Mi suegra me esperó con whisky y un camisón corto
Llevaba poco más de un año saliendo con Camila. Ella tenía veinte recién cumplidos, yo veintiséis. Nos habíamos conocido en la facultad por una amiga en común y, al principio, no esperaba nada serio: pensé que la cosa iba a durar un par de semanas. Pero los meses pasaron, me presentó a su madre y a sus hermanos menores, y terminé siendo el novio oficial que se quedaba a dormir algunos fines de semana.
Los padres de Camila estaban divorciados hacía años. Ella vivía con su madre, su hermana de quince y su hermano de trece, en una casa de planta baja con un jardín pequeño. Mi suegra rondaba los cuarenta y ocho. Medía poco más de uno cincuenta, tenía el pecho generoso y un trasero que conservaba la forma a pesar de los tres embarazos. Estaba en una relación a medias con un compañero de oficina, un tipo casado de su edad que la visitaba en horario laboral y poco más.
Algunos sábados que me quedaba a dormir, ella se levantaba a preparar el desayuno con un camisón que apenas le tapaba las nalgas y una bata de seda que terminaba a la misma altura. Camila se quejaba.
—Mamá, no podés andar así con mi novio en casa.
—Si me ve más tapada que en la playa, hija. ¿O no?
Mientras Camila bufaba, su madre me miraba por encima del hombro y se sonreía. La escena se repetía cada quince días, y yo aprendí a desayunar mirando la taza.
***
Con el suegro me había llevado siempre bien. Con el tío de Camila, en cambio, no nos soportábamos. Habíamos coincidido en una empresa años antes y yo fui el que demostró que él metía la mano en la caja chica. Quiso inculparme y se le volvió en contra: los faltantes habían empezado meses antes de que yo entrara y siguieron mientras estaba afuera del país. Por eso, cuando ese sábado la familia entera fue a su cumpleaños, yo me excusé. Trabajaba hasta tarde en la oficina y, además, no tenía ganas de cruzármelo.
Habíamos quedado en que yo iría directo a la casa de Camila y la esperaría. La idea era pasar a buscarla, cenar liviano y salir a bailar con unos amigos. Llegué a eso de las nueve, con una mochila al hombro, ropa para la noche y la cabeza puesta en la ducha que me hacía falta.
Abrió mi suegra. Estaba descalza, con un vestido corto de algodón y el pelo recogido.
—¡Pasá, yernito! Estás en tu casa.
—Hola, suegrita. Con permiso.
—Vení, que armé algo para picar sabiendo que ibas a llegar antes que la nena.
En la mesa baja del living había una tabla con embutidos, quesos, aceitunas y galletitas. Al lado, una botella de whisky, una hielera llena y dos vasos preparados. La suegrita siempre fue de tomar.
—Te ibas a duchar, ¿no?
—Sí, pero arranco con un trago. ¿Hace cuánto que me estás esperando?
—Lo que tarda en derretirse un cubito. Servite tranquilo.
***
Charlamos de cosas sin importancia: del trabajo, de los chicos, de una serie que ella estaba mirando. Ya iba por el tercer whisky cuando me miró por encima del vaso.
—¿No te ibas a bañar?
—Voy. Pero no traje toalla, me olvidé.
—Andá, que enseguida te llevo una.
Cerré la puerta del baño y abrí la canilla. El agua caliente tardó un par de minutos en llegar. Cuando estaba terminando de enjuagarme, escuché que la puerta se abría. Por el vidrio empañado vi una silueta corta, con el camisón pegado a las caderas.
—Te dejo la toalla acá, en la silla.
—¿Ya se va a dormir, suegrita?
—Algo así. ¿Te tomás otro conmigo antes?
—Me visto y voy.
—Sin tanto apuro.
La puerta se cerró sin que la viera salir. Me sequé despacio. Algo se está moviendo de lugar adentro de esta casa, pensé. Me puse un pantalón de algodón y una remera limpia, me perfumé y salí descalzo porque la calefacción estaba al máximo.
Ella había rellenado los vasos. Estaba en el sofá, con una pierna doblada bajo el cuerpo y el camisón subido hasta la mitad del muslo.
—¿Leíste el mensaje de la nena? —preguntó cuando me senté.
—No, dejé el teléfono en la mochila.
—Dice que se les complicó. La tía se descompuso y van a tener que quedarse un rato largo. Tenemos dos o tres horas, por lo menos.
Mientras hablaba, descruzó las piernas y volvió a cruzarlas del otro lado. Lo hizo despacio, mirándome a los ojos. No llevaba ropa interior.
***
—Te puedo decir algo y no te ofendés, ¿verdad?
—Decime.
—Cuando te quedás a dormir, no hagas gritar tanto a la nena.
Tardé un segundo en procesarlo. Bajé el vaso.
—Disculpame. No sabía que se escuchaba.
—Se escucha todo, tontito. Y el problema no es que se escuche. El problema es lo que me pasa a mí cuando la escucho. —Hizo una pausa, miró el techo y volvió a mirarme—. Me dan ganas. Y ya no sé cómo demostrártelo.
—Pero soy el novio de Camila.
—Yo tengo un novio casado. ¿Por qué no puedo tener un amante que sea parte de la familia?
Se levantó y se sentó arriba mío. El camisón se le subió hasta la cintura. Me agarró la cara con las dos manos y me ofreció el pecho. Le bajé el camisón con un movimiento suave y me llevé un pezón a la boca. Eran chiquitos, oscuros, y se endurecieron enseguida. Ella ya me había abierto el pantalón y me masturbaba lento.
—La nena no tiene las tetas así de grandes —dijo cerca de mi oído—. ¿No me las querés comer toda la noche?
***
Se acomodó arriba mío y bajó despacio. Para una mujer con tres hijos y casi cincuenta años, estaba más estrecha que la hija. Bien caliente y mojada. Empezó a moverse con los ojos cerrados, las manos en mis hombros, suspirando cada vez más fuerte.
—Con razón la nena chilla. Qué locura comerse algo así a mi edad. Soy una vieja degenerada.
—No sos una degenerada. Estás mal atendida.
Se rio, mordiéndose el labio.
—¿Querés saber por qué chilla tu hija? —le dije—. Vamos a su cama.
Abrió mucho los ojos.
—¿A la de Camila?
—Te estás cogiendo al novio. ¿Te va a dar cosa cogerlo en la cama de ella?
—Ay, sí, me da cosita.
—Caminá para el cuarto. Dale, te digo.
Le di una palmada en una nalga y se fue riendo como una nena haciendo una travesura. Yo cerré la puerta detrás de nosotros.
—Acostate de costado, así, como cucharita.
Ella obedeció. Me arrodillé detrás. Le acerqué la punta y se la metí solo la mitad. Entraba y salía sin terminar de hundirme. Cada vez que ella empujaba hacia atrás, yo retrocedía un centímetro. Le pasé el pulgar por el ojo del culo, sin presionar, y volví a la concha. Repetí cinco, seis, diez veces.
—Pendejo hijo de puta. Ponémela toda. No me hagas sufrir.
—¿No querías saber cómo se calienta la nena? Así se calienta.
—Por favor. Por favor. Metémela hasta el fondo.
Se la mandé entera y soltó un grito largo, ahogado contra la almohada. La conchita la tenía apretada de verdad. Le puse una mano en la cintura y empecé a moverme fuerte, sin pausa.
—¡Sí, animal, así, dame, cogeme como la cogés a ella, dame, dame, dame!
—A vos no te tengo que tapar la boca. Gritá tranquila, perra.
***
Volví al juego: la sacaba, le punteaba el culo con el pulgar, volvía a la concha. Ella ya empujaba atrás buscándome. La primera vez que insistí en el ano, no dijo nada. La segunda, tampoco. Cuando le pregunté si le tenía ganas a la cola, asintió contra la almohada y se levantó.
—Vamos a mi cuarto. Tengo lo que hace falta.
En su mesa de luz había un pomo de lubricante. Se puso una buena cantidad, me puso a mí, se acomodó en cuatro y se cacheteó el culo con la mano abierta.
—Dale, hacele la cola a tu suegra.
Apunté despacio. Apenas la punta empezó a entrar, ella empujó atrás y se la clavó hasta el fondo de un golpe. Soltó un alarido. Le agarré las caderas y empecé a moverme con un ritmo seco. La cama crujía, el cabezal golpeaba contra la pared. Estuve cinco minutos así, transpirando como si hubiera salido a correr.
—Haceme concha y culo —pidió, jadeando—. Quiero todo con vos.
Empecé a alternar. Cinco veces en el culo, cinco en la concha. Entraba hasta el fondo de una sola vez, sin titubear. Ella ya iba por el tercer orgasmo cuando escuché el teléfono sonar en la mochila. Por el ringtone, era Camila.
Me salí. Caminé desnudo hasta el living, agarré el teléfono y atendí. Mi suegra me siguió con las rodillas flojas y se arrodilló frente a mí, sin decir una palabra.
—Hola, amor, ¿cómo estás?
—Mejor. Acá nos asustamos un rato con mi tía, pero ya pasó.
—Me imagino —dije, mientras ella me la metía en la boca, despacio, mirándome—. ¿Vas a llegar pronto?
—Esa es la cosa. Soy la única mujer mayor de edad que quedó, así que me voy a quedar con ella. Perdoname lo del baile.
—Tranquila. Me voy en un rato a casa.
—No, quedate, mejor. Mañana al mediodía voy para ahí.
—No quiero incomodar a tu madre.
—¡No incomoda! —gritó la suegra desde el piso, tapándose la boca con la mano libre y aguantando la risa.
Puse el manos libres por reflejo.
—Mamá, cuidámelo. Que no se vaya a tomar a ningún lado.
—Quedate tranquila, nena. Lo tengo bajo control.
—Cuidá a la tía. Yo voy a estar bien.
—Eso esperaba, hija. Mandale un beso de mi parte.
Corté. Apoyé el teléfono en la mesa baja. Mi suegra ya estaba subiendo otra vez con la lengua.
***
Volvimos al sofá. La puse en cuatro contra el respaldo, le agarré el pelo con una mano y se la metí hasta el fondo. Ella gritaba sin freno, manoteando la tapicería. Yo no aguantaba más. Le dejé todo adentro con un par de embestidas finales y me quedé un segundo agarrado a sus caderas, sin aire.
—Aaah, qué bien se siente tener la concha llena de algo joven —murmuró, todavía en cuatro—. Por suerte ya no puedo quedar embarazada. Si no, te juro que te tenía un hijo. Imaginate al pibe: hermano e hijastro de la nena.
Me reí, agotado.
—Necesito otra ducha.
—Voy con vos. Quiero volver a mojarme.
En el baño, le enjaboné el pecho mientras ella se acomodaba con el agua. Después se agachó y me la chupó hasta que se me puso dura de nuevo. Estuvimos casi media hora ahí adentro. En algún momento la besé en la boca. Era la primera vez de la noche que lo hacía. Hasta entonces ella había evitado los besos, decía que eso «generaba compromiso».
—Señora —le dije, secándome—. El compromiso lo tengo con su hija. Con usted, mi único compromiso es venir a vaciarla cuando podamos vernos.
Se rio, mojada y contenta.
***
Pedimos algo para cenar. Yo me derrumbé en el sofá en bóxer y ella se puso de nuevo el camisón con una tanga bien marcada. Comimos en silencio, mirando una película vieja. A la hora ya estábamos de vuelta en su cuerpo, despacio esta vez, sin la urgencia de la primera. Terminé en su boca y nos dormimos cada uno en su cuarto, como si nada hubiera pasado.
Me desperté con la luz de la mañana entrando por la persiana de la habitación de Camila. Estaba duro. Mi suegra estaba arrodillada al costado de la cama, terminando lo que había empezado a la madrugada.
—Buen día, suegrita.
—Anoche me quedé con ganas de una última.
Le pasé la mano por el pelo y la dejé seguir. Cuando terminé, me preparó café y me pidió que me quedara en la cama de Camila. «Si te quedás acá, cuando llegue todavía te voy a estar cogiendo», dijo.
Me mordió suave una nalga al despedirse y se fue a su cuarto.
Me quedé dormido otra vez. En algún momento sentí algo frío contra la espalda. Era el culo desnudo de Camila, que se había metido en la cama sin que yo escuchara la puerta.
—Dale —me susurró al oído—. Una cogidita con la cabecita, así como me gusta. Hace días que no nos vemos.
—Tu madre nos va a escuchar.
—Si duerme como un tronco. Dale.
Cumplí como pude. Y, mientras la abrazaba contra mi pecho, miré el techo y pensé que iba a tener que aprender a desayunar con mi suegra sin mirar la taza. Esa parte, en realidad, no iba a ser tan difícil.