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Relatos Ardientes

Mi novio no sabe que la mujer del video soy yo

Estaba harta. Aburrida hasta los huesos. Contarle mis fantasías a Bruno había dejado de darme algo hacía meses. Conocía de memoria la secuencia: primero la cara de susto, después la respiración entrecortada, al final ese final apresurado y patético que duraba lo que un suspiro. Necesitaba más. Necesitaba algo que lo carcomiera por dentro sin que pudiera nombrar la herida.

Y una noche, mirando el techo mientras él roncaba, la idea me llegó entera, perfecta, como una sentencia. Si no podía saber que el dolor venía de mí, entonces el dolor no tendría fin.

Así nació Selena.

Selena no soy yo. Selena es otra cosa. Un cuerpo sin nombre, una boca sin historia, un odio limpio y antiguo hacia los hombres que la tocan. Fui a una tienda de disfraces en el centro y compré un pasamontañas de lona negra, de esos baratos con tres aberturas: una para la boca, dos para los ojos. Me lo probé frente al espejo del probador y sentí un escalofrío en la nuca. Con esa tela puesta dejaba de ser Renata, la novia tierna, la que prepara el café con dos de azúcar. Bajo la lona solo quedaba ella.

Abrí una cuenta en un servidor de correo basura, uno de esos imposibles de rastrear. «LaVerdadDeSelena», escribí, y la dirección me pareció una promesa.

Lo planeé todo con la paciencia de quien arma un reloj. Elegí los locales por lo anónimos que eran: un baño de un bar de carretera, el sofá de un departamento alquilado por horas, una habitación de motel con espejos en el techo. A los hombres los encontré en una de esas aplicaciones donde nadie pregunta apellidos. Les expliqué solo lo necesario: la máscara no se toca, la cara no se filma, y todo lo que digo es parte del juego. Ninguno hizo preguntas. A los hombres así les basta con que una mujer aparezca dispuesta.

La primera vez que me puse la lona frente a un desconocido sentí algo que no esperaba. No vergüenza, no miedo. Una libertad helada, como saltar a un agua oscura sabiendo que nadie va a saber jamás que fuiste tú. Bajo el pasamontañas podía decir cualquier cosa. Podía ser cualquiera. Y mientras grababa, en mi cabeza solo veía la cara de Bruno mirando la pantalla, semana tras semana, hundiéndose un poco más.

***

El primer mensaje fue breve. En el asunto puse: «Para que sepas lo que una mujer de verdad es capaz de hacer». En el cuerpo, nada más que un enlace.

Esa noche lo vi abrirlo en el sofá. Yo fingía leer en el sillón de enfrente, pero no perdía un solo gesto suyo. Bruno se puso los auriculares por costumbre, y al segundo su cara cambió. La piel de los brazos se le erizó. Tragó saliva como si le costara.

El video empezaba con una mano temblorosa filmando el baño de un local cualquiera, baldosas rajadas, una bombilla que parpadeaba. En el suelo, arrodillada, una mujer. Solo eso: un cuerpo de muslos firmes y un pasamontañas negro. Selena.

Una mano de hombre entró en cuadro y la agarró del pelo por la nuca. Desde fuera del plano, una voz ronca dijo algo sucio, y ella obedeció sin dudar. Entre jadeos y arcadas, la voz distorsionada por la tela se abrió paso, cargada de un veneno que conocía bien porque era el mío.

«¡Así, justo así! ¡Trátame como lo que soy! Mi novio cree que tiene a una santa en casa. Cree que me guardo para él. Y aquí estoy, de rodillas para un extraño, y lo disfruto más que nada en el mundo. Ojalá pudiera verme. Ojalá supiera.»

Bruno bajó el teléfono. Me miró. Tenía algo nuevo en los ojos, una grieta finísima.

—¿Qué es esto, Renata? ¿Un spam de esos?

Me encogí de hombros sin levantar la vista del libro.

—Ni idea. Basura. Bórralo y ya.

No lo borró. Lo supe porque esa madrugada, creyéndome dormida, lo escuché volver a reproducirlo con el volumen al mínimo, la respiración pesada, la mano debajo de la sábana. Me costó no sonreír contra la almohada.

***

El segundo video llegó una semana después.

Esta vez Selena estaba sobre un sofá de cuero, a cuatro patas, la cámara fija en un trípode mostrándola de perfil. Detrás, un tipo corpulento la sujetaba por las caderas. Ella gemía, y entre cada gemido escupía palabras como quien lanza piedras.

«¡Más fuerte! Mi novio jamás se atrevería a tocarme así. Le da reparo, el pobre, cree que soy frágil. No tiene idea de que me ofrezco a cualquiera que me lo pida. Díselo, díselo a la cámara: ¿soy fácil o no?»

El hombre miró al objetivo, riéndose, y dijo que esa novia era el mejor regalo que la vida le había dado.

Bruno ya no se excitó. Esta vez se quedó pálido, con el teléfono en la mano como si quemara. Y entonces empezó a mirarme distinto. Con una desconfianza que intentaba ahogar antes de que tomara forma. Lo vi pensar, vi cómo la sospecha le subía por la garganta y cómo la tragaba a la fuerza. No, se decía. No podía ser. Su Renata, su novia dulce. Aquello era una coincidencia macabra, un montaje cualquiera de internet, una mujer cualquiera con un pasamontañas cualquiera.

Yo lo dejaba debatirse. Le servía el té, le acariciaba el pelo, le preguntaba si había dormido mal. Cada gesto de ternura era otra vuelta de tuerca. Quería que la duda viviera con nosotros, que se sentara a la mesa, que durmiera entre los dos.

Los días siguientes fueron mi parte favorita. Bruno empezó a observarme de un modo nuevo, como si me estudiara. Cuando me reía, buscaba en mi risa el eco de la otra. Cuando salía de la ducha, sus ojos recorrían mi cuerpo comparándolo con el del video. Una tarde me pidió, en un tono que pretendía ser casual, que le dijera dónde había estado el jueves anterior. Se lo conté con detalle, inventando un café con una amiga que no existía, y vi cómo se obligaba a creerme.

—Estás rara últimamente —me dijo una noche, jugando con el borde de la sábana.

—¿Rara cómo? —le besé el hombro, lenta, sin prisa.

—No sé. Más… tranquila. Demasiado tranquila.

Sonreí en la oscuridad. La calma del cazador, pensé, pero no lo dije. Le dije que era el amor, que me sentía segura con él como nunca, y él se aferró a esa frase como a un salvavidas. Esa noche me hizo el amor con una desesperación que no le conocía, buscando en mi cuerpo una prueba de que seguía siendo solo suyo. Yo cerré los ojos y pensé en Selena.

***

El tercer video fue el golpe final, el que había planeado desde el principio.

La grabación estaba hecha desde el suelo, mirando hacia arriba. Selena se sentaba sobre la cara de un hombre tendido boca arriba, moviéndose despacio, ahogándolo. Sus palabras ya no eran insultos sueltos: eran una carta, y yo sabía exactamente a quién iba dirigida.

«Eso es, límpialo todo. Limpia lo que otro me dejó antes que tú. Huele a traición, ¿verdad? Así me gusta. Mi novio está en casa, seguro preocupado por mí, mandándome mensajitos de buenas noches. Mientras tanto, su princesa se sienta en la cara de un desconocido y se moja como nunca se mojó con él. Ojalá pudieras verme, Bruno. Ojalá supieras que cuando te digo te amo, estoy pensando en esto.»

Cuando su nombre salió de aquella boca enmascarada, Bruno soltó un grito corto, animal. El teléfono cayó al suelo. Se levantó de un salto y empezó a caminar de pared a pared, las manos en la cabeza, como una fiera en una jaula demasiado pequeña.

—¡Renata! ¡Renata, ven, ven ahora mismo!

Entré en la sala frotándome los ojos, fingiendo que acababa de despertar.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa, mi amor? Me asustas.

—¡Esto! —señalaba el teléfono en el suelo con el dedo tembloroso—. ¡Esta… esta mujer! ¡Dijo mi nombre! ¡Dijo Bruno, lo dijo clarísimo!

Me arrodillé a su lado con toda la calma del mundo. Recogí el teléfono, rebobiné y volví a poner el final. Escuché con atención fingida, fruncí el ceño, y entonces dejé escapar una risa suave, aliviada, casi tierna.

—Ay, mi amor. Qué susto me has dado. Escucha bien. No dice «Bruno». Dice «bruto», con minúscula, como un insulto. Como cuando alguien grita «idiota» o «animal». Es una palabra cualquiera, cariño. Lo dice por el tipo ese, no por ti. Es una casualidad horrible, lo sé, pero es solo eso.

Lo miré a los ojos con toda la ternura que era capaz de fabricar.

—¿De verdad crees que yo podría hacerte algo así? ¿A ti, justo a ti? Te amo, Bruno. Eres mi vida entera.

Y él se derrumbó. Se dejó caer contra mi pecho y rompió a llorar como un niño. Quería creerme. Necesitaba creerme con desesperación, porque la otra posibilidad era demasiado para soportarla. Me abrazó tan fuerte que me dolieron las costillas, agarrado a mí como a la última tabla en medio de un naufragio.

—Perdóname —murmuraba contra mi cuello—. Perdóname por dudar. Es que… es igual a ti, el cuerpo, la voz…

—Shhh —le acaricié la espalda en círculos lentos—. Tranquilo. Estoy aquí. Siempre voy a estar aquí.

***

Y mientras lo consolaba, mientras le secaba las lágrimas y le besaba la frente, sonreí por encima de su hombro, donde él no podía verme.

Bruno no sabía muchas cosas. No sabía que el trípode estaba guardado en el fondo de mi armario, debajo de las sábanas de invierno. No sabía que la cuenta de correo seguía abierta, esperando. No sabía que la grabación tenía tres minutos más que nunca le mostré, un final donde Selena se quitaba la lona y miraba al objetivo el tiempo justo para que cualquiera, cualquiera menos él, la reconociera.

Cada gemido había sido para él. Cada insulto, una caricia envenenada. Cada «te amo» de los míos, una mentira tan perfecta que ni yo misma sabía ya dónde terminaba la actuación.

Lo abracé más fuerte. Mi novio. Mi cornudo. Mi obra de arte a medio terminar.

Porque lo mejor, pensé acariciándole el pelo mientras él se quedaba dormido entre lágrimas, es que la cuarta entrega ya estaba grabada. Y esta vez, Selena no iba a tener tanto cuidado con los nombres.

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Comentarios (5)

melinda_scl

Dios mio que relato!! me enganche desde el titulo y no pude soltar el celular hasta el final

SoniaCba

Por favor que haya una segunda parte, quede con mil preguntas sin respuesta. Muy bueno!

Gonzalo_rs

increible. de las mejores que lei ultimamente por aca

ClaudioSF

Me hizo pensar un buen rato... uno cree que conoce a su pareja y resulta que no sabe nada. Tremendo concepto, muy bien ejecutado.

Carla_Oscura

Me enganchó desde la primera linea. Esa tension que va construyendo, el doble juego que maneja la narradora... lo senti real sin que se volviera burdo. De las mejores que encontre en el sitio. Sigue escribiendo asi!

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