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Relatos Ardientes

Mi alumna de matemáticas volvió a mi cama años después

Reencontré a Lucía un martes de marzo en la cola de una panadería del barrio. No nos veíamos desde el último año del bachillerato y era la última persona que esperaba ver con un bebé de seis meses sobre la cadera y una bolsa de medialunas en la otra mano. Nos abrazamos como si no hubieran pasado veintiocho años, intercambiamos teléfonos y prometimos vernos. Lo cumplimos a la semana, en su casa, con su pareja Patricia sirviendo vino y la hija de Patricia llegando tarde al postre, despeinada y sin mirar a nadie a los ojos.

Esa chica se llamaba Renata. Tenía veintiún años. Cuando supo que yo daba clases particulares de matemáticas en la universidad, Patricia se entusiasmó: Renata estaba por dar el examen de ingreso a Ingeniería y no terminaba de entender el cálculo. Yo dije que sí porque me caía bien Lucía, porque me sobraban dos tardes a la semana y porque, sinceramente, esa primera noche apenas la miré.

Las clases empezaron al miércoles siguiente.

Renata llegaba a mi casa pasadas las seis, con la mochila colgada de un solo hombro y el pelo recién lavado. Aprendía rápido, eso lo noté enseguida. También noté otras cosas: que se sentaba demasiado cerca cuando le explicaba un teorema en el cuaderno, que se quedaba mirándome mientras yo escribía, que tardaba en irse aunque la clase hubiera terminado hacía media hora. Al principio lo atribuí a la edad. A esa cosa que tienen las chicas de veintiuno de necesitar a alguien que las escuche sin interrumpir.

La cuarta clase me besó.

Estábamos sentadas en la mesa del comedor; ella me había hecho una pregunta sobre derivadas implícitas y, cuando me giré para contestarle, su boca ya estaba a centímetros de la mía. No me aparté. Tendría que haberme apartado. Le devolví el beso despacio, como si todavía pudiera convencerme de que era un error, y a los dos minutos estábamos en el sofá y a los diez en mi cama y a los veinte yo ya sabía que iba a volver a pasar.

***

—¿Te gusta? —me preguntó esa primera noche, cuando le pasaba la mano por la espalda.

—Me gusta lo que tiene de imposible —le contesté.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que tu madre es la pareja de mi mejor amiga. Que tenés la edad de mi sobrina. Que esto no puede ir a ningún lado.

—No necesito que vaya a ningún lado.

Lo dijo con una seguridad que no le había escuchado antes y que, por algún motivo, me terminó de convencer. Acordamos lo evidente: que Lucía no podía enterarse jamás, que Patricia no podía enterarse jamás, que aquello existía solo entre las paredes de mi departamento y nada más. Renata empezó a quedarse a dormir dos o tres veces al mes con excusas que cada vez le costaba más sostener. Yo le dije que se relajara, que cada cual viera de su lado y que ninguna le debía explicaciones a la otra.

Pasaron tres meses así. Noches que se estiraban hasta las cuatro de la mañana, desayunos en silencio porque ninguna de las dos quería romper lo que fuera que tuviéramos. Yo nunca le pedía nada y ella nunca me prometía nada. Era casi perfecto.

***

Una tarde, al terminar la clase, Renata me dijo que iba a hacer unos trámites en el centro y que volvía pasada la medianoche. Le dejé un juego de llaves de repuesto y le dije que entrara sin hacer ruido. No le di más vueltas. Bajé a regar las plantas del balcón y, cuando estaba volviendo a meter la regadera adentro, sonó el teléfono.

Era Lucía.

—Helena, necesito preguntarte una cosa rara, pero te la voy a preguntar igual.

—Decime.

—¿Renata te contó algo… raro? Algo que tenga que ver conmigo.

Me quedé quieta junto a la ventana, con la regadera todavía goteando sobre mi pie.

—No, nada. Solo me trae los ejercicios y se va. ¿Pasó algo?

Hubo un silencio largo del otro lado. Después escuché a Lucía respirar hondo, como si estuviera juntando coraje.

—Helena, esto no te lo puedo escribir, te lo cuento porque me estoy muriendo y necesito decírselo a alguien. Hace casi tres años que estoy con Renata. Desde antes de mudarme con Patricia. Empezó como una tontería y nunca pude cortarla. Lo peor es que hace un par de semanas ella me esquiva, no me contesta, y necesito saber si te dijo algo. Algo. Lo que sea.

Apreté el teléfono contra la oreja con más fuerza de la necesaria. Pensé en Renata esa misma mañana, desnuda en mi cocina, comiéndose una manzana antes de irse a la facultad. Pensé en lo que sería decirle a Lucía lo que sabía. Pensé en lo que sería no decírselo.

—Lucía, te juro que conmigo Renata no habla de su vida privada. No tengo idea.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

Le mentí con una serenidad que me asustó. Le dije, además, que quizás era momento de que se preguntara si era sostenible engañar a Patricia con su propia hija. Lucía me contestó que Renata era irresistible, que la había buscado durante meses, que ella no podía resistirse. Lo dijo casi con orgullo. Le respondí lo único razonable que se me ocurrió: que se alejara, que dejara pasar el tiempo, que la prioridad era Patricia. Cuando colgué, me serví una copa de vino tinto y la bebí de pie, mirando el cielo.

Esa noche Renata no volvió. Tampoco la siguiente. Estuvo cuarenta y ocho horas sin dar señales y yo no le escribí ni una vez. Habíamos pactado eso: no preguntarnos.

***

Apareció el sábado, con dos bolsos y la cara hinchada de no dormir.

—Sé que sabés —me dijo apenas la dejé pasar.

—¿Que sé qué?

—Lo de Lucía. Me lo dijo ella. Que te había llamado, que te había preguntado.

Cerré la puerta despacio y le señalé el sofá. Renata no se sentó. Caminó hasta la ventana, se acomodó el pelo detrás de la oreja y empezó a hablar como si hubiera ensayado el discurso en el ascensor.

—Pasó hace tres años. Yo tenía dieciocho y Lucía estaba sola en casa una tarde. Mi mamá estaba de viaje. No te voy a dar detalles. La cosa es que nunca creí que para Lucía fuera tan importante. Para mí era… algo de los miércoles a la tarde. Hace un par de meses dejó de gustarme y empecé a evitarla. Ayer enloqueció. Le contó todo a mi mamá.

—Madre mía.

—Mi mamá la echó. Se fue a la casa del hermano. Pero ayer me siguió por la calle desde la facultad hasta la parada del colectivo. Si no para, voy a hacer una denuncia.

Me quedé mirándola. Quería abrazarla y quería echarla a la vez.

—Renata, tenemos que cortar nosotras también. No puedo tener a una mujer afuera de mi casa esperando ver si entra mi alumna.

—Ya lo sé. Pasé a dejarte las llaves.

Sacó el llavero del bolsillo del jean y lo dejó sobre la mesa del comedor. Nos miramos un segundo y los veinticinco años de diferencia que nos separaban se sintieron, de pronto, como un siglo. Nos despedimos con un beso en la mejilla y un abrazo largo, como dos amantes viejas que se reconocen después de mucho tiempo.

***

Pasaron siete meses sin saber nada de ella.

Una noche, cenando con Marina, una colega de la facultad con la que había empezado a salir hacía poco, vi a Renata entrar al restaurante con Patricia y un chico flaco de barba apenas marcada. Patricia me reconoció primero. Renata levantó la vista, se quedó congelada medio segundo y después sonrió con una naturalidad que solo se aprende con la práctica.

—¡Helena! Qué bueno verte. Mirá, te presento a mi mamá y a Bruno, mi novio.

Saludé a los tres con la sonrisa más profesional que pude armar y volví a sentarme con Marina. Le expliqué, sin entrar en detalles, que era una ex alumna. Marina aceptó la explicación sin preguntar más. Esa noche, en mi cama, Marina se durmió sobre mi hombro y yo me quedé mirando el techo dos horas pensando en Renata.

Al día siguiente me llegó un mensaje.

«Me alegró mucho verte. Tenía curiosidad por saber cómo estabas.»

Tardé una semana en contestar. Le dije que me alegraba a mí también, que estaba conociendo a alguien, que la veía bien. Su respuesta llegó a los tres minutos. Una conversación se armó entre nosotras durante las semanas siguientes: reflexiones sobre el pasado, anécdotas del presente, planes futuros que ninguna de las dos pensaba cumplir. Una presencia constante en el bolsillo del pantalón. Sabíamos las dos que nuestras parejas no sabían.

Cuando Marina se fue una semana a un congreso en Lisboa, le mandé el flyer de una charla que yo daba en el aula magna sobre la historia del número cero. Renata contestó al toque que iría encantada.

***

La miré de reojo durante toda la charla. Estaba sentada en la cuarta fila, con un suéter beige y el pelo recogido, tomando notas que estaba segura de que no le iban a servir para nada. Cuando terminaron los aplausos y los saludos formales, fui directo a ella.

—¿Te gustó?

—Me encantó. Y vine porque me invitaste, no te hagas la modesta.

—¿Vamos a tomar algo a la cafetería?

—Sí, claro.

Caminamos por el pasillo de la facultad y, justo antes de entrar a la cafetería, ella me agarró la mano. No me dijo nada. Solo me agarró la mano y giró sobre sus talones. Volvimos al estacionamiento, subimos al auto y manejé hasta mi casa sin que ninguna abriera la boca. En el ascensor me comentó, riéndose, que pensaba que iba a llover esa noche. Era lo más banal que se le podía ocurrir.

Cuando entramos, Andrés, el jardinero, todavía estaba terminando de podar el jazmín del balcón. Le dije que se podía ir, que el resto lo terminaba el lunes. Apenas cerré la puerta detrás de él, me di vuelta y la besé. Fue un beso largo, profundo, sin urgencia y sin dudas, un beso que decía siete meses sin verte y todavía no me cansé. Renata me devolvió el beso con la misma calma, con esa misma certeza de quien ya conoce el camino de vuelta a casa.

Nos desvestimos en el living, dejando la ropa donde caía. Caímos en la cama medio desnudas y nos buscamos con la mano entre las piernas casi al mismo tiempo. Yo conocía su ritmo y ella conocía el mío. Nos vinimos las dos sin separar las bocas, con los dedos hundidos en la otra, mojadas hasta los nudillos. Después le subí la mano hacia los pechos, le acaricié los pezones con la yema del pulgar humedecido en mi saliva y la escuché gemir bajito, contra la almohada, mordiéndose el labio para no hacer demasiado ruido.

—Te extrañé —me dijo cuando le pasé la lengua por el cuello.

—Yo también. No tendría que haberte extrañado tanto.

Se subió encima mío, me tomó por las muñecas y me las apoyó sobre la almohada. Empezó a moverse sobre mi cadera, frotando su sexo contra el mío con una intensidad que no le había visto antes. Hicimos un movimiento que sabíamos las dos de memoria: pierna entre pierna, presión exacta, ritmo creciente. Tuvimos dos orgasmos más antes de quedarnos quietas, jadeando, ella todavía encima mío, el sudor entre nuestras pieles enfriándose despacio.

Después nos metimos a la ducha. Renata se dio vuelta apoyando las dos manos contra los azulejos y abrió las piernas como si me estuviera ofreciendo un ejercicio para corregir. Le enjaboné la espalda con la esponja y bajé hasta donde sabía que me esperaba. Le metí los dedos despacio, sentí cómo se mordía el dorso de la mano para no gritar, y cuando se vino se le doblaron las rodillas y la tuve que sostener por la cintura. Salimos las dos rojas, envueltas en toallas, y nos pusimos crema en el cuerpo riéndonos como dos chicas que faltaron al colegio.

***

Volvimos a la cama. Nos quedamos dormidas con las piernas trenzadas y el pelo todavía húmedo, y dormimos hasta que la luz de la mañana se metió por la persiana. Cuando me desperté, Renata me estaba mirando.

—Tenemos que hablar.

—Lo sé.

Nos vestimos despacio y nos sentamos en la cocina con un café cada una. Hablamos lo que ya sabíamos las dos. Que estábamos las dos en pareja. Que no queríamos lastimar a nadie. Que tampoco íbamos a dejar de vernos. Que esta vez íbamos a tener cuidado de verdad, no como antes. Que tampoco íbamos a prometernos nada que no pudiéramos cumplir.

—¿Sabés qué es lo que más me gusta de vos? —me dijo antes de irse, en el umbral de la puerta.

—¿Qué?

—Que nunca me pediste nada. Que siempre supiste que yo tenía mis cosas y que vos tenías las tuyas. Eso me da espacio para volver. Lucía no me daba espacio.

Le di un beso largo en la boca, en plena puerta del departamento, con la luz del pasillo dándonos de frente. Cuando se fue, me quedé un rato apoyada contra el marco, mirando los botones del ascensor encenderse uno tras otro. Sabía que Marina volvía de Lisboa al día siguiente. Sabía que Renata volvía con Bruno. Sabía, también, que la próxima vez no iba a esperar siete meses.

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Comentarios (3)

Susi_leo

Dios que hermoso relato... me quede sin palabras

LaLectoFan

Por favor continuacion!!! quede con ganas de saber como termina todo entre ellas

Valentina_77

Que manera de escribir, te hace sentir que estas ahi viviendo todo. Me encanto

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