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Relatos Ardientes

Los tres del service llegaron antes que mi marido

Mauricio salió a trabajar a las siete, como cada lunes, y prometió volver tarde. Tenía una auditoría en la oficina y, según él, el jefe no iba a soltar a nadie antes de las nueve. Lucía lo despidió en la puerta con un beso flojo, todavía en bata, y volvió a la cocina a mirar la lavadora muerta en la esquina.

El aparato había dejado de funcionar el sábado, en mitad del lavado, con la ropa empapada adentro y agua en el piso. Lucía pasó el domingo entero limpiando y llamando al servicio técnico. Le dijeron que vendrían el lunes a media tarde, entre las cinco y las siete, y que tal vez fuera más de un técnico porque el modelo era antiguo.

A las cuatro y media empezó a arreglarse. Se duchó, se puso una falda de jean por encima de la rodilla y una remera blanca sin mangas. Nada llamativo. Era ropa de casa, pero no quería abrir la puerta en pijama. Que no piensen que soy una desordenada.

El timbre sonó tres veces seguidas a las cinco y cuarto. Lucía cerró el grifo del fregadero, se secó las manos en el delantal y caminó al recibidor. Por la mirilla vio tres siluetas oscuras contra la luz del pasillo, tres overoles azules y tres cajas de herramientas.

—Buenas tardes, señora —dijo el primero apenas abrió—. Venimos por la lavadora.

Eran tres. El que hablaba era rubio, bajo, con las manos ya manchadas de grasa antes de empezar a trabajar. Detrás venía un moreno alto, de hombros anchos, con el pelo recogido en una colita y un tatuaje subiéndole por el cuello. El tercero era el más joven, flaco como un alambre, con una sonrisa que estaba donde no debía.

—Pasen —dijo Lucía, y se hizo a un lado.

El rubio entró primero y le rozó el pecho con la caja de herramientas. Ella retrocedió medio paso. Pensó que había sido un descuido y no dijo nada. El moreno se le acercó con la factura.

—Firme acá, señora. Es por la visita.

Le tendió un bolígrafo y, cuando ella alargó la mano, él aprovechó para sostenerle los dedos un segundo de más. Lucía firmó sin levantar la vista. Sintió el aliento del hombre cerca, con olor a menta barata.

El flaco ya estaba en la cocina, agachado frente a la lavadora, manipulando una llave inglesa. Se le cayó al piso con un ruido metálico justo cuando Lucía entraba.

—Uy, perdón —dijo, y al recogerla le pasó la palma por la pantorrilla, despacio, como si la hubiera rozado sin querer. Le subió los dedos hasta el hueco de la rodilla y ahí se detuvo, con la yema apretando la piel, como midiendo cuánto aguantaba.

Lucía sintió el primer escalofrío subirle por la pierna hasta el coño. Miró hacia la puerta de la cocina. Estaba abierta, pero el pasillo estaba vacío. La calle también, a esa hora.

***

—Hace calor de mierda acá, ¿no le parece, señora? —dijo el rubio.

Se bajó la parte superior del overol y se quedó en una camiseta ajustada, sudada en el pecho. Lucía abrió la boca para decir algo, no supo qué, y antes de poder hablar el moreno le había agarrado la muñeca.

—Tranquila —murmuró—. Estamos trabajando.

El pulgar del hombre dibujaba círculos en su palma. Era un gesto raro, casi tierno, que no encajaba con el resto. Lucía intentó retirar la mano y él la apretó un poco más fuerte, todavía sonriendo.

El flaco eligió ese instante para pasar detrás de ella, hacia la ventana, y al hacerlo apoyó las caderas contra sus nalgas. No fue un roce. Fue un empujón corto, deliberado, y se sintió perfectamente la dureza de la verga bajo la tela del overol, gruesa, marcada de punta a base contra la raya del culo de Lucía.

—Discúlpeme, señora —dijo sin pizca de vergüenza, y volvió a empujar, esta vez más lento, restregándole la polla dura entre las nalgas por encima de la falda—. Esta cocina es chica.

Lucía pensó en gritar. Pensó en Mauricio, que no iba a llegar hasta tarde, en los vecinos del piso de arriba que estaban de vacaciones, en la mirilla que daba al pasillo vacío. Pensó también, sin querer pensarlo, en el calor que le había subido a las mejillas desde que abrió la puerta y en cómo la bombacha empezaba a pegársele, húmeda, entre los labios del coño.

—Tienen que irse —dijo, y la voz le salió más baja de lo que quería.

El moreno no la soltó. El rubio se acercó por el otro lado. El flaco, todavía detrás, le apoyó las manos en las caderas como si la estuviera estabilizando y le pegó otra vez la verga contra el culo, esta vez sin disimulo.

—Primero terminamos el trabajo, señora —dijo el rubio—. Después nos vamos.

***

El delantal cayó al piso de un tirón. Lucía no entendió cuál de los tres se lo había arrancado; sólo registró el ruido del nudo al ceder y el aire frío de golpe en la cintura. El moreno le pasó una mano abierta por encima de la remera, despacio, y le apretó un pecho, hundiéndole los dedos hasta encontrarle el pezón por debajo de la tela y torcérselo entre el pulgar y el índice.

—Mire cómo tiemblan —dijo en voz baja, hablando casi para sí mismo—. Y mire cómo se le paran las tetas con dos toques nomás.

Ella no temblaba sólo por miedo. Eso era lo peor, lo que la dejaba muda. Había una parte de ella que llevaba meses imaginando algo así, una situación en la que no tuviera que decidir, en la que alguien decidiera por ella. Mauricio había dejado de tocarla en algún momento del año pasado y ella no había sabido cómo pedirlo.

El rubio se desabrochó el cinturón sin apuro. La hebilla tintineó al golpear contra la mesada de mármol. Se bajó los pantalones y el calzoncillo de un solo movimiento y la polla le saltó afuera, gruesa, roja en la punta, con una vena marcada corriéndole por el lomo. Se la agarró con la mano y se la sacudió despacio, mostrándosela a Lucía como si fuera una herramienta más de la caja.

El flaco le tomó la nuca a Lucía y empujó hacia abajo, despacio pero sin opción.

—De rodillas, mami.

Lucía bajó. No supo si era miedo, si era curiosidad, si era el reconocer en sí misma una fantasía que había escondido tanto tiempo que ya no se animaba a nombrarla. Las baldosas estaban frías contra sus rodillas desnudas.

—Abrí la boca. Bien grande. Sacá la lengua, mami, que te dejamos ver la verga primero.

Lucía la abrió. El rubio le agarró el pelo en la nuca, con firmeza pero sin tirar, y le apoyó la punta de la polla contra los labios. La arrastró de una comisura a la otra, dejándole un hilo brillante de baba y presemen en la boca, y recién ahí empujó adentro. Entró despacio, centímetro a centímetro, apoyándole la verga en la lengua, hasta que a Lucía se le llenó la boca del calor y del olor a hombre sudado.

—Chupá, señora. Como chupa una mujer que hace tiempo que no chupa.

Lucía cerró los labios alrededor de la verga y empezó a mamarla. Al principio con miedo, moviendo apenas la cabeza, dejando que él marcara. Después, cuando el rubio le agarró la nuca con las dos manos y empezó a garcharle la boca a un ritmo más firme, ella se soltó. Sacaba la polla hasta la punta, la lamía en la corona, se la volvía a meter hasta el fondo con las mejillas hundidas. La saliva le empezó a caer por el mentón y a gotearle en las tetas por encima de la remera.

El moreno se sacó la verga y se la ofreció por el costado, casi rozándole la mejilla. Lucía entendió, sin que nadie se lo dijera, que la prisa la marcaba ella, no él. Soltó la polla del rubio con un ruido húmedo y se giró para chupar la del moreno, más larga, más oscura, con el prepucio corrido hacia atrás. Se la metió hasta la garganta de una y arcó, pero no la soltó. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Mirala. Mirala cómo se acomodó sola —dijo el flaco, y le pegó una palmada suave en la mejilla que tenía la verga adentro—. Esta señora extrañaba una polla.

Esa primera concesión la mareó más que todo lo que vino después. Empezó a pasar de una verga a la otra, mamándoselas por turnos, con la mano ocupándose de la que no tenía en la boca. Sentía el sabor del presemen mezclado con el suyo propio, sentía cómo el flaco, mientras tanto, le abría las nalgas por atrás con los pulgares y le corría la bombacha a un costado para meterle dos dedos en el coño empapado.

—Está chorreando, muchachos —anunció el flaco desde atrás—. Le entran los dos dedos sin resistencia. Miren.

Sacó los dedos brillantes y se los pasó por la boca a Lucía, entre polla y polla. Ella los chupó también, sin dudar, y el flaco se rio bajito.

***

El moreno la levantó del pelo, la empujó contra la lavadora apagada y le dio vuelta la cara contra el metal. El aparato estaba tibio en la parte alta, donde el sol había pegado toda la tarde. Le subió la falda por las caderas, sin delicadeza, y le arrancó la bombacha por el costado. El elástico cedió con un chasquido seco.

—Mirá esto —le dijo al rubio—. Está mojada. Le chorrea por los muslos.

Le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió entre los cachetes. Después bajó la cabeza y le pasó la lengua desde el clítoris hasta el ojete, larga, plana, sin apuro. Lucía se agarró del borde de la lavadora con las dos manos y soltó un gemido corto, agudo, que le salió de más adentro de lo que esperaba.

—Escuchame, señora —murmuró el moreno contra su coño—. A este culo hace cuánto que nadie le pone la boca, ¿eh?

Le comió el coño desde atrás, chupándole los labios, hundiéndole la lengua, y cada tanto le subía a lamerle el culo con la punta. Lucía apoyó la frente contra el metal, escuchó el zumbido del aire acondicionado, el reloj de la pared, su propia respiración entrecortada. Pensó esto no me está pasando, pero la frase le sonó falsa hasta en su propia cabeza, sobre todo cuando sintió que las caderas se le empezaban a mover solas hacia atrás, buscando la lengua del hombre.

El flaco apareció a su lado y le puso dos dedos contra los labios. Ella los abrió sin que se lo pidieran.

—Buena chica. Chupá que enseguida te vas a necesitar la boca ocupada.

El moreno se paró de golpe, se agarró la polla con la mano, la restregó contra el coño empapado de Lucía, la deslizó entre los labios sin meterla, jugando. Después se la apoyó justo en la entrada.

—¿Querés que te la meta, señora? Pedila.

Lucía apretó los dientes. El moreno le dio una palmada seca en la nalga, fuerte, que le dejó la marca roja de la mano.

—Pedila.

—Metela —dijo Lucía, con la voz ronca—. Metémela.

El moreno la penetró desde atrás de un solo empujón, hasta las pelotas, sin más aviso. Lucía clavó las uñas en el borde de la lavadora. No gritó. Soltó un sonido más grave, más animal, que ella misma no se había escuchado nunca, un gemido largo que se le rompió en el medio cuando él sacó la verga hasta la punta y volvió a meterla del todo.

—Te dije que era una de esas —dijo el flaco, y soltó una risa corta—. Mirá cómo lo recibe. Se le mete entera sin pestañear.

El moreno se movía con un ritmo firme, sin variar, como si midiera cada embestida. Le agarró las caderas con las dos manos, le hundió los pulgares en la carne de las nalgas y empezó a garcharla más rápido, haciendo sonar la piel contra la piel. El coño de Lucía chapoteaba a cada envión. El rubio se ubicó adelante, le tomó la cabeza con las dos manos y le metió la polla en la boca al mismo tiempo, hasta el fondo, cortándole el aire.

—Si tu marido te tocara así, no nos hubieras abierto la puerta —le habló al oído cuando le soltó la boca un segundo para dejarla respirar.

Lucía no respondió. La verdad le quemaba en la lengua. Se dejó garchar por los dos lados, sacudiéndose entre la verga del moreno atrás y la del rubio adelante, con la baba caliente cayéndole por el mentón y el coño apretándole a cada embestida. El flaco, mientras, la manoseaba entera, le pellizcaba los pezones por debajo de la remera arremangada, le pasaba la mano por el clítoris hinchado, le metía un dedo en el culo hasta el nudillo.

—Se le está por venir el primero —anunció el flaco, con la voz de un técnico leyendo un tablero—. Mírenle las piernas cómo tiemblan.

Tenía razón. Lucía sintió que el orgasmo la agarraba por dentro como una ola sucia, imposible de frenar. Se le contrajo el coño alrededor de la polla del moreno, se le apretó la garganta contra la del rubio y todo el cuerpo se le sacudió, largo, en oleadas, mientras un gemido ahogado le vibraba con la verga adentro de la boca.

—Ahí está —dijo el moreno, sin frenar—. Ahí está la señora.

***

Cambiaron de turno sin hablar. El rubio ocupó el lugar del moreno detrás de ella, se agarró la polla y se la clavó en el coño todavía temblando por la corrida, con un envión rudo que la levantó en puntas de pie. El moreno le rodeó la cintura por delante, le levantó la remera hasta el cuello y le liberó las tetas, dos tetas llenas, blancas, con los pezones parados y colorados de tanto pellizco. Se agachó y le mordió un hombro con la fuerza justa para dejar marca, después bajó y se puso a mamarle las tetas con la boca abierta, chupándole los pezones de a uno como si los quisiera arrancar.

El flaco, parado contra la heladera, ya se había bajado el overol y se acariciaba la polla, mirando con las manos en la verga, como un capataz revisando una obra.

—Mírenla cómo se acomoda sola —dijo el flaco—. Ya entendió. Se ofrece.

Lucía abrió los ojos y vio su propio reflejo borroso en la superficie metálica de la lavadora: el pelo pegado a la frente, la boca entreabierta, una mejilla aplastada contra el frío, las tetas afuera bailándole con cada envión del rubio. No reconoció del todo a la mujer del reflejo y, sin embargo, no se sorprendió de encontrarla ahí.

El rubio la sostuvo de las caderas y aceleró. Le pidió, con la voz medio rota, que dijera algo.

—Decime que te gusta, señora. Decilo.

—Me gusta —dijo Lucía, y la voz le salió pastosa—. Me gusta tu verga. Metémela más adentro.

El rubio soltó una risa entrecortada y le pegó una palmada en el culo.

—¿Ves, señora? Si sabía. Si lo tenía guardado.

La garchó más fuerte, más rápido, hasta que gruñó bajo, se enterró en ella hasta las pelotas y se quedó quieto un segundo, temblando. Lucía sintió los chorros calientes largándose adentro suyo, uno después de otro, y el rubio empujando cada vez que se corría, como si quisiera meterle la leche más al fondo.

Cuando salió, la corrida le empezó a chorrear por la cara interna del muslo. El flaco dejó su lugar contra la heladera y se acercó, se agachó atrás de Lucía y le pasó la lengua por el muslo, siguiéndole el rastro hacia arriba hasta el coño abierto. Le chupó la leche del rubio de adentro, escupió parte en la mano y se la untó en la polla.

—Ahora yo, mami. Yo te la dejo por el otro lado.

Lucía sintió la punta de la verga del flaco apoyarse contra el ojete y quiso decir algo, pero el moreno ya le había vuelto a meter la polla en la boca. El flaco no le puso saliva propia, se conformó con la leche y el coño mojado del vecino de al lado. Empujó de a poco, con paciencia, mientras Lucía apretaba los ojos y trataba de aflojar.

—Aflojá, mami. Aflojá el culo. Vas a ver cómo entra.

La polla del flaco se abrió camino, primero la cabeza, después el resto, hasta que las pelotas le tocaron las nalgas. Lucía gimió con la boca llena, un sonido largo, quejumbroso, que hizo reír al moreno.

—Escúchenla. Escuchen a la señora, la primera vez que la garchan como se debe.

El flaco empezó a moverse en el culo, despacio al principio, más profundo después. El moreno la garchaba por la boca. Lucía se dejó llevar entre las dos vergas, meciéndose de adelante hacia atrás, sintiendo cómo se le apretaba el coño vacío entre embestida y embestida, cómo se le humedecía todavía más de sólo saber que la tenían empalada por dos agujeros al mismo tiempo.

Le dijo algo entre gemido y gemido. No fue una palabra ordenada, fue un nombre, y no era el de Mauricio.

***

Las llaves giraron en la cerradura del recibidor cuando ya llevaban un buen rato.

Lucía no escuchó la puerta de calle porque el flaco le tapaba la boca con la mano mientras le seguía metiendo la verga en el culo. El moreno fue el primero en mirar. Levantó la vista y, sin frenar el movimiento de las caderas, sonrió.

—Marido en casa —murmuró.

Mauricio entró a la cocina con el saco doblado en el brazo y el portafolios en la otra mano. Se detuvo en el marco de la puerta. No dijo nada. No gritó. Soltó el portafolios al piso con un golpe seco y se quedó ahí, mirando a su mujer con las tetas al aire, la falda arremangada en la cintura y la polla del flaco entrando y saliéndole del culo.

Lucía giró la cabeza despacio. La luz de la lámpara del techo le pegaba directo en la cara a su marido y le marcaba los ojos rojos, abiertos, todavía sin entender bien qué tenían enfrente. La mano del flaco se aflojó sobre su boca pero no dejó de garcharla.

—Bienvenido, jefe —dijo el rubio, que se estaba limpiando la polla con un trapo de cocina—. Estábamos arreglando la lavadora.

El moreno se retiró de adentro de la boca de Lucía sin dejar de mirar a Mauricio. Tenía la cara serena, como si lo hubieran pillado terminando una factura. Le palmeó las nalgas a Lucía con suavidad.

—Date vuelta, mami. Mostrale a tu marido cómo te dejamos.

El flaco le sacó la polla del culo con un ruido húmedo, obsceno, y Lucía sintió el reguero de leche y saliva bajándole por la parte de atrás de los muslos. Obedeció. No le hizo falta pensarlo. Se dio vuelta apoyada contra la lavadora, con la falda arremangada en la cintura, las tetas afuera y la corrida ajena resbalándole por las piernas. Miró a Mauricio a los ojos por primera vez en mucho tiempo.

—Volviste temprano —dijo, y la voz le salió tranquila.

Mauricio dio un paso hacia adelante. Después otro. No retrocedió, no llamó a la policía, no levantó el portafolios. Se quedó parado a tres metros de ella, con las manos colgando, mirándole el coño abierto y chorreante.

—Lucía —dijo, y se le quebró la voz en la última sílaba.

El flaco se acercó al marido y le puso una mano en el hombro. Fue un gesto raro, casi de compañerismo.

—Acercate, jefe. Mire bien. Mire el coño de su esposa cómo quedó.

Mauricio no se movió. Pero tampoco se fue. El flaco lo guio del hombro, despacio, hasta que estuvo a un metro de Lucía. Ella le sostuvo la mirada todo el tiempo.

—Arrodillate —le dijo Lucía, y fue lo más raro que se había escuchado decir en su vida.

Mauricio se arrodilló.

***

El moreno se acercó por detrás del marido y le apoyó una mano en la cabeza, sin presionar, sólo marcando posición. El rubio agarró a Lucía por las caderas y la sentó en el borde de la lavadora, con las piernas abiertas de par en par, justo a la altura de la cara de Mauricio. El coño de Lucía quedó a un palmo de la boca de su marido, hinchado, colorado, brillando por la leche del rubio que le seguía saliendo despacio.

—Limpiala —dijo el flaco—. Es tu mujer. La leche es nuestra pero el coño es tuyo. Chupá.

Mauricio se inclinó hacia adelante. Lucía sintió la respiración de su marido en el interior del muslo y, después, la lengua. Era tibia. Era torpe. Era él, finalmente, después de meses. La lengua le tocó primero los labios del coño, dudando, y después se hundió adentro, buscando, encontrando el sabor de otro hombre mezclado con el suyo.

—Así —murmuró Lucía, y le hundió los dedos en el pelo—. Así, Mauricio. Chupámela toda. Sacame la leche que me dejaron.

Mauricio obedeció. Le comió el coño con la boca abierta, tragando lo que salía, pasándole la lengua por el clítoris con una torpeza que se le fue pasando en cuestión de minutos. Lucía le apretó la cabeza entre los muslos, se restregó contra su cara, empezó a gemir con la boca abierta mirando el techo.

El rubio se rio entre dientes. El moreno se acomodó detrás del marido arrodillado y le pasó una mano por la espalda, debajo de la camisa, marcando el camino del próximo turno. Le bajó el cierre del pantalón sin apuro. Mauricio sintió el contacto y no se movió. Cerró los ojos y siguió mamándole el coño a su mujer mientras el moreno le sacaba el cinturón desde atrás.

—Bien hecho, jefe —dijo el flaco—. La señora aprendió esta tarde. Ahora le toca a usted. Aflójese, jefe, que es la primera vez pero no la última.

Lucía no miraba a su marido. Miraba el techo, las luces, las grietas de la pintura que había estado por hacer arreglar todo el año. Sentía la lengua de Mauricio trabajándole el coño, la mano del rubio acariciándole una teta, el aliento del flaco en el cuello mordiéndole la oreja. Pensaba que en algún momento iban a tener que hablar de lo que acababa de pasar, pero que tenían tiempo. Los tres del service no se iban a ir pronto. La lavadora seguía rota. Y por primera vez en mucho tiempo, Mauricio no parecía tener ganas de irse a ningún otro lado.

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Comentarios(9)

taniagris

jajaja el titulo lo dice todo... increible, me quede pegada leyendo hasta el final sin poder parar

CarlosDFmx

Buenisimo. Ese primer parrafo te engancha de entrada, que arranque mas inteligente no se puede pedir. Mucho talento

DiegoCba99

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!!

LecturaNocturna7

Me gusto mucho el tono, sabe construir tension sin apurarse. Pocas veces leo algo que me mantenga tan atento hasta el final. Mas de esto por favor!

PinoVerde_ba

la lavadora como excusa... clasico de clasicos. 10/10

ManuelPaz_ok

Me recordo a un verano complicado que tuve hace años jaja, aunque sin tanto drama. Excelente relato, muy bien narrado

Fernanda_sur

Escrito con mucha soltura, fluye muy natural. Se nota que hay talento detras. Seguí escribiendo!

ElChicoK

muy bueno, de lo mejor que lei ultimamente por aca

Nikki

Habra continuacion? me quede con la intriga, historia muy bien resuelta pero quiero saber mas

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