Mi marido dormía cuando un extraño saltó la tapia
La película iba por la mitad cuando lo sentí detrás de mí en el sofá. Una telenovela mexicana barata que ni siquiera había elegido yo, pero la pantalla parpadeaba lo suficiente como para llenar el silencio de la sala. Mateo apoyó las manos sobre mis hombros y empezó a bajar despacio por la nuca, con esos dedos suyos que conocían el camino de memoria pero que hacía meses ya no se molestaban en variar la ruta.
Pensé que esa noche sí. Que el atardecer largo de domingo y la lluvia que se anunciaba en el horizonte habían terminado por encenderle algo.
Apagué la lámpara de pie con el control. Me recosté boca arriba sobre el almohadón y dejé que me levantara la camiseta. Empezó por los pezones, con la boca, y al principio se sintió bien. Cosquillas, calor, esa sensación de que algo está por empezar. Pero pasaron tres minutos. Pasaron cinco. Pasaron diez. Mateo seguía ahí, lengua y labios sobre lo mismo, con la cadencia exacta de quien cumple una tarea aprendida en la escuela.
Me moví un poco hacia la izquierda. Levanté la pelvis lo justo para que entendiera. Quería que bajara, que me tocara con la mano, que me sacara los pantalones, que pasara a otra cosa. Cualquier otra cosa.
Él interpretó el movimiento como una despedida cortés. Se dejó caer boca arriba a mi lado y suspiró largo, satisfecho consigo mismo.
Misión cumplida, parecía decir esa respiración.
Me giré boca abajo y lo miré. La luz azul del televisor le iluminaba el perfil. Subía y bajaba el pecho con una regularidad insultante. A los dos minutos su respiración se hizo más densa, y al poco ya empezaba a roncar bajito, ese ronquido suyo que en otra época me daba ternura y que ahora me daba ganas de pegarle.
Me acordé entonces de lo que me había dicho la semana anterior. Estábamos discutiendo algo banal en la cocina, una factura, no recuerdo qué, y de pronto me había soltado: «No soportaría enterarme de que te masturbas cuando yo estoy al lado. Sería como decirme que no te alcanzo». Lo había dicho con voz solemne, como si fuera una declaración de principios, y yo me había guardado la respuesta para no empezar una pelea.
Ahora estaba dormido. Y yo estaba despierta. Y caliente. Y harta.
Metí la mano dentro del pantalón del pijama y bajé despacio. Encontré mi clítoris hinchado, listo, ofendido de haber estado esperando para nada. Empecé con el pulgar, círculos lentos. La cama crujió apenas. Mateo no se movió.
Subí la intensidad. Dos dedos, ritmo más firme. Sentí cómo me iba mojando, cómo el calor me subía por el vientre y se me anudaba en los pezones todavía sensibles. Quería que se despertara. Quería que se diera cuenta. Quería verle la cara cuando descubriera que su sermón sobre la masturbación a su lado no había servido para nada.
Mateo se dio vuelta. Hacia el otro lado. Roncando un poco más fuerte.
Me quedé quieta unos segundos, mirando el techo, con la mano todavía entre las piernas. Si seguía iba a terminar sola, en silencio, sin el placer extra de la rabia. Si me detenía iba a quedarme con esa picazón insoportable en todo el cuerpo, esa sensación de que cada nervio te grita.
Me levanté.
***
El parqué del pasillo estaba helado. Avancé descalza hasta la cocina, prendí solo la luz de la campana extractora —esa luz amarilla, baja, que da la impresión de estar en una película europea— y abrí la nevera. Saqué una botellita de agua mineral, le di un trago largo y me quedé apoyada contra la encimera, escuchando.
Afuera olía a tierra mojada. La ventana de la cocina daba al patio interno y se sentía perfectamente, ese aroma denso y dulzón que sube del suelo cuando el calor del día se rinde a la primera lluvia. Y entonces se largó. De golpe, sin transición, ese estallido que te empapa en dos segundos si no estás bajo techo.
Algo se aflojó en mí. La rabia se transformó en otra cosa, en una especie de aturdimiento agradable, y supe que necesitaba salir. No pensarlo. No darle vueltas. Salir.
Abrí la puerta corrediza que daba al patio. El aire me golpeó la cara como una bofetada tibia. La parra del fondo se sacudía con el viento, y las baldosas del piso brillaban con esa pátina de agua nueva. Di dos pasos afuera, bajo el alero. La camiseta se me pegaba al pecho. El pijama empezaba a empaparse en los bordes.
Cerré los ojos.
Cuando los abrí lo vi saltar.
***
Venía del otro lado de la tapia, la que separa el patio del callejón de servicio. Cayó de pie, con la elasticidad de alguien que sabe usar el cuerpo. Estaba completamente desnudo, mojado hasta los huesos, con el pelo negro pegado a la frente y una respiración entrecortada que no era de cansancio sino de algo más urgente.
No grité. No sé por qué no grité. Quizás porque la lluvia hacía demasiado ruido. Quizás porque algo en su manera de mirarme me dijo que no estaba ahí por error.
Se acercó despacio. Yo no me moví.
Quedó a un paso. Olía a lluvia, a piel limpia, a noche. Levantó la mano derecha y con el dorso de los dedos me rozó la mandíbula, después el cuello. El pulgar bajó hasta mi labio inferior y se quedó ahí, presionando apenas.
Le mordí el pulgar. No con fuerza. Lo suficiente para que entendiera.
—No deberías estar aquí —le dije, en voz tan baja que se la llevó el viento.
—Lo sé.
Eso fue todo lo que dijo en mucho rato. Lo digo y todavía no me lo creo. Pero fue así.
Su mano libre me tomó de la cintura y me empujó contra la pared del patio. La mampostería rugosa se me clavó en la espalda a través del pijama mojado. Me besó con la boca abierta, sin preámbulos, lengua adentro, como si llevara horas tomando carrera. Sentí el sabor de la lluvia en sus labios, y debajo el sabor de él, que no se parecía a ningún otro que hubiera conocido.
El miedo me bajó por el estómago. Un miedo delicioso, ese que te avisa que estás cruzando una línea y al mismo tiempo te invita a saltar más alto. La sangre se me agolpó en los pezones tensos. Entre las piernas se me abrió ese vacío doloroso, esa exigencia de ser ocupada que ya no aguantaba.
Le pasé los brazos por el cuello. Él bajó las manos hasta mis nalgas, las apretó con esa rudeza que yo había pedido en silencio toda la noche, y me levantó.
***
Di un paso atrás cuando me dejó otra vez en el piso. Quería verlo enojado. Quería obligarlo a admitir que me deseaba tanto que iba a tener que tomarme a la fuerza. Quería que la noche compensara, en una sola escena brutal, los meses de cadencia obediente que me había dejado mi marido.
Él entendió a la primera. Me agarró del antebrazo, sin violencia pero sin negociar, y me empujó otra vez contra la pared. Más fuerte esta vez. La nuca me golpeó suave contra la mampostería y un latigazo de placer me bajó por la columna.
—¿Así? —murmuró, con los labios pegados a mi oreja.
—Así.
Me arrancó la camiseta empapada de un tirón y la tiró sobre la baldosa. Sus dientes me encontraron la garganta primero, después la clavícula, después los pechos. Mordía sin lastimar, marcaba sin dejar huellas. Cada pasada de su lengua era una promesa de algo más profundo, y yo le tiraba del pelo para que no se detuviera nunca.
Me bajó el pantalón. Lo dejó caer alrededor de mis tobillos. Quedé desnuda contra la pared del patio de mi propia casa, a las tres y media de la madrugada, con la lluvia golpeándole la espalda a un desconocido que iba a hacerme lo que mi marido no había podido hacer en seis meses.
***
Bajó arrodillándose. Me besó el ombligo, después el hueso de la cadera, después el interior del muslo. Yo le clavaba los dedos en los hombros para no caerme, porque las piernas ya no me respondían. Cuando su boca llegó adonde tenía que llegar, una de mis manos se aferró sola a la canaleta de chapa que bajaba del techo y la otra encontró su nuca.
No fue suave. No quería que fuera suave. Quería intensidad, presión, ese tipo de placer que duele un poco en los bordes. Él lo entendió, o lo intuyó, o me había leído la cara, y me dio exactamente eso. Cuando sentí que estaba por caerme al primer orgasmo, paró.
Se levantó. Me miró.
—Dímelo —pidió.
Yo respiraba con la boca abierta, sin aire suficiente. La lluvia se nos metía en los ojos. Apenas distinguí su silueta contra la luz amarilla que se filtraba desde la ventana de la cocina.
—Hazlo —susurré—. Entra.
Me agarró por debajo de los muslos y me alzó otra vez. Yo le pasé las piernas alrededor de la cintura. Sentí cómo se acomodaba, cómo buscaba el ángulo, y después cómo se hundía de una sola vez, hasta el fondo, hasta donde se me cortó la respiración a mitad de gemido.
Empezó a moverse. Despacio al principio, ajustando. Después más fuerte. Después como si estuviera cumpliendo una sentencia. Mi cuerpo se acompasaba a sus embates con una facilidad que no había sentido en mucho tiempo, y le mordía el hombro para no gritar. La pared me arañaba la espalda. El cielo arriba seguía descargándose. Cada relámpago nos iluminaba un segundo entero, congelados como una foto que nadie iba a ver nunca.
Le clavé las uñas. Le mordí más fuerte. Sentí cómo se me iba endureciendo todo el cuerpo, cómo el calor me subía desde los talones, cómo el orgasmo se me venía encima como una ola que ya no había manera de esquivar. Me agarré de su pelo, lo obligué a mirarme, y dejé que viera el momento exacto en que me deshice.
Él aguantó dos embates más. Después se le rompió la cara en ese gesto que tienen los hombres cuando ya no controlan nada, y se vino dentro de mí con un gemido ronco que la lluvia se tragó casi entero.
Nos quedamos así un rato. Él apoyado contra mí, yo apoyada contra la pared, la lluvia haciendo lo suyo. Sentí su corazón contra el mío, ese galope que se iba ralentizando de a poco.
***
Me bajó despacio. Las piernas no me respondían bien. Me sostuvo de la cintura hasta que recuperé el equilibrio.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, por preguntar algo.
Él sonrió de lado. Negó con la cabeza.
—Mejor no.
Tenía razón. Mejor no.
Se quedó un segundo más, recorriéndome la cara con los ojos como si estuviera memorizando algo. Después se agachó, recogió la camiseta del piso —empapada, inútil— y me la puso entre los brazos como si me devolviera un objeto perdido. Caminó descalzo y desnudo hasta la tapia, apoyó las manos, calculó la altura y saltó de un solo impulso.
Cuando volví a mirar al callejón ya no estaba.
Me quedé un minuto más bajo el alero, dejando que la lluvia hiciera lo que tuviera que hacer. Después junté el pijama, abrí la puerta corrediza, entré en silencio. La cocina seguía exactamente igual: la botellita de agua mineral abierta sobre la encimera, la luz amarilla de la campana, el reloj marcando las cuatro menos cuarto.
Subí descalza hasta el dormitorio. Mateo estaba boca arriba, roncando con la boca entreabierta. No se había movido. No se iba a mover.
Me metí bajo las sábanas con cuidado de no rozarlo. Pegué la mejilla a la almohada, todavía con el olor del otro en la piel. Cerré los ojos.
Afuera la lluvia seguía cayendo.