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Relatos Ardientes

La noche que llevé a mi cliente famoso a casa

Nunca le había sido infiel a Tomás en los catorce años que llevábamos juntos, y dudo mucho que vuelva a serlo. Lo digo en serio. Sigo enamorada de él como cuando teníamos diecinueve y dieciocho años, sentados en el banco de la universidad. Dejó a la novia de entonces por mí y desde ese día no nos hemos separado. Llevamos ocho años casados y estamos esperando al segundo hijo.

Soy de esas mujeres a las que los hombres miran más de la cuenta. No es presunción, es estadística. Mido un metro sesenta y cinco, soy castaña tirando a rubia, pelo largo y liso, ojos color miel y rasgos marcados. Tengo cintura estrecha, piernas firmes del gimnasio y un pecho proporcionado que conserva la batalla contra la gravedad. Cuando me piropean me río o miro a otro lado, pero nunca doy pie a nada más. Si me caliento por la calle, el que se beneficia esa noche es Tomás. Y él hace lo propio conmigo: sabe imponer la cabeza a otras tentaciones.

Visto casual la mayor parte del tiempo —vaqueros, jerséis, deportivas—, pero cuando hay que vestirse, me visto. Tomás es alto, delgado, lleva barba corta y gafas de pasta. Hay quien dice que no tiene punto de comparación conmigo. Yo creo que esa gente no lo conoce: es la persona más divertida que he tratado en mi vida y me quiere de un modo que no se aprende.

Los dos trabajamos en consultoría jurídica, aunque en firmas distintas y a quince minutos en coche. Compartimos coche cuando los horarios encajan, y casi siempre encajan. Compartimos también una afición que muchos matrimonios no comparten: el baloncesto profesional. Tenemos abono de temporada en el pabellón del equipo de la ciudad, ese de equipación blanca al que no haré más alusiones. No coincidimos en jugador favorito. El mío durante años fue uno en particular: moreno, alto, con esa elegancia de los que no necesitan hablar para imponerse. Verlo en la pista con pantalón corto me ponía. Punto. Tomás lo sabía y lo aceptaba con humor.

De tanto bromear, llegamos a un pacto absurdo: si alguna vez se daba la oportunidad de acostarme con ese jugador, yo tenía licencia. Él, a cambio, tenía la suya con una actriz francesa, Camille Léger, culpable de que en casa veamos más cine francés del que vería ninguna persona normal. Eran las dos únicas presencias permitidas en nuestra cama. A veces jugábamos a taparnos los ojos el uno al otro y a imaginar. A él le seguía y le sigue volviendo loco que le susurre frases en francés. Era nuestro juego favorito, y era inocente porque ninguno de los dos creía que esas fantasías fueran a dejar de serlo.

Hasta que ocurrió.

***

Mi firma se especializaba en gestión patrimonial y contratos para deportistas profesionales. Una mañana, por una de esas casualidades que parecen escritas por alguien con sentido del humor cruel, mi jugador entró por la puerta principal con problemas serios con su antiguo representante. Lo recibió mi socio. A los diez minutos me llamó al despacho para presentármelo.

Era más guapo en persona. Lo digo sin pudor. Tenía la mandíbula más marcada, la voz más grave y una sonrisa que parecía sostenida en la imagen pública pero que se ablandaba cuando le hablabas en privado. Cuando me dio la mano y dijo «encantado», noté que se me mojaban las bragas. Literal. Tuve que sentarme.

Estaba casado y tenía dos hijos. Carolina, su mujer, era una belleza imposible que había trabajado de modelo antes de tenerlos. Lo confirmé esa misma tarde buscándola en internet.

Mi socio y yo asumimos el caso. Tardamos semanas en reunir documentación, redactar denuncias, negociar con el club. En ese proceso, Adrián Vela —así se llamaba— vino a la oficina decenas de veces. Yo se lo conté a Tomás la primera noche. No le hizo gracia, pero no dijo nada. Estuvo unos días raro. Le seguí poniendo al día con detalle y, sin querer, le seguí diciendo lo mucho que ese hombre me ponía. Para mí era un juego. Para él era una tortura silenciosa, porque por primera vez veía probable que el pacto absurdo dejara de serlo.

—¿Y si te lo encuentras un día a solas? —me preguntó una noche, en la oscuridad del dormitorio.

—No pasa nada, Tomás. Estoy contigo.

Y lo decía en serio.

***

Las cosas se serenaron cuando Adrián nos regaló pases de tribuna para el resto de la temporada y nos invitó a cenar a su casa, con Carolina. Verlos juntos, viendo cómo él la miraba, me devolvió la cordura. Carolina era de otra liga. Yo era la abogada de su marido. Cada cosa en su sitio.

Tomás se relajó. Yo dejé de hablar del tema. Volvimos al juego de la venda y a las frases en francés.

Pasaron meses. La primera temporada que llevamos sus asuntos terminó con título y celebración. No solo por el campeonato, también por la subida salarial que conseguimos negociar y que lo equiparaba con los fichajes extranjeros del equipo. Cuando se lo dije, me abrazó y me besó muy cerca del labio. Pude oler su colonia, su sudor, su champú. Llegué a casa esa noche y me eché encima de Tomás como una loca. Acabó pidiéndome tregua al tercer asalto.

***

La temporada siguiente no fue tan amable. Adrián se rompió un ligamento y estuvo dos meses fuera de pista. Yo me convertí, sin quererlo, en su confidente. Me llamaba para hablar de la recuperación, de los plazos, de los miedos. Me halagaba esa confianza. Me decía cosas que no le decía ni a sus compañeros. Una tarde me contó que con Carolina las cosas no iban bien: ella acababa de tener al tercer hijo y él se sentía abandonado, los celos antiguos resurgían, todo era cuesta arriba. Bebía más de la cuenta y yo lo acompañaba en algunas copas.

Una de esas tardes, me miró por encima del vaso y soltó:

—Eres una mujer preciosa, Lucía. Tomás es un afortunado.

No pasó nada más. Pero algo se descolocó en mi cabeza. Hasta esa frase, Adrián había sido para mí una figura intocable, una especie de dios que vivía en otro plano. Después de esa frase, era solo un hombre cansado y bebido que me deseaba. Y me deseaba. Lo confirmé en las semanas siguientes: la forma en que me miraba cuando creía que no lo notaba, cómo me buscaba con la mirada al entrar en una sala. Lo confirmé también en mi cuerpo: empecé a humedecerme con solo verlo aparecer en una pantalla.

No se lo conté a Tomás. Fue la primera vez en catorce años que le ocultaba algo. Me decía que no había nada que contar, que en realidad no pasaba nada. Sabía que mentía.

***

Una noche, cenando en casa de Adrián y Carolina, comenté de pasada que Tomás se iba dos días a Lisboa por un cierre. A la tarde siguiente, en el despacho, sonó mi móvil. Era él.

—Tu marido no podrá ir a recogerte. ¿Quieres que vaya yo?

Le dije que sí antes de pensarlo. Cuando llegamos al portal de mi casa, le pregunté si quería subir a tomar algo. Aceptó.

Era pronto para cenar. Abrí una botella de vino. Le pregunté por Carolina y me contestó que esa noche había quedado con sus amigas. Hablamos de la lesión, del equipo, de cosas sin importancia. En algún momento puso música en el teléfono y me pidió bailar. Bailamos una canción. Luego puso otra más lenta y me acercó a su cuerpo. Me dejé. Cuando me miró a los ojos, no necesité que dijera nada.

—Te deseo desde el primer día —murmuró.

Lo besé yo. Quiero ser justa: lo besé yo primero.

***

Me quitó la chaqueta. Yo le desabroché la camisa. Sus manos subieron por mis costillas y me desabrocharon la blusa, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y supiera que no iba a frenarlo. Le acaricié el torso desnudo y bajé hasta el cinturón. Tenía la polla dura antes de que la rozara. Cuando metí la mano dentro del calzoncillo, exhaló por la nariz y se mordió el labio.

Me besaba con la boca abierta, sin dejar de sostenerme la cara con las dos manos. Mis pechos quedaron al aire y se ocupó de ellos con la lengua y los dientes, sin pedir permiso. Me subió la falda hasta la cintura, se arrodilló y me bajó las bragas con un solo movimiento. La primera vez que me lamió, tuve que apoyar las dos manos en la pared para no caerme. El primer orgasmo me llegó antes de lo que esperaba y me hizo gritar de un modo que las paredes del salón devolvieron.

Lo arrastré hasta el sofá. Le bajé el pantalón y el calzoncillo. La tenía oscura, gruesa, brillante de la punta. Sus testículos estaban tensos. Me los sopesé con la mano antes de metérmela en la boca de una vez. Mamé como no había mamado nunca, con ganas, con rabia, con años de fantasía concentrados en cada lengüetazo. Se corrió en mi boca y me tragué todo. Sabía denso, salado, real.

Nos fuimos al dormitorio. A mi cama. La cama donde solo había estado Tomás.

—¿Tienes? —pregunté.

—Tengo —dijo, y sacó tres preservativos del bolsillo del pantalón.

Esa noche tuvo la iniciativa siempre y siempre se puso protección. Yo me dejé llevar. Tenía un cuerpo trabajado, atlético, y se movía con una conciencia del peso que me arrastró a otro orgasmo casi sin esfuerzo. Cuando se corría, se le tensaban los músculos del cuello y de los hombros, y esa tensión también me empujaba a mí.

***

El tercero fue en la ducha, de pie, con las piernas alrededor de su cintura. El cuarto, sobre la encimera de la cocina, mientras se enfriaba la cena que ya no comimos. Cada vez me decía algo al oído. Lo bueno que estaba, lo mucho que me había imaginado así, lo que iba a hacerme después. Era un manipulador de manual y a mí me daba igual.

Volvimos a la cama. Yo creía que había terminado. Me equivoqué. Había traído del coche, sin que yo lo supiera, una bolsa con un par de cosas. Un lubricante, un juguete. Cuando lo vi sacarlo, me reí; después me callé. Me lo hizo lento, con la mirada fija en mí, alternando dedos y juguete. Me corrí dos veces más, una de ellas tan fuerte que se me nublaron los ojos.

La última fue por detrás. Me había preparado con calma durante un rato largo, así que el dolor fue menor del que temía. Esa fue la única vez en toda la noche que no usó preservativo, y lo sentí. Sentí el calor, sentí cómo se vaciaba dentro. Y, contra cualquier pronóstico, me corrí también yo en ese instante, mordiendo la almohada.

Se durmió derrengado boca abajo. Yo me quedé mirando al techo.

***

Por la mañana lo volvimos a hacer antes de que se fuera a entrenar. Comimos en un restaurante de su confianza y, mientras esperábamos la cuenta, lo hicimos otra vez en el baño, contra la pared, sin desvestirnos del todo. Después fuimos a un hotel y seguimos hasta que se hizo de noche. Cuando nos despedimos en el portal, me besó largo y me dijo:

—Mañana hablamos.

Asentí.

***

A la mañana siguiente fui al aeropuerto a recoger a Tomás. En el coche, viniendo a casa, hablaba él de Lisboa y yo asentía con la cabeza. Me sentía sucia. No por el sexo. Por el silencio.

Esa noche hicimos el amor y fue el peor polvo de mi vida. Estaba escocida, agotada, vacía. Y miraba a Tomás y veía a un hombre que confiaba en mí.

Al anochecer del día siguiente sonó mi móvil. Era Adrián. Tomás estaba en el salón conmigo. Salí al balcón. Adrián quería volver a verme, me dijo que pusiera cualquier excusa.

—No va a haber más, Adrián —le dije en voz baja—. Se acabó. Se lo voy a contar todo a mi marido.

Me llamó hipócrita y me dijo otras cosas peores. Le colgué.

Volví al salón. Me senté en el sofá frente a Tomás, le quité el mando del televisor de la mano, apagué la tele y se lo conté todo. Sin atenuantes. Sin licencias absurdas. Sin pacto. Le pedí que me perdonara sabiendo que no tenía derecho a pedírselo.

No me respondió nada. Se levantó, cogió una maleta, metió cuatro cosas y se fue. Estuvo dos semanas fuera. Las peores dos semanas de mi vida. Yo no llamé. Esperé.

***

Volvió con un ramo de flores baratas, de gasolinera, y con los ojos rojos. Me dijo que si íbamos a seguir, quería otro hijo. Que necesitaba algo nuevo que construir, algo que no fuera el pasado. Le dije que sí. Se lo di.

Para compensar fantasías, las siguientes vacaciones las pasamos en Francia. Y le juré que, si algún día nos cruzábamos a Camille Léger en la calle, yo misma le ayudaría a tirársela. Tomás se rió por primera vez en muchos días.

Con el tiempo, en la cama, empezó a pedirme que le contara con detalle aquella noche con Adrián. Le excitaba. A mí también, lo confieso. Era nuestra forma de domesticar al monstruo: contarlo hasta convertirlo en cuento.

No volví a ver a Adrián Vela más que en la pista, desde la tribuna, con Tomás a mi lado. A Camille Léger, por suerte, tampoco la hemos cruzado nunca.

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Comentarios (2)

Seba_noche

buenísimo!!! me enganchó desde el primer párrafo

VeroAR22

necesito la segunda parte, no podes dejarlo asi... que tension tan bien llevada

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