Le invento una fantasía nueva a mi marido cornudo
Los días que siguieron al desastre fueron un silencio espeso, de esos que se meten en las paredes. Damián evitaba mirarme a los ojos. El aire de nuestro dormitorio, por más que ventilara y cambiara las sábanas, seguía cargado de algo que él no podía nombrar y que yo no pensaba devolverle. Comíamos sin hablar, masticando cada bocado como si fuera una penitencia.
Una noche, mientras la cena se enfriaba entre los dos, él rompió ese mutismo con la voz quebrada.
—Carolina… —empezó, sin levantar la vista del plato—. Extraño… extraño cuando me contabas tus cosas.
Me detuve con el tenedor en el aire.
—¿Mis cosas?
—Sí. Tus fantasías. Cuando me sentaba acá y me decías que habías estado con el chico del gimnasio, o con Andrés… aunque no fuera verdad. Era más fácil. Me excitaba. Esto otro… esto que pasó de verdad… me está rompiendo por dentro.
Una sonrisa fría se me dibujó en los labios. Ahí estaba la confesión que esperaba. No era la infidelidad lo que lo destrozaba, sino que hubiera dejado de ser una historia. Prefería el cuento, la mentira segura que podía controlar desde su rincón. Quería a la mujer de los relatos, no a la mujer de carne y hueso que volvía a casa con el pelo revuelto.
—Ya entiendo, mi amor —dije, suavizando la voz hasta volverla casi tierna—. Querés que vuelva a ser tu narradora. ¿Te gustaría que te inventara otra aventura? Una nueva, solo para vos.
Levantó la cabeza y un brillo de esperanza le iluminó la cara. Asintió despacio, como un perro al que le muestran un hueso después de días de castigo.
—Perfecto. —Me recosté en la silla y crucé las piernas con calma—. Entonces escuchá bien. Y no me interrumpas hasta que termine.
Necesita esto más de lo que necesita respirar, pensé. Y yo voy a dárselo, gota a gota.
Empecé con algo suave, casi inocente, para calentar el motor despacio.
—Hoy fui al mercado del barrio —dije, bajando el tono—. Y me quedé mirando al verdulero. Un tipo morocho, de manos grandes, todavía con tierra en los dedos. Me imaginé que me llevaba al depósito del fondo, entre los cajones de fruta, y que me subía la pollera sin pedir permiso. Que acercaba la cara y me olía por encima de la ropa interior. Me decía que olía a mujer de verdad, a calor, a deseo. Y yo, solo con eso, solo con su aliento ahí, me corría sin que me tocara un dedo.
Damián tragó saliva. Su respiración cambió de ritmo. Vi cómo su mano bajaba, con disimulo, hacia su regazo.
—Pero no me alcanzó —seguí, subiendo apenas la temperatura—. Después entré en una cafetería y el mozo, un chico joven y tímido, no me sacaba los ojos de encima. Lo llamé con un gesto y le susurré al oído que si quería una propina de verdad, me siguiera al baño. Adentro me arrodillé frente a él. Le temblaban las piernas. Lo saboreé sin apuro, lo miré desde abajo todo el tiempo, y cuando terminó le dije «gracias por el postre» y salí acomodándome el pelo como si nada.
Su mano ya se movía con menos vergüenza sobre el pantalón. Tenía la cara partida entre la lujuria y la culpa, y esa grieta era exactamente donde yo quería meter los dedos.
Hice una pausa larga, calculada. Tomé un sorbo de vino sin apuro, dejé que el silencio se estirara hasta que él casi me rogó con la mirada que siguiera. Aprendí hace tiempo que el deseo crece más rápido en la espera que en la palabra. Y Damián, mi pobre Damián, estaba aprendiendo a esperar como nadie.
—¿Querés que siga? —pregunté, fingiendo inocencia.
—Por favor —dijo él, con la voz rota.
Esa palabra, ese «por favor» que salía de un hombre que alguna vez había sido orgulloso, valía más para mí que cualquier orgasmo. Lo guardé como se guarda una joya.
—Pero sabés una cosa, Dami… —dije, y dejé que el silencio pesara—. Eso es para principiantes. Hoy mi fantasía fue mucho más oscura. Hoy fui a ver a Andrés. Y esta vez no fui sola. Llevé a Lucía conmigo.
Los ojos se le abrieron de golpe. El nombre de Lucía, mi mejor amiga, y el de Andrés, mezclados en la misma frase, lo golpearon en un lugar que él creía cerrado.
—Tocamos el timbre las dos —continué—. Cuando Andrés abrió, le dijimos que veníamos a portarnos mal y que necesitábamos que alguien nos enseñara cómo. Nos hizo pasar al living, corrió las cortinas y nos miró de arriba abajo, sin apuro, como quien elige fruta. Nos pidió que nos arrodilláramos, una al lado de la otra, y se tomó su tiempo para decidir por dónde empezar.
Me levanté de la silla y me senté en el borde de la mesa, justo enfrente de él, abriendo apenas las piernas para que no pudiera mirar otra cosa.
—Nos puso a las dos en cuatro patas sobre la alfombra —dije, bajando la voz hasta casi un susurro—. Nos comparaba, decía que tenía que ver cuál de las dos estaba más entregada. Lucía y yo nos mirábamos, y cada vez que él nos tocaba, nos buscábamos la boca para no gritar. Era dolor y era placer al mismo tiempo, y ninguna de las dos quería que parara.
Damián jadeaba. Su mano era un movimiento constante, desesperado, debajo de la mesa. Yo medía cada respiración suya, cada vez que se mordía el labio, y ajustaba el relato según lo que veía. No improvisaba: lo conducía. Cada frase era un escalón y él los subía de a uno, sin darse cuenta de hacia dónde lo llevaba.
—¿Te gusta imaginarlo, no? —le dije, ladeando la cabeza—. Imaginarme con otro, entregada, sin pensar en vos ni un segundo. Te gusta más que tenerme a mí. Decilo.
—Me… me gusta —admitió, casi sin aire.
Y ahí estaba la verdad que él mismo no terminaba de entender: no me deseaba a mí, deseaba la historia de mí. La versión que podía controlar desde su silla, la que terminaba siempre con un beso y una promesa. La de verdad le daba pánico. Por eso prefería creer que todo era un cuento.
—Y entonces, mi cornudo —dije, y la palabra cayó como un latigazo entre los dos—, la fantasía se puso verdaderamente buena. Andrés se acercó a mí, me agarró del pelo y me dijo: «Vos sos la mujer del cornudo, así que vos te llevás el premio». Se puso detrás de mí. Y mientras él me tomaba como quería, yo gritaba tu nombre. Gritaba «Damián, mirá lo que hago por vos, mirá hasta dónde llego». Lucía, abajo, no dejaba de provocarme con la lengua. Era un caos de sudor, de gritos, de olor a sexo sin frenos.
Me incliné más cerca, hasta que mi aliento le rozó la oreja.
—Cuando Andrés terminó, se apartó y me dejó ahí, temblando, abierta, marcada. Y entonces Lucía vino, me limpió con la boca y después subió a besarme para que yo también lo probara. Las dos compartiendo el gusto de otro hombre, mientras vos estabas acá, en casa, esperándome como un buen marido paciente.
Damián se corrió con un gemido ahogado, doblándose sobre sí mismo, manchando el pantalón. Se quedó así, vencido, temblando, con los ojos cerrados, reviviendo cada imagen que yo le acababa de tejer hilo por hilo.
Lo observé un momento en silencio. Disfruté ese segundo más de lo que me gusta admitir. Después, mi cara cambió. La dureza se derritió y la reemplacé por una ternura luminosa, ensayada hasta la perfección. Me bajé de la mesa, me arrodillé a su lado y lo rodeé con los brazos.
—Ay, Damián, mi amor —murmuré, besándole la frente—. ¿Estás bien? Perdoname, me dejé llevar. Esa fantasía fue demasiado intensa, ¿no?
Él abrió los ojos, desorientado, y encontró el amor pintado en mi cara.
—¿Fantasía? —balbuceó.
—Claro que sí, mi vida —dije, acariciándole el pelo despacio—. Todo eso que te conté fue un cuento, una historia sucia para excitarte y nada más. ¿En serio creés que yo haría algo así? ¿Con Andrés, con Lucía? Por Dios, qué imaginación tenés. Y qué imaginación te contagié yo a vos.
Lo besé. Un beso largo, profundo, lleno de promesas. El beso de la Carolina que él creía conocer, la de siempre, la de los domingos tranquilos y los proyectos en común.
—Te amo, Damián. Sos todo lo que tengo. Nunca te dejaría. Somos vos y yo, y nuestros juegos. Nada más que eso.
Se aferró a mí como un náufrago a un tronco en medio del mar. Creyó cada palabra, una por una. Se relajó entre mis brazos, convencido de que la pesadilla había sido apenas un sueño, una historia caliente contada por la mujer que lo amaba.
Y mientras lo abrazaba, sonreí por encima de su hombro, donde él no podía verme.
Él quería la fantasía. Yo se la iba a dar. Una fantasía cada vez más real, cada vez más afilada, hasta que un día ya no supiera dónde terminaba mi amor y dónde empezaba su ruina. Porque la verdad, esa que él se negaba a mirar, ya no necesitaba ser inventada. Solo necesitaba que él siguiera prefiriendo el cuento.
Esa noche dormimos abrazados, su cuerpo encajado contra el mío, su respiración tranquila por primera vez en días. Yo me quedé despierta mirando el techo, repasando cada detalle de lo que vendría. Andrés había dejado de ser un nombre que yo inventaba para excitarlo. Lucía, también. Pero eso él lo descubriría más tarde, cuando ya fuera imposible distinguir cuál de mis historias había sido mentira y cuál había sucedido de verdad mientras él esperaba en casa, contento, agradecido, ciego.
Y esa, pensé acariciándole la espalda, era la fantasía más cruel de todas: la que él me pedía con sus propias palabras, noche tras noche, sin sospechar que cada cuento era un escalón más hacia el final.