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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cocina de mi cuñada esa tarde

Aparqué la moto frente al portón de hierro forjado y me quité el casco despacio. La tarde en Salamanca olía a tierra mojada y a humo de chimenea encendida demasiado pronto, como suele pasar a comienzos de octubre. Carolina me esperaba junto a los rosales del jardín, con un vestido color crema que le marcaba la cintura. Sabía que mi hermano Javier estaba lejos, en un congreso en Lisboa, porque ella misma me lo había avisado por mensaje tres días antes.

Sus ojos verdes brillaban con una mezcla rara de impaciencia y miedo. Caminé hasta ella y, sin pensarlo demasiado, incliné la cabeza y le rocé la mejilla con los labios.

—Hola, Carolina.

Ella se quedó con la sonrisa congelada un segundo más de lo normal. Sentí su decepción como una corriente de aire frío entre los dos. Había esperado otra cosa, lo supe enseguida.

—Has llegado puntual —dijo, recomponiéndose—. He preparado lasaña, como te gusta.

La seguí dentro de la casa. Caminaba con ese leve balanceo de cadera que le quedó después de la operación del año pasado, un detalle que algunos hubieran encontrado vulnerable y que a mí, desde hacía meses, me parecía profundamente sensual. El olor a salsa de tomate, albahaca y queso fundido llenaba la cocina. Había vino abierto en la mesa, dos copas, una servilleta de lino doblada con cuidado en cada plato.

Carolina se inclinó sobre el horno para enseñarme la fuente humeante. Yo cerré la distancia de golpe. La sujeté por la cintura y la pegué contra la encimera de mármol antes de que pudiera dejar la fuente en su sitio.

Mis labios fueron a buscar los suyos sin más rodeos, en un beso profundo, sin pedir permiso, que borraba cualquier duda sobre lo que había venido a hacer. Carolina soltó un gemido apagado y se agarró al cuello de mi camisa mientras su espalda chocaba con el mármol frío.

Cuando se soltó para respirar, susurró con la voz quebrada.

—Pensé que… no me deseabas.

La miré a los ojos.

—En el jardín hay vecinos con ventanas. Aquí dentro no hay nadie.

Comprendió de inmediato. El beso en la mejilla no había sido un rechazo, sino pura prudencia. Lo vi pasar por su cara: primero el alivio, después el deseo soltándose por completo. Se apretó contra mí.

—Mateo… —murmuró cuando le concedí un segundo de aire.

—Ya probaré la lasaña más tarde —dije bajo, contra su oreja—. Tú eres el plato que vine a buscar.

El segundo beso fue distinto, desbordado, con meses de represión cayendo a la vez. Mis manos bajaron por su espalda hasta sus nalgas y las apreté con firmeza. Ella respiraba a tirones, con el pecho apretado contra el mío. Olía a jabón cítrico, a vino blanco y a algo más, algo animal que solo aparece cuando una mujer ya decidió lo que va a pasar.

Apoyé la mano en el primer botón de su blusa y lo desabroché despacio, mirándola, dándole la oportunidad de detenerme. No la usó. El segundo botón cedió con más facilidad. Su piel desnuda se erizó al contacto con mis dedos.

El mundo se redujo al sonido de nuestra respiración y al roce de la tela contra la tela.

Mis dedos llevaban un rato dentro de sus bragas cuando empezaron a entrar y salir de su sexo, completamente húmedo. Me detuve un segundo para hablarle al oído.

—¿Segura?

Ella asintió, pero después añadió en voz baja, casi disculpándose.

—Sí… pero quiero que uses protección.

Arqueé una ceja.

—¿Ahora te preocupas por eso?

—Javier tiene la vasectomía hecha —explicó, bajando los ojos—. No quiero que pase nada raro. No quiero tener que dar explicaciones.

La observé un momento más y asentí con una media sonrisa. No iba a discutir aquello. Ella abrió un cajón a su izquierda, sacó un pequeño envoltorio dorado y lo dejó sobre la encimera con manos que le temblaban un poco. Lo tomé sin apartar los ojos de los suyos, casi con solemnidad.

El sonido del envoltorio rasgándose rompió el silencio. Afuera, el jardín seguía inmóvil, indiferente al desorden que se estaba desatando dentro.

La levanté por la cintura y la senté sobre el borde de la encimera. Le separé las piernas con decisión. El contraste entre el mármol frío bajo sus muslos y el calor de su cuerpo era brutal.

—Quiero verte —murmuré mientras me desabrochaba el pantalón—. Quiero que sientas lo que provocas.

La penetración fue profunda. Le arrancó un grito ahogado que se mordió contra mi hombro. Sus manos buscaron los bordes del mármol y se agarraron con fuerza. Encontré un ritmo urgente, casi rabioso, y cada embestida hizo crujir despacio los muebles bajos de la cocina. Carolina miraba mi cara cambiar con cada movimiento, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos.

—Más fuerte —pidió, hundiéndome las uñas en los hombros—. Quiero sentirlo hasta el fondo.

Cambié el ángulo, buscando ese punto que la hacía emitir un sonido entre gemido y queja. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con su respiración entrecortada. Vi cómo arqueaba la espalda y supe que estaba demasiado cerca, demasiado pronto. Bajé el ritmo casi a cero.

—Ahora te voy a dar la vuelta —dije junto a su oído—. Despacio.

La tomé por las caderas y la giré, dejándola de espaldas contra mí. La nueva postura me dejaba llegar más adentro. Apoyó las palmas sobre el mármol y vi en el reflejo del horno apagado cómo sus pechos pequeños se balanceaban al ritmo de mis movimientos. Sus ojos también estaban allí, fijos en los míos a través del cristal oscuro, poseídos por un deseo que igualaba el mío.

***

La bajé al suelo de la cocina con cuidado y le puse las piernas sobre mis hombros. La postura le arqueaba la espalda casi al límite, marcando la línea de su cintura y la palidez de su vientre. Recordé entonces lo de su cadera y aflojé un poco la presión.

—Mateo, la cadera… —pidió con la voz entrecortada.

—Aguantas más de lo que crees —murmuré, pero con cada empuje fui ajustando la postura. No quería hacerle daño. Sentía la prótesis bajo mis dedos como una presencia ajena, un recordatorio constante de que tenía que medir cada movimiento.

Sus ojos eran un mapa contradictorio: miedo y excitación peleándose por ocupar el mismo espacio. Cuando aflojé del todo la postura, el placer ganó la batalla. Ella se relajó, sonriendo a medias, y cerró los ojos.

El orgasmo le llegó como una corriente eléctrica que le subió desde la base de la espalda. Lo noté en sus piernas, que temblaron sobre mis hombros, y en un sonido largo, profundo, que se le escapó de la garganta sin que pudiera contenerlo. La sentí apretarse alrededor mío en espasmos rítmicos, queriéndome más adentro, fundiéndose con el ritmo de mis embestidas.

Esa contracción final, irresistible, fue lo que me empujó al borde. Con un gruñido ronco, todo mi cuerpo se tensó. Dentro del preservativo, el calor se volvió denso y pesado. Sentí cada pulsación, cada eyaculada larga y satisfecha que coincidía con mis últimas embestidas, ya más lentas, más profundas. El látex se hinchó con un peso cálido en la punta, un testimonio físico de todo lo que había estado conteniendo durante meses.

Me quedé inmóvil unos segundos, jadeando con el sudor pegando nuestros torsos, disfrutando los últimos espasmos suyos. Poco a poco el mundo volvió a su sitio: el olor a sexo y a limón del ambientador, el frío del suelo bajo mis rodillas, la respiración entrecortada de los dos.

Y entonces hice algo que, con perspectiva, ni yo mismo sé explicar. Me retiré con cuidado, sujetando la base del preservativo donde el líquido lechoso se acumulaba en una gota pesada. Acerqué la punta a sus labios entreabiertos, esperando alguna clase de reacción.

Carolina giró la cabeza en el último segundo, ocultándola contra su propio hombro.

—No… —susurró.

Sonreí de lado. No me molestó. Volví a acercar el látex cargado a su boca con suavidad, haciendo que me mirara. Ella cerró los ojos con fuerza, apretó los labios y negó con una firmeza que no esperaba.

Sin perder la calma, apreté la base del preservativo y deslicé la otra mano por su rostro, sujetándola con cuidado mientras vaciaba el contenido sobre su piel. El semen, tibio y espeso, le resbaló primero por la frente en hilos perlados, después se acumuló en las cuencas de los ojos y siguió bajando por la nariz hasta extenderse por las mejillas como una máscara húmeda y brillante.

Ella se quedó inmóvil, respirando a tirones. La humillación y la excitación libraban una guerra silenciosa en su cara. Las manos crispadas, los labios apretados, el pecho subiendo y bajando en espasmos contenidos. Entendí que era un momento límite y me deslicé entre sus piernas, todavía abiertas.

—Shhh… —dije, separándole los labios del sexo con los dedos antes de aplicar la boca con una presión que la hizo estremecerse.

Empecé recorriendo los pliegues con calma, limpiando primero los restos de mí antes de concentrarme en el clítoris hinchado. Ella empezó a gemir, primero como en protesta, después con una rendición gradual que le sacudió el cuerpo entero.

Y entonces sonó el teléfono.

El tono familiar retumbó en la cocina, insistente, fuera de lugar. Carolina lo miró de reojo. No hizo falta que dijera nada. Era Javier.

Durante un instante todo se detuvo. Yo separé un segundo la boca de ella y la miré con una ceja alzada, sin decir palabra, mientras mis dedos seguían entrando y saliendo de su sexo. Carolina, con el pulso desbocado, dejó que el móvil siguiera vibrando sobre la encimera. Algo en aquella situación —ignorar a su marido mientras se acercaba inevitable al segundo orgasmo, con la cara cubierta del semen de su cuñado— le pareció lo más excitante que había vivido nunca. Lo leí en sus ojos.

El segundo orgasmo le llegó con tanta violencia que sus piernas se cerraron involuntariamente alrededor de mi cabeza, manteniéndome allí mientras ondas sucesivas de placer borraban toda la humillación anterior, dejando solo un eco vibrante y la certeza de que este juego peligroso recién empezaba.

Al final quedamos sobre el suelo de la cocina, ella debajo y yo encima, en silencio. Carolina apenas se atrevió a abrir los ojos. Notaba las pestañas pegadas con la crema endurecida y el sabor salado en los labios. Le acaricié el pelo sin decir nada, mientras afuera la tarde seguía su curso, indiferente al secreto que ahora habitaba entre las cuatro paredes de aquella cocina.

Extendí lo que quedaba del semen suavemente por su cara, como si fuera crema hidratante. Ella, ya relajada, se dejó hacer. Después la ayudé a levantarse.

—Gracias —dijo con la mirada baja, un poco avergonzada—. Por todo. —Lo acompañó con un guiño que pretendía ser pícaro, pero el efecto resultó casi cómico con los hilos pegajosos retenidos en las pestañas.

—Anda, corre a limpiarte, cerdita —respondí de buen humor, y lo acompañé con un azote ligero y un beso en la sien, el único hueco aparentemente limpio que encontré en su rostro pringado.

***

Horas después, ya sola, ella devolvió la llamada. La voz de Javier sonó normal, cariñosa, ajena a todo. Respondió con frases medidas, sonriendo como si nada hubiera pasado, pero una parte de sí misma no podía dejar de escuchar el eco de la vibración del teléfono sobre la encimera.

Esa noche yo había quedado a cenar con mis padres. La invité a acompañarme, pero Carolina, prudente y todavía un poco inquieta, se excusó con una sonrisa.

—Tu madre me llamó esta mañana —mintió ella—. Quiere tenerte para ella sola. Ya sabes cómo son. Yo ceno aquí tranquila.

Cuando colgó se quedó mirando su reflejo en la ventana. El maquillaje impecable, el vestido perfecto, y sin embargo algo dentro de ella se había agrietado. En lugar de cenar se sirvió una copa de vino. No le apetecía comer.

Cuando regresé de la cena, llegué con ese aire relajado que se me quedaba después de pasar un par de horas con mis padres. La encontré con la copa a medio terminar, las piernas cruzadas y la mirada perdida en algún punto de la pared.

—¿Pensando en cambiar la decoración o en hacer huelga de hambre? —bromeé, dejando las llaves sobre la encimera.

Levantó los ojos verdes. Esbozó una sonrisa que no le llegó a los labios.

—Un poco de ambas.

Me acerqué despacio y me serví también un poco de vino.

—Pues brinda conmigo. Por sobrevivir a una cena con mi madre.

Ella levantó la suya con un gesto mecánico.

—Por eso —dijo sin entusiasmo.

—¿Seguro que no te aburres sin mí? Mira que puedo organizarte un curso intensivo de paciencia y humor negro.

Soltó una risa breve, casi un suspiro.

—No creo que lo apruebe.

Intenté un tono más cálido.

—Venga, no pongas esa cara. Si me sigues mirando así, voy a pensar que se me olvidó felicitarte por algo importante. ¿Cumpleaños, santo, aniversario secreto?

Esta vez ni siquiera la risa apareció.

—No es nada, Mateo. Solo estoy cansada.

—Entonces descanso obligatorio. Prometo no hablar ni de motos ni de trabajo, palabra de boy scout.

Asintió pero no respondió. Mi mano, que se había apoyado un segundo en su hombro, se retiró sola, como si temiera que el silencio fuera frágil.

Terminé el vino. Esperé un par de segundos un gesto que no llegó.

—Voy a darme una ducha y a la cama. Buenas noches, señora independencia.

—Buenas noches —murmuró ella.

Cuando me fui, Carolina se quedó mirando el hueco vacío que había dejado mi sombra al pasar. Dio otro sorbo. El vino ya no sabía igual.

Mientras miraba la copa, mis palabras volvieron a su cabeza como un eco insolente: cerdita.

Al principio quiso indignarse. Frunció el ceño imaginando cómo se había atrevido a hablarle así. Ella, que siempre había cuidado cada detalle, que jamás había permitido que nadie la tratara de un modo tan vulgar.

Pero cuanto más lo pensaba, más imposible le resultaba mantener la pose. Notó un calor traidor subiéndole por el pecho y tuvo que morderse el labio para contener un suspiro.

Sabía perfectamente lo que aquello significaba. No era humillación, era deseo. Había disfrutado cada segundo, había respondido a cada gesto con la entrega de quien sabe que se deja arrastrar porque quiere dejarse.

La cerdita de Mateo. Repitió las palabras en silencio y le provocaron una mezcla de rabia y excitación. Dejó la copa sobre la mesa y trató de convencerse de que todo había sido un error, una debilidad momentánea.

Pero no podía engañarse. Lo había querido. Lo había deseado. Y lo peor era que, en lo más íntimo, sabía que lo volvería a hacer.

No era él quien había cambiado, sino ella. Y esa certeza, por alguna razón, dolía más.

Claro que, como buena pija que se preciara, jamás lo admitiría en voz alta.

***

Yo, mientras tanto, me había recostado en la cama de la habitación de invitados, con el móvil en la mano y la luz tenue de la lámpara iluminándome la cara. Marqué el número de Lucía, mi novia, que pasaba el fin de semana en su pueblo en Navarra.

—¿Sigues despierta? —pregunté con voz baja.

—Sí —respondió, riendo suavemente—. Estoy con los del pueblo, hemos salido a tomar algo. Me han liado.

—Ya, ya… —dije con un deje de burla cariñosa—. Pues asegúrate de que no haya malentendidos. Ya sabes cómo se ponen algunos cuando beben.

—Tranquilo. —Su voz sonaba dulce, casi infantil—. Solo estoy con mis amigos de siempre. Nadie se va a propasar.

—Más te vale —repliqué con tono de broma—. No quiero enterarme de que te andan rondando.

—No me andan rondando. Soy solo tuya, ¿vale? —dijo bajando el tono.

Sonreí, satisfecho.

—Así me gusta, Lucía.

Hubo un silencio breve, cálido, roto solo por el murmullo de risas y música que llegaba del bar donde estaba.

—Por cierto —añadí, fingiendo indiferencia—, Javier al final se ha ido de viaje. Me lo comentó su mujer esta mañana. Así que nada, yo ya estoy aquí, en la cama.

—Ah, entiendo. —Dudó un segundo—. ¿Y qué tal con… la estúpida? —preguntó con un tono entre curioso y celoso.

Solté una risa breve.

—Muy cariñosa al recibirme, como si me esperara con ilusión. Pero por la noche ya estaba inaguantable. Un cambio de humor digno de estudio.

—No me extraña —respondió Lucía con una risita baja—. Tiene cara de amargada.

—Sí… —dije, sonriendo para mí—. Esta tarde hasta tenía la cara sucia. A veces pienso que ni su marido la aguanta.

—Bueno, pues déjala con sus tonterías. Tú descansa, mi amor —susurró ella, más tierna—. Mañana hablamos con calma.

—De acuerdo. Dale recuerdos a tus padres.

—Se los daré. Buenas noches, Mat.

—Buenas noches, mi ternerita.

Dejé el móvil sobre la mesilla y apagué la luz. Me quedé tumbado un rato, mirando la oscuridad, mientras en la cabeza me daba vueltas la actitud de Carolina. Su frialdad de la noche no encajaba con la mujer ardiente de la tarde en la cocina. Aunque pija y difícil de tratar, mi cuñada seguía siendo una mujer muy atractiva, y yo estaba decidido no solo a repetir, sino a llevarla un poco más allá la próxima vez.

Algo en ella se había cerrado, pero no era definitivo. No era inmune a mí. Solo necesitaba que la situación volviera a moverse en la dirección correcta.

Cerré los ojos con una sonrisa tranquila, imaginando cómo lo haría. Y me dormí con el mismo pensamiento dando vueltas: tarde o temprano, Carolina volvería a abrirse.

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Comentarios (5)

Lucas_BA

que buenisimo!!! me quede pensando en el final

DiegoTucuman

Por favor escribi una segunda parte, esto no puede quedar asi nomas

NocturnaReader

Me encanto como lo narraste, se siente real sin ser burdo. Sigue publicando asi

Ceci_Rsa

jaja esa cocina nunca va a ser la misma para ninguno de los dos

El_Moreno44

me recordo a algo que me paso hace tiempo, demasiado parecido jaja. gracias por compartirlo

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