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Relatos Ardientes

La italiana de la oficina lloró en mi sillón esa noche

Esa mañana me desperté con el cielo todavía pintado de violeta. La luz se filtraba por las persianas de listones y me dibujaba franjas tibias en la cara. Sin abrir del todo los ojos supe que algo había cambiado: había un peso al otro lado de la cama, una respiración que no era la mía.

Me levanté con cuidado, descalza, y pasé frente al espejo del armario. Treinta años. Pelirroja por herencia, la piel del color de la leche que se vuelve un poco azulada cuando hace frío. Los pezones se me habían puesto duros enseguida, dos puntas rosadas que delataban la temperatura del cuarto. Bajé la vista. Cintura estrecha, vientre liso, las caderas anchas que tanto detesté en la adolescencia y que ahora agradezco cada mañana. Diez años de natación me habían dejado las piernas firmes. Esa mañana, frente al espejo, me sentí formidable.

El pelo me llegaba hasta la curva baja de la espalda, suelto, todavía ondulado por la almohada. Llevaba el pubis depilado desde el lunes. Vi en el reflejo el contorno de mi clítoris asomando entre los labios, todavía un poco hinchado por la noche anterior, y sonreí.

Giré la cabeza hacia la cama. Bajo las sábanas blancas estaba ella. Una pierna larga y morena asomada por el borde, las nalgas redondas a medio descubrir, la cintura fina escondida bajo la tela y la espalda al desnudo. El pelo, negro y largo, se le había esparcido en la almohada como una mancha de tinta.

Noemí. La italiana de la oficina. La mujer que llevaba seis meses obsesionándome y que anoche, contra todo pronóstico, se había venido en mi boca.

Me metí al baño antes de que despertara. Necesitaba estar sola un rato. Llené la bañera, eché una bomba de espuma con olor a higo y me sumergí hasta que el agua me cubrió las orejas. El silencio bajo el agua siempre me ayuda a pensar.

Si quieren la historia entera, hay que retroceder un poco.

***

Noemí llegó a la empresa en octubre. La habían trasladado desde la sede de Milán para coordinar un proyecto que, decían, iba a cambiar todo. Lo único que cambió, al menos en mí, fue el rumbo de mis ratos libres. Empecé a llegar más temprano para coincidir con ella en la máquina de café. Aprendí a saludarla en italiano. Le ofrecía llevarla a casa cuando llovía. Nunca pasó nada. Ella tenía pareja —un tal Aldo, fotógrafo, según contaba— y yo soy de las que se aguantan en silencio.

Con el tiempo nos hicimos amigas. De esas amigas que se cuentan cosas que no se le cuentan a nadie. Yo le hablé de mi última relación, una historia con una mujer casada que terminó como suelen terminar esas historias. Ella me contó de Aldo. Y luego, en cuestión de semanas, me contó que Aldo había empezado a llegar tarde, que olía a un perfume que no era el suyo, que Lucrecia —su supuesta mejor amiga, alguien a quien Noemí había presentado en su propia fiesta de inauguración— le contestaba los mensajes con cierta sequedad que antes no tenía.

Anoche, alrededor de las once, sonó mi timbre. Cuando abrí, Noemí estaba en el rellano con el rímel corrido, una bolsa de viaje a los pies y la voz quebrada.

—Helena, perdona. No sabía a dónde ir.

La hice pasar. La senté en el sillón, le serví un whisky con dos hielos y dejé que llorara hasta que se le acabaron las lágrimas. Me contó que esa tarde había vuelto a casa antes de tiempo y había encontrado a Aldo y a Lucrecia en la cocina, demasiado cerca, con esa cara de niños descubiertos que no admite ninguna otra interpretación. Se había ido sin decir nada. Llevaba el coche dando vueltas hasta que se acordó de mí.

***

—No vas a volver esta noche —le dije.

—No puedo.

—Pues entonces no vuelves. Punto.

Le acaricié el dorso de la mano, despacio, como se acaricia a un animal asustado. Noemí cerró los ojos. Tenía las pestañas largas, casi sintéticas de tan perfectas. Y entonces se me ocurrió, porque uno se vuelve un poco insoportable cuando lleva meses guardando un deseo, decirle lo que llevaba meses pensando.

—Hay maneras peores de pasar una mala noche, ¿sabes?

Ella levantó la vista. Sus ojos grises, casi plata, me miraron con algo que no era sorpresa.

—Yo nunca he estado con una mujer, Helena.

—Lo sé.

—Entonces…

—Entonces no tiene que pasar nada si tú no quieres.

Nos miramos un largo rato. Fuera, en la calle, alguien arrancaba un coche. Noemí se mordió el labio inferior, ese gesto suyo que yo ya conocía de memoria. La tomé por la cintura y, con un movimiento que había ensayado mil veces en mi cabeza, la senté a horcajadas encima de mí.

No se resistió. Quedamos cara a cara, tan cerca que pude contarle las pecas mínimas que tenía en el puente de la nariz. Mis manos bajaron de su cintura a sus caderas, le palparon la piel desnuda donde la tela del top no llegaba. Ella movió las caderas, apenas, un gesto pequeño que decía mucho más que cualquier promesa.

—Si paramos, paramos cuando tú lo digas —le susurré.

Se acercó. Me agarró la cara con las dos manos y me besó. Primero con timidez, mordiéndome el labio inferior como tanteando, y luego, cuando se decidió, con una lengua firme y caliente que entró en mi boca como si llevara años pensándolo. Sus caderas se movieron sin que ella se diera cuenta.

Le bajé los breteles del top. La tela cedió. Sus pechos cayeron, llenos, pesados, los pezones oscuros y duros. Me alejé un segundo solo para mirarlos. Mis manos no podían abarcarlos. Empecé a apretarlos despacio, deslizando los pulgares por las puntas, y Noemí me clavó las uñas en los hombros sin hacerme daño.

Hundí la cara entre sus pechos. Olía a un jabón cítrico y a algo más suyo, una mezcla cálida que me hizo cerrar los ojos. Me llevé un pezón a la boca y la oí soltar el aire de golpe. Lo lamí, lo mordí apenas, lo dejé. Me pasé al otro. Ella se arqueaba para acercármelos más. Yo sentí cómo se me empapaban las bragas y, durante un momento, no me importó nada más que su sabor en la lengua.

Y entonces se apartó.

—Espera —dijo, con la voz ronca—. Helena, espera. Esto está mal.

Me detuve. La miré. Tenía las mejillas encendidas y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido cien metros.

—Perdona —dije, intentando pensar con la cabeza y no con la entrepierna—. Tienes razón. He sido una imbécil.

—No es eso. Es que no sé cómo voy a mirar a Aldo mañana.

La miré. Y algo me hirvió por dentro.

—¿Aldo? ¿Hablas en serio? Tu novio está cogiendo con tu mejor amiga, lo viste con tus propios ojos hace cuatro horas, ¿y te preocupa cómo lo vas a mirar mañana? ¿Tú no tienes derecho a sentirte bien?

Se quedó callada. Lo último que dije se le quedó dando vueltas en la cabeza, pude verlo. Se levantó del sillón. Todavía con los pechos al aire, se desabrochó la falda y la dejó caer. Llevaba una tanga de encaje color durazno que parecía hecha para ese tono de piel. El triángulo era tan pequeño que se le escapaba uno de los labios por el borde, y la tela brillaba en la zona donde se había mojado.

Avanzó hasta que sus caderas quedaron a la altura de mi cara. La miré. Ella me agarró del pelo, con una decisión que no le había visto en seis meses de oficina, y me empujó la cara contra su pubis.

Yo no me resistí. Le di un beso encima de la tela. Aspiré su olor. Le pasé la lengua por el bulto del clítoris, todavía con el encaje de por medio, y la sentí estremecerse.

Me arrodillé en el suelo. Le aparté la tanga a un lado con dos dedos. Le abrí los labios despacio. Estaba empapada, tanto que un hilo de humedad le bajaba por la cara interna del muslo. Le lamí ese hilo primero, de abajo hacia arriba, hasta llegar al clítoris, y cuando lo encontré succioné suave. Ella soltó un sonido que no se parecía a nada que le hubiera oído antes.

Le metí un dedo. Después dos. Sin dejar de chuparle el clítoris, los empecé a mover en un ritmo que ella misma me marcó con las caderas. Me agarraba el pelo con tanta fuerza que pensé que me iba a arrancar un mechón, y a mí esa fuerza me ponía más. Le sentí los muslos empezar a temblar. Los gemidos se le hicieron entrecortados. Y al final se vino contra mi boca, con un grito que sonó como un alivio largo de meses, y yo bebí todo lo que me dio sin moverme.

Se quedó quieta. Me miró desde arriba, agitada, los ojos brillantes.

—Eso no se parece a nada —murmuró.

***

Nos fuimos a mi cuarto. Encendí solo la lámpara del rincón. Ella caminaba detrás de mí, desnuda salvo por la tanga apartada, y yo la guié hasta la cama como si la llevara a un sitio que ella ya conocía.

En cuanto me senté en el borde, me empujó. Me quitó los jeans y las bragas de un solo tirón. Se quedó un rato mirándome, abriéndome los labios con dos dedos, como si estuviera estudiando un mapa nuevo. Yo levanté la cadera apenas, ofreciéndoselo, y ella se relamió y me miró pidiendo permiso. Yo asentí.

Su lengua hizo el recorrido entero, de la entrada al clítoris, con una lentitud que no parecía de novata. Se detuvo un rato largo allí arriba, succionando, mientras con la yema de un dedo me acariciaba el clítoris en círculos. No supe de dónde había sacado esa intuición. Tal vez de imaginárselo durante semanas sin atreverse a admitirlo. Tal vez de mirarme en la oficina más de lo que yo creía. Me retorcí. La agarré del pelo como ella me había agarrado a mí. Sentí el orgasmo subir, y justo antes de que estallara la atraje hacia arriba y la coloqué encima de mí, a horcajadas, pierna contra pierna, hasta que nuestros clítoris se encontraron.

Entonces empezamos a movernos. Despacio al principio, después con un ritmo cada vez más sucio. Ella se inclinó, me subió la camiseta, me dejó los pechos al aire y soltó una palabrota en italiano cuando me los vio. Me los apretó, los lamió, mordió uno con cuidado, y yo le clavé las uñas en las nalgas para acercarla más. Nos frotábamos las dos, con la respiración cada vez más corta. Podría pasarme la vida aquí, pensé, en este movimiento exacto, sin necesidad de llegar a ningún sitio.

Pero quería más.

—Date la vuelta —le dije—. Quiero verte de espaldas.

Mi voz salió ronca, no del todo mía. Ella obedeció sin protestar. Se puso en cuatro encima del colchón, con el culo levantado, las nalgas separadas. Me arrodillé detrás. Le pasé la lengua por todo el surco, de abajo hacia arriba, y la oí gemir contra la almohada. La acaricié con un dedo. Sentí cómo se contraía y se relajaba.

Le pegué la pelvis al culo. Mi clítoris, hinchado, mojado, encontró el suyo desde atrás y empecé a moverme. Le metí dos dedos por delante, sin dejar de frotarme contra ella. Noemí apoyó la cara en el colchón y se entregó, gimiendo cosas en italiano que no entendí y no necesité entender. Cada vez que yo embestía, ella levantaba más el culo. Cada vez que yo apretaba los dedos contra ella, mojaba más la sábana.

No sé cuánto duramos. Sé que cuando ella gritó por segunda vez, yo iba detrás, y que el orgasmo me agarró con tal fuerza que tuve que aferrarme a sus caderas para no caerme. Me desplomé encima de su espalda. Le besé el hueco bajo la oreja. Le aparté el pelo sudado de la nuca.

Tardamos un buen rato en respirar normal otra vez. Cuando por fin nos acomodamos, ella se quedó dormida con la cabeza apoyada en mi pecho. Yo me quedé mirando el techo, escuchando el ronroneo del calefactor, sintiendo todavía cómo me latía todo por dentro.

***

Salí del agua. Me envolví en una toalla. Cuando entré al dormitorio, Noemí se había dado vuelta. Me miraba con un ojo abierto y una sonrisa pequeña, todavía con el sueño encima.

—Buongiorno —dijo.

—Buenos días.

—¿Pasó de verdad?

—Pasó.

Hizo una pausa. Se mordió el labio. Y entonces, con esa misma calma con la que la noche anterior me había dejado sin aliento, levantó la sábana para invitarme.

Esto, sin duda, se podía repetir.

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Comentarios (5)

SilviaRM

Que hermoso relato, me dejo sin palabras. Muy bien escrito.

RocioLec

Porfa seguila!!! Quede con muchas ganas de saber que pasa despues entre ellas dos.

Marcos23

increible, de los mejores que lei en este sitio en mucho tiempo

curiosoMDP

Me gusto mucho como empieza, con esa tension entre las dos antes de que pase nada. Se siente autentico, no forzado. Esperando el proximo.

MiriamZ

Me recordo a una noche que yo tambien consolé a alguien y termino en algo muy inesperado... jaja muy bueno el relato

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