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Relatos Ardientes

Lo que vi desde la cocina cambió nuestro matrimonio

Carolina llevaba todo el día caminando descalza por la quinta de Sebastián, con esa bikini negra que le dejaba la mitad del culo afuera. Se había puesto al sol sin la parte de arriba durante la siesta, había bailado encima de una reposera con un mojito en la mano y, al cuarto cigarrillo de la tarde, ya no le importaba que los anfitriones le miraran las tetas cada vez que se inclinaba para servirse hielo.

Martín la observaba desde su lugar con una mezcla de orgullo y vértigo. Era su mujer. Hacía diez años que dormía con esa misma piel. Y, sin embargo, esa tarde le parecía una desconocida hermosa y peligrosa, una versión más caliente de sí misma que él no recordaba haber visto nunca.

—¿Otra cerveza, viejo? —le preguntó Ignacio, alcanzándole una botella sudada.

—Dale, gracias.

Para cuando empezó a caer el sol, los cuatro estaban en bolas dentro de la pileta. Había sido idea de Sebastián, dueño de la casa, y nadie había puesto demasiada resistencia. Carolina menos que nadie. Se había quitado la bikini riéndose, había caminado dos pasos por el borde mostrándose entera, y se había zambullido sin mirar atrás.

Después vino la picada. Sebastián entró a la cocina con Carolina y con Ignacio, prometiendo volver con bandejas, hielo y más cervezas. Pasaron cinco minutos. Pasaron diez. Martín, sentado solo afuera, con la pija a medio fuste apoyada contra el muslo, empezó a notar que el silencio adentro no era un silencio normal.

—Voy al baño —dijo en voz alta, aunque no había nadie para escucharlo.

Entró a la casa con el corazón golpeándole la garganta. No fue al baño. Caminó descalzo por el pasillo de mosaicos fríos hasta la cocina, atraído por unos ruidos guturales que todavía no podía nombrar.

Se asomó. Y se quedó.

Su mujer estaba arrodillada sobre las baldosas, desnuda, con el pelo húmedo pegado a la espalda. Tenía una pija en cada mano y se las pasaba por la cara, por los labios, por la lengua, como si fueran los dos juguetes más preciados del mundo. Sebastián le sostenía la nuca con la palma abierta. Ignacio le amasaba una teta con tanta fuerza que el pezón se le marcaba blanco entre los dedos.

Es una broma. Tiene que ser una broma.

Pero no era una broma. Sebastián e Ignacio lo vieron primero. Lo vieron asomarse, lo vieron palidecer y, después, lo vieron ponerse colorado. No le dijeron nada. Solo se miraron entre ellos, con la calma de dos cazadores que saben que ya tienen al animal en la trampa, y siguieron en lo suyo.

Carolina no se dio cuenta. Tenía los ojos cerrados, gimiendo bajito, alternando una boca llena con la otra. Martín sintió que se le caía el piso. Sintió rabia, sintió vergüenza, sintió las ganas de cruzar la cocina y arrancarla del suelo. Y, contra todo lo que él hubiera esperado de sí mismo, sintió otra cosa más fuerte que todas las anteriores: una erección durísima, dolorosa, que le empujaba la mano hacia abajo sin pedirle permiso.

Empezó a tocarse. Despacio al principio, después con más urgencia, sin sacarle los ojos de encima. La traición ardía, pero la calentura ganaba todas las batallas.

***

Carolina giró la cabeza para tomar aire y entonces lo vio. Su marido en el umbral, los ojos brillantes, la mano moviéndose con un ritmo inconfundible. Algo dentro de ella saltó. No fue culpa: fue un escalón nuevo de excitación que la dejó temblando.

—Perdoname, amor —dijo, con la voz ronca, sacándose la pija de Ignacio de la boca—. No pude evitarlo.

Martín no respondió. La miró con un fuego raro, una mezcla de hombre herido y hombre que ya había decidido no irse.

—Vení, metémela —pidió ella, levantando el culo en el aire—. Necesito que me cojan ya.

—No, putita —cortó Sebastián, con una autoridad que no había mostrado en todo el día—. Primero te cogemos nosotros. Después, si te portás bien, vemos si te dejamos que tu marido te use.

Carolina no dijo nada. La frase la golpeó en el centro mismo del clítoris. Martín bajó los hombros como si lo hubieran desinflado, pero la mano no paró de moverse. Sebastián les hizo una seña a los otros dos y los cuatro pasaron al living, donde el sillón blanco esperaba como un altar.

***

Carolina se acomodó en cuatro patas sobre los almohadones, con el culo levantado y la espalda arqueada. Sebastián se posicionó atrás. Era el que más calibre tenía y no lo escondía: le pasaba la cabeza de la verga por la concha húmeda, arriba y abajo, sin apurarse, mientras Ignacio le acercaba la suya a la boca para que siguiera ocupada.

—¿Querés que te la meta toda? —preguntó Sebastián.

—Mmm —fue todo lo que pudo articular ella.

—Decilo, putita. Si no lo decís, no hay nada para vos.

Carolina levantó la mirada y buscó la de su marido. Martín seguía parado, ahora apoyado en el marco de la puerta del living, sin disimular nada. Ella le sostuvo los ojos un segundo entero y le habló a él, no a Sebastián.

—Metémela toda, por favor. La necesito adentro.

Sebastián empujó. Una sola estocada larga, sin pausas, que la abrió hasta lo más hondo. Carolina aulló contra la pija de Ignacio, que aprovechó para hundírsela hasta la garganta. Las tetas se le balancearon con cada embestida. Cuatro manos peleaban por amasárselas.

Martín no entendía qué le estaba pasando. Esa era su mujer. La madre de sus hijos. La que le preparaba el café cada mañana. Y la estaban cogiendo dos amigos a un metro de él, mientras él se la cascaba como un adolescente. Tendría que haberse ido. Tendría que haber roto algo. En cambio, se escupió en la palma y se siguió tocando.

Carolina llegó al primer orgasmo encerrada entre dos pijas. Lo gritó con los ojos clavados en Martín, como si fuera un regalo que le hacía a él más que a los otros dos.

***

Sin sacársela de adentro, Sebastián se acomodó en el sillón y la sentó encima de él dándole la espalda. Carolina empezó a cabalgarlo, subiendo casi hasta sacársela, bajando con peso, con un ritmo que le hacía rebotar las tetas de un lado al otro. Sebastián la sostenía por los pezones, tironeándoselos con dos dedos cada vez que sentía que ella se aceleraba demasiado.

Martín no aguantó más a la distancia. Se acercó. Le ofreció la pija a su mujer y ella la recibió en la boca con una sonrisa torcida que él no le conocía.

—¿Te gusta que un pijudo se coja a tu mujer? —le preguntó ella, sin filtro, nublada.

—Sos una puta.

—Contestame. ¿Te gusta?

—Sí. Me calienta verte así, cogida por otros.

Ella cerró los ojos. La respuesta la atravesó más fuerte que la verga que tenía dentro. Llegó al segundo orgasmo agarrándole los testículos a su marido como si fueran un ancla.

***

En ese momento sonó la puerta y entró Diego. Era el cuarto del grupo, el que había salido a hacer un mandado a media tarde. Vio la escena, dejó las llaves sobre la mesa y empezó a sacarse el pantalón en el pasillo.

—Llegué a tiempo —dijo, ya con la pija medio dura al aire—. ¿Te molesta que me sume, Martín?

—Para nada —se adelantó Sebastián—. Esta putita es para que la disfrutemos todos.

Diego se acercó a Carolina por el lado libre. Martín, sin discutir, le hizo lugar en la boca de su esposa. En cuestión de minutos, ella estaba cabalgando una pija y mamando otras dos, con manos por todos lados. Y Martín, otra vez, mirando.

***

Se cambiaron al piso. Tiraron tres almohadones sobre la alfombra e Ignacio se recostó boca arriba. Carolina se acomodó encima, de frente, hundida en él. Esa posición le levantó el culo. No tardaron en empezar a darle cariño ahí también. Diego, más rápido que un bombero, se arrodilló detrás y le pasó la lengua por toda la raya, con una saliva abundante que la hizo gemir contra el cuello de Ignacio.

Carolina sintió un dedo. Después dos. Después una incomodidad mayor, un olor a algo aceitoso, una palabra que no quería pronunciar.

—Por la cola no —dijo, con un hilo de voz—. Nunca lo hice por ahí.

Las tres cabezas se levantaron al mismo tiempo. Sebastián la miró sin creerle.

—¿Diez años de casados y nunca le hiciste el culo, Martín?

—Nunca —contestó él, sin moverse, con la mano alrededor de su propia pija—. Nunca se animó.

—Hoy lo conoce —dijo Diego, hundiéndole medio dedo más—. Y vos lo vas a ver desde el palco.

Carolina dijo no con la boca y sí con el cuerpo. Levantó el culo, separó las piernas, dejó que le pusieran más aceite. Diego la preparó con paciencia. Un dedo, dos, tres, sin apuro, escuchándola jadear como si estuviera entrando en un trance.

—Amor, me lo quieren hacer —dijo ella, buscando una última autorización.

—Dejalos —contestó Martín, sin dejar de masturbarse—. Algún día tenía que pasar.

***

Sebastián fue el primero. Era el que más volumen tenía y, paradójicamente, fue el que le abrió el camino a los demás. Costó. Carolina gritó la primera vez y le pidió a Martín que le dijera que parara, pero Martín no abrió la boca. Solo se acercó, le besó la frente y le susurró que respirara hondo.

Cuando el dolor cedió, vino algo nuevo, algo que ella no había imaginado. Pensaba en voz alta, descontrolada: «¿Cómo no hice esto antes, cómo no hice esto antes?». Ignacio seguía adentro de su concha, Diego le había vuelto a la boca, y Sebastián se la cogía por el culo con un ritmo cada vez más firme. Tres pijas, tres hombres, un marido sentado en el sillón sin perder un solo segundo.

El tercer orgasmo de Carolina fue distinto. Le sacudió todo el cuerpo. Después llegó un cuarto, casi sin pausa. Después un quinto. Récord absoluto, pensó ella, en algún rincón todavía lúcido de su cabeza.

***

—Te vamos a llenar la cara y las tetas, putita —anunció Sebastián.

—Mmm sí. ¿Me dejás, amor?

—Lo que vos quieras.

Los tres se pusieron de pie alrededor de ella, que se arrodilló en el centro de la alfombra como si supiera de memoria la coreografía. Uno a uno, casi en sincronía, le vaciaron los testículos en la cara, en la boca, en el escote. Carolina recibía cada chorro con una sonrisa enorme, sacando la lengua, pasándose el semen por los pezones con dos dedos.

Los tres se desplomaron donde pudieron. Ella quedó arrodillada, brillante, exhibida. Martín no lo pensó: se levantó, la puso en cuatro y se la metió por el culo todavía abierto. No le importaba ser el último. No le importaba la leche ajena. Solo le importaba marcar, aunque fuera tarde.

La cogió en un par de minutos, salvajes los dos, y acabó sobre los cachetes blancos de su mujer, sumando su firma a la de los otros tres.

***

Carolina se levantó sin decir nada, caminó hasta la pileta y se tiró cubierta de semen, como una diosa que ya nadie podía reclamar. Sebastián la miró y no se atrevió a quejarse del agua. Martín la siguió. Se metieron los dos en silencio, dejando que los demás les dieran su espacio.

—Qué locura lo que hicimos —dijo él, al fin.

—Yo no sé cómo llegamos a tanto —contestó ella—. Pero, amor, te juro que nunca te engañaría.

—Lo sé. Fue calentura. Es solo sexo, ¿no?

—Es solo sexo. Y los dos lo disfrutamos.

—¿Nos vamos?

Ella hizo silencio. Lo miró a los ojos. Le buscó la pija debajo del agua con una mano.

—Me da vergüenza decírtelo, pero quiero más. Quiero que me sigan cogiendo. Y quiero que vos lo veas todo.

A Martín se le endureció otra vez sin permiso. Carolina sonrió.

—Parece que alguien volvió a despertarse.

—Sos una hija de puta —murmuró él, sin enojo.

—La más. Pero siempre con vos mirando. Eso es lo que me prende, que estés ahí.

Salieron de la pileta tomados de la mano. Los tres anfitriones seguían desnudos en las reposeras, picando aceitunas, sirviendo mojitos. Carolina pasó al lado de ellos y se acostó en el medio, boca arriba, con las piernas separadas. No hizo falta hablar.

Martín fue al baño a mojarse la cara. Cuando volvió, Diego ya estaba arriba de su mujer, en una postura clásica y obscena, y Sebastián e Ignacio le ofrecían sus pijas, uno por izquierda y otro por derecha.

Se sentó en una reposera, abrió otra cerveza y entendió que iba a tener que acostumbrarse a una versión nueva de su esposa. Una versión que no se iba a guardar más. Una versión que solo existía si él estaba ahí, mirando.

Le dio un sorbo largo a la botella y no apartó los ojos.

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Comentarios (4)

Carlitos_84

tremendo relato!! de esos que no podes dejar de leer hasta el final

MarisolPAM

Por favor una segunda parte!!! quede con muchas ganas de saber como siguio todo

ValeriaPC

Me recordó algo parecido que viví un verano en casa de unos amigos... nunca mas olvidé ese día jaja

LectorAnonimo

Muy bien escrito, se siente real sin ser burdo. Me gusto mucho

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