Lo que pasó cuando invité al médico de enfrente a un café
¡Buenos días! Una lectora me escribió hace poco para preguntarme por qué no publico más seguido. La respuesta es sencilla: no todos los meses me pasa algo nuevo. A veces repito con los mismos amantes y, aunque cada vez sea distinta, no creo que les interese leerme contar la misma escena con otras palabras. Tampoco aparecen pretendientes en mi puerta todos los días, y entre la escuela donde trabajo y los hijos, el tiempo se vuelve estrecho.
Pero hoy sí tengo algo nuevo que contarles. Algo que pasó hace unas semanas con Sebastián, el médico que vive en la casa de enfrente.
Esa mañana yo había salido temprano a dejar a los chicos. Mi hijo en la secundaria, mi hija en la primaria. Tenía el día libre porque en la escuela donde doy clases hubo una jornada deportiva en otro municipio, y solo iban el profesor de educación física, el director y los padres voluntarios. Volví manejando despacio, sin apuro, escuchando una vieja canción en la radio y pensando que tenía toda la casa para mí.
Eran cerca de las ocho cuando entré al estacionamiento de la urbanización. Y ahí estaba él, bajando de su coche con un maletín en la mano y la barba más oscura que de costumbre.
—Buenos días, vecina —dijo apoyándose en la portezuela.
—Buenos días, doctor.
Sebastián tiene esa cosa que algunos hombres no saben que tienen: una manera de mirar sin descaro pero sin disimulo. No es alto, no es lo que yo siempre miré en la calle, pero la barba le esconde una boca de labios gruesos que hacen pensar otras cosas. Tiene los ojos de un café muy claro, casi miel, y cuando habla pone la cabeza un poco de lado, como si te estuviera diagnosticando.
Nos quedamos charlando cinco, diez minutos. Le pregunté por su esposa. Me preguntó por mi marido. Le dije que estaba de viaje con la empresa, que no volvía hasta el domingo. Él hizo un gesto pequeño, casi imperceptible. Yo lo noté.
Mientras hablábamos, sin saber bien por qué, empecé a humedecerme. No fue una decisión. Fue oírlo, verlo, olerle ese perfume suave a madera y a algo verde, y darme cuenta de que en la urbanización ya me habían ofrecido la cama varios señores —el del gas, el del agua, dos vecinos del bloque del fondo— y ninguno me había puesto el cuerpo así. Sebastián sí.
Cuando se despidió, me dio la mano. Yo le recorrí la palma con la yema del dedo, despacio, sin levantar la cara. Si era discreto, lo iba a notar. Si era tonto, no.
No era tonto.
—¿Te ofrezco un café? —dije. Lo dije rápido, antes de pensarlo demasiado.
Él giró la cabeza y me miró sin contestar enseguida. Estuvo así dos segundos largos.
—¿Estás segura? —Te abro la puerta y entras. La urbanización está llena de mirones, pero si entras un minuto después de mí, nadie ve nada.
—Hecho.
Caminé hacia la casa con el corazón haciéndome ruido en el cuello. Dejé la puerta entreabierta y fui directo a poner agua. Las manos me temblaban un poco mientras sacaba las tazas. Cuando lo escuché entrar y cerrar la puerta detrás, ya tenía la cafetera al fuego y los huevos en la sartén.
—Pasa, siéntate. ¿Te gusta el café de olla?
—No lo tomo mucho, pero pruebo.
Se lo serví como lo toma mi marido, con canela y panela. Le puse fruta picada en un cuenco —papaya, melón, fresas— y le hice unos huevos con jamón. Nos sentamos a la mesa del comedor, no en la barra, porque la barra da a la ventana de la calle y yo no quería luz. Quería penumbra.
Comimos despacio. Él me preguntó cuánto tiempo llevaba viviendo en la urbanización, qué tal era trabajar en la escuela, si los chicos eran difíciles. Cosas sin importancia. Pero las decía mirándome la boca, no los ojos. Yo le contestaba mirándole las manos.
Cuando terminó de comer, hizo el gesto de levantarse. Dejó la servilleta al lado del plato y dijo «todo riquísimo, señora». Y entonces yo, con una sangre fría que no sabía que tenía, le solté:
—¿No te apetece algo más?
Se quedó quieto. Despacio, volvió a mirarme.
—No sé si lo que se me apetece está en oferta.
—Pídelo. A lo mejor ya está listo y solo falta que lo pidas.
***
No hubo más palabras. Se acercó a mi silla, me tomó de la nuca y me besó. Un beso largo, con lengua, que tenía algo de hambre contenida desde hacía meses. Mis manos le subieron por la espalda. Las suyas me bajaron por la cintura. Yo le dije, casi sin separar la boca, que esperara un segundo, y subí a la habitación a buscar preservativos del cajón de mi marido. Bajé con tres en la mano. Los dejé sobre la mesa.
Cuando volví, él ya se había quitado la camisa. Tenía pecho, no marcado pero firme, y una mata de vello oscuro que le bajaba hasta el pantalón. Me desabrochó la blusa botón por botón sin apartar los ojos de los míos. Me sacó el sostén con una sola mano —cosa que mi marido nunca aprendió— y se quedó mirándome los pechos un instante antes de tomarme uno en cada mano.
—Mi esposa no los tiene así —murmuró.
—Lo sé.
Se sentó en la silla del comedor y me jaló hacia él. Me senté encima, todavía con los leggins puestos, y empecé a moverme contra el bulto del pantalón. La tela de los dos rozaba en seco, áspera, y aun así yo sentía cada movimiento como si fuera piel. Él me chupaba los pezones uno tras otro, con la barba raspándome el contorno, y me apretaba con las dos manos como si quisiera dejar huella.
Cuando ya no aguantaba la ropa, me levanté y me bajé los leggins yo misma. Él se desabrochó el pantalón sin terminar de quitárselo. Me dio la vuelta, me apoyó contra el filo de la mesa del comedor, se puso el preservativo y entró de una vez.
Me agarré de la mesa con las dos manos. Los platos del desayuno tintinearon. Él me tomó del pelo con una mano y me dio una nalgada con la otra, y se inclinó sobre mi oreja para decirme cosas que no voy a repetir aquí pero que me hicieron arquear la espalda como si el cuerpo no fuera mío.
—Todo esto se lo come tu marido —dijo, riéndose contra mi nuca.
—Y tú a tu esposa. ¿Por qué yo no?
Estaba de puntitas y no llegaba a la altura ideal. Después de un rato me cansé. Le pedí que parara un segundo. Él salió de mí, me tomó de la cintura y me sentó sobre la mesa. Los platos se fueron al borde. Me sacó los leggins del todo y me abrió las piernas. Yo le envolví la pelvis con los muslos y lo atraje con los talones.
Volvió a entrar despacio. Esta vez los dos nos veíamos. Yo tenía las manos apoyadas en la mesa para no caerme, y los pechos rebotaban con cada empuje. Traté de no gritar —los vecinos, siempre los vecinos— pero no pude evitar un quejido cada vez que él me llegaba al fondo. En algún momento le pasé los brazos por el cuello para sostenerme mejor, y él aprovechó para pegarme la boca contra la garganta.
—No pares —le pedí—. Por favor, no pares.
—¿Te gusta así?
—Más.
***
No sé cuánto tiempo estuvimos en la mesa. Cuando él sacó la verga para tomar aire, los dos estábamos brillando de sudor. Me ayudó a bajar, me tomó de la mano y me llevó a la sala. Tiré al suelo los cojines del sofá, los acomodé sobre la alfombra y me arrodillé.
Sebastián se puso detrás. Antes de entrar, me agarró del cuello con una mano —no fuerte, lo justo para que sintiera el control— y me dijo en voz baja que esa presión, según su libro de fisiología, ayudaba a una mujer a llegar más rápido. Me reí. Era la primera vez que un amante me explicaba lo que iba a hacerme antes de hacerlo.
Lo hizo igual. Me apretó el cuello mientras entraba por detrás, y desde el primer empuje supe que esa postura era la mía. Le pedía más. Él me daba más. Me daba nalgadas que sonaban en toda la sala, y cuando yo movía las caderas para alcanzarlo, él se quedaba quieto a propósito para que yo hiciera el trabajo.
En un momento metió dos dedos en mi boca. Yo los chupé hasta el nudillo. Él volvió a apretarme la garganta con la otra mano y me dijo cosas que me hicieron sentir más puta que en toda mi vida. Y me gustaba. Me gustaba ser eso esa mañana.
Después sacó la verga casi del todo. Empezó a entrar y salir solo con la punta, rozándome el clítoris con la cabeza, paseando entre los labios sin meterme nada más. Era una tortura buena. Le pedí que me la metiera entera. Él me dijo que si la quería entera, me la metiera yo.
Eso hice. Le dije que se acostara en la alfombra. Le pasé dos cojines para la cabeza y uno bajo la pelvis, para que quedara más alto. Le tomé la verga con las dos manos y me senté encima muy despacio, sintiendo cada centímetro hasta el final. Cuando lo tuve todo dentro, me quedé quieta dos segundos. Solo respirando. Solo sintiendo.
Después empecé a cabalgarlo. Él me agarraba los pechos con las dos manos, me apretaba los pezones, me los pellizcaba justo en el filo entre el placer y el dolor. Eso me deshace. Mi marido lo sabe. Sebastián lo descubrió esa mañana.
—Por eso tu marido no te suelta —dijo, y me dio una nalgada por debajo, en el pliegue.
Le di una cachetada suave. Floja. Casi una caricia.
—Cógeme. Soy tu putita un rato.
Él me tomó del cuello, me jaló hacia su cara y me besó. Mientras me besaba empezó a moverse desde abajo, apoyando los pies en el suelo, y los dos nos sincronizamos. Yo encima, él contra mí, los dos buscándonos. No sé en qué momento sentí que el orgasmo me subía por la espalda. Sé que le dije que no parara. Sé que él me agarró más fuerte de las caderas y aceleró. Sé que se puso más duro y más grueso, como pasa siempre, justo antes.
Y nos vinimos juntos. O casi. Yo unos segundos antes, él detrás, con un gemido grave que me retumbó dentro. Seguí moviéndome un poco mientras me iba contrayendo. Después me dejé caer sobre su pecho.
***
Nos quedamos así un par de minutos, recuperando el aire. Él me preguntó si me había gustado. Yo le pregunté si le había gustado. Los dos sabíamos la respuesta, pero la pregunta es parte de las cosas que se preguntan.
Nos vestimos despacio. Él me ayudó a levantar la mesa del comedor —los platos, las tazas, los cubiertos— y a llevarlo todo al fregadero. Después pidió permiso para pasar al baño y peinarse un poco. Cuando salió, me dio un beso en la mejilla y se acomodó la camisa.
Yo salí primero a asomarme al pasillo. La urbanización estaba tranquila. Le hice una seña y él salió detrás, caminando tan tranquilo como si hubiera entrado a recoger un paquete.
—Hasta luego, señora Mariana —dijo en voz alta para que oyera la vecina de al lado, que justo abría su puerta.
—Hasta luego, doctor.
Y nada más.
No ha sido la única vez. Mi marido sigue viajando con la empresa, los chicos siguen en la escuela y Sebastián vive a dos casas. La cercanía lo hace cómodo. La discreción lo hace posible. El peligro, claro, también está ahí: las vecinas viudas y divorciadas del bloque de enfrente no tienen otra cosa que hacer más que mirar quién entra y quién sale de cada casa. Pero hasta ahora —toco madera— nadie ha visto nada.
Y aunque algún día lo vean, no creo que le diga que no a esa boca debajo de la barba.