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Relatos Ardientes

La psicóloga de mi mujer y su terapia inesperada

Marina, mi esposa, dejó sobre la mesa de la cocina una libreta de teléfonos abierta por la letra C. En letras grandes y subrayadas en rojo, destacándose del resto de nombres, podía leerse Carolina. Carolina es su psicóloga desde hace unos cuatro años, desde poco después del nacimiento de Lucas, nuestro hijo mayor, cuando Marina pasó por un bajón anímico bastante feo.

Al principio yo no creía demasiado en ese tipo de tratamientos. Pensaba que íbamos a tirar el dinero a cambio de palabras bonitas y consejos de revista. Reconozco que me equivoqué: en un par de meses Marina volvía a ser la mujer alegre y descarada de la que me enamoré hace ya doce años.

El caso es que desde hacía varios meses Marina y yo no teníamos relaciones. Lo que en otro tiempo había sido una vida sexual envidiable se redujo a silencios incómodos y excusas tontas. Yo lo achacaba al estrés de la oficina, así que pedí unos días libres y nos llevé a Marina y a Lucas a una cabaña en la sierra. Estaba seguro de que con aire limpio y sin presiones todo volvería a su sitio. No fue así.

Las vacaciones terminaron como habían empezado: yo dándole placer a Marina con la boca y los dedos porque mi cuerpo se negaba a responder de otra manera. Intenté de todo. Películas, juguetes, las dichosas pastillas azules. Conseguía erecciones a medias, suficientes para empezar y nunca para terminar. Cada intento fallido me iba royendo por dentro como una termita silenciosa.

Marina, al principio, me decía que no me preocupara, que le pasaba a todos los hombres alguna vez. Pero el tiempo iba pasando y la preocupación se le notaba en la mirada. Es una mujer cariñosa y entregada en la cama, y yo sabía perfectamente que aquella sequía tampoco era cómoda para ella, por mucho que disimulara.

Una noche, después de cenar, me dijo que en su última sesión con Carolina le había comentado lo que me estaba pasando. Carolina se ofrecía a recibirme, por si una conversación con alguien neutral conseguía destrabar lo que ningún truco había logrado destrabar en la cama. Yo no creía mucho en esas cosas, pero ver a Marina ilusionada con la idea me bastó. Marqué el número y concerté cita para el jueves siguiente.

Carolina es una mujer atractiva. Tendrá unos treinta y cinco, aunque siempre me costó calcularle la edad. La conocía de antes porque, cuando Marina empezó la terapia, me pidió que la acompañara a la primera entrevista. Es de esas mujeres que con los años ganan presencia. Segura, independiente, con unos ojos verdes que parecen reírse incluso cuando habla de cosas serias, y una voz baja, casi un susurro, que obliga a inclinarse hacia delante para escucharla bien.

—Hola, Diego. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no nos veíamos —dijo cuando entré al despacho.

—Sí, bastante —contesté.

Mi voz salía entrecortada. Hablar de aquello con una desconocida, por mucho diploma colgado en la pared que tuviera, me ponía nervioso.

—Marina me ha contado lo esencial. ¿Desde cuándo notas la disfunción?

—Unos cinco meses, calculo.

—¿Te pasa siempre o solo a veces?

—Siempre que estoy con mi mujer.

—¿Lo habéis hablado entre vosotros?

—Sí, hemos intentado restarle importancia. No funciona.

—¿Habéis probado algo distinto?

—Lencería, juguetes, hasta una tarde en un sex shop viendo proyecciones. Cero.

—¿Y las erecciones matutinas? ¿Cómo son?

—Más débiles que antes —hice un gesto con las manos para apoyar la respuesta y al instante me arrepentí, pensando que igual le parecía vulgar.

—Eso es buena señal. Significa que el mecanismo funciona, solo está bloqueado —Carolina sonrió—. ¿Te ocurrió algo justo antes de la primera vez que te falló el cuerpo?

—No sé… —dudé—. Bueno, unos días antes me hicieron una exploración del intestino. Por dentro, con un aparato. Tenía molestias y mi médico quería descartar cosas.

—Una colonoscopia.

—Sí. Eso.

—¿Cómo viviste el examen?

—Mal. Yo siempre fui muy hombre, ¿sabes? Cuando aquel aparato me entró por detrás, sentí algo parecido a la humillación. Como si me quitaran algo.

—Ahí lo tienes —dijo ella, con una seguridad que me dejó callado—. Tu cabeza ató el examen al castigo y bloqueó la respuesta. Es más común de lo que crees.

—¿Y se arregla así, hablando?

—A veces sí. Pero quiero hacer una prueba.

Lo que vino a continuación no lo esperaba. Carolina se desabrochó los primeros botones de la blusa color crema y dejó a la vista un sostén negro de encaje. La luz del flexo le cruzaba el escote en diagonal.

—No puede ser —murmuré.

—¿Qué no puede ser? —preguntó, deshaciéndose ya del sostén.

—Esto. Creo que me está pasando algo.

Me bajé la cremallera de los pantalones sin saber muy bien qué estaba haciendo. Carolina rodeó la mesa, se agachó a mi lado y deslizó la mano sobre la tela del bóxer hasta encontrar lo que buscaba. Por primera vez en meses, mi cuerpo respondió como si nada hubiera estado roto nunca.

—Mira esto —dijo, sosteniéndome con una mano y pasando los dedos arriba y abajo—. Hablar conmigo te ha desbloqueado. Déjame comprobar la consistencia.

Y se la metió en la boca sin previo aviso. No fue una caricia: fue un movimiento profesional, casi clínico, con un cuidado del ritmo que ninguna mujer me había dedicado nunca. Alargué las manos hacia sus pechos, que tenía a la altura justa, y los acaricié siguiendo la cadencia de su lengua. Llevaba tantos meses sin sentir nada parecido que en cuestión de minutos tuve que avisarla.

—Voy a… —empecé.

No se apartó. Recibió todo lo que tenía sin cortar el movimiento, hasta que mi cuerpo dejó de temblar. Cuando se incorporó, se limpió la comisura con el revés de la mano y me sonrió como si acabara de tomarme la presión arterial.

—No tienes que disculparte. Esto es parte de la terapia —dijo—. Pero va para largo. Te doy hora para la semana que viene.

***

Pasaron siete días. Siete días en los que recuperé todo lo que llevaba meses perdido. Hice el amor con Marina cada noche, a veces dos veces, y la pobre se reía sorprendida de mi nuevo apetito.

—Ya te decía yo que esa chica era una maravilla en su trabajo —comentó la primera vez que comprobó que mi cuerpo respondía.

Y tanto que lo era, pensé, recordando la boca de Carolina apoyada contra mí pocas horas antes. Por algún motivo, me imaginaba a Marina sentada en aquella misma silla durante su depresión, con la falda subida y las medias bajadas hasta los muslos, mientras Carolina, arrodillada delante, le aplicaba algo muy distinto a una terapia cognitiva. No sé de dónde me salió esa imagen, pero ahí estaba.

—Carolina dice que todavía no estoy del todo recuperado —le dije a Marina—. Que para evitar recaídas tengo que volver un par de veces.

—Me parece bien —respondió Marina, llevándome de la mano al dormitorio.

***

La segunda visita duró menos de veinte minutos. Carolina cerró la puerta con pestillo en cuanto entré.

—¿Qué tal vamos de lo nuestro? —preguntó, ya con un tono distinto.

—Como un reloj.

—¿Puntual?

—Imparable.

—Bájate los pantalones. Tengo que comprobar el estado del paciente.

Yo creí que recibiría otra vez el mismo trato, y solo con la idea se me marcó la erección antes de tiempo. Pero esa tarde Carolina tenía otros planes. Se desnudó delante de mí con la misma naturalidad con la que cualquier otra mujer se hubiera quitado la chaqueta. Apareció ante mí solo con una tanga rosa minúscula.

La primera vez, entre el apuro y la sorpresa, no había podido fijarme en ella como se merecía. Tenía la piel bronceada de manera uniforme, los pechos pequeños pero firmes, el pelo rubio cayéndole sobre los hombros y un piercing brillante en el ombligo. Más tarde descubriría que también llevaba un tatuaje pequeño en una nalga.

—Tengo media hora antes de la próxima visita —avisó, mientras volvía a pasarme la mano por encima de la tela del bóxer.

Esta vez me tocaba trabajar a mí. La idea me gustó. Nos abrazamos de pie y mis manos buscaron sus pechos mientras ella se restregaba contra mi cadera. Después de varios minutos de besos y mordiscos en el cuello, le bajé la tanga y comprobé que ahí abajo estaba más empapada que la cabina de una piscina cubierta. La levanté en vilo y la senté sobre el filo de su propia mesa, apartando con el codo unas carpetas que terminaron en el suelo.

—¿Y los expedientes? —pregunté entre risas.

—Luego los recoges tú —contestó, abriéndose de piernas.

Entré despacio para sentir el primer roce y enseguida le marqué un ritmo más rápido. Carolina era escandalosa. Jadeaba, gemía, soltaba palabras que cualquier vecino de pasillo habría podido oír si hubiera pegado la oreja a la puerta. Por momentos tuve que apretar los dientes para no terminar antes de tiempo.

—Más, más, así, no pares —repetía con la cabeza echada hacia atrás.

Cuando se corrió, lo hizo con un grito que me pareció exagerado para el tabique fino del edificio. Me corrí dentro de ella pocos segundos después.

Al levantarnos descubrimos que algunos folios sueltos habían quedado manchados.

—¿Y eso? —pregunté.

—Tu historial clínico —respondió—. Creo que ya no me va a hacer falta.

—¿Significa que me das el alta?

—No, todavía no. Estas cosas hay que vigilarlas. Vuelve la semana que viene. Y dale recuerdos a Marina.

***

Cuando llegué a casa, Marina me esperaba con un albornoz amarillo recién salida de la ducha. Normalmente, esa visión sola me hubiera hecho perder la cabeza. Pero acababa de dejar un buen rato de mí mismo en la consulta de Carolina y mi cuerpo, aunque dispuesto, iba con la lengua fuera.

—¿Qué tal con Carolina? —preguntó, desatándose el cinturón del albornoz.

—Bien. Hemos hablado, ya sabes.

Marina dejó caer el albornoz al suelo y se acercó a besarme con una mano deslizándose hacia abajo. Mi cuerpo respondió por inercia. No con la urgencia habitual, pero suficiente para no decepcionarla.

En la cama, mientras la abrazaba por detrás, no podía dejar de comparar. Carolina era algo más joven, sin hijos, con el cuerpo más estilizado. Marina tenía las caderas más anchas, las nalgas más blandas, los pechos más generosos por el embarazo. Le pellizqué suavemente las nalgas como hacía cuando éramos novios, y Marina entendió enseguida. Se puso boca abajo y me ofreció su trasero.

No era la primera vez. Lo habíamos hecho desde antes de casarnos, no muy a menudo, pero las suficientes para que no hiciera falta hablarlo. Coloqué un cojín bajo su cadera y la preparé despacio. Cuando entré, lo hice con la mente puesta en otro lugar. Imaginé que era Carolina, y esa idea me llevó al final con más fuerza de la que esperaba.

Marina se corrió antes que yo, dos veces. Cuando me dejé ir, me derrumbé sobre ella sin separar nuestros cuerpos durante un buen rato. Sentí, por primera vez en meses, algo parecido a la calma. Pero también algo nuevo. Una sospecha pequeña que no supe nombrar todavía.

***

Llegó el martes, día fijo de Carolina. Y esta vez Marina insistió en acompañarme. No conseguí disuadirla. No hubo manera. Llegué a la consulta convencido de que Carolina cancelaría todo al verla, pero me equivoqué de nuevo.

En cuanto entré al despacho, Carolina se relamió los labios sin disimulo y miró directamente hacia mi entrepierna.

—¿Cómo es que has traído a Marina?

—Se ha empeñado y no he sabido negarme.

Se levantó, rodeó la mesa y me besó en la boca como si fuéramos novios desde hacía años.

—Entonces tendré que ser más discreta cuando termine, ¿no? —dijo con una sonrisa.

Esa mujer era increíble. Se quitó la falda y la ropa interior con la misma facilidad con la que abría una carpeta. Me bajó los pantalones y se quedó mirando lo que tenía delante.

—Vamos, métela, no me hagas esperar.

Pero yo llevaba días dándole vueltas a una idea. Una idea concreta, casi obstinada.

—Quiero darte por detrás.

—¿Cómo dices?

—Quiero follarte el culo. Llevo días pensándolo.

Por primera vez desde que la conocí, Carolina dudó.

—Es que… nadie me lo ha hecho nunca.

—Si no lo pruebas, no lo sabrás. Te prometo cuidado.

Cedió. La acomodé a cuatro patas sobre la alfombra del despacho. Le separé las nalgas y descubrí, en una de ellas, un tatuaje pequeño con una palabra: «devórame». Sonreí. Preparé el terreno con paciencia, primero con un dedo, luego con dos, hasta que su cuerpo dejó de resistirse. Entré poco a poco, milímetro a milímetro, atento a cada respiración suya.

—¿Te duele?

—Un poco. Sigue despacio.

Cuando terminó de cederme paso, comencé a moverme. Carolina respiraba con la boca abierta y los ojos cerrados. Justo entonces la puerta del despacho se abrió.

Marina entró sin llamar.

Yo me quedé paralizado. Hice ademán de salirme, pero Carolina apretó hacia atrás para impedírmelo.

—Espera —dijo.

Aturdido, vi cómo Marina se levantaba la falda y mostraba, sin ropa interior, lo que llevaba debajo. Se acercó hasta nosotros y se detuvo a un palmo de la cara de Carolina.

—Tu mujer forma parte de la terapia —dijo Carolina con una calma que no parecía humana—. Terapia de pareja, lo llaman. Fui yo quien la llamó.

—¿Vosotras dos…?

—Desde el primer día —contestó Marina, cerrando los ojos cuando la boca de Carolina se hundió entre sus piernas.

No dije más. La imagen de Marina entregándose a la lengua de Carolina mientras yo embestía a la psicóloga me derrumbó cualquier resto de dignidad que me quedara. Apreté las caderas de Carolina y me dejé ir, ya sin pensar en nada, hasta vaciarme dentro de ella con un golpe seco que me dejó las piernas temblando.

Cuando recuperé el aliento, Marina me miró desde arriba con una sonrisa nueva. Una sonrisa que no le había visto en ningún año de matrimonio.

—Bienvenido a la terapia, Diego. Hoy empezamos en serio.

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Comentarios (5)

jorgito88

Que historia mas buena!! me dejo pensando todo el dia jaja

FernandoNoche

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como sigue esto

Nadia_ros

Me encanto como lo contaste, tiene mucho suspenso desde el principio y no te suelta. Muy bien escrito!

Panzeta

tremendo, inesperado de verdad

MarianaG_77

Ay que situacion tan incomoda y a la vez tan... emocionante. Me recordo a ciertas cosas que prefiero no contar jaja. Sigan publicando asi, es lo que diferencia este sitio de otros

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