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Relatos Ardientes

La secretaria de mi marido entró en mi cama

Han pasado casi diez años desde aquella primavera, pero todavía me cuesta hablar del tema sin sentir un calor en la nuca. Cuento esta historia ahora porque Adrián, mi marido, lo sabe todo desde el principio. Bueno, no todo. Hay un detalle que jamás le confesé y que sigue siendo solo mío.

Por aquel entonces yo era representante sindical en una fábrica de textiles del norte. Tres años de negociaciones imposibles, paros, despidos masivos y reuniones que terminaban a las dos de la mañana me dejaron al borde de algo que el psiquiatra llamó «crisis adaptativa con somatización». En lenguaje común: no podía dormir, lloraba sin motivo y me temblaban las manos cada vez que sonaba el teléfono. Pedí una licencia de tres meses sin goce de sueldo. Adrián, que es ejecutivo de una farmacéutica, justo tuvo que viajar a Lima cuando yo más lo necesitaba.

—No voy a dejarte sola —me dijo la noche antes de tomar el vuelo—. Le pedí a Renata que venga unos días a darte una mano con la casa.

Renata era su secretaria desde hacía cuatro años. La había visto dos o tres veces en cenas de empresa: una mujer de mi edad, treinta y pocos, pelo negro hasta los hombros, ojos verdes muy serios. Siempre vestida de gris o de negro, como si quisiera pasar desapercibida. Nunca había sospechado nada raro de ella ni de él. Hasta ese momento ni siquiera me había planteado pensar en otra mujer de esa manera.

Renata llegó al día siguiente con una maleta pequeña y una sonrisa que no le había visto nunca antes. Le mostré el cuarto de huéspedes y le agradecí por venir.

—Estoy aquí para lo que necesite, señora Carolina —dijo bajando los ojos.

—Por favor, tutéame. Si vas a vivir conmigo dos semanas, lo de señora me hace sentir vieja.

Asintió y sonrió otra vez. Esa segunda sonrisa duró un instante de más.

***

El primer incidente ocurrió la mañana siguiente. Yo estaba en la ducha del baño principal, con la puerta sin trabar porque en aquella casa nunca había nadie más. Llevaba quizá quince minutos bajo el agua caliente cuando escuché golpes ansiosos en la puerta.

—¡Carolina, perdón, perdón! No llego al otro baño, ¿puedo pasar un segundo?

—Pasa, pasa.

Renata entró corriendo, bajándose el pijama mientras avanzaba hacia el inodoro. Yo seguí enjabonándome como si nada, dándole la espalda al cristal templado de la mampara. Esos cristales no son del todo opacos. Uno ve siluetas, sombras, formas. Nunca le había prestado atención a ese detalle.

Cuando ella tiró de la cadena y se lavó las manos, vi por el reflejo del espejo que se había quedado quieta un momento, mirándome. No me giré. No dije nada. Salió sin despedirse.

Esa noche en la cama, repasando el día, me di cuenta de que el corazón se me había acelerado bajo el agua. No de vergüenza. De otra cosa que todavía no supe nombrar.

***

Dos noches más tarde estalló una tormenta como no recordaba desde la infancia. Truenos que hacían vibrar las ventanas, granizo del tamaño de monedas pegando contra el techo. Yo odio las tormentas. De niña dormía con mi madre cuando había rayos, y a los treinta y dos años seguía sin poder cerrar los ojos cuando relampagueaba.

A las dos de la mañana toqué la puerta del cuarto de huéspedes.

—Renata, perdóname. ¿Te molesta si me quedo aquí hasta que pase?

Ella se incorporó en la cama y levantó la sábana sin pensarlo.

—Ven.

Me acosté de espaldas a ella, sin tocarla, mirando el techo. Olía a un perfume cítrico muy suave que no le había notado durante el día. La sentía respirar a quince centímetros de mí. Ninguna de las dos cerró los ojos en mucho rato.

A los veinte minutos sentí que su mano se posaba en mi cintura. Apenas un roce, por encima del camisón. La dejé ahí. Después la mano subió hasta el costado del pecho, sin tocarlo del todo, como si midiera la distancia. Yo respiré profundo y fingí dormirme. La mano se quedó quieta y a los pocos segundos se retiró.

Cuando me levanté a la mañana siguiente, ella estaba en la cocina haciéndome el desayuno como si no hubiera pasado nada. Pero ya había pasado.

***

Aquel día tuve jaqueca durante horas. Una jaqueca de verdad, no inventada. Renata bajó a la farmacia a buscarme paracetamol y volvió con dos cajitas.

—El farmacéutico me recomendó unas pastillas para dormir muy suaves. Dice que si las tomas antes de acostarte vas a descansar bien y mañana te levantas con otra cara.

Las tomé en la mano. Eran de esas que dan en cualquier guardia, sin receta. Sonreí.

—Gracias. Las tomo después de la cena.

Me metí al baño con el vaso de agua y dejé que la pastilla cayera por el desagüe. Me quedé un momento mirando mi cara en el espejo. Estaba pálida pero los ojos me brillaban de una manera que no me reconocía.

Esto va a pasar esta noche, pensé. Y voy a dejar que pase.

***

Le dije que las pastillas me estaban haciendo efecto y me fui a la cama a las diez. Ella subió detrás. Le había sugerido a la hora del té que durmiéramos juntas otra noche, «por si volvía la tormenta». No había ninguna tormenta prevista. Las dos lo sabíamos.

Me acosté boca arriba, con el camisón fino de seda que Adrián me había regalado para nuestro aniversario. Respiré pesado, dejé caer una mano fuera de la sábana, entreabrí los labios. Una buena actuación.

Ella se metió en la cama, apagó la lámpara y se quedó quieta un rato muy largo. Tanto que casi me duermo de verdad.

Entonces sentí que se acercaba. Su aliento primero, sobre mi cuello. Después su mano, abierta sobre mi vientre, por arriba de la seda. La mano subió muy despacio hasta cubrirme un pecho, y al sentir el pezón duro, contuvo el aire un instante.

—Dios mío —susurró, casi para sí misma.

Empezó a bajarme el camisón con los dos pulgares. Lo hizo con una delicadeza que me derritió por dentro. Cuando los pechos quedaron al aire, los miró un momento en la penumbra y después bajó la boca. La sentí lamerme el pezón izquierdo despacio, en círculos, con una paciencia que no le había imaginado nunca a esa mujer callada del traje gris.

Tuve que morderme el labio para no respirar diferente.

—Eres lo más lindo que vi en mi vida —susurraba entre lamida y lamida—. Desde aquella mañana en la ducha no pude pensar en otra cosa. Perdóname. Perdóname.

Bajó los besos por el esternón, por el ombligo, por el borde de la tanga. Me la deslizó hasta los tobillos sin que yo me moviera. Después me separó las rodillas con una mano firme y se quedó un momento mirándome entre las piernas, como quien estudia un mapa que llevaba mucho tiempo esperando.

Cuando sentí su lengua, tuve que aferrarme a la sábana de abajo. Lamía despacio, de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris con la punta y volviendo a bajar. Murmuraba cosas que no terminaba de entender. Sus dedos se sumaron a la boca: uno primero, después dos, entrando y saliendo con un ritmo que coincidía con la lengua.

Yo seguía «dormida». El esfuerzo de no gemir, de mantener la respiración profunda y regular, me estaba volviendo loca. Sentía el orgasmo subir desde algún punto detrás del ombligo y supe que si llegaba no iba a poder contenerme.

Renata levantó la cara, se chupó los dedos, y me miró con una expresión que mezclaba culpa y hambre. Después separó mis nalgas con las dos manos y me besó ahí, muy despacio. Su lengua bajó al lugar prohibido y yo apreté los puños debajo de la almohada.

Cuando volvió a meterme dos dedos, esta vez en otro sitio, abrí los ojos.

***

—Para —dije.

Se quedó congelada. La cara se le puso del color de la cera. Vi pasar por sus ojos veinte cosas a la vez: vergüenza, terror, el despido, la denuncia, la calle.

Me incorporé despacio. Le aparté el pelo de la frente.

—Ven aquí.

La atraje contra mí y la besé en la boca. Ella se quedó dura un segundo, sin entender. Después se largó a llorar mientras me devolvía el beso.

—Nunca las tomé —le dije al oído—. Las pastillas cayeron por el desagüe. Te estuve esperando todo el día.

—Carolina…

—Cállate.

La empujé sobre la cama y le saqué la camiseta del pijama. Tenía los pechos más pequeños que los míos, muy blancos, con los pezones rosados. Le mordí uno hasta que arqueó la espalda. Le bajé el pantalón con los dientes, mordiendo el elástico, y la encontré mojada antes de tocarla siquiera.

—Dime que quieres esto —le pedí.

—Lo quiero. Lo quiero. Lo quiero.

Bajé entre sus piernas y le devolví, una por una, todas las cosas que me había hecho durante esa hora interminable. Le aprendí el cuerpo con la lengua. Cuando se vino, le tapé la boca con la mano y le dije al oído que no iba a haber ni una sola noche sin esto mientras Adrián estuviera afuera.

Cumplió. Cumplimos. Las dos.

***

Durante las dos semanas siguientes hicimos el amor en todas las habitaciones de la casa. En la cocina, contra la mesada, con las cortinas abiertas y los vecinos potencialmente mirando. En el baño donde había empezado todo, las dos bajo la ducha. En el sofá del salón con la televisión encendida para tapar los ruidos. Una vez en el balcón, a las cuatro de la mañana, con el frío metiéndose por todos lados.

Yo no era una mujer reprimida antes de eso. Adrián y yo siempre tuvimos buena cama. Pero con Renata descubrí algo que no sabía que existía: la mirada de otra mujer que sabe exactamente lo que estás sintiendo porque siente lo mismo. Esa especie de conversación que ocurre por debajo de las palabras, en la piel.

Cuando Adrián volvió de Lima, no necesitó que nadie le contara nada. Me vio la cara en el aeropuerto y supo. Esa noche, después de hacer el amor con él como si nada hubiera cambiado, le acaricié el pecho y le dije:

—Tengo que contarte algo.

Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, se quedó mirando el techo un rato largo.

—¿La quieres ver de nuevo?

—No sé. Sí.

—Que se quede los días que yo viaje. No tengo ningún problema. Pero quiero que sigas siendo mi mujer.

Pensé que iba a llorar. No lloré. Le besé la mano.

—Voy a seguir siendo tu mujer toda la vida.

Volví al sindicato unas semanas después con una energía que llevaba años sin tener. Llegué a ser secretaria general de la rama dos años más tarde. Renata siguió siendo la secretaria de Adrián, y cada vez que él tenía que viajar, ella se quedaba conmigo. A nadie le pareció raro porque a nadie le contamos.

Lo único que jamás le dije a Adrián, y que sigue siendo nuestro, mío y de Renata, es que aquella primera noche yo nunca tomé las pastillas. Que la dejé entrar. Que la engañé yo a ella antes de que ella creyera estar engañándome.

Hay deseos que necesitan disfrazarse de otra cosa para poder nacer. El mío necesitó disfrazarse de sueño profundo. Aprendí esa noche que a veces, para llegar a una misma, hay que fingir que no se está mirando.

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Comentarios (1)

Sandra_BS

increible!!! una de las mejores que leí en mucho tiempo, me dejaste sin palabras

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