Lo que pasó en la furgoneta mientras él fue al súper
Cuando Diego cerró la puerta corrediza de la furgoneta y desapareció camino al supermercado, todavía sentía la respiración del rubio sobre el cuello. Mi novio no sospechaba nada. Sólo quería bajar a comprar agua y unos sándwiches para seguir el viaje, y nos había dejado «al cuidado» de los seis ingleses con los que habíamos parado a hablar en la gasolinera media hora antes.
Una hora, había dicho. Como mucho.
Ya iban siete minutos y a mí ya me habían cogido por primera vez.
—Mi turno, preciosa —me susurró otra voz en un español impecable, grave y con una cadencia que me hizo apretar las rodillas.
Era el traductor. El moreno. El único del grupo que hablaba mi idioma y, casualmente, el más guapo de los seis. Tenía ese tipo de cuerpo que se intuye debajo de una camiseta sencilla: hombros anchos, abdomen plano, brazos definidos sin pasarse. Una sonrisa que se notaba ensayada de tanto funcionarle.
El rubio salió de mí con cuidado, dejándome un hilo tibio bajándome por dentro del muslo, y se apartó hacia el banco trasero sin decir nada. El moreno —Liam, así me había dicho que se llamaba al subir— ocupó su lugar entre mis piernas como si llevara toda la noche esperando ese momento.
—Estás temblando —murmuró, rozándome los labios con los suyos.
—Tu amigo no me dio tiempo a respirar —contesté, y me sorprendió que mi propia voz sonara tan ronca.
—Conmigo es distinto. Conmigo vas a tener todo el tiempo del mundo.
Apoyó la cabeza de su polla en la entrada empapada de mi sexo y empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta hundirse del todo. Cerré los ojos. La diferencia con el rubio era inmediata: él iba con prisa, con ansia, con esa urgencia de turista que sabe que el reloj corre. Liam entró como si fuera el dueño del tiempo.
—Joder —susurró contra mi oído—. Qué adentro estás. Y qué caliente. Tienes el coño más perfecto que he tenido en años.
Solté un gemido largo, tembloroso. No por la frase en sí, sino por la manera en que la dijo: con esa voz baja, sólo para mí, como si los otros cinco que miraban a un metro de distancia no existieran.
Empezó a moverse con un ritmo lento, profundo, deliberado. Cada embestida tocaba un punto exacto y me arrancaba un jadeo que no podía controlar. Mientras me follaba, no dejaba de hablarme al oído con ese pico de oro que era —entendí enseguida— la verdadera razón por la que se ganaba la vida traduciendo para grupos de hombres que viajaban a buscar lo que estaban buscando aquella tarde.
—Eres una maravilla, cariño —decía—. Tan guapa, tan generosa, tan increíblemente caliente. ¿Sabes lo que pensé cuando te vi bajar de la furgoneta de tu novio? Pensé: «Esa mujer merece mucho más». ¿Tu chico sabe lo que tiene entre las manos? Porque está claro que no sabe usarte.
Cerré los ojos con fuerza. La parte racional de mi cabeza me decía que era exactamente el tipo de cosa que un tipo así le diría a cualquier mujer en cualquier furgoneta. La parte irracional, la que tenía a Liam empujando entre mis piernas, sólo quería oír más.
—Mírame —ordenó suavemente.
Abrí los ojos. Su cara estaba a dos dedos de la mía, los ojos clavados en los míos, sin pestañear.
—Te lo voy a decir una vez sola —siguió—. Me da igual cuántas veces te corras esta noche. Me da igual cuántos de ellos te llenen antes de que termine la tarde. La que se va a acordar de esto durante meses vas a ser tú. Y vas a acordarte sobre todo de mí.
Le clavé las uñas en la espalda sin darme cuenta. Liam sonrió de medio lado y empujó más fuerte.
—Así, mi vida. Aprieta. Quiero sentirte rendida.
El orgasmo empezó a formarse muy adentro, muy lejos, como una ola que se ve venir desde la otra punta del mar y a la que no se le puede dar la espalda. Le rodeé la cintura con las piernas y tiré hacia mí. Quería tenerlo más adentro. Más todo.
—Eso es —jadeó él—. Córrete para mí. Córrete tan fuerte que cuando tu chico vuelva del súper, no te puedas ni mirar en el retrovisor.
Fue mencionar a Diego lo que terminó de romperme.
Me corrí con una intensidad que llevaba años sin sentir. Todo el cuerpo se me tensó al mismo tiempo, los muslos me temblaron alrededor de su cintura y un sonido que no parecía mío me salió de la garganta: agudo, sollozante, casi avergonzado. Sentí cómo mi sexo se contraía con fuerza brutal alrededor de su polla, y un chorro caliente de mi propio flujo me empapó la cara interna del muslo y el cuero del asiento.
Liam no paró. Siguió moviéndose despacio, prolongando cada espasmo, susurrándome al oído:
—Eso es… qué hermosa eres así… mi diosa…
El orgasmo duró mucho más de lo que tenía derecho a durar. Cuando por fin empezó a bajar, me quedé temblando, con lágrimas asomándome a los ojos y la respiración rota. Hundí la cara en su cuello, porque no quería que los otros cinco me vieran llorando de placer, y en ese momento se me cruzó por la cabeza un pensamiento que no me atreví a terminar de pensar.
¿Y si dejara a Diego? ¿Y si me quedara con éste? Con uno que me hable así todas las noches…
No era serio. Lo sabía perfectamente. Era el tipo de fantasía idiota que se le ocurre a una cuando le acaban de hacer lo que no recordaba que se le pudiera hacer. Pero la imagen de salirme de mi propia vida y meterme en otra distinta me puso aún más caliente.
Liam notó cómo mi sexo le volvía a apretar y sonrió contra mi cuello.
—¿Estás pensando lo que creo que estás pensando? —murmuró.
—Cállate —contesté, riendo bajito.
Me besó el lóbulo de la oreja, dio una embestida más profunda y, sin previo aviso, sus movimientos se aceleraron. Cortas, urgentes, profundas. Me mordió suavemente el cuello y me susurró al oído:
—Voy a correrme. ¿Lo quieres dentro?
No fui capaz de contestar con palabras. Apreté las piernas alrededor de su cintura y tiré.
Al mismo tiempo, uno de los otros chicos —rubio cobrizo, joven, con cara de no creerse del todo lo que estaba pasando— se había puesto de rodillas en el asiento a mi derecha, con la polla en la mano, mirándome la cara con la respiración entrecortada. Me dijo algo en inglés que sonó a mitad gemido, mitad insulto, y en cuanto Liam dio la última embestida y se vació dentro de mí, el otro acercó la punta a mis labios.
Abrí la boca sin pensar.
Los dos se corrieron casi a la vez.
Por dentro: Liam, en chorros calientes y abundantes, mucho más que el rubio de antes, llenándome de una manera que noté cómo el resto de fluidos se desplazaba para hacerle sitio. Por la boca: el cobrizo, con varios chorros gruesos y salados que me golpearon la lengua y el paladar. Tragué una vez, dos, tres, gimiendo alrededor de su polla mientras Liam seguía vaciándose dentro de mí.
Las dos sensaciones a la vez me dejaron sin coordenadas. Tenía el sexo lleno, rebosante, con un poco de semen escapándoseme por el borde mientras Liam aún estaba dentro. Y la boca llena del sabor fuerte y metálico del otro chico, tragando para que no se me derramara, mirándolo a los ojos sin poder apartar la mirada.
Cuando el cobrizo sacó la polla de mi boca, me la pasé por la lengua para recoger lo que se me había escapado por la comisura. Liam siguió besándome el cuello, con una ternura que no le correspondía a la escena.
—Eres increíble —susurró—. Y todavía queda gente esperando.
Levanté la cabeza. En la penumbra de la furgoneta, los otros cuatro estaban pendientes de mí. No con cara de animales sueltos, sino con esa mezcla de paciencia y deseo de los hombres que saben que van a comer si esperan su turno. Uno me sonrió tímidamente. Otro se mordió el labio. Ninguno se movió hasta que Liam, sin levantar la cara, asintió.
—Te toca elegir —me dijo en español, sólo a mí—. ¿Sigues o paro esto ahora mismo?
Pensé en Diego haciendo cola en la caja del supermercado. Pensé en la lista de la compra que había dejado sobre el salpicadero. Pensé en cómo, dentro de quince minutos, iba a tener que recomponerme, bajarme el vestido, limpiarme la cara y fingir que había estado dormitando.
—Sigue —dije.
***
Vinieron los dos a la vez, como si lo hubieran ensayado. Uno se colocó entre mis piernas, ocupando el lugar que acababa de dejar Liam, y el otro se arrodilló a mi lado, apuntándome a la boca. No hicieron falta palabras. Abrí las piernas un poco más y levanté la cabeza, ofreciéndome sin reservas.
Empezaba a estar cansada. Lo sabía. Pero también sabía que tardes como aquélla no se repetían.
El de abajo entró sin resistencia, resbalando por el semen de los dos anteriores. Me arrancó un gemido largo que vibró contra la polla que ya tenía en la garganta. Los dos cogieron el mismo ritmo casi sin darse cuenta: embestidas profundas en el sexo, movimientos de cadera idénticos en la boca.
No duraron mucho. El de abajo gruñó primero, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro con chorros que se sumaron al lago que ya tenía entre las piernas. Sentí cómo el semen empezaba a desbordarse, escapándose alrededor de su polla y goteando sobre el asiento. Casi al mismo tiempo, el de la boca soltó un gemido ahogado y se vació en mi lengua. Tragué con avidez, con un esmero que ni yo misma me reconocía, sintiendo los golpes calientes bajándome por la garganta.
Una gota se me escapó por la comisura. La recogí con la lengua. No quería desperdiciar nada. Ya no sé por qué.
Antes de que pudieran retirarse, los otros dos ocuparon sus lugares casi sin pausa.
—Aaaaaahhh… me matáis, cabrones —jadeé, tratando de aprovechar el medio segundo de tregua para respirar—. Pero qué gusto… seguid…
El último relevo fue rápido y brutal. El de mi sexo se corrió con un gruñido animal, inundándome una vez más. El de mi boca eyaculó casi al mismo tiempo, llenándome por última vez. Tragué con los ojos llorosos del esfuerzo, sintiendo cómo mis entrañas, ya colapsadas, rebosaban sobre el cuero del asiento. Un hilo espeso y blanco me bajaba por el interior del muslo y goteaba en el suelo de la furgoneta.
Cuando por fin terminaron, los seis se apartaron ligeramente, jadeando, mirándome con una mezcla rara de admiración y agradecimiento. Me quedé recostada, con las piernas abiertas, el vestido arrugado en la cintura, los pechos al aire y la cara cubierta de semen. La respiración entrecortada. El pelo pegado a la sien. Una sonrisa boba y satisfecha en los labios hinchados.
Pensé, sin pretender pensarlo:
«No son malos chicos. No me han forzado, no me han insultado, no se han pasado. Sólo han disfrutado de mí y me han hecho disfrutar como una loca. Eso es más de lo que me da Diego un sábado cualquiera.»
Liam se acercó, me acarició la mejilla con una ternura que ya no encajaba con nada de lo que acababa de pasar, y me susurró al oído:
—Eres una diosa. Gracias por esto.
Le sonreí, con el sabor de seis hombres todavía en la boca, y contesté en voz baja:
—Gracias a vosotros. Me lo he pasado de puta madre.
Fuera, en el aparcamiento, oí el sonido inconfundible de unos pasos acercándose. Pasos conocidos. Pasos que arrastraban una bolsa de plástico llena de agua y sándwiches.
Me incorporé de un tirón. Me bajé el vestido como pude. Me limpié la boca con el dorso de la mano. Respiré hondo dos veces.
La puerta de la furgoneta seguía cerrada.
Por dentro, yo seguía chorreando el semen de seis desconocidos.
Por fuera, mi cara mostraba sólo una sonrisa tranquila cuando giré la cabeza hacia la ventanilla y vi a Diego apareciendo entre las luces amarillas del aparcamiento.
—Voy, cariño —dijo Liam en español, alto, para que él lo oyera desde fuera—. Ya hemos terminado.
Cerré los ojos un segundo. Sólo uno.
Y entonces abrí la puerta corrediza.