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Relatos Ardientes

Mis dos ex me encontraron en las fiestas del pueblo

La música retumbaba en la plaza, un reguetón que no me iba nada, pero la cerveza fría y el ambiente me habían quitado las ganas de quejarme. Estaba apoyado en la barra de un chiringuito, mirando a la gente bailar, reír y ligar. Mi mujer, Elena, no había podido venir porque le tocaba turno aquel fin de semana.

Me había pedido que no bebiera mucho y que volviera pronto, pero ya se sabe cómo son las fiestas del pueblo. Uno empieza con una caña y termina con la copa en la mano y la cabeza dando vueltas. Mis amigos, Dani y Rubén, solteros de oficio, se habían largado detrás de unas chicas que les habían echado el ojo, y yo me había quedado solo.

No te voy a mentir: un puntito de morbo siempre me entra cuando salgo sin ella.

Estaba a lo mío, dándole un trago a mi ron con cola, cuando la vi. Me atraganté y casi escupo el hielo. Allí estaba, entre la multitud, riéndose con un grupo de amigas.

Natalia.

Rubia como el trigo en agosto, con esa melena lisa que siempre me volvió loco. Llevaba un vestido corto, de tirantes finos, que se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel. Era de un rojo casi agresivo, y el escote sujetaba ese pecho generoso que tenía bien arriba. La falda apenas le tapaba, y cada vez que se movía se le subía un poco más, dejando ver el arranque de los muslos. Unos tacones de aguja le estilizaban las piernas hasta el infinito.

Qué bien estaba. Siempre lo estuvo, pero ahora parecía que los años solo habían servido para mejorarla. En aquel momento se me olvidaron los motivos por los que un día había sido mi ex. Solo tuve ojos para la mujer que tenía delante.

El corazón me empezó a latir a mil. Me quedé mirándola como un bobo hasta que nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos azules se abrieron al reconocerme y una sonrisa lenta, de esas que derriten, se le extendió por la cara. Se despidió de sus amigas y caminó hacia mí con esa forma tan suya de moverse, como si flotara.

—Pero mira quién anda por aquí, el rey de las fiestas —dijo, con esa voz un poco ronca que me ponía a cien, y me dio dos besos. Su perfume, dulce y fresco a la vez, me envolvió y me hizo recordar noches enteras pegado a su cuello.

—Natalia, joder. Estás… espectacular. —No lo pude evitar. La miré de arriba abajo sin disimulo, y noté cómo se le subían los colores sin perder la sonrisa.

—Ay, qué directo eres. No has cambiado nada, ¿eh? Siempre tan zalamero.

—¿Y para qué iba a cambiar, si a ti te gustaban mis piropos? —Me acerqué un poco más, bajando la voz. El alcohol me daba una valentía extra—. Aunque esto no es un piropo, es la verdad. Ese vestido te queda de infarto.

Soltó una carcajada cristalina, esa risa que siempre me encantó.

—¡Qué bestia! Aquí, en medio de la plaza… ¿Y tu mujer? —Pero vi el brillo en sus ojos, el mismo de cuando éramos novios y le decía guarradas al oído.

—No ha podido venir. Mis amigos se han ido de caza y me han dejado solo. —Acerqué la boca a su oreja, sintiendo su calor, y le mordisqueé el lóbulo con suavidad. La piel se le erizó al instante—. ¿No te acuerdas de lo bien que lo pasabas cuando te susurraba al oído lo que iba a hacerte después?

Se estremeció y la respiración se le aceleró.

—No seas así… Estamos en la calle y tú eres un hombre casado. —Su voz era un hilo, pero no se apartó. Al contrario, se pegó un poco más, casi rozando su cadera con la mía.

—¿Y? ¿Acaso no te gusta la adrenalina? —Le puse la mano en la parte baja de la espalda, justo donde empezaba la curva—. Me acuerdo de lo bonito que tenías el culo. De lo juguetona que te ponías.

—¡Cállate, pervertido! —Me golpeó otra vez, pero ya era más caricia que golpe. Sus ojos azules estaban clavados en los míos, llenos de un deseo que me conocía de memoria.

Estábamos tan cerca que casi sentía su corazón contra mi pecho. El mundo se había difuminado: solo éramos ella y yo, y toda la historia que arrastrábamos. Estaba a punto de inclinarme y besarla cuando una voz demasiado familiar nos sacó de golpe de la burbuja.

—¡Vaya, vaya! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Si es un reencuentro de ex!

Se me heló la sangre. Natalia abrió los ojos como platos. Giré la cabeza despacio, como si no quisiera ver lo que ya sabía que iba a encontrar. Y allí estaba ella.

Verónica.

Mi primera novia. La ex que precedió a la otra ex. El primer amor que nunca se olvida del todo.

Con su sonrisa pícara, el pelo oscuro cayéndole por los hombros y esos ojos chispeantes que siempre prometían problemas. Y placer. Vaya papelón.

Seguía igual de guapa, pero con un aire más maduro, más seguro. Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban unas piernas de escándalo y una blusa de seda escotada que dejaba entrever el nacimiento de sus pechos, medianos pero firmes. Los labios, pintados de rojo vivo, se curvaban en una sonrisa que prometía guerra.

—Joder, Verónica, qué susto. ¿Qué haces por aquí? —Fue lo único que acerté a decir, sintiéndome como un crío pillado en falta.

—¿Y tú? ¿Creías que me iba a perder las fiestas del pueblo? —Su mirada se desvió hacia Natalia y la escaneó de arriba abajo con una ceja arqueada—. Y veo que no estás solo. Qué sorpresa, esperaba encontrarte con tu mujercita.

Natalia, tensa hasta ese momento, se recompuso. Sus ojos azules lanzaron chispas.

—Pues mira, guapa, el reencuentro lo estaba teniendo yo. Seguro que tú tienes cosas que hacer.

Verónica soltó una risita que me puso los pelos de punta.

—¿Ah, sí? Creía que el último reencuentro lo tuve yo contigo, cuando te vi con un par de tallas de más y el pelo quemado de tanto teñirte. Pero veo que el gimnasio hace milagros.

Natalia apretó los labios y se le encendió la cara.

—Gimnasio, sí. Al menos yo no me he pasado la vida yendo de cama en cama como la pícara del pueblo.

—¡Ojo con lo que dices! —Verónica dio un paso al frente, y yo me metí en medio.

—¡Eh, eh, tranquilas! Hemos venido a divertirnos, no a ver quién es la más fiera —intenté sonar autoritario, pero me salió más bien un balbuceo.

Verónica se rio, ignorándome casi por completo.

—Tú siempre fuiste de las que recogían las sobras, ¿verdad, Natalia? Él me contaba que, después de mí, le costó un horror encontrar a alguien que le diera la talla. Y tú, pobrecita, intentaste compensar con otras cosas, ¿no?

Natalia resopló.

—¿Sobras de qué, si tú duraste menos que un caramelo a la puerta de un colegio? Y las quejas de él cuando lo dejaste… eso sí que eran buenas sobras. ¡Le rompiste el corazón con tu engaño!

La cabeza me iba de un lado a otro intentando seguir el ritmo de sus pullas. Vaya par de fieras. Y yo en medio, como un trofeo. Lo confieso: me sentí un poco excitado. La tensión en el aire era palpable, aunque fuera de una forma agresiva.

Verónica se acercó más, bajó el tono pero no la intensidad.

—Bueno, al menos yo no acabé con la primera que se le cruzó. ¿Qué tal la perfecta de su mujer? ¿Sigue siendo tan aburrida como cuando se la ligó?

Natalia, que iba a replicar, se quedó callada. Sus ojos azules miraron a Verónica con una luz nueva, de complicidad.

—Aburrida es poco —dijo, y la rabia de antes se evaporó dando paso a una alianza extraña—. La cambió por una que no tiene ni la mitad de gracia que nosotras dos juntas.

Verónica sonrió, una sonrisa de victoria compartida.

—¡Ahí tienes razón! Este siempre ha necesitado caña, ¿verdad, cariño? —Me miró, y no pude evitar asentir, viendo que las aguas se habían calmado entre ellas al encontrar un enemigo común.

—Y la pobre no sabe ni la mitad de lo que te gusta, ¿a que no? —se sumó Natalia, los ojos brillando con malicia—. No sabe lo cerdo que eres, lo mucho que te pone que te hablemos mal, y otras cosas que me da vergüenza decir en voz alta.

Me sentía como un pedazo de carne entre dos lobas, y, por raro que suene, me gustaba.

—Venga, chicas, que me vais a poner colorado. —Intenté sonar gracioso—. Esto se calienta demasiado. ¿Y si nos tomamos algo? Yo invito. Una copa, y que baje la tensión.

Se miraron, sopesando la propuesta. Verónica cedió primero, encogiéndose de hombros.

—Bueno, ya que insistes. Un trago no se le niega a nadie. Y menos si paga mi ex.

Natalia asintió, aún recelosa.

—Vale. Pero que sea algo fuerte. Necesito quitarme el mal sabor de boca.

Fuimos a la barra y pedimos un par de copas y mi ron con cola. La música seguía atronando, pero ahora, con el vaso en la mano, el ambiente se relajó. Nos movimos al ritmo, primero un poco distantes, luego más cerca. Los cuerpos se rozaban, las risas se hacían más frecuentes.

—¿Te acuerdas de cuando me llevabas detrás de los pinos y me levantabas la falda? —me susurró Verónica al oído, su aliento caliente en mi cuello—. Siempre estabas a punto. Y qué bien lo pasaba contigo.

Sentí un escalofrío por toda la espalda.

—Y tú no te quedabas corta, nena. Eras un volcán.

Natalia no se quedó atrás. Se acercó por el otro lado, la voz ronca por el alcohol y la cercanía.

—Pues yo me acuerdo de las noches en tu coche, en el mirador. Tus manos sabían exactamente dónde tocar. Me mordías el cuello y yo no podía ni respirar.

Me giré hacia ella, los ojos fijos en los suyos.

—Y tú te dejabas, descarada. Me pedías más, aunque pudiera vernos alguien.

Las dos rieron, juntando sus voces. Bailábamos los tres, pegados, recordando un pasado que de repente no parecía tan lejano. El alcohol y la nostalgia nos envolvían en una burbuja de morbo. Era una locura, pero una locura deliciosa. Sus manos me tocaban, sus cuerpos se apretaban contra el mío, y la química entre nosotros era innegable.

En mitad de un baile lento, con mis manos en las caderas de Natalia y la de Verónica en mi hombro, esta última se separó un poco. Sus ojos chispeantes nos miraron a los dos.

—Oye, ¿y si nos tomamos la última en un sitio más tranquilo? Mis padres no han venido este año, la casa está vacía, y tengo una botella de algo que nos va a encantar. ¿Qué decís?

***

La casa de Verónica, aunque fuera la de sus padres, tenía ese aire de lugar prohibido que invita a la transgresión. Entramos, la música de la plaza apenas se oía ya. El silencio, roto solo por nuestras respiraciones y el tintineo de los vasos, era casi un cómplice. Verónica encendió unas luces tenues y creó el ambiente perfecto.

Los chupitos de tequila bajaban como el agua, y la conversación se volvía cada vez más descarada. Las pullas iniciales se habían transformado en risas compartidas, y la complicidad entre las dos, conmigo en el centro, se palpaba en el aire. Compartimos anécdotas y nos reímos los tres; el recuerdo nos acercaba.

Los ojos oscuros de Verónica se posaron en los de Natalia. Esta se quedó inmóvil, los suyos azules fijos en ella. El aire se electrificó. Verónica, sin esperar respuesta, se acercó despacio, curvó los labios en una sonrisa y se abalanzó sobre Natalia, besándola con una pasión desatada.

No podía apartar los ojos de la escena.

Verónica tomó el rostro de Natalia entre las manos y sus bocas se unieron en un beso profundo, húmedo, explorando cada rincón. Natalia, sorprendida al principio, no tardó en responder con la misma intensidad. Sus manos se aferraron a la cintura de Verónica, atrayéndola, y los cuerpos se pegaron como imanes. Gemidos suaves se les escapaban de la garganta. La imagen estaba tan caliente que yo ya no sabía dónde meterme.

—Qué boca tienes, descarada —murmuró Verónica, separándose un poco, los labios hinchados y los ojos brillando.

Natalia la miró jadeando y después buscó mis ojos. Una chispa de desafío ardía en ellos. Yo ya no aguantaba más. El alcohol, el ambiente, la visión de ellas dos… el cuerpo me pedía participar.

Me acerqué a Natalia por detrás, las manos un poco temblorosas.

—Siempre me volvió loco tu pecho. —Mis manos se posaron sobre él, apretando con suavidad a través de la tela del vestido—. Para no parar nunca, como en los viejos tiempos.

Natalia soltó un jadeo y arqueó un poco la espalda. Verónica, todavía pegada a ella, sonrió con pura lujuria.

—¿Y a mí no me vas a tocar? —preguntó, la voz convertida en un ronroneo que me erizó la nuca.

No lo pensé dos veces. Solté a Natalia y me acerqué a ella, deslizando las manos por su cintura. Sus caderas se ajustaron a las mías y sentí el calor de su cuerpo.

—Claro que sí. —Mis labios buscaron los suyos y la besé con la misma furia de antaño.

De repente estábamos los tres de pie, enredados en un abrazo caótico de cuerpos, labios y lenguas. Las manos de Natalia se deslizaron por mi espalda mientras las de Verónica se hundían en mi pelo. Éramos un nudo de deseo y caricias, las bocas se buscaban, se separaban para volver a unirse, mezclando el sabor del tequila.

—Os quiero a las dos, aquí, ahora —dije, la voz ronca de excitación.

La ropa voló en cuestión de segundos. Nos quedamos los tres desnudos, respirando agitados en la penumbra. Mis manos exploraban cada curva de los cuerpos de Verónica y Natalia, y las suyas no se quedaban atrás, apretándome, arañándome, volviéndome loco.

Acabamos en la cama ancha de Verónica, un caos de sábanas revueltas. Yo en medio, con Natalia a un lado y Verónica al otro. La sensación de sus cuerpos cálidos contra el mío era pura electricidad.

—Qué ganas tenía de volver a sentirte —jadeó Verónica.

—Te vamos a dejar seco entre las dos —gimió Natalia, mordisqueándome el hombro.

Como tantas veces en el pasado, Verónica se arrodilló frente a mí y me la tomó en la boca despacio, sin prisa. Natalia me calló los halagos sentándose sobre mi cara, y por un momento, mientras ellas se besaban encima de mí, pensé que estaba en la gloria.

Después se turnaron, una recorriendo con la lengua mientras la otra besaba, hasta que tuve que pararlas.

—Quietas, que me corro.

Las dos sonrieron con malicia.

—¡De eso nada! —exclamó Verónica, tumbándose de espaldas a mí y restregándose contra mí.

La sujeté por la cadera y la atraje. Nuestros cuerpos pegados, sudorosos.

—Venga, como cuando éramos jóvenes.

Antes de darme cuenta ya estaba dentro de ella, despacio, disfrutando del momento. Verónica apoyó la cabeza entre las piernas de Natalia y empezó a darle placer con una experiencia que me ponía a mil.

—La de veces que este habrá estado conmigo pensando en ti —dijo Natalia, sujetándole la cabeza con las manos.

—Seguro que pensar eso te excita —respondió Verónica entre jadeos.

Aceleré el ritmo, apretándole las caderas, y cada embestida la empujaba más contra Natalia. Después cambiamos de postura. Empecé con Natalia mientras ella, torpe al principio, se atrevía a devolverle el favor a Verónica. Todos nos reímos de su timidez, y poco a poco se soltó.

—¡Me corro, no pares! —gritó Natalia.

Las piernas le temblaron y se dejó caer sobre el colchón. Yo seguí hasta el final, sujetándola con fuerza.

—¡Ese es mi chico! —me elogió Verónica, dándome un cachete—. Ahora me toca a mí.

Me empujó hacia un lado y se encaramó encima como una amazona.

—¿Estás listo?

—No sé si aguantaré… siempre me pasaba contigo arriba.

—Ja, ja. Vamos a ver qué pasa.

Empezó a cabalgarme, las manos apoyadas en mi pecho, moviendo la cadera a una velocidad endiablada. Sentí entonces otra mano: Natalia se había recuperado y nos acariciaba. Las dos se besaron, y eso hizo que Verónica acelerara hasta hacer crujir la cama.

—¡Para, para! —imploré mientras ella llegaba al final con un grito.

Solo se detuvo cuando pasaron los últimos espasmos.

—Ahora me toca a mí —dije, poniéndome de pie sobre la cama—. ¡Besaos!

Sonrientes, obedecieron. Con un gemido ronco terminé sobre ellas, y Verónica se volvió hacia Natalia para besarla de nuevo, esta vez con una pasión renovada. Se besaban con avidez, ajenas al mundo, ajenas a mí por un momento, en su propio baile de deseo.

Y yo, el rey de las fiestas, me quedé en medio, exhausto y feliz, saboreando las consecuencias de una noche que no había planeado y que jamás olvidaría. Me dormí mientras ellas seguían dando rienda suelta a una pasión que no parecía tener fin.

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Comentarios (6)

TucoLector

jajaja que situacion!!! me mori de risa solo con el comienzo. buenisimo

MarisolVzla

Por favor que haya segunda parte, no podes dejarnos asi con ese final. Me quede con muchisimas ganas de mas

NachoPampa

y la mujer en casa sin saber nada jaja. tremendo

Fernandita_85

Me recordo a las fiestas del pueblo de mis primas, aunque ahi nunca pasaron cosas tan interesantes jaja. Muy bien escrito

LucianoMen

Buenisimo. Lo que me gusta es que se siente genuino, esas cosas solo pasan en los pueblos donde todos se conocen. La parte donde cambian de actitud es lo mejor del relato.

CarlaQ_Mdq

Increible!! lo lei dos veces y la segunda fue mejor aun. Sigue escribiendo

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