Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La novia virgen que me ofreció otra puerta

Con un socio teníamos un pequeño negocio de importación de artesanías y muebles antiguos. El rubro daba para vivir bien y, sobre todo, dejaba el tiempo libre suficiente como para que cada uno se administrara las horas a gusto. La aventura, en mi caso, era casi una segunda profesión.

Lautaro, mi socio, era además mi amigo desde el secundario. Una tarde, en medio de una venta a domicilio en un barrio del norte de la ciudad, conocimos a dos amigas que terminaron formando parte de nuestras tardes libres durante un par de años. Una de ellas era prima de él. La otra, la que me tocó a mí, se llamaba Camila.

Camila andaba por los veintipico. Estaba de novia desde los dieciocho con un tipo que la iba a convertir en esposa, madre y vecina de la parroquia, todo en el mismo paquete. Se habían conocido catequizando chicos en la iglesia del barrio y planeaban casarse cuando él juntara lo suficiente para la cuota inicial de un departamento.

Yo entré en su vida para cubrir los huecos. No para reemplazar a nadie: para acompañarla mientras Federico, su novio, se pasaba semanas enteras fuera por su trabajo en una empresa de logística que lo mandaba a recorrer el interior. Eso quedó claro desde la primera conversación seria que tuvimos, sentados en una pizzería de un barrio tranquilo. Ella tenía las ideas ordenadas. Yo, también.

Aun así, nos hicimos buenos amigos. Y de ahí, sin demasiadas vueltas, derivamos en algo más.

Camila eligió salir conmigo, el amigo de su primo, porque era una opción manejable. Si alguien la veía conmigo, era el chico del negocio del primo, una explicación con la que se podía vivir. Federico, mientras tanto, le exigía algo más concreto: el pacto de fe que habían firmado entre ellos, sin firmar nada, decía que ella iba a llegar virgen al casamiento. Mientras tanto se permitían el franeleo, los besos largos, las manos por encima de la ropa. Lo justo y necesario para no quemarse las pestañas en el infierno.

Las convicciones religiosas tienen una fuerza enorme, hasta el día en que la carne pesa más que el dogma. Y la carne, en general, pesa bastante.

Empezamos a salir con cuidado. Bares poco transitados de barrios secundarios, restoranes escondidos donde no se cruzaba a nadie conocido, alguna escapada a una localidad de río un sábado de sol. Los mimos crecieron en su tiempo y en su lugar. Llegó el día en que mi función pasó a ser, sin discusión, la de presencia masculina constante durante las ausencias de Federico.

Para poder ausentarme de mi propia casa sin levantar sospechas, me inventé un empleo que no existía. Una consultora chiquita que supuestamente me pedía viajes esporádicos. Mi mujer, en ese entonces, era una persona que confiaba en mí más de lo que yo merecía. Esa parte del cuento la pago todavía, a veces, cuando me acuerdo.

***

Un viernes a la tarde, Camila quedó sola en la casa de sus padres. Federico estaba en el norte por una entrega larga, la familia se había ido a un campo de unos parientes y yo tenía vía libre hasta el sábado a la noche.

Llegué con la tarde caída para que ningún vecino curioso me viera entrar. Camila había cocinado. Tenía una pasta hecha por ella, un postre de chocolate y limón que la abuela le había enseñado y la mesa puesta con las copas buenas. Yo aporté un vino blanco semidulce, sabiendo que el seco no le gustaba.

—Pensé en abrirlo cuando termináramos —dijo—. Pero ahora me parece que mejor lo abrimos ya.

Comimos despacio. Charlamos de todo menos de lo que iba a pasar. Después del postre vino el café y, después del café, un coñac que ella sirvió en dos copas chiquitas, casi de juguete. La luz del living estaba baja. La música era de esas que sirven para hablar sin tener que llenar todos los silencios.

Yo no avancé. Ese era el truco. Para un tipo con kilómetros encima en estas cosas, no avanzar es la mejor estrategia. La paloma siempre cae sola cuando el gavilán se queda quieto.

—Voy a cambiarme —dijo de golpe, sin contexto—. Hace calor con esta ropa.

Volvió a los quince minutos con una lencería gris, dos piezas, encaje finito, transparencias en los lugares donde una mujer sabe que un hombre va a mirar primero. Me sonrió desde la puerta del living como si recién se diera cuenta del paso que estaba dando.

—No digas nada. Vení.

***

Lo que siguió no fue rápido. Fue lo contrario. La besé despacio, con la boca abierta, dejando que ella sintiera cada cambio de ritmo. Le pasé las manos por la espalda, por la cintura, por los muslos. Le bajé el corpiño con los dientes. Las tetas eran firmes, de pezones chiquitos y oscuros, y se le pararon antes de que yo las tocara con la boca.

La mordí suave, después no tan suave. Ella se arqueó. Yo bajé.

Me arrodillé en la alfombra y le saqué la bombacha. El olor era nuevo. No había estado nunca tan cerca de ese sexo, y mientras lo miraba pensé que era la primera vez que un hombre, además de Federico, iba a tener acceso a esa parte de ella. La diferencia era que yo sí iba a entrar. Aunque no por donde se suponía.

La lamí con paciencia. Recorrí cada pliegue, busqué el clítoris con la punta de la lengua y me quedé ahí, jugando, hasta que la sentí temblar. Intenté meterle un dedo y me corrió la mano, sin enojo, con una firmeza educada.

—Ahí no —susurró—. Por favor.

Entendí. Volví a bajar la cabeza. No necesitaba dedos. Necesitaba paciencia, lengua y la cabeza despejada.

El primer orgasmo le llegó como un derrumbe. Se agarró del respaldo del sillón con una mano y de mi pelo con la otra. La boca se le abrió y empezó a decir cosas que yo no esperaba escuchar de ella.

—Hijo de puta, no pares, no pares, me hacés acabar como una loca, soy una perra, soy tu perra…

La catequista del barrio diciendo eso en mi oído. Si hay algo que me caliente más que el sexo, son los contrastes.

Acabó dos veces, una atrás de la otra, sin dejarme respirar. Me apretó la cabeza contra ella hasta que sentí que me iba a ahogar. Cuando aflojó, me miró desde arriba con los ojos vidriosos y se rio, sorprendida de sí misma.

—Ahora vos —dijo.

***

Me desnudó con torpeza. Me bajó el pantalón sentada en la alfombra, me sacó el bóxer y se quedó mirando como quien estudia un problema nuevo. Me agarró con las dos manos. No sabía hacerlo. Lo intentó igual.

—Cubrí los dientes con los labios —le dije, bajito, antes de que me lastimara sin querer—. Así.

Aprendió rápido. La mamada empezó torpe y terminó decente. Me la sacó de la boca antes de que yo pudiera acabar y me miró desde abajo.

—¿Lo hice bien?

—Mejor que bien —le dije—. Pero ahora me toca a mí.

La tumbé en el sillón y le abrí los muslos. Me frenó con una mano en el pecho.

—Esperá.

Se sentó. Se acomodó el pelo. Tenía la cara colorada y la voz un poco rota.

—Por adelante no puedo. Te juro que quiero, pero no puedo. Es lo único que le prometí.

Me quedé quieto. Asentí. No iba a discutir eso.

—Pero —dijo, y me miró sin terminar la frase. Después siguió—: Por atrás sí.

***

No me esperaba esa salida. Me la dijo despacio, casi pidiendo permiso. Después agregó, con una sonrisa avergonzada, que con Federico lo habían hecho dos veces, también para no romper el pacto. Que la última vez él se había puesto raro después y no lo habían vuelto a hacer. Pero conmigo, dijo, era distinto. Conmigo no había culpa porque conmigo nada contaba.

Le agradecí con un beso largo. No le dije nada más.

Trajo un pote chiquito de vaselina del baño. Se la puse despacio, con un dedo, después con dos. La miré para asegurarme de que no le doliera. Ella respiraba hondo y mantenía los ojos cerrados.

Se acomodó boca abajo sobre el sillón, con un almohadón debajo del vientre y la cola levantada. Las nalgas firmes, separadas con sus propias manos, esperándome. Era una imagen que después se me quedó grabada durante meses.

Entré despacio. Centímetro a centímetro, esperando que ella avisara. No avisó. Lo único que dijo fue:

—Más. Seguí.

Cuando llegué hasta el fondo me quedé quieto. La sentí apretada, caliente, distinta a cualquier cosa que hubiera probado antes. Empecé a moverme con un ritmo lento. Ella respiraba en sintonía, con la boca apoyada en el almohadón.

—Es gruesa —dijo, en voz baja—. Pero seguí. Me gusta así.

Le hice caso. Aceleré de a poco. Ella metió la mano por debajo y empezó a tocarse el clítoris. Eso terminó de prenderla. El segundo orgasmo le vino con un gemido sordo, profundo, como si lo hubiera tenido guardado durante años.

Yo aguanté un poco más. Cuando ya no podía, le agarré las caderas con las dos manos y me vacié adentro. Quedamos quietos un rato largo, ella debajo, yo encima, sin separarnos. Después rodamos de costado, abrazados, con mi brazo entre sus pechos. Me besó la mano. No dijo nada.

***

Después de un rato fui al baño a lavarme. Volví y la encontré dormitando, todavía desnuda, con el pelo desparramado en el sillón. La desperté con la boca entre los muslos. Hicimos un sesenta y nueve hasta que los dos pedimos pausa. Después la di vuelta de nuevo y le repetí el final, esta vez más despacio, sin apuro.

El sábado fue una repetición, con variantes. La cama, la ducha, la cocina, el sillón otra vez. En todo el tiempo que tardó en casarse, que fueron casi dos años desde esa noche, tuve acceso a ese culo cada vez que ella o yo lo necesitábamos.

La virginidad de adelante la rompió Federico, con libreta, anillo y luna de miel en el sur. Yo también la tuve, un mes después de la luna de miel, por esa puerta nueva que ya no era promesa de nadie. Pero te miento si te digo que disfruté más esa primera vez por adelante que cualquiera de las que tuve con ella por atrás. No hay comparación.

Seguimos viéndonos otro par de años. Después se mudaron al interior, él consiguió trabajo en una petrolera y nos despedimos sin hacer escándalo. Cada tanto me llega un mensaje suyo. Dice cosas suaves, recuerdos. Una vez me mandó una foto con un camisón parecido al de esa noche del coñac.

No respondí esa. Pero la guardé.

Valora este relato

Comentarios (2)

Fernando

Excelente relato, uno de los mejores que lei ultimamente!

CarlitosBA

Por favor necesito la continuacion, quede con ganas de mas jajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.