Lo que pasó en la cala mientras me miraban
Aquella mañana de julio era de las que parecen pintadas a mano, con un cielo sin una sola nube y el mar tan quieto que se confundía con un cristal. Marcos, mi marido, me propuso bajar a la cala de siempre, esa que está escondida tras una hora de coche y media hora andando por un sendero polvoriento. Era una cala nudista, aunque yo nunca me desnudo del todo. Suelo tumbarme en topless y con un tanga minúsculo, blanco si quiero llamar la atención, beige si prefiero pasar desapercibida. Aquel día elegí el blanco.
Soy Carla, tengo treinta y tres años, soy rubia y llevo el pelo a media espalda. No voy a fingir modestia: tengo unas tetas grandes que despiertan miradas y un culo que se gana media playa solo por existir. Lo digo sin orgullo y sin vergüenza. Es un hecho, como decir que llevo lentillas o que prefiero el café sin azúcar.
Bajamos al arenal sobre las once. No había nadie excepto un chico tumbado al fondo, lejos, con un sombrero sobre la cara. Apenas se movió cuando pasamos junto a él. Me quité el vestido transparente y me tumbé boca arriba, las tetas al sol y las gafas oscuras puestas. Marcos se zambulló enseguida en el agua. Yo cerré los ojos y dejé que el calor me adormeciera.
Pasó casi una hora antes de que oyera pisadas en la arena. Pasos lentos, dos pares. No abrí los ojos. A veces lo más excitante de aquella cala era precisamente eso: no saber quién acababa de llegar, no saber si me miraban, no saber qué pensaban al verme. Me giré sobre el costado y dejé que la cadera quedara más alta que la cintura, una pose que conocía a la perfección: el culo levantado, el tanga metiéndoseme entre las nalgas, los pezones asomando por debajo del brazo.
Cuando levanté un poco la vista por encima de las gafas, los vi. Un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el pelo canoso y la espalda morena de muchos veranos, y un chico rubio, joven, con una sonrisa que parecía no caberle en la boca. El mayor se metió al agua sin saludar. El joven dejó la toalla a apenas dos metros de mí. A propósito. Lo supe enseguida.
Fingí no notarlo. Cerré los ojos otra vez, pero ya no estaba relajada. Sentía sus ojos como dos manos invisibles recorriendo cada centímetro de piel expuesta. El sol me ardía en los pezones, en el vientre, en la curva de la cintura. Y, sin embargo, lo que de verdad me quemaba era saber que él estaba ahí, sentado en silencio, mirándome. Noté cómo el coño se me humedecía debajo del tanga, cómo el algodón blanco se pegaba a los labios y dejaba adivinar la línea de la raja. No hice nada por disimularlo.
—¿Hay pajaritos hoy? —oí preguntar al chico hacia el mayor, que ya estaba metido en el agua.
—Creo que sí —respondió desde el mar.
Me incorporé despacio, dejando que mis tetas quedaran a plena vista, pesadas, con los pezones duros como piedras de tanto sol y tanta mirada. El chico no apartó los ojos ni un segundo. Tenía los ojos verdes y se mordía el labio inferior sin disimulo. Sentí cómo el aire entre nosotros se cargaba de algo eléctrico, como si una tormenta diminuta se estuviera formando sobre la arena.
El mayor empezó a hablar con Marcos desde el agua. Algo del coche, algo de un problema con la batería que llevaba semanas dándoles la lata. Marcos asintió con esa cara suya de hombre que disfruta cuando alguien le pide ayuda. El joven se levantó entonces, y al hacerlo me quedé sin aire. No exagero. Llevaba un bañador minúsculo y, debajo de la tela tirante, una polla que parecía no caber en ningún sitio, marcándose entera de arriba abajo, la punta pegada contra la cadera, el bulto obsceno. Sin pretenderlo, sus ojos se cruzaron con los míos y sonrió, consciente de lo que acababa de hacerme ver.
—Carla, ¿te importa si me acerco con ellos al aparcamiento? —dijo Marcos saliendo del agua—. Tienen el coche muerto y llevo el arrancador en la guantera.
—Tranquilo, ve —respondí intentando que no me temblara la voz.
El joven, que se había presentado como Iván, levantó la mano:
—Yo me quedo. He venido a bañarme y no me ha dado tiempo todavía.
—Perfecto —dijo el mayor, que se llamaba Ramón.
Marcos se calzó las chanclas y emprendió la subida con Ramón. Su figura se hizo pequeña enseguida tras la primera roca. La cala se quedó vacía, salvo por mí y por aquel desconocido que, ahora, no tenía ninguna razón para fingir.
—¿Te bañas? —me preguntó Iván.
El agua me llegó hasta el pecho. Iván se mantuvo a un par de pasos, observándome como si me midiera. Empezó a hablar con esa naturalidad que tienen los chicos jóvenes cuando se saben deseados.
—Eres preciosa —dijo, sin rodeos—. ¿Por qué no te quitas el tanga? Estamos en una cala nudista.
—Me da corte —contesté sonriendo.
—No tienes nada que esconder.
—Tampoco nada que enseñar a un desconocido.
Se rió. Yo también, y me sorprendí de no haberme reído así con un hombre que no fuera mi marido desde hacía demasiado tiempo. Bajo el agua, vi cómo el bañador se le abultaba otra vez, como si mi risa hubiera sido una caricia.
—Voy a salir —dije, dándome la vuelta hacia la orilla.
Salí del agua despacio, sabiendo que él estaba detrás. Sabiendo que cada gota que se deslizaba por mi espalda iba a parar a un sitio que él estaba memorizando. Me tumbé boca abajo sobre la toalla, esta vez sin recato, con las piernas apenas separadas, el tanga blanco convertido en una cuerda mojada que se hundía entre las nalgas. Si quería mirar, que mirara bien. Y miró.
***
Lo oí salir del agua un par de minutos después. Cuando se acercó, alcé la vista por encima del hombro y, esta vez, no fingí no haberme dado cuenta. Llevaba el bañador empapado, casi transparente, y debajo se le dibujaba la polla entera, gorda, larga, torcida hacia un lado por la presión de la tela. No se le bajaba. No se le iba a bajar.
—Te duele algo —dijo. No era una pregunta.
—El cuello —contesté, porque era verdad—. He dormido raro.
—Soy fisio. Si quieres, te suelto un par de pinchazos.
Me reí. Él también. Pero las manos ya me las había puesto en los hombros, frías por el agua, fuertes. Empezó a presionarme la nuca con los pulgares, despacio, buscando el punto exacto donde el músculo se enredaba con la tensión.
—Así no llego bien —dijo, al cabo de un minuto—. Voy a ponerme encima.
No esperó respuesta. Sentí el peso de su cuerpo encajarse sobre el mío, las rodillas a ambos lados de mi cintura, y por encima del tanga blanco, aquella verga dura, caliente, viva, apoyada justo en la raja del culo, separada de mi piel apenas por la tela mojada del bañador. No dijo nada al respecto. Yo tampoco. Pero los dos sabíamos lo que estaba pasando. La sentí latir contra mí, una vez, dos, marcándome el compás del corazón.
Las manos le bajaron por los omóplatos, por la cintura, por los costados hasta rozarme los lados de las tetas aplastadas contra la toalla. Cada vez que echaba el peso hacia delante, la polla me presionaba más fuerte contra el culo, y yo sentía que el coño se me abría por dentro, se me llenaba de un vacío pidiendo ser tapado.
—¿Te gusta? —murmuró cerca de mi oreja, después de un rato amasándome la espalda.
—El masaje, sí —respondí, y no fui capaz de añadir nada más.
—¿Y lo otro?
Tardé en contestar.
—No tengo que contestar a eso.
—Entonces no contestes —dijo, y empezó a deslizar el dedo por debajo del elástico del tanga, por la cadera, lento, marcando el camino que sus ojos llevaban un rato recorriendo.
Pensé en Marcos. En la cuesta empinada, en el calor del aparcamiento, en lo lejos que estaba. No vuelve hasta dentro de media hora, por lo menos. Pensé en lo que llevaba años imaginando cuando me tumbaba en aquella misma toalla, fantaseando con que alguien me sorprendiera. Pensé en Iván, en sus veintipocos años, en su polla apretada contra mi culo, en sus dedos que ahora se aventuraban un poco más abajo, colándose por el lateral del tanga hasta rozar la humedad que llevaba media hora acumulando entre las piernas.
—Solo el masaje —dije, con una voz que no me sonó a mía.
—Solo el masaje —repitió él, y hundió el dedo un centímetro dentro de mi coño empapado.
Mentíamos los dos.
***
El tanga me lo bajó con la misma lentitud con la que se desenvuelve un regalo. Yo seguía boca abajo, con la cara apoyada en el antebrazo, y noté el aire de la cala estrellándose contra una piel que llevaba años sin sentirse así de expuesta. Iván no dijo nada. Solo siguió masajeando, ahora más abajo, sobre la espalda baja, sobre el nacimiento del culo, sobre los muslos. Me separó las nalgas con los pulgares, sin prisa, y sentí el aire fresco entrar hasta lo más escondido.
—Abre un poco las piernas —pidió.
Las abrí.
Lo siguiente no fue un masaje. Fue otra cosa. Fueron sus dedos rozando, primero por fuera, dos dedos deslizándose de arriba abajo por los labios del coño, empapándose en un segundo. Fue el dedo corazón hundiéndose entero, hasta el nudillo, mientras el pulgar me buscaba el clítoris y lo apretaba en círculos lentos. Fue mi cadera arqueándose sola contra su mano, buscando más. Fueron dos dedos, después tres, entrando y saliendo con un ruido húmedo que rebotaba en las rocas. Fue mi respiración acelerándose contra la toalla, mordiéndome el antebrazo para no gemir demasiado alto. Fue saber que, desde la roca de la izquierda, cualquiera que asomara podría vernos, verme abierta de piernas boca abajo con la mano de un desconocido metida hasta la muñeca en el coño. Y, por algún motivo que no supe explicarme, esa idea me encendió todavía más.
Se agachó entonces y sentí su lengua. No fue delicado. Me separó las nalgas del todo, me abrió el coño con dos dedos y me lo comió desde detrás, la lengua entrando y saliendo, subiendo hasta el otro agujero, chupándome entera, sin dejar un solo pliegue sin explorar. Le agarré del pelo por encima del hombro y le apreté la cabeza contra mí. Terminé la primera vez así, boca abajo, con la cara enterrada en la toalla y su lengua clavada en el clítoris, con un temblor largo que me subió desde los pies hasta la coronilla.
—Date la vuelta —dijo.
Me giré. El sol me cegó un segundo y, cuando volví a abrir los ojos, lo tenía encima. Sin bañador. Sin disimulo. La polla que llevaba media hora intuyendo era todavía más imposible vista de cerca: gorda en la base, larga, con la vena marcada de arriba abajo y la punta violeta a punto de reventar. Pensé que no iba a caber. Pensé que tampoco quería que cupiera. Pensé en Marcos otra vez, durante medio segundo, y después dejé de pensar.
Me la puso en la cara antes de nada. Le abrí la boca sin que me lo pidiera. Entró despacio, apoyándome la mano en la nuca, y me llenó entera hasta que sentí la punta clavándose en la garganta. Le chupé sujetándole por el culo, con las dos manos, marcándole el ritmo. Cerraba los ojos y volvía a abrirlos para mirarle, para asegurarme de que era él quien me estaba follando la boca en aquella cala, con mi marido a media hora de allí. Un hilo de saliva se me caía por la barbilla hasta las tetas. Él me lo untó con el pulgar por los pezones, marcándomelos.
—Túmbate del todo —dijo.
Se colocó entre mis piernas. Me las levantó, una sobre cada uno de sus hombros, y me abrió tanto que sentí la piel del interior de los muslos tirar. Entró despacio, mirándome a los ojos, sosteniéndome la mirada como si quisiera asegurarse de que aquello no era un accidente. No lo era. La sentí abrirme centímetro a centímetro, quemando, ensanchándome un coño que llevaba años acostumbrado siempre al mismo tamaño. Me llevé la mano a la boca para no gritar. Él me la apartó.
—Quiero oírte —dijo.
Y me oyó.
Empezó a follarme despacio, midiendo hasta el fondo, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta las pelotas. Le clavé las uñas en la espalda. Después aceleró. Cada embestida me hacía bailar las tetas, cada golpe seco de sus caderas contra las mías levantaba arena. Me cambió de postura sin salirse: me puso a cuatro patas mirando al mar, y así, con las rodillas hundidas en la arena caliente, me la metió otra vez desde detrás, agarrándome de la cintura, dándome cachetes en el culo que resonaban contra las rocas. Yo apoyaba la cara en la toalla y gemía sin control, mordiéndome los labios, notando cómo el coño se me apretaba solo cada vez que entraba hasta el fondo.
—Córrete otra vez —me ordenó, con los dedos hundidos en la carne de mis caderas.
Me corrí. Con un grito que se debió de oír hasta el aparcamiento. Se me doblaron los brazos y me quedé con el culo en pompa y la cara pegada a la toalla, mientras él seguía dándome, más rápido, jadeando cada vez más fuerte a mi espalda.
—Dónde —conseguí preguntar.
—Dentro no —dijo, y salió justo a tiempo.
Me giré a toda prisa, me arrodillé en la arena y le abrí la boca. Se corrió a chorros, el primero en la lengua, el segundo cruzándome la cara desde la mejilla hasta la frente, los siguientes cayéndome en las tetas, en el cuello, en la barbilla. Le chupé la punta hasta la última gota, sujetándosela con las dos manos, mirándole a los ojos. Estaba cubierta de semen, arrodillada delante de un desconocido en una cala desierta, y no sentía ni una pizca de vergüenza. Solo un latido caliente entre las piernas y unas ganas absurdas de reírme.
***
Después nos metimos al agua. Necesitaba el frío del mar para reconciliarme con la idea de que aquello había pasado, para lavarme el semen de la cara y de las tetas antes de que volviera Marcos. Iván me siguió y, dentro del agua, volvió a buscarme. La polla se le había puesto dura otra vez, apenas cinco minutos después, y me la clavó contra el vientre en cuanto me tuvo cerca. Le rodeé la cintura con las piernas y sentí cómo, sin ni siquiera guiársela con la mano, encontraba la entrada del coño y volvía a metérmela hasta el fondo. Dejé que la corriente nos meciera, colgada de su cuello, mientras me follaba despacio dentro del mar, cada ola empujándonos, cada empujón hundiéndomela un poco más. Por encima de su hombro miré la roca de la izquierda. Habría jurado ver una sombra moviéndose entre los matorrales. Quizá Ramón había vuelto antes de la cuenta. Quizá llevaba allí más rato del que ninguno de los dos sospechaba. Quizá nos había visto desde el principio, quizá se la había estado meneando escondido tras la roca mientras el chico me abría en la toalla. La idea, en lugar de asustarme, me apretó más contra Iván, me hizo apretarle el coño hasta oírlo gruñir en mi oreja.
No volvimos a hablar. No hizo falta. Me corrí otra vez colgada de él, mordiéndole el hombro para no gritar, y sentí cómo se vaciaba por segunda vez, esta sí dentro, a mucha profundidad, con un temblor largo que me llenó entera.
Cuando, al cabo de un buen rato, vi la silueta de Marcos asomando por la cuesta, me agarré al hombro de Iván como quien se agarra a una ola que se va.
—Eres el mejor polvo que he tenido —le susurré, y él sonrió sin contestar.
Salí del agua corriendo, con el semen escurriéndoseme muslo abajo, disimulado por el agua salada. El tanga blanco estaba donde Iván lo había dejado, hecho un ovillo junto a la toalla. Me lo puse a toda prisa, sintiendo que cada centímetro de tela me devolvía a la vida que llevaba antes de aquella mañana, y notando cómo la humedad caliente de dentro empapaba el algodón por debajo. Iván salió detrás, tranquilo, como si nada hubiera ocurrido.
—¡Listo, ya arranca! —gritó Marcos desde la cuesta.
—¡Genial! —respondí, y mi voz salió firme, sin un solo temblor.
Iván recogió sus cosas, me dio un beso en la mejilla, demasiado cerca de la comisura de los labios, y se despidió con esa sonrisa de chico joven que se sabe la última palabra.
—Por aquí estaré la semana que viene —dijo, en voz baja, solo para mí.
Yo no contesté. No con palabras, al menos.
Cuando subíamos por el sendero, Marcos me preguntó si me había aburrido mucho. Le dije que no, que había aprovechado para tomar el sol y darme un par de baños. Él asintió, contento de haber ayudado a aquellos dos pobres hombres con su coche. La arena seguía caliente en mis pies, el tanga empapado se me pegaba entre las piernas y el semen de Iván me seguía goteando por dentro con cada paso. Y, en alguna parte detrás de la roca, sentí otra vez aquella sombra. Quizá Iván. Quizá Ramón. Quizá nadie. Quizá la cala entera, que ahora guardaba un secreto que solo conocían el mar y yo.
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