Mi sobrino me pidió que cuidara de su esposa
El llamado llegó un martes a las once de la noche. Mi hermano Adrián había muerto de un infarto en el patio de su casa, donde llevaba treinta y dos años podando los mismos rosales. Yo vivía en Canadá desde hacía cuatro décadas, era jubilado, viudo desde hacía siete inviernos, y nunca había imaginado que volvería a mi pueblo de la sierra en estas circunstancias.
Me llamo Octavio, tengo sesenta y cinco años y, hasta esa madrugada, creía que la vida ya no me debía nada.
Conseguí el primer vuelo de la mañana y aterricé en la capital pasadas las dos. Le había escrito a mi sobrino Mateo para avisarle. Él se ofreció a buscarme. No nos habíamos visto en persona desde su boda, hacía cuatro años, pero hablábamos por mensaje cada par de meses. Era un buen muchacho, ingeniero, callado, parecido a su padre en la forma de mirar.
—Tío, qué pena, qué pena —me dijo abrazándome en la sala de llegadas.
El camino hasta su casa fueron dos horas por carretera. Hablamos de Adrián, de la infancia, del calor, de cualquier cosa para no quedarnos callados. Reímos un par de veces, lo justo para que no se sintiera obscena la risa.
Llegamos cerca de las cinco. La casa estaba en silencio, con una sola luz encendida en el living. Y ahí, sobre el sillón, estaba ella.
Su esposa se había quedado dormida esperándonos. La conocía por fotos, pero las fotos no servían. Daniela era joven, mucho más joven de lo que yo recordaba que Mateo me había dicho. Tendría unos veintisiete o veintiocho años. Tenía el pelo oscuro caído sobre la cara, una piel clara, las piernas recogidas debajo del cuerpo y un camisón color durazno que le subía hasta la mitad del muslo.
Mateo la despertó con cuidado, le dio un beso en la frente y le susurró algo. Ella abrió los ojos, todavía borracha de sueño, se sentó y se acomodó el camisón. Las dos manos no le alcanzaron para cubrir lo que quería cubrir. Vi un pecho a medio asomar, una clavícula brillante, los pies descalzos contra el piso frío.
—Disculpe, tío Octavio, qué vergüenza —dijo con la voz ronca.
—Sos vos la que se desveló por nosotros —le respondí—. La vergüenza la tendría yo si te hubiera despertado a esta hora.
Esa noche no dormí.
Me masturbé cuatro veces en la oscuridad del cuarto de huéspedes, mirando una foto enmarcada de los dos en la playa que alguien había colgado frente a la cama. En la foto, Daniela llevaba un bikini negro y se reía con la boca abierta. Cada vez que terminaba, me quedaba quieto, escuchando el silencio, esperando que Dios o lo que fuera me cayera encima por viejo asqueroso.
***
El día siguiente Mateo se fue temprano. Era el primer lunes después del fallecimiento y, según me explicó la noche anterior, su jefe ya le había dado demasiados días. Lo escuché desde mi cuarto, moviéndose con cuidado para no hacer ruido. Antes de salir, lo escuché otra vez en el pasillo. Una risa baja, un ruido de tela, un beso que sonó húmedo.
Abrí la puerta dos dedos. Estaban frente a la puerta de su dormitorio. Mateo tenía las manos por debajo del camisón de Daniela, los dedos hundidos en sus caderas. Ella se reía bajito y le mordía el hombro. Cerré la puerta antes de que me vieran.
Esperé una hora. Cuando salí, la casa olía a café y a pan tostado. Daniela estaba en la cocina con el mismo camisón, los pies todavía descalzos, los rulos del pelo agarrados con un broche que se le iba cayendo. Se volvió cuando me escuchó.
—Buenos días, tío. Siéntese, el desayuno está casi listo.
Me senté con el diario abierto, fingiendo leer las páginas de deportes. Ella se movía descalza entre la cocina y la mesa, y cada vez que se inclinaba hacia la alacena yo le veía la curva de la espalda, las piernas firmes, esa forma de caminar de mujer que sabe que la están mirando aunque finja no saberlo.
Tomamos café. Hablamos de Adrián, de la familia, de Mateo. Después se fue al cuarto y volvió cambiada: un vestido negro hasta la rodilla, escote redondo, los rulos sueltos. Mateo me había pedido que no fuera solo al velorio de la tarde, y Daniela se ofreció a acompañarme.
—Mateo me pidió que lo llevara al cementerio —dijo, acomodándose un arete—. Si le parece, salimos en una hora.
—Me parece bien, hija.
***
El velorio fue largo. Saludé a primos que no veía desde los doce años, a una sobrina de mi cuñada con un bebé en brazos, a un señor que dijo ser amigo de la juventud de Adrián y que yo no recordaba en absoluto. Recé un padrenuestro frente al cajón. Lloré un poco, lo justo. Y, durante todo, busqué a Daniela con la mirada.
Estaba siempre cerca, ofreciendo café, recibiendo abrazos en mi nombre, sosteniéndome el brazo cuando subíamos los escalones de la capilla. La gente nos miraba: el viudo viejo del extranjero y la nuera bonita. Nadie dijo nada, pero algunas miradas se quedaron más tiempo del que correspondía.
A las seis ya estaba todo terminado. Le propuse cenar fuera, para agradecerle el día. Se negó dos veces. A la tercera aceptó.
Fuimos a un restaurante pequeño dentro de un paseo comercial. Pedimos pescado, una copa de vino, postre. Hablamos de su trabajo —era maestra de música—, de la primera vez que había escuchado a Mateo nombrarme, del frío que iba a pasar yo cuando volviera a Canadá. Después de la cena salimos a caminar entre las vidrieras todavía encendidas.
—Tío, ¿le molesta si lo dejo un momento? Una amiga mía trabaja en la perfumería de la esquina, quiero saludarla.
—Andá tranquila, hija. Te espero acá.
Mientras caminaba solo, vi el collar en la vidriera de una joyería. Una cadena fina de oro con un dije ovalado de zafiro rojo, del tamaño de la uña de mi pulgar. Me lo imaginé sobre su clavícula. Me lo imaginé entre sus pechos. Entré, lo pagué con la tarjeta sin pensarlo dos veces y me lo guardé en el bolsillo del saco.
Volvimos a la casa pasadas las nueve. Mateo nos había avisado por mensaje que tenía que viajar dos días por trabajo a otra provincia. Daniela y yo estábamos solos.
***
Nos sentamos en el sillón del living. Yo abrí una botella de whisky que había comprado en el aeropuerto. Ella aceptó una copa, después otra, después una tercera. La cuarta ya no la conté.
El alcohol me dio coraje. Subí al cuarto de huéspedes y bajé con el estuche.
—Tomá, esto es para vos. Por aguantarme estos días.
—Tío, no, esto es demasiado. Yo no puedo aceptar algo así.
—Lo vi en la vidriera y pensé en vos. Hacéme el favor de aceptarlo o me lo voy a tener que volver a llevar a Canadá conmigo.
Se rio con una risa de borrachita. Aceptó. Se levantó el pelo con las dos manos y giró la espalda para que yo se lo abrochara. Le toqué el cuello con los dedos al cerrar el broche. Le rocé los hombros. Bajé las manos por sus brazos, despacio, como si estuviera revisando que la cadena cayera derecha.
—¿Cómo me queda? —preguntó sin darse vuelta.
—Hermoso —dije en su oído—. Te queda hermoso.
Mis manos pasaron de los hombros a los pechos. La sentí respirar más hondo, contener el aire un segundo, soltarlo. No me sacó las manos. Las apreté apenas, lo suficiente para sentir el peso a través de la tela del vestido. Ella dejó escapar un suspiro corto.
Se levantó de golpe.
—Voy a refrescarme un poco —dijo, y caminó al baño sin mirarme.
Me quedé solo en el living con la copa en la mano, sintiéndome el peor hombre del mundo. La escuché lavarse la cara, después caminar por el pasillo, después cerrar la puerta de su dormitorio. Listo. Hasta acá había llegado. Mañana me iría a un hotel.
Subí al cuarto, me saqué los zapatos, me acosté con la ropa puesta. Apagué la luz. Cerré los ojos.
***
La puerta se abrió a los veinte minutos.
Era Daniela, descalza, con el camisón color durazno y el collar todavía colgándole del cuello. Caminó hasta la cama sin decir nada. Yo no me animé a moverme. Se subió a horcajadas sobre mis piernas, me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, y agachó la cabeza.
Su boca era caliente, lenta, segura. Hacía años que nadie me chupaba así. La lengua le subía y bajaba por el costado de la verga, las manos me agarraban los testículos sin apretar, como si los estuviera midiendo. De a ratos me miraba desde abajo con los ojos brillantes y la boca llena, y volvía a bajar.
Después se subió el camisón y se acomodó los pechos alrededor de mí. Me hizo lo que de joven le decíamos una rusa: la verga entre las tetas, ella moviéndose arriba y abajo, lamiendo la punta cada vez que asomaba. Nunca me lo habían hecho así. Apreté las sábanas con las dos manos para no terminar.
Cuando sintió que estaba a punto, paró. Se incorporó, se quitó la bombacha sin sacarse el camisón, y se sentó encima despacio. Sentí cómo se abría alrededor de mí, caliente, apretada, húmeda. Cuando me hubo metido todo, se quedó quieta unos segundos, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio.
Después empezó a moverse.
No era cariñoso lo que hacía. Era hambre. Subía y bajaba con las dos manos apoyadas en mi pecho, los pechos saltándole adentro del camisón, el dije de zafiro rebotando entre las clavículas. Me tomó las manos y se las puso encima del pecho, debajo de la tela. Yo apreté. Ella gimió fuerte, sin pudor, y aceleró.
—Más fuerte —me dijo—. Apretáme más fuerte.
Le apreté los pechos hasta que sentí la tela del camisón humedecerse contra los pezones. El collar le brillaba con el reflejo de la lamparita que había quedado encendida en el pasillo. La cama se sacudía contra la pared. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Llevaba siete años sin sentir esto, y de pronto lo estaba sintiendo con la mujer de mi sobrino.
Me vine adentro de ella sin avisar. No me dio tiempo a salir, ni ella me dejó. Cuando terminó de exprimirme, se quedó arriba unos segundos más, respirando, sonriendo apenas. Después se inclinó y me besó la boca. Sabía a whisky y a algo dulce que no supe nombrar.
Se levantó, se acomodó el camisón, no dijo nada. Caminó descalza hasta la puerta. Antes de salir se dio vuelta y, todavía con la mano en el picaporte, se tocó el dije del collar con la otra mano.
—Gracias por el regalo, tío —dijo, y cerró la puerta detrás de ella.
Sobre la sábana, donde ella se había sentado, quedó una mancha húmeda que no terminó de secarse hasta la mañana.
***
Hace tres semanas que volví a Canadá. Mateo me llamó una vez para agradecerme la visita y para preguntarme cómo estaba llevando el duelo. Daniela me mandó un mensaje el domingo pasado con una foto del collar puesto, sin texto. Le contesté un emoji. Después borré la conversación.
Todavía no sé qué le voy a decir a mi sobrino, si algún día me animo a contárselo. A veces pienso que no tengo nada que decir, que esa noche fue de ella, no mía. Y otras veces, sobre todo a la madrugada, me acuerdo del peso del zafiro contra mi pecho cuando ella se inclinó a besarme, y me digo que cuando uno tiene sesenta y cinco años y la vida ya le hizo todo lo que tenía que hacerle, los pecados grandes son los únicos que vale la pena confesar.