando bajo mi peso, respirando como si acabara de aprender a hacerlo.

***

Nos quedamos un rato en silencio, los cuerpos enredados sobre el cuero, recuperando el aliento. Afuera la ciudad seguía indiferente.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella en voz baja, dibujando círculos con el dedo sobre mi pecho—. ¿Vas a aceptar lo de la empresa?

Sonreí en la oscuridad. Ahí estaba otra vez la verdadera Helena, calculando incluso desnuda.

—Voy a aceptarlo —dije—. Y voy a sentarme cada día en la misma sala que mi hermano. Y cada vez que lo mire sabré que su esposa vino a buscarme en mitad de la noche.

Se incorporó, alarmada.

—No se lo dirás.

—No hace falta —respondí, atrayéndola de nuevo hacia mí—. Me basta con saberlo yo. Y con que vuelvas mañana.

No dijo que no. Y mientras la sentía acomodarse contra mi cuerpo, entendí que el viejo Esteban, sin proponérselo, me había devuelto lo único que el dinero nunca pudo comprarme. La traición, después de todo, tenía sus ecos. Y algunos sonaban exactamente como una venganza.

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Comentarios(8)

DiegoBA_90

tremendo relato, me tuvo enganchado hasta el final. Bravo!!

Florencia_92

Dios mio, me dejaste con el corazon acelerado. Por favor tiene que haber una segunda parte, no puedo quedar asi

CarlitosWay88

Buenisimo. La tension del comienzo estuvo increible, se nota que sabes escribir

MarcosBA99

Me recordo algo que pase hace años con una ex, esa mezcla de rencor y deseo que nunca se va del todo... muy bien narrado

LectrixNocturna

y como termino todo?? me quede con ganas de saber mas, se hizo corto jaja

Rodrigo_K

diez años... eso es mucho tiempo para guardar algo. el relato tiene una carga emocional que no esperaba de esta categoria. buenisimo

SoledadMartinezS

que historia!! lo lei dos veces seguidas

NadiaTuc

Me gusto mucho como manejaste el tema sin hacerlo demasiado explicito, eso lo hace mas intenso todavia. Sigue escribiendo!

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