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Relatos Ardientes

Mis dos ex me encontraron en las fiestas del pueblo

La música retumbaba en la plaza, un reguetón que no me iba nada, pero la cerveza fría y el ambiente me habían quitado las ganas de quejarme. Estaba apoyado en la barra de un chiringuito, mirando a la gente bailar, reír y ligar. Mi mujer, Elena, no había podido venir porque le tocaba turno aquel fin de semana.

Me había pedido que no bebiera mucho y que volviera pronto, pero ya se sabe cómo son las fiestas del pueblo. Uno empieza con una caña y termina con la copa en la mano y la cabeza dando vueltas. Mis amigos, Dani y Rubén, solteros de oficio, se habían largado detrás de unas chicas que les habían echado el ojo, y yo me había quedado solo.

No te voy a mentir: un puntito de morbo siempre me entra cuando salgo sin ella.

Estaba a lo mío, dándole un trago a mi ron con cola, cuando la vi. Me atraganté y casi escupo el hielo. Allí estaba, entre la multitud, riéndose con un grupo de amigas.

Natalia.

Rubia como el trigo en agosto, con esa melena lisa que siempre me volvió loco. Llevaba un vestido corto, de tirantes finos, que se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel. Era de un rojo casi agresivo, y el escote sujetaba ese pecho generoso que tenía bien arriba. La falda apenas le tapaba, y cada vez que se movía se le subía un poco más, dejando ver el arranque de los muslos. Unos tacones de aguja le estilizaban las piernas hasta el infinito.

Qué bien estaba. Siempre lo estuvo, pero ahora parecía que los años solo habían servido para mejorarla. En aquel momento se me olvidaron los motivos por los que un día había sido mi ex. Solo tuve ojos para la mujer que tenía delante.

El corazón me empezó a latir a mil. Me quedé mirándola como un bobo hasta que nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos azules se abrieron al reconocerme y una sonrisa lenta, de esas que derriten, se le extendió por la cara. Se despidió de sus amigas y caminó hacia mí con esa forma tan suya de moverse, como si flotara.

—Pero mira quién anda por aquí, el rey de las fiestas —dijo, con esa voz un poco ronca que me ponía a cien, y me dio dos besos. Su perfume, dulce y fresco a la vez, me envolvió y me hizo recordar noches enteras pegado a su cuello.

—Natalia, joder. Estás… espectacular. —No lo pude evitar. La miré de arriba abajo sin disimulo, y noté cómo se le subían los colores sin perder la sonrisa.

—Ay, qué directo eres. No has cambiado nada, ¿eh? Siempre tan zalamero.

—¿Y para qué iba a cambiar, si a ti te gustaban mis piropos? —Me acerqué un poco más, bajando la voz. El alcohol me daba una valentía extra—. Aunque esto no es un piropo, es la verdad. Ese vestido te queda de infarto. Se te marcan las tetas de una forma que debería estar prohibida.

Soltó una carcajada cristalina, esa risa que siempre me encantó.

—¡Qué bestia! Aquí, en medio de la plaza… ¿Y tu mujer? —Pero vi el brillo en sus ojos, el mismo de cuando éramos novios y le decía guarradas al oído.

—No ha podido venir. Mis amigos se han ido de caza y me han dejado solo. —Acerqué la boca a su oreja, sintiendo su calor, y le mordisqueé el lóbulo con suavidad. La piel se le erizó al instante—. ¿No te acuerdas de lo bien que lo pasabas cuando te susurraba al oído lo que iba a hacerte después? Cuando te decía cómo te iba a follar hasta que no pudieras andar.

Se estremeció y la respiración se le aceleró. Los pezones se le marcaron a través de la tela roja del vestido, dos puntitos duros que la delataban.

—No seas así… Estamos en la calle y tú eres un hombre casado. —Su voz era un hilo, pero no se apartó. Al contrario, se pegó un poco más, casi rozando su cadera con la mía, y noté cómo se le apretaba el muslo contra el bulto que ya empezaba a hincharse en mis pantalones.

—¿Y? ¿Acaso no te gusta la adrenalina? —Le puse la mano en la parte baja de la espalda, justo donde empezaba la curva, y bajé un poco más, hasta rozarle el nacimiento del culo—. Me acuerdo de lo bonito que tenías el culo. De lo juguetona que te ponías cuando te lo mordía.

—¡Cállate, pervertido! —Me golpeó otra vez, pero ya era más caricia que golpe. Sus ojos azules estaban clavados en los míos, llenos de un deseo que me conocía de memoria.

Estábamos tan cerca que casi sentía su corazón contra mi pecho. El mundo se había difuminado: solo éramos ella y yo, y toda la historia que arrastrábamos. Estaba a punto de inclinarme y besarla cuando una voz demasiado familiar nos sacó de golpe de la burbuja.

—¡Vaya, vaya! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Si es un reencuentro de ex!

Se me heló la sangre. Natalia abrió los ojos como platos. Giré la cabeza despacio, como si no quisiera ver lo que ya sabía que iba a encontrar. Y allí estaba ella.

Verónica.

Mi primera novia. La ex que precedió a la otra ex. El primer amor que nunca se olvida del todo.

Con su sonrisa pícara, el pelo oscuro cayéndole por los hombros y esos ojos chispeantes que siempre prometían problemas. Y placer. Vaya papelón.

Seguía igual de guapa, pero con un aire más maduro, más seguro. Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban unas piernas de escándalo y una blusa de seda escotada que dejaba entrever el nacimiento de sus pechos, medianos pero firmes. Los labios, pintados de rojo vivo, se curvaban en una sonrisa que prometía guerra.

—Joder, Verónica, qué susto. ¿Qué haces por aquí? —Fue lo único que acerté a decir, sintiéndome como un crío pillado en falta.

—¿Y tú? ¿Creías que me iba a perder las fiestas del pueblo? —Su mirada se desvió hacia Natalia y la escaneó de arriba abajo con una ceja arqueada—. Y veo que no estás solo. Qué sorpresa, esperaba encontrarte con tu mujercita.

Natalia, tensa hasta ese momento, se recompuso. Sus ojos azules lanzaron chispas.

—Pues mira, guapa, el reencuentro lo estaba teniendo yo. Seguro que tú tienes cosas que hacer.

Verónica soltó una risita que me puso los pelos de punta.

—¿Ah, sí? Creía que el último reencuentro lo tuve yo contigo, cuando te vi con un par de tallas de más y el pelo quemado de tanto teñirte. Pero veo que el gimnasio hace milagros.

Natalia apretó los labios y se le encendió la cara.

—Gimnasio, sí. Al menos yo no me he pasado la vida yendo de cama en cama como la pícara del pueblo.

—¡Ojo con lo que dices! —Verónica dio un paso al frente, y yo me metí en medio.

—¡Eh, eh, tranquilas! Hemos venido a divertirnos, no a ver quién es la más fiera —intenté sonar autoritario, pero me salió más bien un balbuceo.

Verónica se rio, ignorándome casi por completo.

—Tú siempre fuiste de las que recogían las sobras, ¿verdad, Natalia? Él me contaba que, después de mí, le costó un horror encontrar a alguien que le diera la talla. Y tú, pobrecita, intentaste compensar con otras cosas, ¿no?

Natalia resopló.

—¿Sobras de qué, si tú duraste menos que un caramelo a la puerta de un colegio? Y las quejas de él cuando lo dejaste… eso sí que eran buenas sobras. ¡Le rompiste el corazón con tu engaño!

La cabeza me iba de un lado a otro intentando seguir el ritmo de sus pullas. Vaya par de fieras. Y yo en medio, como un trofeo. Lo confieso: la polla me estaba empezando a palpitar dentro del pantalón. La tensión en el aire era palpable, aunque fuera de una forma agresiva.

Verónica se acercó más, bajó el tono pero no la intensidad.

—Bueno, al menos yo no acabé con la primera que se le cruzó. ¿Qué tal la perfecta de su mujer? ¿Sigue siendo tan aburrida como cuando se la ligó?

Natalia, que iba a replicar, se quedó callada. Sus ojos azules miraron a Verónica con una luz nueva, de complicidad.

—Aburrida es poco —dijo, y la rabia de antes se evaporó dando paso a una alianza extraña—. La cambió por una que no tiene ni la mitad de gracia que nosotras dos juntas.

Verónica sonrió, una sonrisa de victoria compartida.

—¡Ahí tienes razón! Este siempre ha necesitado caña, ¿verdad, cariño? —Me miró, y no pude evitar asentir, viendo que las aguas se habían calmado entre ellas al encontrar un enemigo común.

—Y la pobre no sabe ni la mitad de lo que te gusta, ¿a que no? —se sumó Natalia, los ojos brillando con malicia—. No sabe lo cerdo que eres, lo mucho que te pone que te hablemos mal, lo mucho que disfrutas cuando te la mamamos con la boca llena de saliva, y otras cosas que me da vergüenza decir en voz alta.

Me sentía como un pedazo de carne entre dos lobas, y, por raro que suene, me gustaba. La polla ya la tenía tiesa como un palo, apretada contra la bragueta.

—Venga, chicas, que me vais a poner colorado. —Intenté sonar gracioso—. Esto se calienta demasiado. ¿Y si nos tomamos algo? Yo invito. Una copa, y que baje la tensión.

Se miraron, sopesando la propuesta. Verónica cedió primero, encogiéndose de hombros.

—Bueno, ya que insistes. Un trago no se le niega a nadie. Y menos si paga mi ex.

Natalia asintió, aún recelosa.

—Vale. Pero que sea algo fuerte. Necesito quitarme el mal sabor de boca.

Fuimos a la barra y pedimos un par de copas y mi ron con cola. La música seguía atronando, pero ahora, con el vaso en la mano, el ambiente se relajó. Nos movimos al ritmo, primero un poco distantes, luego más cerca. Los cuerpos se rozaban, las risas se hacían más frecuentes.

—¿Te acuerdas de cuando me llevabas detrás de los pinos y me levantabas la falda? —me susurró Verónica al oído, su aliento caliente en mi cuello—. Cómo me bajabas las bragas de un tirón y me metías dos dedos hasta el fondo mientras me mordías el cuello. Cómo me follabas de pie contra el tronco, tapándome la boca con la mano para que no gritara. Siempre estabas a punto. Y qué bien lo pasaba contigo, cerdo.

Sentí un escalofrío por toda la espalda y la polla me dio un tirón.

—Y tú no te quedabas corta, nena. Eras un volcán. Terminabas empapada, con el chochito goteando por los muslos.

Natalia no se quedó atrás. Se acercó por el otro lado, la voz ronca por el alcohol y la cercanía.

—Pues yo me acuerdo de las noches en tu coche, en el mirador. Cómo me sentabas encima de ti y me la metías hasta el fondo, aún con la falda subida y las bragas apartadas. Tus manos sabían exactamente dónde tocar. Me mordías el cuello y yo no podía ni respirar. Me llegabas hasta la garganta con esa polla tuya, y yo me venía sin poder parar.

Me giré hacia ella, los ojos fijos en los suyos.

—Y tú te dejabas, descarada. Me pedías más, aunque pudiera vernos alguien. Me suplicabas que te la metiera por detrás.

Las dos rieron, juntando sus voces. Bailábamos los tres, pegados, recordando un pasado que de repente no parecía tan lejano. El alcohol y la nostalgia nos envolvían en una burbuja de morbo. Era una locura, pero una locura deliciosa. Sus manos me tocaban, sus cuerpos se apretaban contra el mío, y la química entre nosotros era innegable. Natalia bailaba con el culo restregado contra mi bulto, mientras Verónica me pasaba las uñas por el pecho.

En mitad de un baile lento, con mis manos en las caderas de Natalia y la de Verónica en mi hombro, esta última se separó un poco. Sus ojos chispeantes nos miraron a los dos.

—Oye, ¿y si nos tomamos la última en un sitio más tranquilo? Mis padres no han venido este año, la casa está vacía, y tengo una botella de algo que nos va a encantar. ¿Qué decís?

***

La casa de Verónica, aunque fuera la de sus padres, tenía ese aire de lugar prohibido que invita a la transgresión. Entramos, la música de la plaza apenas se oía ya. El silencio, roto solo por nuestras respiraciones y el tintineo de los vasos, era casi un cómplice. Verónica encendió unas luces tenues y creó el ambiente perfecto.

Los chupitos de tequila bajaban como el agua, y la conversación se volvía cada vez más descarada. Las pullas iniciales se habían transformado en risas compartidas, y la complicidad entre las dos, conmigo en el centro, se palpaba en el aire. Compartimos anécdotas y nos reímos los tres; el recuerdo nos acercaba.

Los ojos oscuros de Verónica se posaron en los de Natalia. Esta se quedó inmóvil, los suyos azules fijos en ella. El aire se electrificó. Verónica, sin esperar respuesta, se acercó despacio, curvó los labios en una sonrisa y se abalanzó sobre Natalia, besándola con una pasión desatada.

No podía apartar los ojos de la escena. La polla me dio un latigazo dentro del pantalón.

Verónica tomó el rostro de Natalia entre las manos y sus bocas se unieron en un beso profundo, húmedo, con las lenguas enroscándose una en la otra a la vista, un baile de saliva y labios rojos. Natalia, sorprendida al principio, no tardó en responder con la misma intensidad. Sus manos se aferraron a la cintura de Verónica, atrayéndola, y los cuerpos se pegaron como imanes. Los muslos se cruzaban, las tetas se aplastaban unas contra otras. Gemidos suaves se les escapaban de la garganta. Verónica bajó una mano y le apretó el culo por encima del vestido, clavándole las uñas, y Natalia gimió dentro de su boca. La imagen estaba tan caliente que yo ya no sabía dónde meterme. Me llevé la mano al bulto sin pensarlo, apretándomela por encima de la tela.

—Qué boca tienes, descarada —murmuró Verónica, separándose un poco, los labios hinchados y los ojos brillando. Un hilo de saliva las seguía uniendo.

Natalia la miró jadeando y después buscó mis ojos. Una chispa de desafío ardía en ellos. Yo ya no aguantaba más. El alcohol, el ambiente, la visión de ellas dos… el cuerpo me pedía participar.

Me acerqué a Natalia por detrás, las manos un poco temblorosas.

—Siempre me volvió loco tu pecho. —Mis manos se posaron sobre él, apretando con suavidad a través de la tela del vestido, y le pellizqué los pezones hasta que soltó un jadeo—. Para no parar nunca, como en los viejos tiempos.

Natalia soltó un jadeo más largo y arqueó la espalda, echando el culo hacia atrás y restregándomelo contra la polla dura. Le bajé los tirantes del vestido de un tirón y las tetas le saltaron, dos globos blancos coronados por unos pezones rosados y erectos que le pellizqué a placer mientras le mordía el cuello. Verónica, todavía pegada a ella, sonrió con pura lujuria y se inclinó a lamerle un pezón, chupándolo con la boca abierta mientras yo le seguía manoseando el otro.

—¿Y a mí no me vas a tocar? —preguntó Verónica, la voz convertida en un ronroneo que me erizó la nuca.

No lo pensé dos veces. Solté a Natalia y me acerqué a ella, deslizando las manos por su cintura. Sus caderas se ajustaron a las mías y sentí el calor de su cuerpo.

—Claro que sí. —Mis labios buscaron los suyos y la besé con la misma furia de antaño, hundiéndole la lengua hasta el fondo mientras le desabrochaba la blusa botón a botón. Cuando le abrí la seda, se le derramaron las tetas fuera del sujetador, más pequeñas que las de Natalia pero perfectamente redondas, con unos pezones oscuros que se le pusieron duros al primer roce.

De repente estábamos los tres de pie, enredados en un abrazo caótico de cuerpos, labios y lenguas. Las manos de Natalia se deslizaron por mi espalda hasta llegar al cinturón, que empezó a desabrocharme con dedos ansiosos, mientras las de Verónica se hundían en mi pelo. Éramos un nudo de deseo y caricias, las bocas se buscaban, se separaban para volver a unirse, mezclando el sabor del tequila. Natalia me bajó el pantalón junto con los calzoncillos de un solo tirón y la polla me saltó dura y palpitante, golpeándole en la muñeca.

—Mira lo que tenemos aquí —susurró, agarrándomela con la mano y meneándomela despacio—. Sigue tan gorda como siempre.

Verónica bajó la vista y sonrió con lujuria pura.

—Y tan babosa. Me acuerdo perfectamente de esa polla.

—Os quiero a las dos, aquí, ahora —dije, la voz ronca de excitación.

La ropa voló en cuestión de segundos. Le arranqué el vestido a Natalia por los tobillos y las bragas negras se le quedaron enganchadas en un tacón antes de caer al suelo. Verónica se sacó los vaqueros retorciéndose las caderas, y las bragas de encaje se le fueron detrás. Nos quedamos los tres desnudos, respirando agitados en la penumbra. Mis manos exploraban cada curva de los cuerpos de Verónica y Natalia, y las suyas no se quedaban atrás, apretándome, arañándome, volviéndome loco. Metí una mano entre los muslos de Natalia y me la encontré empapada, chorreando, con el coño abierto como una fruta madura. Con la otra le busqué a Verónica y descubrí que tenía el chochito igual de mojado, con los labios hinchados y calientes bajo mis dedos.

—Joder, cómo estáis las dos —gemí, moviendo los dedos dentro de ambas a la vez—. Empapadas por mí, guarras.

—Cállate y llévanos a la cama —jadeó Verónica, mordiéndome el labio inferior.

Acabamos en la cama ancha de Verónica, un caos de sábanas revueltas. Yo en medio, con Natalia a un lado y Verónica al otro. La sensación de sus cuerpos cálidos contra el mío era pura electricidad. Cuatro manos me recorrían el pecho, el vientre, los muslos. Cuatro tetas se me aplastaban en los costados.

—Qué ganas tenía de volver a sentirte —jadeó Verónica, agarrándome la polla y meneándomela con la muñeca dando vueltas en el glande.

—Te vamos a dejar seco entre las dos —gimió Natalia, mordisqueándome el hombro mientras me bajaba una mano al escroto y me apretaba los huevos con una suavidad estudiada.

Como tantas veces en el pasado, Verónica se arrodilló entre mis piernas y me agarró la polla por la base. Se la acercó a los labios pintados de rojo y me lamió la punta con la lengua plana, recogiendo la gota de líquido preseminal que me había asomado. Después abrió la boca y se la metió entera, hasta que la sentí golpearle la garganta. Empezó a mamármela despacio, sin prisa, chupando fuerte al subir y soltando cada vez con un chasquido húmedo, mientras me la manoseaba con la mano en la base. El pintalabios rojo le empezó a correr en la comisura, mezclado con hilos de saliva que le caían por la barbilla y le goteaban en las tetas.

—Mírala, cómo mama la muy zorra —murmuró Natalia a mi oído, y yo solo pude gemir.

Natalia me calló los halagos trepándose y sentándose sobre mi cara. Le agarré el culo con las dos manos, hundí la lengua entre los labios hinchados de su coño y empecé a comérselo con hambre atrasada de años. Estaba dulce y salada a la vez, empapada de su propio jugo, y me dedicó unos gemidos que me retumbaron en la cabeza. Le succioné el clítoris con los labios y ella clavó las uñas en el cabecero, moliendo la cadera contra mi cara. Por un momento, mientras las dos se besaban encima de mí, con Verónica dejando la polla un segundo para inclinarse a comerle un pezón a Natalia y Natalia agachándose a devorarle la boca a Verónica, pensé que estaba en la gloria.

Después se turnaron. Verónica trepó por mi cuerpo y se sentó ella también en mi cara, y Natalia bajó a hacerse cargo de la polla, chupándomela con más timidez que Verónica pero con una devoción que compensaba de sobra. Me la lamía por toda la cara, se la restregaba por las mejillas, se la metía y se la sacaba de la boca haciendo ruidos húmedos que me volvían loco. Mientras tanto, yo enterraba la lengua en el coño de Verónica, que sabía distinto al de Natalia, más ácido, más intenso, y ella me tironeaba del pelo pidiendo más. Ellas se besaban por encima de mí, chupándose los labios y las lenguas, riéndose entre gemidos.

—Quietas, que me corro —imploré cuando sentí que los huevos se me apretaban peligrosamente.

Las dos sonrieron con malicia.

—¡De eso nada! —exclamó Verónica, bajándose de mi cara y tumbándose a mi lado, restregándome el culo contra la cadera.

La sujeté por la cintura y la puse de costado, en cucharita, pegando mi cuerpo al suyo por detrás. Nuestros cuerpos pegados, sudorosos, y la polla mía encajándosele entre las nalgas.

—Venga, como cuando éramos jóvenes.

Le levanté la pierna de arriba, se la sostuve doblada y me guie con la mano hasta encontrarle la entrada. Empujé despacio y sentí cómo el coño se le abría poco a poco, tragándome la polla centímetro a centímetro, apretándome como un guante. Verónica soltó un gemido largo, entre el placer y el dolor de la primera embestida. Ya estaba dentro de ella, despacio, disfrutando del momento, con las tetas de ella en mi mano y su culo contra mi vientre. Empecé a bombear con calma, arriba y abajo, y ella se agarró a la sábana con los dientes apretados.

Verónica movió la cabeza y la enterró entre las piernas de Natalia, que se había abierto de piernas frente a nosotros. Empezó a comerle el coño con una experiencia que me ponía a mil, lamiéndoselo de arriba abajo, hundiéndole la lengua, chupándole el clítoris hasta hacerla temblar.

—La de veces que este habrá estado conmigo pensando en ti —dijo Natalia entre gemidos, sujetándole la cabeza con las manos y frotándose el chocho contra la cara de Verónica—. La de veces que se habrá corrido dentro de mí mientras se imaginaba que era la tuya.

—Seguro que pensar eso te excita, guarra —respondió Verónica entre lametones, con la boca brillante del jugo de Natalia—. Que ahora sea yo la que te lame el coño.

Aceleré el ritmo, apretándole las caderas a Verónica, y cada embestida la empujaba más contra Natalia, hundiéndole la cara en el coño. Le follaba fuerte, con la mano izquierda amasándole una teta y la derecha bajando a frotarle el clítoris mientras se lo movía todo. El culo redondo de Verónica rebotaba contra mi vientre, y el sonido de la carne golpeando carne se mezclaba con los gemidos ahogados de Natalia.

Después cambiamos de postura. Salí de Verónica con la polla brillante de sus jugos, la agarré a Natalia por los tobillos y se la abrí en canal. Ella se mordió el labio, mirándome como si me estuviera retando, y yo me hundí de una embestida hasta el fondo. Natalia arqueó la espalda, gritó y le clavó las uñas en la sábana.

—¡Joder, qué gorda la tienes! —jadeó—. Métemela toda, no seas cabrón, dámela entera.

Empecé con Natalia, empujando duro, con las caderas rebotando contra sus muslos y las tetas rebotándole con cada embestida. Verónica, mientras tanto, había trepado a horcajadas sobre la cara de Natalia, ofreciéndole el coño para que se lo comiera. Natalia, torpe al principio, se atrevía a devolverle el favor a Verónica. Sacaba la lengua tímidamente, la lamía por el clítoris con miedo, y Verónica se reía entre gemidos guiándola con las caderas.

—Así, guapa, saca más la lengua… ábrete la boca… ¡así! —le indicaba Verónica, restregándole el coño por toda la cara.

Todos nos reímos de su timidez, y poco a poco Natalia se soltó, empezando a comerle a Verónica con las mismas ganas que yo la estaba follando a ella. Los ruidos de succión de la boca de Natalia se sumaban a los golpes húmedos de mi polla entrando y saliendo del coño empapado, y todo formaba una sinfonía guarra que me estaba llevando al límite. Le agarré una teta a Natalia y se la retorcí, mientras que con la otra mano le daba un cachete en el muslo.

—¡Me corro, no pares! —gritó Natalia, con la voz ahogada por el coño de Verónica en su cara.

Las piernas le temblaron sin control, el coño se le apretó alrededor de mi polla como un puño y sentí cómo la mojaba con un chorro nuevo de humedad. Se dejó caer sobre el colchón sacudiéndose por los últimos espasmos. Yo seguí hasta el final, sujetándola con fuerza por las caderas, embistiéndola mientras se corría, alargándole el orgasmo hasta que suplicó que parara porque no aguantaba más.

—¡Ese es mi chico! —me elogió Verónica, bajándose de la cara de Natalia y dándome un cachete en el culo—. Ahora me toca a mí. Vamos a ver si te queda algo, cerdo.

Me empujó hacia un lado, me tumbó de espaldas y se encaramó encima como una amazona, con las piernas abiertas a cada lado de mis caderas. Se agarró la polla, todavía brillante de los jugos de Natalia, y se la guio hasta la entrada de su coño.

—¿Estás listo?

—No sé si aguantaré… siempre me pasaba contigo arriba.

—Ja, ja. Vamos a ver qué pasa.

Se dejó caer de golpe y yo grité, sintiendo cómo se me tragaba entera de una sentada. Empezó a cabalgarme, las manos apoyadas en mi pecho, arañándome los pezones, moviendo la cadera a una velocidad endiablada. Subía hasta dejar la punta y bajaba de un plumazo, con las tetas rebotando y el pelo oscuro cayéndole sobre la cara. Le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a moverse, embistiéndola desde abajo para llegarle más hondo. Sentí entonces otra mano: Natalia se había recuperado y nos acariciaba, jugando con los huevos míos y con el clítoris de Verónica al mismo tiempo. Las dos se besaron por encima de mi cara, y verlas comerse la boca mientras Verónica me montaba la polla me llevó al borde.

Natalia bajó la cabeza y empezó a lamer donde nos uníamos, pasándome la lengua por el tronco de la polla cada vez que Verónica subía, y chupándole el clítoris a Verónica cada vez que bajaba. Aquello fue el detonante. Verónica aceleró hasta hacer crujir la cama, gimiendo como una loca, con los ojos en blanco.

—¡Para, para! —imploré mientras ella llegaba al final con un grito, apretándome el coño con unos espasmos brutales que me chuparon la polla desde adentro.

Solo se detuvo cuando pasaron los últimos coletazos, dejándose caer sobre mi pecho un momento, temblando y riéndose entre dientes.

—Ahora me toca a mí —dije, sacando la polla de ella con un ruido húmedo y poniéndome de pie sobre la cama, con la verga tiesa, roja e hinchada, apuntándoles a las dos—. ¡De rodillas! ¡Besaos!

Sonrientes, obedecieron. Se arrodillaron delante de mí, hombro con hombro, y se lanzaron una a la boca de la otra en un beso profundo, con las lenguas fuera, los labios embadurnados. Yo empecé a menearme la polla frente a sus caras, mirando cómo se besaban, cómo se chupaban las lenguas y se pasaban la saliva. Verónica bajó una mano y se puso a manosearle una teta a Natalia, retorciéndole el pezón, y Natalia le devolvía el favor bajando a acariciarle el coño con dos dedos.

—Sacad la lengua —les ordené, la voz ronca.

Las dos separaron sus bocas y sacaron las lenguas juntas, formando una plataforma de carne rosada y saliva. Aceleré el meneo, con los huevos apretados, sintiendo cómo se me acumulaba todo en la punta. Con un gemido ronco terminé sobre ellas, disparando chorros calientes de semen que cayeron sobre las lenguas, sobre los labios, sobre las tetas de ambas. Una salpicadura larga alcanzó a Verónica en la mejilla, otra le cayó a Natalia entre las dos tetas. Seguí meneándome hasta la última gota, y las dos se pusieron a lamerme la polla al mismo tiempo, sacándome cada resto, chupándome el glande hasta que me tuve que apartar de puro cosquilleo.

Después, Verónica se volvió hacia Natalia y le lamió el semen de las tetas, subiendo por el escote hasta llegar a su boca, donde la besó pasándole mi corrida de una lengua a otra. Se besaban con avidez, con la boca abierta, dejando que el semen les colgara entre las lenguas antes de tragárselo entre risas y jadeos, ajenas al mundo, ajenas a mí por un momento, en su propio baile de deseo. Natalia le limpió con los dedos una gota que a Verónica le colgaba de la barbilla y se la llevó a la boca, chupándoselos uno a uno.

Y yo, el rey de las fiestas, me quedé en medio, exhausto y feliz, con la polla todavía chorreando y las piernas temblando, saboreando las consecuencias de una noche que no había planeado y que jamás olvidaría. Me dejé caer entre las dos, sintiendo cómo ellas seguían acariciándose, besándose, tocándose con manos hambrientas. Me dormí mientras ellas seguían dando rienda suelta a una pasión que no parecía tener fin, con la última imagen de la boca de Verónica succionándole un pezón a Natalia mientras dos dedos le entraban y salían del coño empapado.

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Comentarios(8)

TucoLector

jajaja que situacion!!! me mori de risa solo con el comienzo. buenisimo

MarisolVzla

Por favor que haya segunda parte, no podes dejarnos asi con ese final. Me quede con muchisimas ganas de mas

NachoPampa

y la mujer en casa sin saber nada jaja. tremendo

Fernandita_85

Me recordo a las fiestas del pueblo de mis primas, aunque ahi nunca pasaron cosas tan interesantes jaja. Muy bien escrito

LucianoMen

Buenisimo. Lo que me gusta es que se siente genuino, esas cosas solo pasan en los pueblos donde todos se conocen. La parte donde cambian de actitud es lo mejor del relato.

CarlaQ_Mdq

Increible!! lo lei dos veces y la segunda fue mejor aun. Sigue escribiendo

Milo_22

de los mejores relatos que lei en mucho tiempo, muy bueno

RoxanaLee

que manera de terminar la noche jaja. esperando el proximo

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