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Relatos Ardientes

Las doce pruebas empezaron el día de mi cumpleaños

Hay decisiones que se toman sobre uno sin que uno lo sepa. La mía se tomó un viernes de septiembre, en un palacio del Gran Canal, dos semanas antes de mi cumpleaños. Yo, por supuesto, no estaba allí. Aquella noche dormía abrazada a mi marido en nuestro piso de Valencia, ajena a todo.

Tardaría meses en enterarme de que existía la Hermandad del Lirio Negro. De que doce hombres se reunían cada equinoccio bajo máscaras blancas, en un salón sin ventanas alumbrado solo por candelabros. De que aquella noche, el más joven y nervioso de los doce había repartido entre los demás un dosier con mi nombre, mi edad, mi altura y una foto en la que yo salía riendo en un taller de Florencia que ni siquiera recordaba haber visitado. De que el líder le había preguntado si yo aceptaría someterme a las doce pruebas. De que él, arrastrando la voz, había contestado que sí, porque el Renacimiento era mi punto débil.

Pero todo eso lo supe después. La noche de mi cumpleaños yo solo sabía dos cosas: que cumplía veintiocho años y que mi marido Andrés llevaba semanas comportándose de manera extraña.

Sonrisas a destiempo, miradas que se demoraban más de lo necesario, llamadas que cortaba en cuanto entraba en la habitación. Yo lo achacaba al regalo. Andrés era pésimo guardando secretos y siempre se ponía nervioso cuando preparaba algo grande.

Mi familia llegó al mediodía. Primero mi hermano Tomás, después mis padres con mis tíos Roberto y Mercedes, sus dos hijas adolescentes y la abuela, una mujer de noventa y dos años que ya casi no reconocía a nadie pero seguía repartiendo besos a quien se le acercara. Andrés había preparado el salón con flores blancas y una mesa cubierta de tapas: langostinos rebozados, almejas al perejil, pescaditos fritos, aceitunas para las niñas. Yo me había puesto un vestido vaporoso del mismo color que las flores.

—Estás preciosa —me dijo mi madre besándome en la frente—. Veintiocho años. Increíble.

Los regalos salieron antes incluso de sentarnos a comer. Mis tíos me entregaron un collar de anillos rusos, tres aros entrelazados, con mi nombre y el de Andrés grabados en plata. Me lo puse al instante y noté el peso fresco sobre la clavícula.

—Y esto —dijo mi padre tendiéndome un sobre blanco— es de tu madre y mío.

Lo abrí despacio. Dentro había dos billetes de avión y un itinerario impreso. Roma, Florencia, Venecia. El temblor empezó en mis dedos y subió hasta los hombros.

—Papá… —se me quebró la voz—. Esto es demasiado.

—Te lo mereces, hija. Llevas años hablando de Italia.

Yo había estudiado Conservación y Restauración de Bienes Culturales y arrastraba desde la universidad una obsesión casi religiosa por el Renacimiento italiano. Botticelli, Rafael, Leonardo, Miguel Ángel. Sus nombres me hacían cerrar los ojos como si me los recitaran al oído.

—Mi regalo te lo doy más tarde —murmuró Andrés inclinándose hacia mí—. No es apto para menores.

Sentí su aliento en el cuello y se me secó la boca.

***

La tarde se alargó entre vino, risas y la abuela quedándose dormida con la cabeza ladeada en el sillón. Mis primas se refugiaron en sus móviles después del segundo plato. La conversación derivó hacia la pequeña empresa de restauración que yo había montado con dos compañeras de la facultad. Tres mujeres, un taller diminuto en el casco antiguo, los primeros encargos serios empezando a llegar.

—Lucía, la nueva estrella de la restauración valenciana —bromeó mi tío Roberto alzando la copa.

—Ojalá. De momento solo restauro tablas del siglo dieciocho y devuelvo cuadros a las parroquias del interior.

Cuando la abuela se despertó sobresaltada y mi tío anunció que se hacía tarde, miré el reloj y descubrí que eran las ocho. La tarde se me había evaporado entre las manos. Despedidas largas, besos sonoros de la abuela, mi madre prometiendo llamar al día siguiente para que le contara cada museo del itinerario.

Andrés y yo nos dejamos caer en el sofá en cuanto la puerta se cerró. Me apoyé sobre su pecho y cerré los ojos.

—Felicidades, mi vida —susurró.

—¿Y mi regalo?

Se rió contra mi pelo.

—Ah, sí. El regalo. Acompáñame.

***

El dormitorio estaba a oscuras salvo por la lámpara de la mesilla, que Andrés había dejado encendida con una bombilla nueva, más cálida. Sobre la cama, una caja envuelta en papel granate con un lazo dorado. Pesaba poco.

—Ábrelo a solas —dijo—. Avísame cuando pueda entrar.

Me besó en la frente y cerró la puerta tras él.

Deshice el lazo despacio. Dentro encontré, primero, una caja más pequeña de cartón rígido. La abrí y me quedé sin respirar: un conjunto de lencería negro, encaje finísimo, con detalles bordados en hilo color burdeos. Sostén, braguita, liguero y unas medias hasta el muslo. No era el tipo de regalo que Andrés solía hacerme. Lo nuestro, en los cinco años de matrimonio y los siete de noviazgo antes, había ido perdiendo intensidad hasta convertirse en una rutina cómoda, predecible. Esto era otra cosa. Esto era una declaración.

Debajo del conjunto, envuelta en papel de seda, había una máscara veneciana. Blanca, de papel maché, con filigranas doradas alrededor de los ojos y una pluma negra inclinada sobre la sien derecha. La levanté con las dos manos y la giré bajo la luz. Era hermosa, y al mismo tiempo me produjo un escalofrío inexplicable, como si me estuviera mirando ella a mí.

Tardé en cambiarme. Las medias eran caprichosas y el liguero, una geometría que no había practicado nunca. Cuando por fin me miré al espejo del armario, no me reconocí. Mi pelo corto y desordenado, la palidez del pecho, el negro del encaje rompiéndome la silueta. Me coloqué la máscara y entonces sí: la mujer del espejo era una desconocida. Una desconocida con las tetas empujadas hacia arriba por el sostén, los pezones ya endurecidos marcándose contra el encaje, y una franja de piel entre la braguita y el liguero que pedía dientes.

—Andrés —llamé—. Ya puedes entrar.

La puerta se abrió y oí cómo se le cortaba la respiración.

—Madre mía —dijo, y no añadió nada más durante varios segundos.

Le tendí la mano. Él se acercó descalzo, en camisa blanca y sin cinturón, y me rodeó la cintura.

—Hay algo que no te he contado —murmuró besándome el cuello justo donde terminaba el broche del sostén—. El viaje a Italia. Ya tiene fecha.

—¿Cuándo?

—Carnaval. Terminamos en Venecia, en pleno Carnaval.

Me aparté para mirarle a los ojos.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente.

Sentí cómo el corazón me golpeaba contra el encaje. Venecia en Carnaval. Las góndolas, las plazas, las máscaras flotando entre las calles estrechas como espectros vestidos de seda. Le besé en la boca con una violencia que no esperaba sentir, metiéndole la lengua hasta el fondo y mordiéndole el labio inferior hasta que soltó un gruñido.

***

Andrés me empujó hacia la cama sin dejar de besarme. Sus manos recorrieron mi espalda y bajaron por la curva de la cintura hasta encontrar el elástico de la braguita. Tiró de él con dos dedos.

—Cuidado —protesté—. Es nueva.

—Te compro otras.

Y la desgarró de un tirón. El encaje cedió con un chasquido seco y quedé abierta debajo de él, el coño ya húmedo y la braguita rota colgando de una sola cadera. Andrés se quedó mirándomelo un segundo largo, con los ojos vidriosos, como si no me hubiera visto así en años. Y era verdad: no me había visto así en años.

Me quedé entre la risa y la sorpresa. Hacía años que Andrés no me agarraba así, con esa hambre que parecía no acordarse de los modales. Me sujetó las muñecas contra el colchón y bajó por mi pecho, mordiendo a través del encaje del sostén. Sentí sus dientes en el pezón derecho, primero por encima de la tela, después apartándola con la barbilla para chupármelo directamente. Lo mamó despacio, con la lengua plana, hasta que se me arqueó la espalda del colchón. Pasó al izquierdo y lo trató peor: mordisco, tirón con los labios, lametón lento alrededor de la areola. Yo cerré los ojos y dejé que el peso de su cuerpo me hundiera en la cama, con las muñecas todavía inmovilizadas y las piernas abriéndose solas.

—Estás empapada —murmuró contra mi ombligo—. Se te nota desde aquí.

—Baja de una vez.

—¿Qué quieres que te haga?

—Cómeme el coño, Andrés. Ya.

Sonrió sin levantar la cabeza y siguió besándome centímetro a centímetro. Me lamió el hueso de la cadera, después el interior del muslo por encima de la media, apartó los restos de la braguita rota y se me quedó a un dedo del coño soplando aire caliente sin tocarme. Le tiré del pelo hasta hacerle daño.

Cuando me liberó las muñecas para deslizarse hacia abajo, sentí su lengua entre los muslos y se me escapó un gemido grave que no sonaba mío. Le agarré la cabeza con las dos manos y cerré las piernas alrededor. Él lamió despacio al principio, de abajo arriba, chupándome los labios uno a uno como si estuviera comiendo fruta abierta. Después buscó el clítoris y se quedó ahí, dando vueltas con la punta de la lengua, primero suaves, después más rápidas, más insistentes. Me metió dos dedos a la vez y empezó a moverlos curvados hacia arriba, buscándome ese punto que él conocía y que llevaba meses sin visitar de verdad.

—Ay, joder —jadeé—. Así, no pares, así.

Chupó más fuerte. Los dedos entraban y salían con un ruido líquido que me daba vergüenza y me ponía todavía más. Sentí que se me acumulaba todo en el vientre, esa presión antes del reventón, y tuve que soltarle el pelo para no clavarle las uñas en el cráneo. Le empujé la cara contra mí con las dos manos abiertas en la nuca.

—No aguanto más —dijo de pronto incorporándose, con la barbilla brillante hasta el cuello.

—Aguanta tú, cabrón —protesté—. Me faltaba nada.

Pero ya se estaba desnudando. Se sacó la camisa por la cabeza y se bajó los pantalones y el bóxer de un solo empujón. Se le movió la polla al soltarse del elástico, dura, hinchada, apuntando hacia arriba. Se colocó sobre mí. La máscara veneciana se me había desplazado hacia un lado. La empujé hacia arriba con la mano. Andrés se rió.

—Déjatela puesta.

Se agarró la polla con la mano derecha y me la pasó por los labios del coño, arriba y abajo, mojándose la punta con lo que había dejado su boca. Me la restregó contra el clítoris dos veces. Yo abrí más las piernas.

—Métemela ya.

Entró en mí despacio, centímetro a centímetro. Demasiado despacio. Yo necesitaba otra cosa.

—Más fuerte —pedí.

Aceleró un poco pero no era suficiente. Le clavé los talones en los muslos y le arañé la espalda de arriba abajo.

—Más fuerte, Andrés. Fóllame más fuerte, por favor.

Él intentó subir el ritmo, apoyándose en los codos, y durante diez o doce embestidas creí que iba a durar. Chocaba contra mí con un golpeteo seco de piel contra piel y yo notaba la punta llegándome al fondo. Pero sentí que se le escapaba. Conocía esa respiración corta. Conocía esa rigidez en los hombros que aparecía cinco segundos antes de terminar. Conocía la manera en que apretaba los dientes cuando ya no podía frenarlo. Lo aparté con un empujón firme antes de que fuera tarde, sintiendo cómo su polla salía de mí con un sonido húmedo.

—Quita.

Quedó tumbado de espaldas, confundido, con el pecho subiendo y bajando y la polla apuntando al techo, brillante entera de mis flujos. Me senté a horcajadas sobre él, se la agarré con la mano en la base y me la dirigí. Me dejé caer con todo mi peso hasta clavármela hasta abajo. Los dos jadeamos a la vez. La sentí latir dentro, tocándome sitios que hacía rato pedían ser tocados. Me apoyé en sus hombros y empecé a moverme a mi ritmo, alzando las caderas y volviendo a bajar, buscando el ángulo exacto, ese en el que la punta me rozaba justo donde tenía que rozarme. Sentí la máscara ladeada otra vez sobre mi mejilla y no me molesté en colocarla. Andrés me miraba desde abajo con la boca abierta, las manos aferradas a mis caderas, y yo cabalgaba encima con las tetas botando fuera del sostén, los pezones duros como piedras.

—Chúpamelas —le ordené inclinándome hacia adelante.

Levantó la cabeza y se metió un pezón en la boca. Lo mamó con fuerza mientras yo seguía moviéndome. La sensación doble, la polla dentro y la boca en el pecho, me disparó otro escalón.

—Lucía —jadeó Andrés soltándome el pezón—. Voy a…

—Aguanta. Aguanta un poco más.

—No puedo, joder, es que estás…

—Aguanta, aguanta, aguanta —repetí como un rezo, sintiendo que yo también me acercaba, que me faltaba muy poco, que con tres embestidas más estaría allí. Aceleré. Me monté encima con toda la cadera, subiendo hasta dejarle solo la punta dentro y dejándome caer entera hasta el fondo. El colchón crujía. Yo gemía cada vez más alto sin poder frenar.

Se corrió antes. Lo sentí estremecerse debajo de mí, la cadera arqueada, los dedos clavados en mis caderas, y noté los chorros calientes reventando adentro, uno detrás de otro, mientras él soltaba un gemido ahogado con los ojos cerrados. Yo seguí moviéndome unos segundos más con la esperanza de alcanzarlo, restregándome contra el hueso de su pubis, pero la rigidez se le fue rápido y sentí cómo la polla, todavía dentro, empezaba a ablandarse y a resbalar fuera de mí con un hilo espeso de semen colgando entre los dos cuerpos. Bajé al colchón y me tumbé a su lado. El semen empezó a bajarme por el muslo interno.

—Perdona, mi vida —murmuró cubriéndose los ojos con el brazo—. No pude más.

—No pasa nada.

Pero pasaba.

Me quité la máscara y la dejé sobre la mesilla, junto a los billetes. Andrés se durmió en cinco minutos, respirando con esa calma profunda que solo se permiten los hombres satisfechos. Yo me quedé despierta. El clítoris me palpitaba, hinchado, sin descargar, los pezones rozaban el encaje del sostén y me dolían de duros, y en mi cabeza ya no estaba el dormitorio ni Andrés ni Valencia. Estaba Venecia. Las calles vacías al amanecer. Una máscara cruzándose con otra en un puente. Una mano de hombre desconocido agarrándome la nuca por detrás.

Me deslicé la mano por dentro de la braguita rota y me encontré empapada de lo mío y de lo suyo mezclados. Metí dos dedos en el coño, los saqué brillantes y los subí al clítoris. Empecé a frotarme en círculos rápidos, apretando los muslos alrededor de mi propia muñeca, mordiéndome los labios para no despertarlo. Con la otra mano me agarré una teta por dentro del sostén y me pellizqué el pezón. Imaginé la máscara del espejo. Imaginé unos dedos que no eran los míos ni los de Andrés metiéndose en mí. El orgasmo llegó rápido, breve, sacudiéndome las caderas contra la mano, suficiente para dormir. Me lamí los dedos antes de dejar caer el brazo al colchón.

***

Me desperté al día siguiente con el sol entrándome de lleno en la cara. Andrés roncaba bocarriba, completamente desnudo, con la sábana enredada en los tobillos y la polla dormida contra el muslo. Me levanté en silencio y me encerré en el baño. Frente al espejo descubrí, todavía pegado a la piel, el rastro seco del semen de mi marido bajándome desde el interior del muslo hasta la rodilla, y una mancha más en la ingle, blanca sobre el encaje del liguero. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me cayera por la espalda durante mucho rato. Me lavé entre las piernas con la mano, sintiendo cómo salía todavía algo de él mezclado con el agua.

Cuando salí, envuelta en el albornoz, Andrés ya estaba en el sofá con el café entre las manos.

—¿Quieres uno?

—Sí, por favor.

Se levantó hacia la cafetera y desde allí, por encima del ruido del molinillo, me lanzó la pregunta:

—¿Entonces te parece bien Venecia para terminar? Siempre he querido ver las máscaras.

—Me parece bien.

—Dicen que el Carnaval es un poco transgresor —añadió, asomando la cabeza por el marco de la cocina con una sonrisa que era a la vez ingenua y maliciosa.

—Como debe ser —respondí.

Y por algún motivo, mientras él volvía a desaparecer detrás del molinillo, miré la máscara que seguía sobre la mesilla del dormitorio, todavía con la pluma negra inclinada como un dedo señalando a alguien que aún no había aparecido en mi vida.

Pensé que aquel viaje iba a ser inolvidable.

Tenía razón, aunque ninguno de los dos motivos por los que después lo recordaría tuvieron nada que ver con el arte.

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Comentarios(9)

Flor_71

que buenisimo!!! me quede con ganas de mas

JuanMa_cba

Por favor una segunda parte... el final me dejo pensando todo el dia

MarielaNoche

Me encanto el arranque, se siente que hay algo mas detras de todo. Espero que continue

SilentReader22

Siempre leo y nunca comento pero este me saco del modo silencioso. Muy buen relato

PabloNorte

me recordo a algo que paso en mi entorno, esas cosas pasan mas de lo que uno cree. muy real todo

Caro_NK

Ay esa intriga del final!! no podes dejarlo ahi jajaja seguimos esperando

RamiroVz

de los mejores que lei aca, de verdad

VigilanteK

esto es autobiografico? porque se siente demasiado real jaja

Fausto_Lect

Bien escrito, se nota trabajo detras de cada parrafo. Felicitaciones

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