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Relatos Ardientes

Embarazada, toqué el timbre del hombre del chat

Carolina era bajita, con curvas de las que dan ganas de agarrarse, el pelo largo y ondulado, oscuro como la noche. Caderas anchas, un culo generoso y un par de pechos que llamaban la atención sin necesidad de hacer nada. A sus treinta y cuatro años, después de mucho intentarlo, por fin se había quedado embarazada.

Daniel, su novio de toda la vida y luego marido, era lo contrario a ella: alto, delgado, moreno, simpático con todo el mundo. Se llevaban bien en casi todo, y en la cama eran apasionados pero siempre dentro de lo previsible, alguna picardía suelta y poco más.

La noticia del embarazo lo cambió todo, sobre todo lo económico. Daniel empezó a encadenar horas extra para pagar la cuna, el cochecito, los muebles de la habitación del bebé. Carolina, en cambio, tenía las tardes vacías: su trabajo no era recomendable estando embarazada, así que se quedó en casa, lo que era una razón más para que él trabajara de sol a sol.

Y esa ausencia del marido venía con un problema añadido. Desde que se había quedado embarazada, el deseo de Carolina se había disparado. Su cuerpo ardía sin tregua, estaba siempre caliente, deseando que Daniel cruzara la puerta y la tomara con ganas. Como eso casi nunca pasaba, se conformaba con masturbarse dos o tres veces al día.

Le recomendaron apuntarse a un gimnasio para no perder la forma, con ejercicios suaves. Iba a diario y allí socializaba sobre todo con otras mujeres de su edad. Charlaban de todo, sobre todo se quejaban de sus maridos mientras pedaleaban en la estática o caminaban en la cinta. Carolina solo tenía una queja de Daniel, y la vergüenza le impedía confesarla en voz alta.

Después de sudar volvía a casa, se desnudaba y descubría en el espejo una sensualidad nueva, un cuerpo lleno de hormonas que antes no conocía. Le escribía un mensaje al móvil de su marido: «¿Vienes pronto?». Y casi siempre recibía la misma respuesta: «Cena tú, hoy llego tarde».

Decepcionada, cambiaba la ducha por un baño, llenaba la bañera de agua caliente y se daba un homenaje entre la espuma, ahogando los gemidos mordiéndose el antebrazo.

Las pocas noches que él llegaba a una hora decente venía tan cansado que cenaban y, con suerte, echaban un polvo rápido. Lo normal era que se le subiera encima, le comiera el sexo apenas un minuto, la penetrara y ella tuviera que tocarse el clítoris para correrse antes de que su marido reventado terminara. Después de llenarla, Daniel caía boca arriba mientras ella, todavía encendida, le masturbaba la polla floja, incluso se la metía en la boca buscando un segundo asalto que jamás llegaba. Estoy muerto y mañana madrugo, decía él.

Los meses pasaban y, lejos de calmarse, Carolina estaba cada día más caliente. Lo único que no acompañaba era su cuerpo y, sobre todo, la barriga, que empezaba a ser considerable.

Muerta de vergüenza, entró en una sex shop y compró un consolador con la excusa de que era un regalo. Llegó a casa, lo desempaquetó, lo lavó, se desnudó y lo estrenó con un par de buenos orgasmos. Desde ese día fue su «amante» de plástico.

También descubrió decenas de páginas porno a las que dedicaba horas muertas, fantaseando con pollas grandes y duras.

***

Pero lo que de verdad la desvió del camino fue una tontería. Una tarde, aburrida, entró en una sala de chat de sexo con un alias demasiado llamativo: «Embarazada_34». Se le abrieron una decena de ventanas, todos iban directos al grano, y eso, por muy caliente que estuviera, no le gustaba. Tampoco buscaba una relación. Quería algo intermedio que ni ella sabía nombrar.

Uno solo no entró a saco, y fue con quien siguió hablando. Marcos era abierto, divertido, extrovertido, justo lo contrario que ella. Empezaron con tonterías. Él le contó sus líos con la exmujer, que según decía era un arpía intentando sacarle hasta el último euro, y que ahora se dedicaba a viajar y a vivir la vida. Carolina, más reservada, apenas soltaba prenda.

Como era de esperar, tarde o temprano salió el tema del sexo. Marcos contaba que llevaba meses sin follar, y a ella hasta le pareció bien: no quería gente buscando algo serio, prefería el perfil rápido y, a poder ser, con experiencia. Total, lo que quiero es divertirme un rato online, se decía.

Cuando le tocó a ella, muerta de vergüenza, pensó en inventarse cualquier cosa. Pero la gracia era esa, que no lo conocía ni lo conocería nunca. ¿Para qué mentir? Confesó que su marido no cumplía en la cama. Él le preguntó qué buscaba exactamente y tampoco mintió: morbo, nada más.

—¿Y qué tipo de hombre te gusta? —escribió Marcos.

—Me ponen los chulitos, los gallitos, los que están un poco fofos pero fuertes —respondió ella, encendida.

—¿Y de polla?

—Eso me da igual.

—Venga, en serio.

—Pues grande, si puede ser. Aunque lo que más me importa no es el tamaño, sino cómo la usa.

Marcos le aclaró que, aunque ahora estaba en dique seco por los problemas con la ex, antes había estado follando casi a diario con una jovencita. Carolina, mientras tecleaba, tenía una mano siempre ocupada, en los pechos o entre las piernas. El reloj de muñeca empezó a vibrarle: se le echaba el tiempo encima y empezó a despedirse. Él le pasó su usuario de una app de mensajería, por si quería seguir la conversación.

***

Pasaron los días y, cuando podía, seguían hablando con buen rollo. Pero por las noches, cuando ella estaba muy caliente, el tono subía hasta el punto de confesarse fantasías. La de Marcos era follarse a dos mujeres a la vez. Qué típico, pensó ella. Carolina, por su parte, le dijo que le daría morbo tocar la polla de otro hombre, y él se rió a carcajadas ofreciéndole la suya, cosa que ella declinó.

—¿Te gustaría acostarte con otro? —preguntó él.

—Bueno... eso ya sería pasarse.

—¿Entonces?

—Quizá... tocarla.

—¿Tocar el qué?

—La polla —escribió ella por fin.

—¿Cuántas has tocado?

—Dos. La de mi marido y la de un amigo, antes de casarme.

—¿Follasteis?

—¡No!

—¿Y no harías nada más? ¿Solo tocarla?

—Bueno, en ese caso hipotético, lo que no querría es que me preguntaran qué quiero y qué no. El tipo de hombre con el que fantaseo no pregunta —contestó ella.

—Entiendo.

Marcos empezó a mandarle fotos. Él también iba al gimnasio y le envió varias marcando pecho, que Carolina usó para masturbarse durante días. Había una en la que se le marcaba el bulto bajo el bóxer que la hizo disfrutar más de una vez. El día que la recibió, prácticamente violó a Daniel: él ya había terminado y ella seguía moviendo el culo, penetrándose sola, sujetándolo de la mano para que no se apartara. Tener que hacerlo a cuatro patas por culpa de la barriga ayudaba a imaginar que la penetraba otro.

Marcos se fue volviendo más atrevido y le pidió fotos a cambio. Carolina recortaba la cara, igual que hacía él, y se las mandaba: primero normales, después más insinuantes, todas antiguas. Hasta que él recordó que estaba embarazada y le preguntó de cuánto estaba.

—De treinta semanas —confesó.

—Me ponen muchísimo las embarazadas —le dijo.

Ella terminó enviándole una con un camisón, intentando que la tripa luciera. Marcos se puso a mil, primero zalamero y luego directamente guarro. Por reservada que fuera, declinó sus peticiones de «más carne» y se limitó a enseñar la barriga.

—Qué buena estás. Me encantaría follarte. ¿Este finde quedamos? Tengo sitio —y le envió una ubicación del centro de Valencia.

Aquello se estaba yendo de las manos, y cortó por lo sano. «Mejor nos bloqueamos», le escribió con cierta pena. Él preguntó por qué, si la había ofendido. No era eso. Se sinceró: no buscaba nada, y mucho menos una relación. Bloqueó el contacto antes de que pudiera responder.

***

Pasó la semana ardiente, tentada a escribirle. No se quitaba de la cabeza aquel bulto marcado bajo el bóxer ni la idea de que la deseaba incluso embarazada de siete meses.

Ese fin de semana salió de compras por el centro y medio cerebro recordaba la ubicación que Marcos le había mandado. No, déjalo, se repetía. Entró en un gran centro comercial y se compró varias prendas. Estaba tan caliente que se portó mal: se llevó un peto premamá al probador y, frente al espejo, se manoseó entera, estrujándose los pechos hinchados, aunque sin llegar a masturbarse. Lo que de verdad quería probarse, y usar después para hacerse un dedo, era un camisón muy ligero que se abría por delante, de un azul claro casi transparente, pensado para las noches de verano. Le recordaba a las tonterías que Marcos le había escrito cuando le mandó la foto del otro camisón.

Ardía. Solo pensaba en pollas y en follar. Le escribió a Daniel preguntándole si llegaría pronto, que ella ya iba de camino en metro, pero él tenía mucho trabajo. Mierda, no puedo estar así de caliente, pensó.

Miró la conversación con Marcos, la ubicación. Se bajó en la estación de transbordo y cambió de línea. «Solo a ver por dónde vive, total, no hay prisa por volver», se mintió.

Se bajó en la parada más cercana y caminó hasta dar con el lugar: una placita donde jugaban los niños, rodeada de edificios altos con los bajos llenos de bares. Le entró hambre y se metió en uno a pedir unas croquetas que devoró en la terraza. El calor no le bajaba del cuerpo, y tener tan cerca a un hombre así no ayudaba.

¿Y si solo... solo lo conozco? No es nada malo... ¿o sí? ¡No sé! ¡Déjalo! Ya has venido, ya te has dado el gustazo, ya has cenado, vuelve a casa con tu marido. Pero abrió la foto del bóxer y solo deseaba tener esa polla dentro.

—Échale valor, solo es conocerlo —se dijo en voz baja.

Desbloqueó el contacto y escribió un «hola».

Marcos respondió al segundo. «Creía que me habías bloqueado». Ella confesó que sí, que lo había hecho, pero que cosas de la vida, ahí estaba de vuelta.

—¿Dónde estás? —preguntó ella, directa.

—En casa.

—¿Ocupado?

—No, viendo el fútbol.

El corazón le latía a mil y el sexo le ardía. Tenía la frase escrita pero no se atrevía a enviarla. Cerró los ojos y tocó la pantalla.

—¿Quieres que nos conozcamos? Pero nada raro, ¿eh? Solo vernos.

—Por mí encantado. ¿Dónde? ¿Cuándo?

—¿Te va bien en tu casa? —escribió, y al releerlo quiso borrarlo, era demasiado para ella.

—Si quieres... aunque creía que no querías, jaja.

—No pienses nada raro.

—Ya, ya... ¿cuándo?

—Estoy en la plaza que me enviaste. Lo que no sé es el portal y el número.

—¿Estás aquí? ¿Y eso?

—Nada, pasaba de compras y me dio el venazo.

—Necesito un rato para ordenar, ducharme o al menos vestirme, que ando medio en bolas.

Lo imaginó casi desnudo en un piso de soltero y se le hizo agua la boca.

—Da igual, si iba a ser hola y adiós.

—Vale, pues el número 14, tercero segunda.

***

Se levantó de la silla, pagó. ¿Qué haces? Cruzó la placita hasta la acera de enfrente. ¿Qué haces? Se acercó al portal. ¡¿Qué haces?! Puso el dedo en el timbre metálico. ¡Que te vayas, loca! Cerró los ojos y apretó. Sonó el zumbido estridente.

—¿Sí? —respondió él.

—Soy yo —dijo con voz suave.

—Sube.

El ascensor fue una jaula. La puerta del piso estaba entornada. Tocó con los nudillos.

—¿Marcos?

—Sí, adelante.

Se esperaba una pocilga, pero el recibidor era coqueto. Avanzó por inercia por el pasillo hasta que lo vio en el comedor, recogiendo cosas de la mesa. Iba sin camiseta, mostrando un pecho y una espalda curtidos en el gimnasio. La estancia estaba apenas iluminada por una lamparita.

—Pasa, pasa, estás en tu casa, un segundo —dejó las cosas en el fregadero y se plantó delante de ella de un salto. Carolina casi se muere al ver cómo se le movía la polla bajo el pantalón de pijama blanco y holgado. Se dieron dos besos—. Vaya, no me esperaba esta sorpresa.

—Ni yo venir.

—Ponte cómoda —le señaló el sofá—. Deja ahí las bolsas.

No dejaba de mirarla. Carolina se moría de vergüenza. Se sentó, y él a su lado, con una mirada lasciva que la hacía pensar ¿dónde me he metido?

—Eres muy guapa.

—Gracias...

—¿Yo qué te parezco? —se reclinó para marcarse mejor.

—Bi... bien. Guapo —dijo bajando la cabeza.

—¿Has comprado algo sexy? —le preguntó por las bolsas.

—No, normal... bueno...

—¿Puedo ver?

Carolina sacó la ropa. Cuando él vio el camisón azul, silbó.

—Mmm, ese es muy sexy. Con eso, tu marido no se va a resistir.

—Ay, Dios te oiga —se le escapó.

—Yo no podría resistirme, vamos —se le acercó al oído—. Solo de imaginarte con él puesto se me pone dura.

No se atrevía a mirarle el pijama, aunque ardía por ver lo que había provocado.

—Bueno, me voy a ir ya, que es tarde.

—¿Ya? ¿No quieres quedarte un rato más? —le besó detrás de la oreja—. Podemos pasarlo bien.

Dudó. Cerró los ojos y dudó mucho.

—Mejor me voy.

—¿Te puedo pedir un favor? Cinco minutos nada más —la miró de reojo—. Póntelo para mí.

—¿Esto? —levantó el camisón con dos dedos, como unas pinzas.

—Sí. No te voy a mentir: quiero hacerme una buena paja luego, y con eso vas a estar increíble.

—Ya, con esta tripa...

—Es que también me pone. Venga, hazlo por mí, cinco minutos y te vas.

—Va... vale.

***

Le costó horrores levantarse. Marcos creía que se desnudaría delante de él, pero por muy caliente que estuviera, eso era pasarse de la raya. Entró en la habitación, una cama deshecha, y empezó a quitarse la ropa. Se puso el camisón sobre el sujetador y las bragas.

¿Qué haces, Carolina? Se mordió el labio. Le ardía todo. Venga, no seas mojigata, que él se haga una paja y tú un dedo en casa, con motivo. Se quitó el camisón, se desabrochó el sujetador liberando los pechos y volvió a ponerse la prenda sin abrochar el último botón. Iba a salir cuando se dijo un último qué más da, ya que tonteo, que sea bien, y se agachó a quitarse las bragas. Su sexo empapado brillaba. Por suerte, el camisón le llegaba casi a las rodillas y en el comedor había muy poca luz.

Caminó luciéndose, acariciándose la barriga y sonriendo, hasta plantarse frente a Marcos. Dio una vuelta entera mostrando el camisón.

—Uff, nena, estás para comerte —se acarició el bulto, y esta vez ella sí vio cómo se le marcaba en el pantalón. Carolina tragó saliva—. Siéntate dos minutos, anda.

Quería sentarse, sí, pero encima de su polla. Serénate, Carolina. Disfruta del morbo y en casa que te folle Daniel o le das caña al juguete. Se sentó a su lado. Marcos le apartó el pelo.

—Qué buena estás —le susurró chupándole la oreja—. Me duele la polla de lo dura que la tengo.

Empezó a besarle el cuello y a acariciarle el brazo y la tripa. La niña se removió dentro.

—Está inquieta. ¿O es nena? —dijo él, abriéndole uno de los botones del centro.

—Niña.

—¿Y su mamá?

—Un poco...

Siguió comiéndole el cuello y la oreja. Carolina estaba en la gloria, no podía más de lo caliente que estaba, y Marcos lo notaba sobre todo por el olor que desprendía entre las piernas. La mano subía por la barriga hasta el borde de los pechos. La sacó, le acarició el cuello y fue bajándola poco a poco. Ella no se opuso, estaba demasiado encendida para pensar.

—Qué ricas tetas —le susurraba entre besos—. Me tienes a mil.

Carolina entreabrió los ojos y se fijó en la mano amasándole el pecho bajo el camisón. No pudo resistirse y llevó la suya despacio hasta el muslo de Marcos, hasta el bulto, que recorrió de arriba abajo para tomarle la medida. Uff, qué grande, pensó, comparando con la de su marido. Con la otra mano, él se sacó la polla por un lado de la pernera.

Ya está, lo que querías, se dijo Carolina, acariciándola piel con piel. Era grande, muy grande. La agarró y la movió arriba y abajo. Marcos gimió.

—Así... ¿te gusta? —no esperó respuesta. Le sacó también el otro pecho y se puso a chuparlos—. Sigue así, suave... qué bien lo haces.

Estuvieron unos minutos en los que ella se deleitó masturbándolo. Él se revolvía de placer. Se incorporó, levantó el culo y de un movimiento se quitó el pantalón, quedando desnudo. Le pasó la mano por la nuca y tiró suavemente hacia él. Carolina se dejó llevar, agachándose, girándose cada vez más, hasta tener la polla a pocos centímetros de la cara.

Ni él preguntó nada, ni ella se lo pensó. Se la metió en la boca. Marcos le recogió el pelo en una coleta y, tirando de ella, la acompañaba a subir y bajar los labios por aquel pedazo de carne. Le había hecho mamadas a Daniel infinidad de veces, pero nunca así, nunca obligada a mamar. Y le gustaba. Disfrutaba con esa polla en la boca, la agarraba de nuevo y la batía mientras la lamía con ganas.

Marcos había perdido toda la compostura. Cuando ella le repasaba el tronco con la lengua, él la forzaba a seguir.

Estuvo largo rato y no se corría. Daniel ya habría terminado, pero él seguía y seguía. La postura, con esa barriga prominente, empezaba a cansarla, le dolía la espalda. Maldiciendo a su hija, se incorporó con la intención de acabarlo con la mano.

—Me... me duele todo —dijo tímida, estirándose.

—Vamos a la cama, estarás más cómoda.

—No... no... mejor me voy —seguía masturbándolo, mirando la polla con ganas de comérsela más, pero de verdad le dolía el cuerpo entero—. Lo... lo siento —la soltó, triste por no terminar.

***

Se levantó y fue a la habitación. Encendió la luz y separó la ropa que se había quitado. Oyó pasos detrás. Marcos la miraba con la polla erguida. Carolina se mordió el labio de morbo y de rabia, y siguió ordenando sus prendas. Más pasos. Sintió calor en la espalda.

Le apartó el pelo, le comió el cuello, la nuca, el hombro. Las manos le sobaron los pechos y, al bajar, le fueron desabrochando botones. Le acarició la barriga tersa y siguió descendiendo. Cuando llegó al vello del sexo, ella ya no podía pensar. Al repasarle la raja con los dedos, se estremeció. Y al notar que no llevaba bragas, las dos manos de Marcos tiraron del camisón hacia atrás, descubriéndole los hombros.

Carolina intentó apagar la luz: tenía la costumbre de follar a oscuras con Daniel, y le daba vergüenza que la vieran desnuda. Marcos la detuvo. Le acarició la espalda, fue besándosela mientras le bajaba el camisón hasta dejarlo en el suelo. Le mordía las nalgas, se las lamía, buscaba con la lengua llegar más abajo. Su instinto de hembra en celo la traicionó: el cuerpo se arqueó hacia delante y las piernas se separaron solas.

Él le abrió las nalgas y le clavó la lengua en el sexo, moviéndola arriba y abajo con maestría. Carolina estrujaba las sábanas con los ojos cerrados. De lo caliente que estaba, no aguantó ni diez lengüetazos. Intentó contener los gemidos, pero se le escaparon unos «¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!» que cualquier vecino debió oír.

Marcos siguió comiéndoselo, ya empapado. Más relajada, ella empezó a disfrutar de verdad de la lengua hurgándole, gimiendo flojito, memorizando cada sensación. Los lengüetazos subieron por la raja hasta el culo. Daniel siempre quiso comérselo y nunca le dejó. Iba a pedirle que parara, pero no quiso romper el momento, y no era una sensación desagradable. Además, le metía y sacaba un dedo del sexo mientras tanto, y esa doble estimulación fue distinta a todo lo conocido.

Subió por la espalda. Carolina le facilitó las caricias incorporándose un poco. Le comía los hombros, el cuello, la oreja, le estrujaba los pechos, todo sin dejar de penetrarla con los dedos. Notaba el pecho de él en su espalda y la polla rozándole las nalgas. Quiso agarrarla y comérsela otra vez, pero prefirió quedarse quieta, dejándose hacer.

Se acercaba un nuevo orgasmo y él lo notó: el temblor, el calor, el olor, la boca abierta buscando aire. Fue rápido, ni se enteró de cómo pasó. En uno de aquellos arrumacos volvió a apoyarse en la cama y, de repente, sintió cómo algo mucho más grande que los dedos se abría paso en su interior. El placer le impidió negarse, aunque tampoco lo habría hecho.

Cuando se la metió hasta el fondo, se sintió llena como nunca. Un calambrazo la recorrió y se corrió, avergonzada por ser tan rápida y sensible. Marcos entró y salió despacio varias veces para que se hiciera a su tamaño. Después la abrazó casi estrangulándola, aplastándole los pechos con el antebrazo, apretándole con la palma la barriga y el bajo vientre, follándola cada vez más rápido.

Carolina gemía y gritaba de placer. Él la soltó y ella cayó sobre los antebrazos en la cama. Marcos se agarró a su culo y aceleró aún más, corriéndola otra vez. Empezó a resoplar, clavándole las uñas en las caderas, hasta que frenó casi del todo, metiéndosela y sacándosela de golpe. Le clavó tanto las uñas que le hizo daño, y de pronto se relajó, hundiéndola hasta el fondo.

Cuando la sacó, Carolina sintió el líquido escapándosele sin poder cerrarse para no manchar el suelo.

***

No quiso mirarlo. Se fijó en la cama y solo pensaba en tumbarse y que la follara toda la noche. Si no lo hizo no fue por remordimientos ni por vergüenza, ni porque se le pasara el calentón. Fue por un mensaje: Daniel acababa de escribirle que volvía a casa, que se había cortado en la mano, nada serio.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Me voy! —dijo, vistiéndose a toda prisa.

—Nada, ya me contarás.

—Vale, vale.

—Venga, me voy... gra... gracias —soltó, pasando a su lado casi sin mirarle.

—Cuando quieras, ya sabes dónde estoy —disparó él justo cuando ella llegaba a la puerta.

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Comentarios (4)

FacundoSur

que relato!!! me dejo sin palabras, tremendo

Caro_Baires

Por favor tiene que haber una segunda parte, necesito saber que paso despues. Me quede con ganas de mas

PatricioG85

Las situaciones se sienten muy reales, se nota que hay algo vivido detras. Muy bien narrado, engancha desde el primer parrafo

LorenaBA_lec

Me sorprendio el giro!! No me lo esperaba para nada. Genial!!

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