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Relatos Ardientes

La consulta donde confesé mi fantasía más oscura

Llevaba seis meses metido en una espiral que no me atrevía a contarle a nadie. Empezó un martes cualquiera, una de esas noches en las que Mariela ya dormía y yo me quedaba navegando en el celular sin rumbo. Hice clic en una categoría que nunca había mirado antes, solo por curiosidad, y desde aquella noche no pude pensar en otra cosa.

No era el sexo lo que me atrapaba. Era la humillación. Ver a hombres como yo arrodillados, mirando a sus mujeres con otros tipos, escuchándolas decir que ya no eran suficientes. Algo en el estómago se me retorcía y al mismo tiempo me ardía debajo del pantalón. Me sentía sucio y excitado en partes iguales.

Mariela notaba la distancia. Me preguntaba si estaba estresado en el trabajo, si seguía enamorado de ella, si había alguien más. Yo le mentía con la misma frase de siempre.

—Estoy cansado, amor. Es la oficina.

Pero no era la oficina. Era saber que cada noche, mientras ella dormía abrazada a mí, yo me iba al baño con el celular y volvía con el alma más rota que antes. Empezaba a evitarla en la cama. Cuando me tocaba, yo cerraba los ojos y la imaginaba con otro. Y eso me daba más vergüenza que cualquier otra cosa que hubiera sentido en mi vida.

Una madrugada me prometí parar. La promesa duró tres días.

Tecleé en el buscador «psicóloga adicción pornografía» y agendé la primera cita disponible. La doctora Lucía Bertrán tenía buena calificación, una foto seria y una dirección que quedaba a veinte cuadras de mi casa. Lo bastante lejos como para que nadie me viera entrando.

Llegué con quince minutos de adelanto y un nudo en la garganta. La sala de espera olía a madera y a café recién hecho. Cuando ella abrió la puerta y dijo mi nombre, sentí que me temblaban las rodillas.

—Pasá, Damián. Tranquilo.

El consultorio era cálido. Un sillón color tabaco, una alfombra gruesa, una ventana con cortinas semicerradas que filtraban la luz del atardecer. Ella se sentó frente a mí con una libreta y cruzó las piernas. Tendría unos cuarenta y cinco años. Mirada clara, pelo recogido, anillo de matrimonio en la mano izquierda.

—Contame qué te trae.

Quise responderle con una frase ensayada y se me deshizo en la boca. Bajé la vista al suelo.

—Tengo una fantasía que no puedo sacarme de la cabeza. Llevo meses así. No puedo concentrarme, no puedo estar con mi mujer sin pensar en eso, y me da vergüenza incluso decirlo en voz alta.

Ella no se movió.

—¿Qué fantasía, Damián?

Respiré hondo. Me clavé las uñas en la palma de la mano.

—Imaginar a mi esposa con otro hombre. Yo mirando. Ella diciéndome que él la satisface más que yo. Sé que suena horrible. No quiero que pase de verdad. Pero la idea me excita como nunca me excitó nada.

Esperé el juicio. No llegó.

—No estás loco, Damián. Lo que describís se llama fantasía cornuda, y es de las más comunes que escucho en este consultorio. Lo que tenemos que hacer no es destruirla. Tenemos que entenderla.

Sentí que respiraba por primera vez en seis meses.

—¿Y cómo se entiende algo así?

—Cerrando los ojos y dejándola salir. Acá, conmigo, sin culpa. Si la dejás afuera, va a empezar a comerte por dentro. Si la mirás de frente, vas a poder decidir qué hacer con ella.

Me lo pidió con voz suave, casi maternal. Apoyá la cabeza en el respaldo. Cerrá los ojos. Respirá despacio. Lo hice.

—Ahora pensá en tu mujer. ¿Cómo se llama?

—Mariela.

—Mariela está con vos en tu casa. ¿Qué pasa después?

Tragué saliva. La voz me salió ronca.

—Se abre la puerta del cuarto. Entra un tipo. Lo conozco de vista, del gimnasio del barrio. Es más joven que yo, más alto, más fuerte. No dice nada. Solo nos mira. Y Mariela lo mira a él.

—Describilo.

—Tiene los hombros anchos, una espalda de nadador. La remera le queda ajustada arriba y suelta en la cintura. Lleva un short deportivo y nada más. Y cuando se lo baja, yo entiendo por qué Mariela se está mordiendo el labio.

—Seguí.

***

—La tiene mucho más grande que la mía. Mucho. Y está semierecta, pesada, como si supiera lo que vino a hacer. Mariela mira hacia abajo y respira con la boca abierta. Yo no me muevo. Solo escucho mi propia respiración.

—¿Y ella?

—Ella se levanta del borde de la cama. Camina hacia él como si yo no estuviera en la habitación. No me pide permiso, no me mira. Se arrodilla en la alfombra y la agarra con las dos manos.

Sentí calor en el cuello. La voz de Lucía siguió guiándome, paciente.

—¿La chupa?

—Sí. Lento al principio. Como si la estuviera estudiando. Después con hambre. Lo escucho a él soltar el aire entre los dientes. Y la escucho a ella, esos sonidos que yo creía que solo hacía conmigo, los está haciendo para él.

—¿Te mira a vos en algún momento?

—Sí. Gira la cara, lo tiene en la boca, y me mira. Tiene los ojos brillantes. Me sonríe con la boca llena. Y ahí me dice algo que me deja sin aire.

—¿Qué te dice?

—Me dice: «Perdoname, amor. Pero esta no la puedo soltar».

Lucía anotó algo sin interrumpirme. Mi respiración se había hecho corta y entrecortada.

—¿Y vos qué hacés?

—No hago nada. No puedo moverme. Y al mismo tiempo nunca estuve más excitado en mi vida.

—Seguí, Damián. ¿Qué pasa después?

Cerré los ojos con más fuerza. La escena se desplegó sola, sin que yo tuviera que empujarla.

—Él la levanta del piso. La pone en cuatro sobre nuestra cama, mirando hacia mí. Ella se acomoda como si lo hubiera hecho mil veces. Él se pone detrás. Y antes de meterla me mira y me dice una sola palabra.

—¿Cuál?

—«Mirá».

***

—La penetra de un solo empuje. Mariela suelta un grito que rebota en las paredes del cuarto. No es un grito de dolor. Es otra cosa. Es el grito que yo nunca le saqué en quince años de matrimonio.

—¿Cómo te sentís en este punto de la fantasía?

—Humillado. Y caliente. No puedo separar las dos cosas. Es lo mismo.

—Está bien. Seguí.

—Él empieza a moverse. Despacio, midiéndola, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le agarra el pelo y le tira la cabeza hacia atrás. Ella tiene los ojos cerrados, la boca abierta. Cada empujón se escucha. Mi cama hace un ruido que nunca había hecho conmigo.

—¿Te habla él a vos?

—Sí. Sin parar. Me pregunta si vi alguna vez cómo se entrega de verdad a una mujer. Me dice que aprenda. Me dice que me acerque. Que me arrodille a un costado.

—¿Y vos?

—Y yo me arrodillo.

Lucía guardó silencio unos segundos. Después siguió, con la misma voz tranquila.

—¿Mariela te dice algo en ese momento?

—Sí. Entre gemidos. Me mira y me dice: «Amor, ¿vos sentís lo que yo estoy sintiendo? ¿Vos me hiciste sentir así alguna vez?». Y yo le digo que no.

—¿Te duele decirle que no?

—Me duele. Pero también me alivia. Es la primera vez en años que le digo la verdad sobre algo importante.

Lucía bajó la voz.

—Eso es importante, Damián. Esa frase es importante. Quedate con eso un segundo.

Me quedé. Y por dentro algo cedió. Como cuando se afloja un tornillo apretado de más durante mucho tiempo.

—Seguí cuando estés listo.

***

—Él la da vuelta. La pone boca arriba. Le abre las piernas con la rodilla y la vuelve a meter. Esta vez Mariela me mira fijo. Me agarra la mano con la suya y me la aprieta. No me suelta. Mientras él la coge con todo, ella me agarra la mano y no me suelta.

—¿Qué te dice esa mano?

—Que sigo siendo su marido. Que esto no es para sacarme. Es para que vea quién es ella cuando se entrega de verdad. Para que la conozca así. Para que sepa todo lo que es capaz de sentir.

—¿Y cómo te hace sentir eso?

—Me hace sentir amado. Y eso es lo más raro de toda la fantasía. Que no termina en abandono. Termina en una mano apretando la mía mientras pasa algo enorme.

Lucía hizo una pausa larga. Cuando volvió a hablar, lo hizo sin la pluma en la mano.

—Abrí los ojos, Damián.

Los abrí. Tenía la camisa pegada al pecho. Me ardían las mejillas. Me sentía desnudo de una manera nueva.

—No es una fantasía sobre que tu mujer te deje. Es una fantasía sobre que tu mujer te elija a pesar de haber sentido todo lo que es capaz de sentir. Lo que te excita es la honestidad, no la traición. ¿Lo ves?

Asentí, despacio.

—La pornografía te ofreció una versión rota de eso. La versión donde te tratan como basura. Por eso te enganchaste y te dolió al mismo tiempo. Lo que necesitás no es esa versión. Es hablar con Mariela.

—¿Le digo esto a Mariela?

—No mañana. Pero algún día, sí. Empezá por contarle que estás en terapia. Después vemos qué le contás de lo que pasa acá adentro. Hay una versión de esta fantasía que pueden vivir juntos, si los dos quieren. Y hay una versión que no necesita pasar nunca, porque ya cumplió su función. Las dos son válidas.

Cuando salí del consultorio caminé tres cuadras sin acordarme dónde había dejado el auto. En el ascensor del edificio me miré al espejo. Por primera vez en seis meses, el tipo que me devolvía la mirada no estaba escondiéndose de nadie.

Ya sentado al volante, antes de arrancar, le mandé un mensaje a Mariela.

Cuando llegues a casa, hablamos. Te tengo que contar algo.

Ella me contestó con un corazón y un «¿todo bien?» que me apretó el pecho. No respondí. Quería decírselo mirándola a los ojos, no a través de una pantalla.

Cuando bajé del auto y caminé hasta la puerta de casa, la última imagen que se me cruzó por la cabeza no fue la del joven del gimnasio. Fue la de la mano de Mariela apretando la mía mientras todo se sacudía alrededor. Y entendí que la doctora Lucía había tenido razón desde el primer minuto. La fantasía nunca había sido sobre ella yéndose. Siempre había sido sobre ella quedándose, incluso después de haberlo sentido todo.

Esa noche le conté que estaba yendo a terapia. Solo eso. El resto, le dije, vendría con el tiempo. Mariela me abrazó sin preguntar más. En la oscuridad del dormitorio, con su cabeza apoyada en mi pecho, sentí algo que no sentía hacía mucho. No era excitación. Era paz. Y, por debajo, una curiosidad nueva, esperando paciente a que yo estuviera listo para mirarla de frente.

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Comentarios (1)

CarlosRM

tremendo!!! me quede con ganas de mas

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