El repartidor que volvió tres meses después
Soy Lucía y trabajo desde casa, en primera línea de playa, en un pueblo pequeño de la costa mediterránea. Esa libertad me permite pasar las mañanas en la terraza, casi desnuda bajo una camisa de lino blanca pegada a la piel por el sudor. Debajo no llevo nada. Es uno de mis lujos privados: el mar enfrente, el portátil abierto y yo tomando el sol como si nadie pudiera mirarme.
Aquella mañana de julio el calor ya apretaba antes de las once. Estaba tumbada en la hamaca cuando sonó el timbre. Me asomé a la barandilla y allí estaba él: el nuevo repartidor de AguaMar.
Damián era impresionante. Alto, moreno, con el pelo corto brillando por el sudor y unos ojos azules clarísimos que contrastaban con la piel tostada. El uniforme azul le quedaba ajustado, marcando hombros anchos, brazos venosos de cargar bidones y una cintura estrecha. No tenía cuerpo de gimnasio: era el cuerpo de un hombre que trabaja de verdad, músculos funcionales, una capa fina de sudor brillando bajo el sol.
Le grité que subiera. Cuando apareció en la terraza con el bidón de veinte kilos al hombro, se quedó parado en el umbral. Me recorrió de arriba abajo en menos de un segundo. La camisa se me transparentaba sobre los pechos. Tragó saliva y apartó la vista, intentando parecer profesional.
—Buenos días, señora. Le traigo el agua —dijo con voz grave y ronca por el esfuerzo.
Me levanté despacio y me acerqué. Le quité el bidón rozándole los dedos a propósito. Sentí el calor de su piel y un calambre me recorrió entera.
—Gracias, Damián —leí el nombre en la placa y le sonreí con descaro—. Hace muchísimo calor hoy, ¿verdad? Pasa un momento, te invito a un vaso de agua fría. Estoy sola, teletrabajo y hoy me he tomado la mañana para mí. Por eso estoy tan cómoda.
Dudó, pero aceptó. Lo llevé a la cocina y le serví un vaso enorme con hielo. Mientras bebía, me apoyé en la encimera frente a él y dejé que la camisa se abriera lo justo para que se intuyeran mis pezones. Lo pillé mirando sin disimulo y eso me humedeció al instante.
Hablamos de tonterías: el calor, el pueblo, su trabajo. Le conté un poco más de mí.
—Vivo aquí todo el año. La casa es mía, primera línea de playa. Puedo trabajar en bikini o directamente en camisa, como ahora. Nadie me molesta.
Él, poco a poco, también se fue abriendo.
—Estoy casado —dijo enseñándome la alianza—. Tengo dos hijos pequeños. Mi mujer está en casa con ellos todo el día.
—Qué bonito —sonreí dulcemente—. Debe ser duro pasarte el día fuera cargando peso y llegar a casa agotado.
Él suspiró con cansancio.
—La verdad es que sí. Con los críos tan pequeños todo es rutina. Pañales, gritos, cansancio… y casi nada de tiempo para… ya sabes.
En ese instante me puse cachonda perdida. Esa voz, la frustración del marido cansado, los brazos venosos sujetando el vaso, el olor a hombre real. Me moría por arrodillarme delante de él y comérsela hasta que se olvidara de su mujer. Pero no hice nada. Charlamos un rato más, le firmé el albarán y se marchó.
Mientras lo veía bajar las escaleras ya tenía claro que la próxima vez las cosas iban a ser muy distintas.
***
Cuando cerré la puerta me quedé apoyada contra ella con el corazón a mil. Subí a la terraza, me tumbé en la hamaca con la camisa abierta del todo y las piernas separadas. Me toqué imaginando sus manos fuertes en mi culo, su polla gruesa marcándose bajo el uniforme. Me corrí tres veces seguidas, una detrás de otra, hasta quedarme dormida al sol con los dedos todavía dentro y la sed sin saciar.
Esa misma noche llamé a un ex que siempre responde rápido. Lo recibí con la camisa abierta, sin mediar palabra. Me lo follé sobre el sofá pensando en Damián todo el tiempo. Cuando terminamos lo eché con una sonrisa educada. Más satisfecha en el cuerpo, igual de hambrienta en la cabeza.
***
La segunda visita fue un mes después. Me preparé. Un vestido de gasa cortísimo, casi transparente, sin nada debajo. La tela se pegaba a cada curva.
Cuando abrí, a Damián se le trabó la lengua. Sus ojos me recorrieron despacio y se detuvieron un instante más de lo correcto. Le invité a entrar a tomar algo frío.
—Hace mucho calor hoy también, ¿verdad? —dije cruzando las piernas en la silla para que el vestido se abriera lo justo—. Debes venir muy… cargado.
—Sí, mucho calor —respondió firme, pero sus ojos azules le delataban una y otra vez.
Me incliné para servirle más agua y le susurré casi rozándole la oreja.
—Damián, pareces tenso. ¿Todo bien en casa? Con los niños debe ser duro… llegar agotado y no tener tiempo para descargar.
Se puso colorado, pero sostuvo la mirada.
—Sí… mi mujer está siempre cansada con los críos. Apenas tenemos… ya sabes.
Me senté frente a él, abrí un poco más las piernas bajo la mesa y le hablé en voz baja.
—Qué pena. Un hombre como tú, con tanta fuerza, con tanto peso encima… deberías tener a alguien que te ayude a soltarlo todo. Yo podría aliviarte la carga.
Le puse la mano en el muslo por debajo de la mesa y fui subiendo. Sentí cómo se tensaba entero. Cuando llegué arriba noté su excitación: gruesa, dura, palpitando bajo la tela.
—Lucía… estoy casado —dijo con voz ronca, sudando—. No puedo. No debo.
Apreté un poco más.
—Nadie tiene por qué saberlo. Solo un momento, para que te vayas más ligero.
Respiraba fuerte, la mandíbula apretada, los ojos clavados en los míos. De pronto apartó mi mano con firmeza, se levantó y dijo:
—Lo siento. Tengo familia. No soy de esos.
Se fue rápido, con la erección todavía marcada en el pantalón y la cara roja de vergüenza y deseo contenido. Saber que lo tenía así de cachondo y que aun así se resistía como un hombre de verdad me volvió completamente loca.
***
Otro mes esperando. Yo ya no podía más.
Llegó puntual, más tenso, más sudoroso que las otras veces. Lo recibí con una camisa blanca abierta hasta abajo. Los pechos pequeños y firmes apenas cubiertos, el vientre plano brillando por el sol, la melena cobriza revuelta sobre los hombros, los ojos miel ardiendo.
Le quité el bidón con mi mejor sonrisa.
—Pasa, Damián. Hoy hace mucho calor… y veo que vienes muy cargado otra vez.
Cerré la puerta y le puse la mano en el pecho, sintiendo los músculos firmes bajo el uniforme.
—¿Casi qué? —le susurré rozando su erección con la cadera—. ¿Casi me follas como un hombre de verdad? No me digas que no has pensado en mí este mes.
Tragó saliva, la mandíbula apretada.
—Estoy casado. Tengo hijos. No puedo traicionar a mi familia.
Sonreí y le desabroché un botón.
—Nadie traiciona a nadie si nadie se entera. Solo quiero probarte. Una sola vez. O dos. O las que hagan falta hasta que te calmes.
Lo llevé a la cocina, me senté en la encimera y abrí las piernas. El tanga se apartó lo justo para que viera lo empapada que estaba.
—Mira cómo me pones. Con esa voz, esos brazos… así me tienes desde el primer día.
—No puedo… joder, Lucía, eres peligrosa.
Le bajé la cabeza con suavidad hacia mí.
—Peligrosa, sí. Pero tú eres un hombre duro. Aguanta un poco más… o pruébame de una vez.
—No debería… mi mujer no me toca hace un mes.
—Pues déjame a mí que te alivie. Solo un poco.
Aguantó un segundo más. Y entonces explotó.
Me agarró del pelo con fuerza, lo justo para hacerme sentir dominada, y con voz cargada de frustración acumulada:
—Llevo un mes sin follar… y lo vas a pagar tú ahora, Lucía.
Me bajó de la encimera de un tirón, me puso de rodillas y sacó la polla sin mediar palabra. Era exactamente como la había imaginado: gruesa, larga, con venas marcadas recorriendo todo el tronco, la cabeza grande y rosada, palpitante de deseo.
Me la metió en la boca de golpe, hasta el fondo de la garganta. Las lágrimas me saltaron al instante. Aquella dominancia repentina, tan distinta del hombre contenido de antes, me encendió como nunca. Gemí ahogada alrededor de él.
—Chupa —gruñó—. Esto es lo que querías, ¿no? Pues aguanta.
Me folló la boca sin piedad. La saliva me chorreaba por la barbilla y caía sobre los pechos. Cambiaba el ritmo: lento y torturador, profundo y manteniéndome ahí unos segundos; luego rápido y exigente. Yo lloraba de placer, sin apartar los ojos de los suyos.
Al final se corrió con fuerza al fondo de mi garganta. Me obligó a tragar casi todo. Cuando terminó, se subió los pantalones con calma, me miró con esos ojos azules ahora fríos y distantes, y se marchó sin decir una sola palabra. Ni un adiós. Ni una caricia. Cerró la puerta y desapareció, dejándome de rodillas en la cocina, jadeando, con semen goteándome por la barbilla y los pechos.
***
El mes siguiente fue eterno. No lograba sacármelo de la cabeza. Cada noche me masturbaba imaginando que volvía y esta vez no se resistía. Llamé a un ex, me fui con un tipo del bar, dejé que un vecino me comiera el coño en la hamaca. Ninguno servía. Todos eran Damián en mi imaginación, ninguno me llenaba en la realidad.
Llegó el día. El tercero del mes, marcado en rojo en el calendario. Me duché despacio, me puse crema por todo el cuerpo y me miré al espejo: melena cobriza revuelta, ojos miel brillando, piel dorada lista para todo. Pasé la mañana en la terraza, solo con una camisa blanca abierta. Cada motor abajo me daba un vuelco.
Cuando sonó el timbre se me subió el corazón a la garganta. Bajé casi corriendo, abrí… y no era él. Era un chico mucho más joven, casi un adolescente, con el uniforme flojo y cara de susto al verme así. Se le marcó la erección al instante y se puso colorado hasta las orejas.
La decepción me cayó encima como agua helada. Le firmé el albarán sin mirarlo apenas y lo eché. Me quité la camisa de un tirón, me puse un jersey viejo que me llegaba a medio muslo y me tiré en el sofá con un libro de poemas eróticos. Las palabras no entraban. Estaba vacía.
Entonces sonó el timbre otra vez. Insistente. Suspiré y arrastré los pies descalzos hasta la puerta. La abrí casi sin ilusión.
Y allí estaba él.
Damián. Alto, moreno, con esos ojos azules ahora más fríos pero encendidos. Ya no llevaba el uniforme: camisa blanca remangada hasta los antebrazos venosos, vaqueros ajustados marcando los muslos. Mandíbula recia, barba de varios días, piel bronceada, pecho ancho tensando la tela.
Me quedé muda. Yo, que siempre tengo una frase pícara, no pude decir nada.
—¿Puedo entrar? —dijo con esa voz grave.
Asentí casi por inercia. Cerró la puerta detrás de él.
—He dejado el trabajo —soltó de golpe, mirándome fijamente—. No podía seguir viniendo aquí. Me volvías loco desde el primer día. Esa mañana de la camisa abierta, esa sonrisa que me decía «ven si te atreves»… me jodiste la cabeza. Cada vez que entraba con el bidón imaginaba follarte contra la pared. Pero tengo a mi mujer, a mis hijos. No podía.
Hizo una pausa. Los antebrazos se le tensaron bajo la camisa.
—Intenté resistirme. De verdad. Pero cada roce, cada doble sentido, me ponías más duro que nunca. He dejado el trabajo por mi familia. Quiero a mi mujer, a mis hijos. Pero necesito probar este cuerpo una vez. Solo una. Luego me iré y no volveré nunca más.
Esperó mi respuesta, con la respiración pesada y la erección marcándose en los vaqueros. Murmuró casi para sí mismo:
—Le he mentido. Le he dicho que tenía un viaje. Espero que merezca la pena.
Y me besó.
No fue el beso brusco y hambriento que esperaba. Fue dulce. Sorprendentemente dulce. Sus labios se posaron en los míos con una suavidad que me desarmó, como si tuviera miedo de romper algo frágil. Sus manos empezaron a recorrerme con la misma lentitud: hombros, brazos, espalda, caderas, vientre, costados. Memorizando.
Yo seguía paralizada. La piel se me erizaba bajo sus dedos. Y entonces el fuego que siempre llevo guardado empezó a subir. Mis caderas se movieron solas hacia él, mis manos buscaron su pecho. Recuperé el control.
El beso dulce duró un suspiro. De repente sus manos dejaron de recorrer y empezaron a agarrar. Me arrancó el jersey por la cabeza y lo tiró al suelo. Me apretó contra él, sintiendo cómo su erección se clavaba en mi vientre. Me levantó en volandas, me llevó al sofá, me dejó caer de espaldas, me abrió las piernas con un movimiento firme, me quitó el tanga de un tirón y se arrodilló entre mis muslos.
Me comió el coño lentamente. Muy lentamente. Como si me lo debiera. Primero la lengua plana recorriendo los labios, luego círculos suaves sobre el clítoris, después la lengua dentro mientras el pulgar dibujaba círculos firmes. Me corrí una y otra vez, agarrándole del pelo, tirando para pegarlo más a mí. Cada orgasmo más intenso que el anterior. No paró hasta que me quedé sin aliento, el cuerpo laxo, la melena pegada a la frente por el sudor.
Por primera vez con él tomé el control. Lo empujé hacia atrás, me arrodillé y le bajé los vaqueros. Saqué la polla y le susurré con picardía:
—Ahora me toca a mí, semental. Vamos a ver cuánto aguantas cuando soy yo la que manda.
Empecé despacio. La punta primero, después el tronco entero, lamiendo cada vena. Me la metí poco a poco, hasta el fondo, tragando alrededor. Lo llevé al límite tres veces y tres veces lo paré, apretándole la base con los dedos. Él gruñía frustrado, los músculos temblando de contención.
Cuando ya no aguantaba más, lo empujé hacia atrás y me subí encima. Nada más sentir ese grosor abriéndome, me corrí sin pretenderlo, chorreando sobre sus muslos. Empecé a moverme lento y profundo, girando las caderas. Las ventanas estaban abiertas de par en par; cualquiera de la playa podía vernos. No me importaba.
Él reaccionó. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas con el culo en pompa y me penetró de una embestida. Alternaba: fuerte y rápido, luego lento y profundo, rozando ese punto que me hacía temblar. Le pedí con voz rota:
—Damián… vacíate dentro de mí… por favor.
Me agarró del pelo y aceleró. Se corrió dentro con un rugido bajo, llenándome de chorros calientes que sentí palpitar uno a uno. Me corrí con él, temblando, las piernas cediendo.
***
Nos quedamos abrazados en el sofá, jadeando, con el mar de fondo rompiendo suave. Le acaricié el pecho y le susurré entre risas:
—Si solo va a ser una vez, va a tener que merecer la pena. No pienso dejarte marchar a medias.
Él gruñó:
—Entonces no me iré hasta dejarte completamente satisfecha.
Y cumplió. Me folló contra la encimera de la cocina, agarrándome los pechos desde atrás. Después en la terraza, de rodillas, follándome la boca con la brisa del mar acariciándonos la piel. Y más tarde, a cuatro patas en el suelo de la terraza, le susurré una invitación que no había hecho nunca con él:
—Si solo es una vez, quiero que pruebes todo. Mi culo también es tuyo.
Se quedó quieto un segundo, la polla palpitando dentro de mí.
—Joder, Lucía… ¿en serio? ¿Me dejas?
Empujé un poco más hacia atrás, sintiéndolo más profundo.
—Claro que sí, semental. Si solo es una vez, quiero que pruebes todo. Fóllame el culo. Quiero sentir esa polla gruesa abriéndome despacio.
Cuando apoyó la cabeza contra mi entrada trasera, se detuvo un instante.
—No puedo creer que me dejes. Mi mujer nunca me ha permitido esto. Ni una sola vez.
—Pues por eso mismo —le susurré, victoriosa—. Vas a recordar esta noche el resto de tu vida.
Eso lo rompió. Entró hasta el fondo con un empujón firme. Yo grité, mezcla de placer y dolor. Se quedó quieto unos segundos, dejándome adaptarme, y luego empezó a moverse. Lento al principio, después cada vez más fuerte y profundo. El dolor se transformó en un placer intenso. Me corrí sin tocarme el clítoris, solo con su polla llenándome el culo. Él no paraba, gruñendo en mi oído.
Nos follamos como animales bajo la brisa del mar. Cambiaba el ritmo: lento y torturador, rápido y salvaje, lento otra vez para hacerme suplicar. Me daba azotes que resonaban en la noche, me mordía el hombro. Al final le supliqué con la voz quebrada:
—Vacíate dentro… lléname el culo… por favor.
Aceleró, tiró de mi pelo hacia atrás y se corrió con un rugido bajo, llenándome de chorros calientes. Me corrí con él, el cuerpo convulsionando en oleadas interminables.
Fue una de las noches más placenteras de mi vida. Aquella mezcla de dolor inicial que se transformó en placer creciente, la sensación de estar completamente llena, de ser usada y de usarlo al mismo tiempo… resultó inolvidable.
Nunca volví a verlo. Pero quedé más que satisfecha. Aquella única noche fue suficiente para marcarme para siempre.