Lo que el guía de buceo nos propuso esa noche
La luz de la mañana se colaba por las rendijas de la persiana y le golpeaba los ojos con una insistencia que terminó en jaqueca. Marisol se quedó tumbada, mirando el techo de la habitación del hotel en Cancún, intentando ordenar en su cabeza los pedazos de la noche anterior. El sabor salado de Andrés todavía le rondaba la garganta, mezclado con el regusto metálico de la culpa y un hormigueo eléctrico que era puro recuerdo de excitación.
Se giró de lado. La cama de Paula y de Carmen estaba deshecha y vacía. Se sentó en el borde del colchón, los pies descalzos buscando el suelo frío. ¿Qué he hecho exactamente? Daniel le había dado «carta blanca» antes de salir de España, pero ¿era eso un regalo o una trampa? ¿Una prueba para ver si aguantaba la correa floja sin morder? O peor: ¿una indiferencia disfrazada de generosidad? La idea le revolvió el estómago.
Fue al baño y se miró al espejo. Una mujer bronceada, los ojos algo enrojecidos, pero con una sonrisa cansada que no estaba ahí el día que tomaron el avión. Se lavó la cara y salió a buscar a las demás.
La terraza principal ya estaba espesa de calor caribeño a las nueve. Paula y Carmen tomaban zumo de naranja detrás de unas gafas de sol enormes que les tapaban media cara.
—¡Vaya con la dormilona! —exclamó Carmen, apartando una revista—. Pensábamos que te habías muerto en combate.
Marisol se sirvió un café de la jarra y se dejó caer en una tumbona de mimbre.
—Lo de ayer fue… intenso —murmuró.
Paula la miró por encima de las gafas con una sonrisa cómplice que no necesitó palabras.
—Intenso es poco, Mari. Te vimos irte con ese chico. El moreno. Andrés, ¿no? —rió Carmen, cruzando las piernas—. Cuidado con los de aquí, que no paran hasta dejarte sin batería.
—No exageres —rió Lorena, que llegaba en ese momento con una toalla al hombro—. Aunque algo de razón tienes. Ayer vi cosas en la piscina que en mi pueblo te valdrían una excomunión.
—Es que están buenísimos —insistió Paula, recostándose—. Tienen esa mezcla de bruto y dulce, ¿sabes? Y los cuerpos… madre mía.
El comentario empujó a Marisol de vuelta a la arena de la noche anterior, a las manos de Andrés sujetándole las caderas mientras la tomaba por detrás. Se bebió un sorbo de café y se quemó la lengua.
—Sí, son… muy apasionados —dijo, buscando la palabra menos comprometida.
—Relájate, Mari —terció Lorena, tocándole el brazo—. Estamos de vacaciones. No has hecho nada.
«No has hecho nada». La frase le daba vueltas. ¿Es eso lo que soy ahora? ¿Una comensal hambrienta en un restaurante donde todo está permitido?
—Hoy toca calma —dijo, cambiando de tema—. He pensado que podríamos ir a bucear. Dicen que los arrecifes de Isla Mujeres son una pasada.
—Yo me apunto —respondió Lorena—. Necesito meter la cabeza bajo el agua y olvidarme del trabajo y de los niños.
—Yo paso —dijo Carmen, encendiendo un vapeador—. El agua y yo no nos llevamos. Sol y libro.
—Y yo tengo cita con un masajista a las dos —añadió Paula—. Dicen que tiene manos mágicas.
—Pues Lorena y yo entonces —cerró Marisol, con un alivio inesperado. Un rato a solas con su amiga, lejos del bullicio, la ayudaría a despejarse.
***
No había reservas hasta dos días después. Al tercero, el sol ya estaba alto cuando llegaron al pequeño muelle. El mar estaba quieto, de un turquesa profundo que prometía secretos bajo la superficie. Olía a sal y a gasolina de las barcas de pesca. Marisol respiró hondo y, por un momento, la culpa pareció disolverse en la inmensidad del océano, como si el remordimiento hubiera sido solo una sombra que la noche trajo y el día se llevaba.
Al final del muelle, junto a una lancha neumática grande, las esperaba un hombre. Llevaba un neopreno corto que dejaba al aire unos brazos morenos y trabajados, y el pelo rubio decolorado por el sol. Al verlas se quitó las gafas de aviador y sonrió con unos dientes blancos y perfectos.
—¿Señoras Marisol y Lorena? —preguntó, con un acento estadounidense relajado y ronco.
—Sí, nosotras —respondió Marisol, y notó un tirón en el estómago. El tipo era impresionante. Alto, de hombros anchos, con un pecho liso que se adivinaba bajo la goma.
—Soy Brandon. Su guía de hoy. Bienvenidas al paraíso —tendió una mano grande, curtida, con callos de escalador.
Marisol se la estrechó. El apretón fue firme, cálido, y duró un segundo más de lo necesario. Brandon la miró a los ojos, un azul claro que parecía leerle los pensamientos más oscuros.
—Encantada —dijo ella, apartando la vista.
—El placer es mío —respondió él, antes de girarse a saludar a Lorena. Marisol vio cómo su amiga se enderezaba un poco, ofreciéndole su mejor perfil.
El viaje hasta el arrecife fue corto. El motor rugía y salpicaba agua salada sobre sus piernas. Brandon hablaba sin parar, repasando las normas de seguridad, pero su atención estaba dividida. Marisol lo sentía justo detrás, en el banco del timón, y cada vez que la lancha saltaba sobre una ola, una rodilla o un hombro le rozaban el cuerpo. Era un contacto casual, pero ella era consciente de cada centímetro de piel que se tocaba.
—El agua está cristalina hoy —le gritó él al oído por encima del motor—. Perfecta para ver lo que esconde el fondo.
El aliento le erizó la nuca. Marisol solo pudo asentir. Se sentía como una adolescente otra vez, nerviosa y ridícula.
Bajo el agua, el mundo cambió. El ruido del motor desapareció, sustituido por el burbujeo de los reguladores y el silencio solemne del mar. Marisol siguió a Brandon, que nadaba delante con una agilidad felina. A través de la máscara veía cómo sus músculos se tensaban y aflojaban con cada brazada: una visión hipnótica de fuerza y equilibrio.
Se detuvieron junto a un coral cerebro enorme. Brandon señaló un pulpo escondido en una grieta. Marisol flotó observándolo y luego se giró hacia Lorena. Su amiga no miraba el pulpo. Miraba las piernas de Brandon, el modo en que sus aletas batían el agua. Marisol sintió un pinchazo de celos absurdo. ¿Por qué lo mira así? ¿Por qué me siento dueña de un hombre que acabo de conocer?
Emergieron al cabo de una hora, agotadas y felices. Brandon las ayudó a subir, sus manos fuertes agarrándoles los antebrazos para impulsarlas.
—¿Qué tal? —preguntó, sacudiéndose el pelo como un perro al salir del agua.
—Increíble —dijo Lorena—. No me imaginaba que fuera tan bonito.
—El mejor sitio del mundo —respondió Brandon, mirando a Marisol—. Al menos para perder la cabeza.
El calor le subió por el cuello. La mirada de él era directa, cargada de intención; no era la frase hecha de un guía turístico.
—¿Tienen planes para la tarde? —preguntó mientras recogía el equipo. La voz se le había vuelto más baja, más privada.
—No, nada concreto —se adelantó Marisol antes de que Lorena pudiera responder.
—Conozco un sitio. Un bar escondido en la parte vieja. Solo lo conocen los de aquí. Buenas copas, mejor música… y muy poca ropa —sonrió, con un guiño malicioso—. ¿Quieren que las lleve?
—Suena peligroso —dijo Lorena, pero la sonrisa la delataba.
—Lo peligroso es lo que hace que la vida valga la pena —replicó él, acercándose a Marisol. Estaban de pie en el muelle, bajo el sol abrasador. Brandon se plantó delante de ella, invadiéndole el espacio, tapándole la luz con el cuerpo.
Marisol se quedó inmóvil, atrapada entre él y la barandilla. Olía a mar, a sol y a algo masculino y cobrizo.
—¿Qué dices, Mari? —susurró él, usando el nombre corto que solo usaban sus amigas íntimas—. ¿Te atreves?
Ella miró a Lorena por encima del hombro de Brandon. Su amiga observaba la escena con los brazos cruzados y una expresión indescifrable. Marisol sintió una chispa de desafío. Si Daniel quería que fuera libre, voy a serlo. Del todo.
—Atréveme —dijo, mirándolo a los ojos.
Brandon sonrió, una sonrisa de depredador satisfecho.
—Perfecto. Paso por ustedes a las ocho. Y no sean puntuales: la puntualidad es aburrida.
***
De vuelta en el hotel, la tensión se palpaba en la habitación. Marisol se duchaba tratando de quitarse la sal y la arena, pero también la anticipación. Lorena estaba sentada en la cama, mirándola con una intensidad incómoda.
—¿Qué pasa? —preguntó Marisol, enjuagándose el jabón.
—Nada —dijo Lorena, aunque su tono decía lo contrario—. Solo que ese tío es un lobo. Y tú la corderita que se ofrece sola.
—No soy ninguna corderita —replicó ella, secándose con fuerza—. Y si es un lobo, igual me apetece jugar con él.
—¿Y Daniel? —soltó Lorena, lanzando la bomba.
Marisol se detuvo. La toalla le cubría el cuerpo, pero se sintió desnuda.
—Daniel me dio permiso, ya te lo dije.
—Permiso para acostarte con alguien, sí. ¿Pero permiso para perder la cabeza? Porque ese no parece de los de «una vez y nada más».
Marisol no respondió. Se miró al espejo. Lorena tenía razón. Había algo en Brandon, una seguridad arrogante que prometía más que sexo rápido. Prometía una entrega que ella no estaba segura de poder controlar.
A las ocho en punto sonó el teléfono de la habitación.
—Bajen —dijo él, y colgó.
Lorena se había puesto un vestido de seda rojo, cortado hasta el muslo, y tacones. Marisol eligió uno negro ajustado, sin tirantes, que le dejaba la espalda al aire. Bajaron al vestíbulo. Brandon esperaba apoyado en una columna, con pantalones blancos de lino y una camisa abierta hasta el ombligo, como un dios del surf que hubiera decidido pisar el mundo mortal. Su mirada recorrió a Marisol de arriba abajo con una lentitud insultante y excitante.
—Listas —dijo, ofreciendo un brazo a cada una. Pero al llegar a la puerta se detuvo—. Oigan, he tenido una idea. El bar está demasiado lleno para mi gusto hoy. ¿Por qué no vamos a mi casa? Tengo un ron añejo que pide a gritos que lo abran.
Las dos se miraron. Era una propuesta sin rodeos: la casa de un desconocido.
—¿Seguro? —preguntó Marisol, aunque ya sabía la respuesta.
—Nunca he estado más seguro —dijo él, rodeándole la cintura con un brazo y apartándola un poco de Lorena—. Vamos. Deja de pensar tanto.
***
El apartamento estaba en un edificio moderno frente al mar, con ventanales enormes. Minimalista, limpio, con olor a incienso. Brandon sirvió tres copas de ron y se sentó en un sofá de cuero blanco, indicándoles que lo flanquearan. Marisol a su derecha, Lorena a su izquierda. El aire estaba cargado.
—Supe que te gustaría desde que te vi en el muelle —le dijo a Marisol, con la voz baja—. Tienes esa mirada de mujer que necesita que alguien le tome el control para poder soltarse.
Un escalofrío le bajó por la espalda. ¿Tan transparente soy?
—Y tú —dijo él, girándose hacia Lorena— tienes la mirada de la que observa. La que espera su turno para ver qué aprende.
Lorena se ruborizó y bebió un sorbo nervioso.
Brandon se levantó y le tendió la mano a Marisol. Ella la tomó. La llevó al centro de la sala.
—Baila conmigo.
No había música, solo el rumor de las olas y su propia respiración. Él le puso las manos en la cintura, posesivas, y la pegó a su cuerpo. Marisol sintió la dureza de sus músculos y el calor de su entrepierna contra el vientre.
—Eres terriblemente sexy —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. Y vas a ser mía esta noche.
Ella cerró los ojos. Las manos de Brandon bajaron a sus nalgas, apretándolas, subiéndole la falda. Marisol gimió bajito, notando la humedad empapándole la ropa interior.
De repente él se apartó.
—Pero primero hay que quitar el lastre —dijo, mirando a Lorena.
Lorena se puso rígida en el sofá.
—¿Yo?
—Tú —respondió Brandon, caminando hacia ella con una seguridad feroz—. Estás aquí mirando, juzgando, deseando lo que le doy a ella. ¿O me equivoco?
Lorena no dijo nada, pero su respiración se había acelerado. Él se agachó frente a ella, le puso las manos en las rodillas y se las abrió despacio.
—Si te quedas, te quedas para jugar. En mi casa no hay espectadores gratis —dijo, mirándola a los ojos—. ¿Te vas o te quedas?
Lorena buscó a Marisol con la mirada. Marisol estaba paralizada, excitada y aterrada a la vez. Quería que su amiga se marchara, quería a Brandon para ella sola; sentía unos celos animales que jamás había conocido. Pero una parte oscura y perversa quería ver qué pasaba. Quería ver si Lorena se atrevía.
Lorena se levantó despacio.
—Me quedo —dijo, en un susurro.
Brandon sonrió, victorioso.
—Entonces ven aquí.
La agarró de la muñeca y la atrajo hacia sí, besándola con una brusquedad que arrancó a Marisol un gemido audible. Era un beso hambriento, de dientes y lengua, de dominio. Lorena se resistió un instante, las manos empujando aquel pecho, pero después se rindió y le rodeó el cuello, hundiendo los dedos en el pelo rubio.
Marisol miraba, mezcla de celos ardientes y excitación que le mojaba los muslos. Nunca había visto a Lorena besar a nadie, y mucho menos así. Era obsceno, real.
Brandon se separó, dejándola jadeante, los labios hinchados.
—Bien —dijo, volviendo a Marisol—. ¿Por dónde íbamos?
Ella corrió hacia él, incapaz de contenerse, y lo besó con la misma furia, mordiéndole el labio, chupándole la lengua. Brandon la levantó en vilo como si no pesara nada y ella le enroscó las piernas en la cintura.
—A la cama —ordenó él.
***
El dormitorio era amplio, con una cama enorme de sábanas negras. Brandon la dejó caer sobre el colchón y se echó encima, besándole el cuello, la clavícula, bajando hacia los pechos. Marisol arqueó la espalda buscando su boca.
—Quítate el vestido —dijo él, incorporándose para desabrocharse la camisa.
Con dedos temblorosos, ella se bajó la cremallera y dejó caer la tela. Se quedó en encaje negro, los pechos al aire, los pezones duros. Brandon se relamió, le tomó un pecho con la mano apretando con fuerza mientras con la boca atrapaba el otro pezón y lo mordía hasta arrancarle un grito entre el dolor y el placer.
—Más —suplicó ella—. Por favor, más.
Él bajó una mano por su vientre y se deslizó bajo el encaje. Sus dedos encontraron el clítoris hinchado. Marisol gritó, levantando las caderas.
—Estás empapada —susurró él—. ¿Te gusta que te toque delante de tu amiga?
Marisol abrió los ojos y vio a Lorena de pie junto a la cama, en tanga roja y sujetador de encaje, las manos acariciándose los propios pechos, la mirada fija en donde la mano de Brandon desaparecía dentro de ella. La imagen fue demasiado. El orgasmo la atravesó como un golpe, haciéndola temblar y gritar el nombre de él mientras los muslos le atrapaban la mano.
Brandon no le dio tregua. Se quitó los pantalones, liberando una erección gruesa y palpitante. Marisol la miró con hambre.
—Chúpamela —ordenó.
Ella se sentó en el borde y lo tomó en la mano. Caliente, duro, la piel suave sobre la carne firme. Se inclinó, lamió la punta, probando la sal. Brandon gimió y le puso una mano en la nuca, marcándole el ritmo. Marisol abrió la boca y lo tragó cuanto pudo, lamiendo con la lengua mientras con la otra mano le acariciaba los testículos.
—Lorena —gruñó él, sin dejar de mirar a Marisol—. Ven y siéntate en su cara.
Marisol sintió una descarga eléctrica. ¿Lorena? ¿Aquí?
Su amiga no dudó. Se subió a la cama, se quitó la tanga y, de rodillas, bajó el sexo hacia su boca. Marisol notó el aroma dulce y ácido de su excitación. Nunca había hecho aquello, nunca lo había siquiera imaginado, pero en ese instante le pareció lo más natural del mundo. Levantó la cabeza y sacó la lengua, tocando los pliegues. Lorena gimió y se apretó más contra ella, mientras Brandon, de pie junto a ambas, le metía la polla en la boca a Lorena.
La habitación se llenó de sonidos: los gemidos ahogados de Marisol, los jadeos de Lorena, los gruñidos de Brandon y el chasquido húmedo de la carne. Tres cuerpos sudorosos enredados en un mismo deseo.
Brandon se retiró de la boca de Lorena con un sonido húmedo.
—Es mi turno —dijo.
Apartó a Lorena a un lado y se colocó entre las piernas de Marisol, abiertas de par en par. Alineó la punta con su entrada y, de una embestida, se hundió hasta el fondo. Ella gritó, sintiéndose partir por la mitad, llena, estirada al límite. Él no esperó: empezó a moverse con golpes secos y profundos que hacían chocar la cama contra la pared.
Lorena, sin conformarse con mirar, se acercó y besó a Marisol, compartiendo el sabor de su propio sexo, mientras sus manos le buscaban los pechos y le pellizcaban los pezones.
—Sí, sí, sí —jadeaba Marisol con cada embestida, ahogada en la boca de su amiga.
Brandon aceleró, las caderas como un pistón, el pelo pegado a la frente, los ojos fijos en donde sus cuerpos se unían.
—Me voy a correr dentro de ti —gruñó.
—Hazlo —suplicó ella—. Dámelo todo.
Con un rugido se clavó hasta el fondo y se quedó rígido, temblando mientras la inundaba en oleadas. Marisol sintió el calor expandirse dentro, la certeza de que un desconocido acababa de marcar territorio, y eso la empujó a otro orgasmo, gritando contra el cuello de Lorena.
Brandon se desplomó encima, pesado, jadeante. Los tres quedaron enredados en las sábanas negras, oliendo a sexo y a sudor.
***
Pasaron unos minutos en silencio, solo el ruido de las respiraciones recuperándose. Brandon se levantó, fue al baño y volvió con una toalla húmeda que les lanzó.
—Límpiense —dijo, con una sonrisa perezosa—. Que la noche es larga y va por la segunda ronda.
Marisol se limpió mirando a Lorena. Su amiga le devolvió la mirada, y por primera vez en el viaje no hubo secretos entre ellas. Solo una complicidad nueva, la conciencia de haber cruzado una línea de la que ninguna quería volver.
Lorena se acercó y le acarició la mejilla.
—¿Lo sabías? —preguntó en voz baja.
—¿El qué?
—Que yo también tenía permiso —dijo Lorena, con una sonrisa triste—. Mi marido me lo dio hace un año. Pero nunca había tenido el valor de usarlo. Hasta hoy.
Marisol la abrazó, sintiendo el cuerpo desnudo de su amiga contra el suyo.
—Pues parece que hoy hemos roto todas las reglas —murmuró.
Brandon volvió a la cama, ya erecto de nuevo.
—¿De qué hablan? —preguntó, dejándose caer entre las dos.
—De que estamos listas para la segunda ronda —respondió Marisol, mirándolo con una osadía que no se conocía.
—Perfecto —dijo él, tomando a una de la cintura y a la otra del cuello—. Porque ahora vamos a ver quién aguanta más.