Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que la prima de mi esposa me confesó sobre la cárcel

Hace unos meses retomé el contacto con Lucía, una prima de mi esposa Daniela con la que llevábamos años sin hablar. Apareció una tarde sin avisar, con una botella de vino y esa sonrisa medio ladeada que siempre tuvo. Nos sentamos en la terraza, mi mujer no estaba en casa, y entre copa y copa fue cayendo en confidencias.

—Hay una cosa que llevo años guardándome —me dijo en algún momento—. No sé por qué te la voy a contar a ti, pero ya no aguanto más.

Le dije que la escuchaba. Me sirvió otra copa y empezó por el principio.

Resultó que años atrás, antes de que yo entrara en escena, Daniela había tenido un lío con un tal Mateo, hermano de una amiga del colegio. Mateo terminó preso por un asunto turbio, no quiso entrar en detalles, y acabó en el ala de psiquiatría de una cárcel del sur. Lo tenían vigilado las veinticuatro horas, porque al principio creyeron que podía hacerse daño, aunque después aquello quedó en nada y pasó a ser un recluso más.

Lucía conocía de antes a uno de los guardias del ala, un tal Andrés con el que había tenido algún encuentro discreto en su época soltera. Andrés se acordó de ella y la llamó un martes por la tarde. El recado era extraño: Mateo había pedido ver a Daniela y, de paso, Lucía y él podían retomar lo suyo.

—Yo no sabía si decírselo a tu mujer —me confesó—. Pero la llamé y, para mi sorpresa, ni lo dudó. Cuadramos la visita para el domingo siguiente.

Daniela nunca me ha contado esto. Lo dejaré claro desde ya: lo que sigue es la versión de Lucía, palabra por palabra, con la honestidad rara que sólo da el vino y el cansancio de demasiados años cargando un secreto.

***

—Llegamos a la cárcel a media mañana —me dijo Lucía—. Había una fila enorme de mujeres, todas con bolsas de plástico, todas con la cara de quien lleva años haciendo lo mismo. Hicimos la cola sin hablar mucho. Tu mujer estaba más callada que nunca. Llevaba un vestido suelto, una licra debajo, y se había maquillado poco. Le pregunté si estaba segura. Me miró y me dijo que sí, que necesitaba cerrar aquello de una vez.

—La requisa fue humillante. Te pasan las manos por todas partes, te hacen abrir la boca, te hablan como si fueras ganado. Salimos de ahí con las piernas temblándonos. Andrés nos esperaba después del segundo control. Nos había registrado como visitantes de un patio común, así que técnicamente íbamos a ver a otros presos. Tenía menos de dos horas para colarnos en el ala restringida y sacarnos antes del conteo del mediodía.

—Caminamos rápido, pegadas a la pared. Andrés iba por delante, saludando a todo el mundo como si nada. En el camino le dijo a Daniela que sólo tendría una hora con Mateo. Tu mujer asintió sin decir palabra. Yo creo que ya estaba en otro lugar mentalmente. La conozco desde que teníamos doce años y nunca la había visto así, con esa mirada de quien va a un sitio del que no tiene ganas de volver.

—Llegamos a una galería más estrecha, con dos celdas pegadas. Andrés abrió la primera y Daniela entró. Mateo se levantó del catre. Se miraron como si nadie en el mundo importara, y entendí en ese segundo por qué tu mujer había vuelto a aquel sitio aunque tuviera todo en la vida.

—Andrés cerró esa puerta y abrió la de al lado. Era una celda casi idéntica, pero más pequeña, con una cama estrecha y una silla frente a un panel de cristal que daba al cuarto de Mateo. Un espejo polarizado, de esos que sólo se ven de un lado. Y un micrófono que se podía abrir y cerrar con un interruptor en la pared.

***

Lucía bajó la voz cuando llegó a esta parte. Yo me serví más vino y dejé que siguiera.

—Cuando me giré, ya estaban besándose. Daniela tenía las manos en el cuello de Mateo y él la apretaba contra él como si llevara años esperando ese minuto. Andrés se acercó por detrás y me rodeó la cintura. Me besó el cuello sin decirme nada. Yo le seguí el juego. No te voy a mentir, sabía perfectamente para qué venía.

—Metió las manos por debajo de mi blusa, me la subió hasta los hombros. Me apretó los pechos con esa firmeza que recordaba de cuando éramos más jóvenes. Me bajó la licra y las bragas de un tirón y me hizo apoyarme contra el cristal. Desde ahí lo veía todo. Daniela ya estaba sin camiseta. Tenía los pechos al aire y Mateo se los comía como si llevara meses imaginándolos. La mordía despacio en los pezones, con los ojos cerrados, y ella le sostenía la cabeza con las dos manos.

—Andrés se arrodilló detrás de mí y empezó a hacerme sexo oral así, contra el cristal. Yo no podía dejar de mirar. Veía cómo Mateo le quitaba a tu mujer la ropa interior, cómo ella se apoyaba en la pared y abría las piernas un poco más de lo necesario. Andrés me preguntó si quería oírlos. Le dije que sí. Apretó el interruptor del micrófono.

—Lo primero que escuché fue la respiración de Daniela. Después la voz de Mateo diciéndole algo al oído que no entendí, pero que la hizo reírse muy bajito. Esa risa. Era la misma risa que me había puesto los pelos de punta a los catorce años, cuando descubrimos juntas, en su habitación, que existía algo más allá de los libros del colegio.

—Andrés me llevó a la cama y me sentó al borde. Quería que yo se lo hiciera. Y yo quería hacérselo, no te voy a engañar. Mientras tenía su sexo en la boca, no apartaba la vista del cristal. Daniela estaba a cuatro patas, sobre la cama de Mateo, y él la tenía sujeta por las caderas. El sonido era brutal. Cada vez que él chocaba contra ella, se oía el golpe seco en el micrófono. Y ella gemía con la boca pegada a las sábanas.

—Andrés se cansó de la postura, me puso boca arriba y se metió entre mis piernas. Yo le pedí que esperara un segundo, sólo para mirar. Daniela tenía los nudillos blancos de apretar la cobija. Le dijo a Mateo que no parara, que ya se venía. Él la agarró más fuerte y empezó a embestirla como si no le importara nada del mundo. Tu mujer se vino así, con la cara hundida en la almohada para no gritar. Yo me vine casi al mismo tiempo, con Andrés todavía metido en mí. Era imposible no contagiarse.

***

A esta altura Lucía ya no me miraba a mí. Miraba a la pared, como si volviera a estar en aquella celda y no en mi terraza.

—Después de eso, Andrés me hizo cabalgarlo. Se sentó en la silla, frente al cristal, y yo me senté encima dándole la espalda para poder seguir viendo. Daniela estaba arrodillada delante de Mateo, dándole sexo oral. Lo hacía como si la vida le fuera en ello. Se lo tragaba entero. Él le sujetaba la cabeza con las dos manos y le decía cosas que no se entendían bien por el micrófono. Y lo que me dejó muda: tu mujer levantó la mirada y le sonrió. Estaba gozando. No era sumisión. Era complicidad.

—Andrés me dijo al oído que se iba a venir. Yo aceleré, no sé si por él o por todo lo que estaba viendo. Y entonces escuchamos a Mateo decirle lo mismo a Daniela. Ella no apartó la cara. Recibió todo encima, en la boca, en las mejillas, y le sonrió otra vez. Yo me vine por segunda vez en esa silla, sin poder ni respirar, y Andrés terminó dentro de mí con un gemido ahogado contra mi nuca.

—Nos quedamos quietos un minuto. Yo lo abracé sin saber muy bien por qué. Cuando volví a mirar al cristal, Daniela se había sentado al borde de la cama y Mateo se había acostado boca arriba. Después ella se le acercó, se acomodó a su lado y empezaron a besarse. Despacio. Sin prisa. Como dos personas que sí se conocen.

—Andrés me arrastró otra vez a la cama. Se tumbó encima de mí, me besó los pechos, me metió los dedos. Yo sentía que ya no me cabía nada más adentro y aun así seguía queriendo. Entonces oímos por el micrófono la voz de Mateo, pidiéndole a tu mujer que se pusiera en cuatro otra vez. Le dijo lo que quería hacerle, algo que ahora mismo no quiero repetir en voz alta. Pero ella se rió, esa risa de nuevo, y le contestó con una frase que se me quedó grabada: «Tú sabes que contigo soy de los tres servicios».

—Andrés y yo nos miramos. Nos paramos los dos frente al cristal, él con los dedos todavía dentro de mí, yo agarrándole con una mano lo que ya le volvía a estar duro. Vimos cómo Mateo le pasaba la lengua por sitios que yo nunca habría imaginado que tu mujer aceptaría. Y ella se retorcía, se acariciaba el clítoris con dos dedos, se mordía el labio, le pedía más.

—Andrés me apoyó contra el cristal otra vez y me embistió de pie. Yo tenía la cara casi pegada al espejo. Veía a Daniela de lado, sobre la cama, con Mateo penetrándola por detrás y metiéndole los dedos por delante, los dos a la vez. Era una imagen difícil de explicar. No era violenta. Era ordenada, casi coreográfica, como si ya lo hubieran hecho mil veces antes de aquella tarde.

—Daniela se vino primero. Lo supe porque su cuerpo se tensó entero durante varios segundos y después se aflojó como una muñeca. Mateo aguantó un poco más, embistiéndola rápido, hasta que terminó también con un gruñido sordo. Yo me vine por tercera vez. Andrés me sostuvo contra el cristal, agotado, y me dijo al oído que nunca había visto algo así. Yo le dije que yo tampoco.

***

—«Tiempo», dijo Andrés por el micrófono. Mateo levantó el pulgar sin mirar. Tu mujer se metió en la pequeña ducha de la celda, se enjuagó como pudo, se vistió. Antes de salir, se acercó a Mateo, le agarró la cara con las dos manos y le dio un beso largo, despacio, como quien sella algo. Yo me limpié con las toallas de papel que había en mi cuarto y me vestí también, intentando que las manos dejaran de temblarme.

—Salimos como entramos, pegadas a la pared. Andrés nos llevó hasta un patio común y allí tuvimos que esperar media hora más, mezcladas con las visitantes legítimas, antes de poder cruzar las últimas puertas. Yo creo que es el rato más largo que he pasado en mi vida. Tenía miedo de que alguien nos mirara a la cara y se diera cuenta de todo.

—En el coche, de vuelta a casa, comentamos «la locura» que habíamos hecho. Daniela se rió, dijo que nunca más, dijo que había sido una despedida. Yo le seguí el juego. No le conté que había visto y oído gran parte de su encuentro. Nunca se lo conté a ella. Nunca se lo conté a nadie. Hasta hoy.

***

Lucía me miró por primera vez en mucho rato. Tenía los ojos brillantes, pero no había culpa en su cara. Había alivio, el alivio de quien por fin suelta una piedra que ha cargado demasiado tiempo.

—Y luego, ya sabes —añadió, casi como si fuera un detalle—. Mateo cambió de pabellón unos meses después. Le dieron derecho a visita conyugal. Tu mujer volvió. Y volvió varias veces. Esa parte ya no la vi, pero me la imagino perfectamente.

Me terminé la copa de un trago. No supe qué decir. Lucía me apretó la mano, se levantó, recogió el bolso y me dio un beso muy cerca de la boca antes de irse.

No sé qué voy a hacer con lo que sé. De momento, no le he dicho nada a Daniela. Pero hay noches en las que la miro dormir y me pregunto si todavía piensa en aquel domingo, en aquel cristal, en aquel hombre del otro lado.

Valora este relato

Comentarios (1)

Marcos_Riv

Tremendo relato!!! Me dejo con ganas de mas. Muy bien contado.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.