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Relatos Ardientes

Salí a la avenida de noche a buscar lo que me faltaba

Después de cinco años juntos, Andrés se subió a un avión rumbo a Italia y me dejó sola en una ciudad que de pronto me quedaba enorme. Los primeros meses los pasé encerrada, con un consolador y mi propia mano, pero eso nunca alcanza. Yo quería algo real. Quería el peso de un cuerpo encima, una verga de carne empujada por un hombre que me deseara de verdad y no por una pantalla.

Por esa época conseguí un trabajo cuidando una casa grande sobre una avenida ancha. Era un lugar raro: pasaban pocos autos, el alumbrado era escaso y a partir de cierta hora la calle quedaba muerta. Tenía toda mi ropa guardada en una valija, mis vestidos, mi maquillaje, mis pelucas. Una noche, mirando esas prendas dobladas, me decidí.

Al principio era puro miedo. Salía a caminar maquillada y vestida, y en cuanto veía las luces de un auto a lo lejos me escondía detrás de un árbol con el corazón golpeándome la garganta. Algunos taxistas tocaban bocina, otros me tiraban besos por la ventanilla, y yo me volvía corriendo a la casa, temblando, sin animarme a nada.

Pero el deseo terminó pesando más que el miedo.

***

Eran las once de la noche cuando por fin decidí enfrentar lo que era. Me había puesto un vestido rojo muy corto, que me terminaba apenas debajo de las nalgas, medias de red negras, zapatos de taco y una peluca rubia a la altura de los hombros. Caminaba despacio por la vereda, sintiéndome otra, cuando escuché un motor reducir la marcha a mis espaldas.

El auto se arrimó al cordón y avanzó a mi ritmo. Yo seguí caminando, fingiendo que no lo veía, aunque cada vello del cuerpo se me había erizado. La ventanilla bajó.

—Hola, linda. Subí un momento, solo a conversar —dijo una voz tranquila, de hombre grande—. Por favor.

Me detuve. Lo miré. Era un señor bien vestido, de manos cuidadas, que no tenía nada de apurado ni de violento. Abrió la puerta del acompañante desde adentro. Subí, nerviosa, apretando la cartera contra las piernas.

—Me llamo Daniela —dije, antes de que preguntara.

—Marcelo —contestó, y me saludó con un beso suave en la mejilla—. Cuarenta y cuatro. ¿Y qué hace una mujer tan linda sola a esta hora?

Le conté la verdad, o casi. Que tenía pareja, que se había ido lejos, que estaba sola desde hacía meses. Que no era prostituta, que no me confundiera. Mientras yo hablaba, su mano se posó sobre mi muslo, justo donde terminaba la media de red, y empezó a subir despacio. Me recorrió un escalofrío que no tenía nada de frío.

—Sos hermosa —murmuró—. Y tenés un cuerpo espectacular.

Me reí, nerviosa, sin saber qué hacer con las manos.

—Dejame llevarte a un hotel —dijo, y antes de que yo respondiera me tomó del mentón y me besó en la boca.

Le respondí el beso. Eso fue todo. Marcelo arrancó el auto sin decir una palabra más.

***

El hotel quedaba a pocas cuadras. Me llevó de la mano hasta la recepción, y el chico del mostrador me miró de arriba abajo, de los zapatos a la peluca, con una sonrisa que no supe descifrar. La habitación era bonita, con una cama amplia y luces bajas. Marcelo se metió a darse una ducha rápida mientras yo lo esperaba recostada, mirando el techo, sintiendo el pulso en todas partes.

Salió desnudo, con la verga ya dura. No era enorme, pero sí gruesa, marcada de venas. Prendió el televisor, puso una película y se acercó a la cama. Me besó la boca mientras sus manos me apretaban las nalgas por encima del vestido. Encontró el borde de la tanga, deslizó un dedo entre mis nalgas y empujó contra mi ano, que estaba seco y se quejó del roce.

Me bajó de los hombros, con firmeza pero sin brusquedad, hasta dejarme de rodillas frente a él.

—Mamala —dijo en voz baja.

La tomé con la boca. Me costaba, me daba arcadas cuando llegaba al fondo, no entraba entera. Él me sostenía la cabeza con una mano, marcándome el ritmo, mirándome desde arriba con los dientes apretados. Después me hizo poner de pie, me sacó el vestido por la cabeza y me dio vuelta contra la cama.

Me abrió las nalgas con las dos manos y hundió la lengua en mi ano. Gemí sin poder evitarlo, tan fuerte que pensé en la pareja de la habitación de al lado. No me importó. Me apoyé al filo de la cama, en cuatro patas, y él siguió ahí, lamiéndome, mordiéndome, hasta que las piernas me temblaron.

—Estás temblando —dijo, y se rió contra mi piel.

Me dio vuelta otra vez, boca arriba, y empezó a besarme el cuerpo entero, despacio, diciéndome cosas al oído que me ponían más caliente que cualquier caricia. Que era hermosa. Que hacía meses no deseaba a nadie así.

***

Me puso boca abajo y acomodó dos almohadas bajo mi vientre, de modo que el culo me quedó bien levantado. Volvió a abrirme las nalgas, volvió a lamerme, me mordió hasta hacerme gritar entre el dolor y las ganas.

—¿Tenés forro? —preguntó.

—En la cartera —jadeé.

Se lo puso, escupió sobre mi entrada y me dejó bien húmeda. Apoyó la punta y empezó a empujar de a poco. Dolía, era gruesa, sentía que no iba a entrar. Y de golpe algo cedió y se deslizó hasta el fondo. Solté un grito largo, mitad dolor, mitad placer, que seguro se escuchó en todo el pasillo.

Marcelo se movía despacio al principio, entrando y saliendo, dejándome acostumbrar. Me mordía la espalda, los hombros, la nuca. Yo ya no controlaba los gemidos, ya no me importaba quién escuchara. Tenía la cara hundida en la almohada y el cuerpo entero abierto para él. La excitación me subió hasta un punto que no esperaba, y me vine sin que nadie me tocara por delante, derramándome contra las sábanas.

—Así me gustás —dijo, mordiéndome la oreja—. Ahora sos mía.

Me dio vuelta sin salir del todo, me puso las piernas sobre sus hombros y volvió a entrar, esta vez de frente, mirándome a los ojos. Me chupaba los pezones, me besaba el cuello. Le pedí que no me marcara ahí, y él bajó a morderme los hombros mientras empujaba cada vez más rápido. Sentía sus testículos golpear contra mis nalgas, el sonido húmedo llenando la habitación.

—Me vengo —gruñó.

Lo sentí sacudirse, sentí la verga hincharse dentro de mí cuando se vació. Después se dejó caer a mi lado, agitado, y me dio un beso largo y lento mientras se iba ablandando y salía despacio. Me quedé un rato con el ano abierto, latiendo. Saqué el preservativo, lleno, y por puro impulso le limpié la verga con la lengua. La leche tenía un gusto que me gustó. Terminé de limpiarlo con una toalla húmeda y me acurruqué contra su pecho.

***

Me tenía abrazada, me besaba la frente. Me contó que era casado, que tenía dos hijos, que su mujer hacía tiempo no lo satisfacía. Que cuando le pedía sexo, ella apenas abría las piernas y esperaba a que terminara, sin ganas, sin entregarse. Que nunca, en todos esos años, le había hecho lo que acababa de pasar entre nosotros.

Nos quedamos dormidos así, enredados. Me desperté yo, sobresaltada, cerca de las cinco de la mañana.

—Marcelo, despertá. Tengo que volver —le sacudí el hombro.

—Esperá —murmuró, medio dormido, y me arrastró otra vez al filo de la cama, en cuatro patas.

Ya no quedaban forros. No le importó, y a mí tampoco. Me la metió de un solo empujón y volví a gemir fuerte, tanto que desde otra habitación una voz golpeó la pared pidiendo silencio. Él me agarró de las caderas y me jaló contra su cuerpo, una y otra vez, con el culo sonando cada vez que entraba entero.

—Me vengo otra vez —dijo, y sentí el calor adentro, los últimos espasmos, hasta la última gota.

Sacó la verga y se la chupé hasta dejarla rendida. Nos besamos. No hubo tiempo de ducharnos. Me vestí, me acomodé la peluca y me puse un poco de papel para que la leche no me corriera por las piernas.

***

Al salir, el chico de la recepción me tiró un beso volado, disimulado, sin que Marcelo lo viera. Ya casi era de día. Me llevó en el auto hasta la puerta de la casa, y antes de que bajara me tomó de la mano.

—Quiero verte de nuevo —dijo—. Me gustás en serio. Un día a la semana paso por vos. ¿Querés?

Le dije que sí. Nos despedimos con un beso y entré rápido. Ya había gente saliendo a trabajar, pero nadie pareció fijarse demasiado en mí. Fui directo al baño y todavía salió bastante de él de adentro mío. Es algo difícil de explicar, esa sensación de sentirme hembra de verdad, de tener un hombre que me hacía las poses que yo quería.

Estuve tres años con Marcelo. Más adelante les contaré otras cosas que vivimos juntos, porque todo lo que escribo lo viví de verdad. Acepto sus comentarios, buenos o malos. Hasta la próxima, mis amores.

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Comentarios (6)

Romina_BA

Me atrapo desde el primer parrafo. Que bien escrito, de verdad!!

Clara_nocturna

Casi me emocione con la imagen del vestido rojo y la noche. Hay algo muy humano en como lo contas. Ojala haya una segunda parte.

RosaLuna77

increible!!! sigue escribiendo porfavor

patri88

Me recordo a una noche que yo tambien sali a buscar algo sin saber muy bien que era. Lindo relato, gracias

GaboLector

Hay continuacion? quede con ganas de saber como termino la noche, jeje

NocheSolitaria22

Muy buen relato. La introduccion engancha un monton, se nota que hay algo personal en como esta escrito

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