La señora de 60 que me hizo olvidar a mi mujer
Hace tiempo que no contaba nada por acá. Esta vez quiero ir directo a lo que me pasó con una mujer que me sacó de la rutina y me hizo olvidar, durante una noche entera, que tenía a alguien esperándome en casa.
Trabajaba como repartidor nocturno para una distribuidora que abastecía a doce tiendas de conveniencia en la zona norte de la ciudad. La ruta era larga y monótona, y la única manera de no enloquecer entre parada y parada era llevarse bien con los empleados del turno noche. Yo lo hacía. Con mi mujer Carla en casa, dormida desde las once junto a los gemelos, mi cabeza tenía demasiado tiempo libre dentro de la camioneta.
En una de esas tiendas, la del cruce de la avenida con la calle 12, trabajaba Marisol. Morena, callada, simpática pero correcta. Llevaba meses intentando que se aflojara conmigo y nada de nada. Una noche llegué con el folio en la mano, esperando saludarla, y me encontré con que la habían cambiado.
En su lugar había una mujer mayor, baja, de tez muy blanca y pelo negro hasta los hombros. Calculé que rondaba los sesenta, aunque me cuidé bien de no preguntarlo.
—Adela —me dijo, tendiéndome la mano—. Vengo de la sucursal del centro.
Le di la mano con la cortesía que se le da a una señora desconocida y empecé a descargar las cajas. Pero mientras anotaba en el folio le robaba miradas. Tenía unas caderas anchas que ni el uniforme suelto lograba disimular, y cada vez que se inclinaba sobre el mostrador la bata se le abría y dejaba ver el tamaño real de los pechos que cargaba. Era una mujer que no necesitaba estar buena en términos jóvenes para llamar la atención. Tenía algo más: una manera de quedarse quieta cuando se daba cuenta de que la mirabas.
Esa primera noche cumplí la tarea, firmé el folio y me despedí con un apretón de manos. Pero al subir a la camioneta, antes de arrancar, me quedé un minuto en el asiento. Pensaba en mi mujer, en los gemelos, en la cuota del coche. Pensaba en Adela.
***
Al tercer turno volví a la misma tienda y otra vez estaba ella. Marisol había faltado, no sabía por qué. La señora me preguntó si podía enseñarle a usar el sistema de captura, porque la suplente nueva tampoco sabía. Le dije que sin problema.
Llevaba una falda recta hasta la rodilla y una blusa oscura que dejaba intuir el escote sin enseñarlo. La bata, como siempre, sin abrochar. Pasé detrás del mostrador y me ubiqué a su lado. Le mostré los códigos, los atajos del teclado, el orden de los lotes. Hablaba despacio, fingiendo paciencia, pero la verdad era que estaba calculando cada movimiento. Olía a un perfume tibio, dulce, de los que se quedan pegados en la ropa horas después.
Cuando me incliné para señalarle un campo en la pantalla, mi codo le rozó el costado del pecho. Fue un roce calculado, pero discreto. Ella se apartó apenas un par de centímetros y siguió mirando la pantalla. La segunda vez no se movió.
Seguí explicándole, fingiendo que no había pasado nada, mientras adentro me daba cuenta de que estaba duro y que la camisa del uniforme no iba a disimular gran cosa si me alejaba en ese momento.
Terminamos de cargar los códigos. Acomodé el producto en los estantes que me tocaban. Cuando ya me iba, Adela me llamó desde el fondo del local.
—¿Me ayudás con una caja? —dijo—. Está en el mostrador y no puedo con ella.
Era una caja de cigarros, no pesaba más de cinco kilos. La tomé y la seguí hasta la bodega del fondo. Era un cuarto angosto, con dos estantes hasta el techo y una luz blanca que parpadeaba. Bajé la caja en el lugar que me indicó y, cuando me incorporé, ella ya se había agachado para empujarla hacia el rincón.
La falda recta se le ajustó al cuerpo. Tenía el culo más redondo que había visto en mucho tiempo. Y cuando giró la cabeza por encima del hombro y se encontró con mis ojos, no se enderezó enseguida. Me miró un segundo, se incorporó despacio y, al hacerlo, se acomodó la blusa con un gesto que dejó ver, casi por accidente, el encaje blanco del corpiño debajo. Eran dos pechos enormes coronados por unos pezones marcados a través de la tela semitransparente.
—Gracias —dijo, y me tocó la mano un segundo de más.
Salí de la tienda con el pulso desbocado. Manejé hasta la parada siguiente con una sola idea en la cabeza.
***
Las visitas siguientes empezaron a ser distintas. Adela me esperaba con un café y galletas que ella misma traía de su casa. Me empezó a saludar con un beso en la mejilla y, al despedirme, hacía lo mismo. Yo, al principio, devolvía el beso seco y cortés. Pero como ella nunca apartaba la cara, una noche le besé cerca de la comisura. La oí soltar un suspiro mínimo, un sonido que se le escapó. Otra noche le rocé el lóbulo de la oreja con los labios. El suspiro se repitió, más largo.
En casa, Carla seguía dormida cuando yo entraba a las siete de la mañana. Me daba una ducha, le besaba la frente y me acostaba a su lado pensando en otra. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Sabía perfectamente que no me iba a detener.
Un viernes llegué a la tienda con la excusa preparada.
—Adela, te voy a extrañar. Me voy de vacaciones dos semanas.
—¿Te vas? —dijo, y se notó la decepción en la voz.
Le expliqué que mi suplente ya conocía la ruta, que no iba a tener problemas. Me acerqué para abrazarla, como se abraza a una amiga que se queda. Pero no era un abrazo de amiga. Olí su cuello, le rocé el lóbulo de la oreja con los labios, y entonces ella levantó la cara y me besó en la boca.
Fue ella la que abrió los labios primero. Su lengua buscó la mía y el beso se alargó hasta que se nos enredó la respiración. Mientras la besaba, bajé la mano hasta el culo y la apreté. Le di dos palmadas suaves. Ella suspiró contra mi boca y no se apartó.
—Vamos a la bodega —le dije.
Asintió sin mirarme.
***
Cerré la puerta con el pasador. Adela se quedó de espaldas contra los estantes, esperando. Le quité la bata, le levanté la blusa y le solté el corpiño con un movimiento aprendido a los veinte años. Los pechos cayeron pesados, calientes contra mis manos. Eran enormes, blandos, con los pezones ya duros antes de que los tocara. Bajé la cabeza y me los llevé a la boca uno por uno. Ella se apoyó en el estante y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Hace mucho que nadie hace esto —me dijo en voz baja.
No le pregunté cuánto era mucho. Me arrodillé. Le subí la falda hasta la cintura. Tenía pantimedias color piel y abajo una tanga que ya estaba mojada en el centro. Le mordí por encima de la tela y la oí ahogar un quejido. Le bajé las pantimedias y la tanga juntas, despacio, hasta los tobillos.
La olí. Olía a perfume y a algo más, algo tibio que solo se huele cuando la otra persona quiere de verdad. La separé con los dedos y la lamí desde abajo hacia arriba. Adela se aferró al estante metálico con las dos manos. Le metí dos dedos sin avisar. Entraron sin resistencia.
Subí la otra mano por la cara interna del muslo, le acaricié el culo y, cuando sentí que estaba relajada, le hundí el pulgar despacio. Soltó un quejido distinto, más grave.
—Cogeme —me dijo entre dientes.
Le respondí lamiéndola más fuerte, marcando el ritmo con la lengua. La sentí temblar contra mi cara, y un orgasmo largo le sacudió las piernas. Tuvo que apoyarse en mi cabeza para no caerse del todo.
La levanté, la di vuelta y la incliné contra los estantes. Me bajé el pantalón. Estaba tan duro que dolía. Entré de un solo empujón. La oí morderse el grito para no alertar a nadie en la calle.
—Soy una puta tuya —me dijo agarrada del estante—. Esta noche soy tuya.
La cogí así un rato largo, con las dos manos en sus caderas, mirándole el reflejo del cuerpo en el espejo polvoriento que había contra la pared del fondo. Después la hice arrodillarse en el piso, sobre la bata que le había sacado, y la incliné otra vez. Le escupí en el culo, me lubriqué con su saliva y con lo que ella misma había soltado entre las piernas.
Empujé despacio. Ella se quedó quieta hasta que el cuerpo se le acostumbró. Después empezó a empujar hacia atrás, ella sola, marcando el ritmo. Le di dos palmadas en el culo y la piel le quedó marcada por unos segundos.
Aguanté lo que pude. Cuando supe que ya no iba a aguantar más, terminé adentro, mordiéndole el hombro para no gritar. Saqué la verga todavía dura, la pasé al otro lado y la metí en la vagina. Le bastaron tres embistes para acabar de nuevo, esta vez con un grito sordo contra el antebrazo.
Me dejé caer en el suelo a su lado. La abracé por detrás, le pasé la mano por el costado y le acomodé el pelo que se le había pegado a la frente. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Se oía el zumbido del freezer en el local y, afuera, un coche que pasaba muy despacio por la avenida.
—¿Volvés cuando termines las vacaciones? —me preguntó al final.
Le dije que sí. Era mentira a medias. No sabía si iba a volver a esa ruta. No sabía si iba a poder mirar a Carla a la cara durante esas dos semanas sin sentir el olor de Adela todavía pegado a la piel.
Terminé la ruta a las siete de la mañana. Llegué a casa, me metí a la ducha mucho rato. Carla salió de la cama, me preparó café y me preguntó qué tal había estado la noche.
—Tranquila —le dije—. Como siempre.
Se rió y me besó la frente. Yo le devolví el beso pensando en la bodega de la tienda del cruce, y en una señora de sesenta años que me iba a estar esperando a partir del lunes siguiente, después de las vacaciones, con la luz blanca parpadeando sobre su cabeza.