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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la habitación 412 nunca lo conté

Camila tenía dieciocho años cuando llegó Tomás al mundo. El parto fue largo, agotador, pero cuando la enfermera puso al bebé sobre su pecho sintió un amor tan grande que se asustó. Mateo estaba ahí, despeinado, pálido del susto, sosteniéndole la mano como si fuera lo único que tuviera. Eran casi unos críos jugando a ser adultos, pero decidieron intentarlo juntos.

Los primeros dos años fueron una mezcla de ternura y cansancio. Vivían en un departamento de dos ambientes en un barrio de casas bajas. Mateo trabajaba en un taller mecánico desde las seis de la mañana hasta pasadas las seis de la tarde. Llegaba con grasa bajo las uñas y el cuerpo molido, pero siempre encontraba fuerza para bañar a Tomás, jugar con él un rato en el piso y darle un beso en la frente a Camila mientras ella servía la cena.

Las noches eran parecidas entre sí. Cuando Tomás se dormía en la cunita pegada a la cama, Mateo la buscaba bajo las sábanas. La besaba con cariño, le subía el camisón hasta la cintura y le manoseaba las tetas con manos ásperas, todavía con olor a nafta. Le chupaba un pezón con torpeza, apenas unos segundos, y ya se acomodaba entre sus piernas. Se bajaba el calzoncillo, se agarraba la verga con una mano y la metía derecho, sin preliminares, apurado. Camila sentía cómo entraba a medias porque casi nunca estaba mojada del todo; le ardía un poco. Mateo empujaba con embestidas cortas y rápidas, la respiración cada vez más entrecortada contra su cuello, y en dos o tres minutos ya se corría dentro con un gemido ahogado que le mordía al hombro. Después se salía, se limpiaba con la remera y caía dormido. Camila se abrazaba a él y, casi siempre, fingía el clímax justo antes para no herirlo, gimiendo bajito, apretando el coño alrededor de la polla blanda que se iba encogiendo. No estaba mal lo que tenían… era simplemente lo que tenían. Después se quedaban dormidos uno al lado del otro, con el semen escurriéndose entre sus piernas y la respiración del nene de fondo.

Hasta que una mañana, mientras Tomás dormía la siesta, Camila vio un aviso en internet: buscaban recepcionista en Andina Logística, una empresa del centro. Pagaban bien y prometían horario fijo. Decidió probar.

La entrevista la hizo el propio gerente: Eduardo.

Eduardo rondaba los cuarenta y ocho. Era un hombre de estatura media, con una panza que delataba pocas horas de gimnasio. Tenía el pelo fino, gris en las sienes, peinado con una raya prolija. No era guapo en el sentido clásico, pero transmitía una calma que Camila nunca había encontrado en chicos de su edad. Vestía camisas planchadas que se tensaban apenas sobre el abdomen y olía a una colonia leve, agradable.

Durante la entrevista fue amable y prudente. Le preguntó por su historia, por cómo pensaba organizarse con el chico. Cuando ella mencionó a Tomás, Eduardo asintió despacio.

—Crié a dos hijas yo solo después de que su madre se fuera —dijo con tono tranquilo—. Sé lo difícil que es. Si te quedás con el puesto, vamos a ser flexibles cuando haga falta.

A las pocas semanas la llamaron. Camila tenía el trabajo.

***

Los primeros días fueron tranquilos. Eduardo pasaba por recepción cada mañana, le daba los buenos días con una sonrisa genuina y preguntaba cómo había dormido Tomás. De a poco las charlas se alargaron. Le contaba anécdotas de cuando sus hijas eran chicas, le recomendaba libros sobre crianza y, de vez en cuando, le dejaba un café con leche o un alfajor sobre el mostrador.

Camila empezó a arreglarse un poco más para ir a la oficina. Se soltaba el pelo, se ponía rímel, elegía blusas que la favorecían. Notaba que Eduardo la miraba con aprecio, nunca de manera grosera, sino con una admiración serena que la hacía sentir… vista. Valorada.

Mateo, en cambio, cada vez llegaba más reventado. Las conversaciones en casa se reducían a «¿cómo te fue?» y «Tomás ya comió». El sexo seguía siendo el mismo: polla adentro, tres minutos, corrida rápida, dormir. En silencio para no despertar al chico. Camila empezó a sentir un vacío que no sabía cómo nombrar.

Una tarde de jueves, después de una jornada interminable, Eduardo se acercó a su escritorio cuando ya casi no quedaba nadie.

—Camila, fue un día pesado. ¿Querés que te acerque a tu casa?

Ella dudó un segundo. Pensó en Mateo esperándola. Pensó también en el colectivo lleno y en los pies hinchados.

—Bueno… gracias —respondió con una sonrisa tímida.

En el auto la conversación fluyó sola. Eduardo manejó con calma, la hizo reír con la historia torpe de un viaje de juventud y, antes de doblar en la última esquina, le dijo:

—Sos una chica inteligente y trabajadora, Camila. Tenés mucho por delante. Si alguna vez querés seguir estudiando o necesitás una mano, acá estoy. Sin compromisos.

Esa noche, después de que Mateo se durmiera, Camila se quedó sentada en el borde de la cama. Por primera vez en mucho tiempo se sintió… entusiasmada. No era solo el trabajo. Era la forma en que Eduardo la miraba. La forma en que la escuchaba. La forma en que le hacía sentir que su vida podía ser más grande.

Esa sensación, tan inocente en apariencia, fue la primera grieta.

***

Pasaron meses con una normalidad engañosa. Camila se levantaba temprano, hacía el desayuno para Mateo y Tomás, dejaba al chico en la guardería y tomaba el bondi rumbo al centro. En casa todo seguía igual. En la oficina, en cambio, todo se sentía distinto.

Eduardo seguía siendo el mismo hombre amable, sin presiones, sin comentarios fuera de lugar. Simplemente estaba. Cada mañana dejaba un café sobre el mostrador con una nota: «Para que empieces el día con energía». A veces eran chocolates, otras una lapicera nueva con un papel que decía «vi que la tuya ya no escribía bien». Pequeños detalles que Mateo nunca había tenido tiempo de notar.

Durante el almuerzo, cuando ella comía sola en la sala de descanso, Eduardo se sentaba con su táper y conversaban. Le preguntaba por Tomás: si decía frases completas, si dormía toda la noche. Camila se sorprendía contándole cosas que ni siquiera le contaba a Mateo con tanto detalle. Eduardo escuchaba en serio, asentía, compartía sus propias experiencias.

—Las hijas crecen rápido —decía con una sonrisa nostálgica—. Un día las estás alzando y al siguiente no quieren que las abraces frente a sus amigos. Disfrutá cada momento con Tomás, Camila. Aunque sea agotador.

Ella asentía, pero por dentro le aparecía una punzada. Porque sí, disfrutaba a Tomás… pero también se sentía atrapada. A los veinte años su vida era pañales, ollas y polla rápida en silencio.

Un jueves a la tarde, justo antes de la hora de salida, empezó a llover fuerte. Camila miró la ventana con resignación: se había olvidado el paraguas. Eduardo pasó por recepción y la vio.

—Va a ser un desastre tomar el colectivo así —dijo con naturalidad—. Si querés, te alcanzo. No me desvío mucho.

—Solo si no es molestia… —aceptó en voz baja.

En el auto el ambiente era cálido. La lluvia golpeaba el parabrisas mientras sonaba una música suave. Eduardo manejaba con una mano en el volante y la otra descansando sobre el muslo. No intentaba nada. Solo hablaba.

—Sos muy joven, Camila —le dijo mirándola un segundo antes de volver la vista al camino—. Tenés toda una vida por delante. No dejes que el cansancio te quite las ganas de crecer. Si alguna vez necesitás ayuda, o tiempo libre para algo importante… contá conmigo. No lo hago por obligación. Sos inteligente, responsable… y tenés una luz que se nota.

Camila sintió que se le calentaban las mejillas. Nadie le había dicho algo así en mucho tiempo. Mateo la quería, sí, pero sus palabras eran prácticas: «¿comiste?», «¿qué necesita Tomás?», «te quiero». Eduardo, en cambio, la hacía sentir vista como mujer.

Cuando llegaron frente al edificio, la lluvia seguía cayendo. Eduardo apagó el motor y se quedó callado un instante.

—Gracias por dejar que te alcance —dijo con una sonrisa suave—. Descansá. Mandale un beso a Tomás.

Camila bajó del auto con el corazón acelerado. Subió las escaleras empapada por dentro, aunque la ropa estuviera seca. Se metió al baño y se bajó la bombacha sin pensar: estaba pegajosa, ensopada, un hilo brillante se estiró entre la tela y sus labios. Se tocó con dos dedos, apenas un roce, y estuvo a punto de correrse ahí parada. Se lavó la cara con agua fría y salió.

Esa noche, cuando Mateo la buscó bajo las sábanas y le manoseó las tetas con torpeza antes de meterle la polla como siempre, ella cerró los ojos y, por primera vez sin culpa, dejó que llegaran a su mente otras manos. Manos más grandes, más seguras. Una voz más grave que le decía que tenía luz. Se imaginó a Eduardo separándole las piernas, chupándole el coño con paciencia, y apretó las caderas contra la verga de Mateo buscando fricción en el clítoris. Mateo, sorprendido de sentirla tan mojada, aceleró el ritmo y se corrió a los dos minutos con un gemido ronco, pensando que era su mérito.

Camila no llegó al orgasmo. Pero tampoco fingió tan bien como otras veces. Se quedó despierta, con la corrida ajena escurriéndose entre los muslos, imaginándose otra corrida, otra polla, otra boca.

***

Pasaron dos meses más. La rutina en casa seguía igual. En la oficina, en cambio, Eduardo se había convertido en una presencia constante y cálida. Ya no solo le dejaba el café: ahora le preguntaba por sus sueños, por qué había dejado de estudiar, por cómo se imaginaba dentro de cinco años. La escuchaba en serio. Y Camila, que nunca había tenido a alguien que la mirara así, empezó a esperar con ansias esos momentos.

Un viernes a la tarde, después de una semana especialmente pesada, Eduardo se acercó a recepción cuando ya casi todos se habían ido.

—Camila, hiciste un trabajo excelente este mes —le dijo con esa sonrisa tranquila—. La verdad es que me facilitaste mucho las cosas. Me gustaría agradecértelo como corresponde. ¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? Nada formal, solo un lugar tranquilo. Prometo dejarte temprano en tu casa.

Ella sintió un nudo. Pensó en Mateo. Pensó en Tomás preguntando por mamá. Pero la idea de una cena de adultos, sin llantos ni ollas, fue más fuerte.

—Bueno… pero solo una cena rápida —respondió, intentando sonar casual.

Esa noche se arregló más de lo habitual. Un vestido negro sencillo pero ajustado que marcaba sus caderas y el pecho aún firme por la juventud. Se maquilló con cuidado: labios rojos, rímel, un toque del perfume que Mateo le había regalado para su cumpleaños. Cuando él le preguntó adónde iba, ella mintió en parte con naturalidad:

—Una cena de fin de mes con el equipo. No me hagas la cena.

Mateo la besó en la frente y le dijo que se divirtiera.

Eduardo la pasó a buscar. La llevó a un restorán italiano chico y elegante, de luces tenues y música suave. No era lujoso, pero era mucho mejor que cualquier lugar al que Mateo la hubiera invitado. Durante la cena la conversación fluyó. Él habló de sus hijas, de cómo había construido la empresa desde cero, de los errores que había cometido como padre. Camila se abrió más de lo que pretendía: le contó cuán joven se había sentido atrapada, que quería estudiar contabilidad, que estaba cansada de la rutina.

Él escuchaba con atención absoluta, sin interrumpir. En un momento, cuando ella mencionó que a veces se sentía invisible, Eduardo extendió la mano sobre la mesa y le rozó los dedos con suavidad.

—No sos invisible, Camila. Sos una mujer joven, inteligente y muy hermosa. Cualquiera que no lo vea es un tonto.

El roce duró un segundo, pero fue eléctrico. Camila sintió un calor subirle por el brazo y alojarse entre las piernas. Retiró la mano despacio, pero ya era tarde. Su coño había reaccionado: la bombacha se le humedeció ahí mismo, en la mesa del restorán, mientras cruzaba las piernas y apretaba los muslos para calmar el latido.

Después de cenar, en vez de llevarla derecho a casa, Eduardo propuso una vuelta corta por la avenida iluminada. La noche estaba fresca. Caminaron uno al lado del otro. En un momento ella tropezó y él la sostuvo por la cintura con una mano grande y firme. No la soltó enseguida. Camila sintió el calor de esa palma a través del vestido, la presión suave pero segura. Su pulso latía con fuerza.

Se detuvieron frente a un mirador del río. El viento le movía el pelo. Eduardo se giró hacia ella.

—Camila… sé que tu vida es complicada —dijo en voz baja—. No quiero complicártela más. Pero desde que llegaste a la empresa no puedo dejar de pensarte.

Ella lo miró fijo. La mirada de Eduardo era intensa, pero no la mirada hambrienta de un chico de su edad. Era la de un hombre que sabía lo que quería y que podía esperar.

—No sé qué decir… —susurró Camila, y la voz le temblaba.

—No digas nada —respondió él. Levantó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos—. Solo quería que lo supieras. Si alguna vez necesitás algo, acá estoy. De forma incondicional.

El silencio se hizo denso. Camila escuchaba su propio pulso. Eduardo dio un paso más. Sus cuerpos casi se tocaban. Ella podía oler la colonia, sentir el calor que emanaba de él.

Y entonces, sin pensarlo del todo, Camila se acercó y lo besó.

Fue un beso tímido al principio, pero Eduardo respondió con una calma devastadora. La mano grande se posó en su cintura y la atrajo hacia él. Sus labios eran suaves, expertos. La besó despacio, saboreándola, metiendo la lengua con una lentitud que la hizo gemir bajito contra su boca. Le chupó el labio inferior, se lo mordió apenas, volvió a meterle la lengua hasta el fondo. Camila sintió cómo la panza blanda del hombre se apretaba contra su abdomen plano y, más abajo, un bulto duro que empujaba contra su pubis a través del pantalón. Se le escapó un gemido ahogado. Se apretó contra esa dureza sin pensarlo, restregando el pubis contra la verga hinchada de Eduardo, buscando fricción, y por primera vez se excitó de verdad solo con un beso: sintió cómo la bombacha se le empapaba de golpe, cómo se le endurecían los pezones bajo el vestido, cómo el coño le palpitaba pidiendo que la abrieran ahí mismo contra la baranda del mirador.

Eduardo la separó despacio, con la respiración pesada, y le pasó el pulgar por el labio hinchado.

—Te llevo —murmuró con voz ronca, sin soltarla del todo—. Antes de que te haga algo acá.

En el regreso ninguno habló mucho. Camila tenía las mejillas encendidas y una humedad pegajosa entre las piernas que le atravesaba la bombacha. En un semáforo, Eduardo le apoyó la mano derecha en el muslo, por encima del vestido, y no la sacó más. Con el pulgar le hizo un círculo lento, apenas, casi rozando la entrepierna. Camila abrió las piernas sin darse cuenta. Él no avanzó. Se quedó ahí, dueño del muslo, hasta que llegaron.

Cuando frenó frente al edificio, apagó el motor y la miró.

—Que tengas buenos sueños.

Esa noche, cuando Mateo la buscó en la cama, Camila estaba mojada como nunca. La bombacha era un charco. Mateo entró en ella de un empujón, gimiendo al sentirla tan resbaladiza, y le dijo al oído «qué caliente estás, mami». Pensó que era por él. Camila cerró los ojos y, mientras su pareja se movía encima con su ritmo de siempre —clac, clac, clac, ese sonido húmedo y monótono que conocía de memoria—, imaginó sin culpa las manos grandes de Eduardo, su boca experta, su cuerpo pesado presionándola contra la cama. Se imaginó la polla del jefe, más gruesa, más larga, hundiéndose despacio en su coño hinchado. Se imaginó su voz grave diciéndole «así, mi vida, abrite para mí».

Empezó a mover las caderas contra Mateo, frotando el clítoris contra el pubis del pibe, buscando el ángulo. Le clavó las uñas en la espalda. Mateo, encendido por esa reacción nueva, empezó a garcharla más fuerte, más rápido, sin ritmo. La embestía golpeando la cama contra la pared. En dos minutos se corrió dentro de ella con un rugido ahogado en la almohada, llenándola de semen tibio.

Y entonces, con la verga de Mateo aún adentro palpitando los últimos espasmos, Camila sintió cómo se le venía encima el orgasmo. Real. Fuerte. Se contrajo alrededor de la polla que se estaba ablandando, exprimiéndola, sintiendo cómo el semen de su marido se mezclaba con su propio flujo. Mordió la almohada para no gritar el nombre equivocado. Le tembló el cuerpo entero durante lo que le pareció un minuto, con las imágenes de Eduardo desnudo detrás de los párpados.

Cuando Mateo se salió, la corrida se le empezó a chorrear entre los muslos, pesada, y ella se quedó ahí, abierta de piernas en la oscuridad, tocándose los pezones despacio, imaginando que era la boca de otro. Cuando su marido se durmió, ella todavía estaba con el corazón acelerado y una culpa deliciosa recorriéndole el cuerpo.

La grieta ya no era pequeña. Era un abismo.

***

El sábado a media mañana, mientras lavaba los platos del desayuno y Tomás jugaba a sus pies con unos cubos de colores, el teléfono vibró sobre la mesada:

«Si querés hablar, o tomar un café lejos de la oficina, estoy disponible. Habitación 412 del Hotel Costanera, siete de la tarde. Solo si vos querés.»

Camila leyó el mensaje tres veces. Mateo estaba en el taller y no volvería hasta la noche. La culpa la golpeó primero, fría: «Tenés un hijo de dos años. Tenés un hombre que se levanta antes del amanecer para que no les falte nada. ¿Qué estás haciendo?». Pero debajo de esa culpa, como una brasa que nadie podía apagar, ardía otra cosa: el recuerdo de la mano grande en su cintura, el sabor del beso, la verga dura contra su pubis, la forma en que la había mirado como si fuera la puta más deseable del mundo.

Sus dedos teclearon casi solos:

«Allí estaré.»

A las cinco de la tarde, con Tomás dormido en lo de su mamá, Camila cerró la puerta del baño con llave y abrió el agua caliente hasta que el vapor llenó el ambiente. Se desnudó frente al espejo empañado. Se miró con ojos nuevos: las tetas firmes, los pezones que se endurecían solos de pensar en lo que iba a pasar, la curva suave de la cintura, la mata oscura entre las piernas que había recortado prolija esa misma tarde. Se metió bajo el chorro y dejó que el agua le cayera por la espalda.

Se lavó con una lentitud deliberada. Usó el jabón de vainilla que guardaba para ocasiones especiales. Las manos resbalaron por las tetas, levantándolas, pellizcando los pezones hasta que se le escapó un gemido bajo. Se pasó las palmas jabonosas por el vientre, bajó por las caderas y llegó al coño. Se abrió con dos dedos y sintió lo hinchada que ya estaba, lo resbaladiza, y no era solo el jabón. Se rozó el clítoris con movimientos circulares imaginando la boca de Eduardo ahí, la lengua gruesa lamiéndola de abajo hacia arriba, y tuvo que apoyar la frente contra los azulejos porque las rodillas le fallaron. Metió el dedo del medio adentro, despacio, y después dos, y empezó a bombearse ella misma pensando en la polla del jefe. Se mordió el labio para no gemir fuerte. Sintió venir el orgasmo, cortito, apenas un anticipo, y se detuvo justo antes: no quería vaciarse ahí. Quería llegar cargada, sensible, hambrienta.

Salió de la ducha envuelta en una toalla. Se aplicó crema en las piernas, en los muslos, en las tetas, masajeándose. Se tomó su tiempo entre las piernas, acariciándose con la crema, sintiendo cómo el coño le palpitaba bajo sus propios dedos, cómo los labios internos se hinchaban y latían.

Después se vistió para él.

Primero la lencería negra de encaje transparente que había comprado con su primer sueldo y que Mateo nunca había visto: un corpiño que apenas contenía las tetas y dejaba los pezones marcados a través de la trama, una bombacha diminuta que se hundía entre los labios íntimos y se le clavaba en la raya del culo. Las medias negras con costura atrás, sujetas con un liguero. Se miró en el espejo y sintió un escalofrío de placer prohibido: parecía hecha para ser cogida por un hombre que no era el padre de su hijo.

Encima, el vestido negro corto y ajustado, con el escote en V que mostraba el nacimiento de las tetas. Los tacos de aguja de diez centímetros. Apenas podía caminar con ellos, pero la hacían sentir alta, peligrosa, más puta.

Y, por último, el perfume. Se echó varias gotas en el cuello, entre las tetas, en las muñecas. Después, con una sonrisa nerviosa, se levantó el vestido, apartó la bombacha de encaje y roció un poco directamente sobre el coño depilado y sobre el interior de los muslos. Quería que Eduardo la oliera. Quería que supiera cuánto lo deseaba. Quería que hundiera la cara ahí y la lamiera hasta que ella le gritara.

Soy una mala madre. Soy una traidora, pensaba. Pero también: por una vez quiero sentirme viva. Por una vez quiero que me cojan como a una mujer, no como a la mamá de Tomás.

***

Llegó al Hotel Costanera a las siete en punto. El ascensor parecía subir demasiado lento. Tocó la puerta de la habitación 412 con la mano temblando y la bombacha ya empapada.

Eduardo abrió. Sus ojos se oscurecieron al verla. No dijo nada vulgar. Solo la miró de arriba abajo con una admiración profunda y sincera, deteniéndose en las tetas, en las caderas, en las piernas enfundadas.

—Camila… —susurró con voz ronca—. Sos la mujer más hermosa que vi en mi vida.

La hizo pasar. Apenas cerró la puerta, la empujó con suavidad contra la madera y la besó. No fue un beso violento: fue lento, profundo, paciente, dominante. Sus manos grandes recorrieron la espalda, bajaron hasta el culo y lo apretaron con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne firme a través del vestido, sintiendo el encaje del liguero por debajo. Camila gimió dentro de su boca y él le mordió el labio inferior, se lo chupó, le metió la lengua hasta el fondo. Le levantó una pierna y se la enganchó en la cadera. En esa posición ella sintió el bulto duro de la polla empujando entre sus muslos, a través del pantalón, buscando su coño. Se restregó contra esa dureza sin vergüenza, gimiendo, sintiendo cómo la panza blanda del hombre se apretaba contra su vientre plano.

—Ya estás mojada, ¿no? —le susurró Eduardo al oído, y le pasó una mano grande por debajo del vestido, subiendo por el muslo hasta llegar a la bombacha. La palpó por encima del encaje y sintió cómo la tela chorreaba—. Dios mío, nena. Estás empapada.

—Sí… —jadeó ella—. Todo el día así… pensando en vos.

Él le apartó la bombacha con dos dedos y hundió el mayor entre los labios del coño, resbalando. La abrió con el dedo, la exploró despacio, hasta encontrar el clítoris y hacerle un círculo lento. Camila se le colgó del cuello, con la boca abierta pegada a su hombro, gimiendo bajito. Eduardo le metió dos dedos adentro y empezó a bombearla parada contra la puerta, sintiendo cómo el coño lo apretaba, cómo el flujo caliente le corría por la palma. Con el pulgar seguía trabajando el clítoris.

—Vení, nena, córrete para mí una vez —le murmuró—. Después tenemos toda la noche.

Camila se corrió a los pocos minutos, apretándole los dedos con el coño, mordiéndole el hombro para no gritar. Se le doblaron las rodillas. Eduardo la sostuvo con el otro brazo, sin sacar los dedos, sintiendo cómo la contracción le apretaba las falanges una y otra vez. Después, con calma, sacó la mano, se llevó los dedos brillantes a la boca y los chupó mirándola a los ojos.

—Riquísima —dijo bajo—. Vení.

La llevó hasta la cama sin apuro. Le bajó el vestido con lentitud, como si estuviera desenvolviendo un regalo, hasta que quedó de pie frente a él con la lencería negra, las medias, los tacos, las tetas casi desbordando del corpiño. Eduardo se sentó en el borde de la cama y la miró de arriba abajo, con una devoción que le hizo temblar las piernas.

—¿Te vestiste así… para mí? —murmuró.

—Sí —susurró ella—. Toda para vos.

Él le desabrochó el corpiño y las tetas cayeron libres frente a su cara. Pezones oscuros, duros, apuntando hacia él. Eduardo le chupó uno enseguida, hondo, mientras con la otra mano le apretaba y le pellizcaba el otro pezón. Pasaba de una teta a la otra, mordiéndoselas apenas, lamiéndolas enteras, chupándole las areolas hasta enrojecérselas. Camila le agarró la cabeza y se la apretó contra el pecho, gimiendo, mientras él le manoseaba el culo por debajo de la bombacha y le clavaba un dedo entre las nalgas.

Después Eduardo se deslizó al piso, se arrodilló frente a ella y la hizo abrir más las piernas. Le besó los muslos por encima de las medias, subiendo de a poco, mordisqueando la piel blanda del interior. Cuando llegó al pliegue, apartó la bombacha con los dientes y respiró hondo contra el coño depilado.

—Olés a paraíso —murmuró.

Y hundió la cara ahí. Le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, chupando, lamiendo cada pliegue con paciencia. Le abrió los labios con los dedos y le trabajó el clítoris con la punta de la lengua, primero en círculos, después de arriba abajo, después chupándoselo entero entre los labios. Le metió la lengua adentro del coño y la sacó, meneándola, mientras con el pulgar seguía frotando el botón hinchado. Camila se arqueó contra la pared, agarrándole el pelo, gimiendo su nombre entre dientes.

—Eduardo… ay… no pares… no pares…

Él le metió dos dedos mientras le seguía chupando el clítoris, curvándolos hacia arriba, tocándole ese punto que Mateo nunca había encontrado. Camila explotó. Se corrió por segunda vez de pie, con las piernas temblándole tanto que él tuvo que sostenerla por el culo. Sintió cómo un chorro caliente le mojaba la cara al hombre, y él, lejos de asquearse, gimió y le lamió todo, chupándola limpia, sacándole hasta la última contracción con la lengua.

Cuando terminó, le pasó la lengua por los muslos empapados y se levantó con la cara brillando. La besó en la boca y Camila se sintió a sí misma en los labios de él, su propio sabor, y eso la calentó todavía más.

—Ahora te voy a coger despacio —le dijo Eduardo al oído—. Como te merecés.

Se desnudó con calma frente a ella. Su cuerpo era maduro, suave, con esa panza que ella ya no veía como un defecto sino como parte de él. Y entre las piernas, gruesa y venosa, más larga y ancha que la de Mateo, la polla le colgaba hinchada apuntando hacia arriba, con la punta brillante de líquido. Camila se relamió sin darse cuenta. Se acercó, se arrodilló y se la agarró con las dos manos. La sostuvo con reverencia, sintiendo el peso, el calor, la vena gruesa que la recorría por debajo. La lamió desde la base hasta la punta, siguiendo esa vena con la lengua. Le chupó los huevos, uno y después el otro, metiéndolos enteros en la boca. Volvió a la punta y se la metió entera, cerrando los labios alrededor, hundiéndola en la garganta hasta que le lloraron los ojos. Empezó a chupársela con hambre, moviendo la cabeza, haciendo ruidos húmedos, mientras con una mano le apretaba los huevos y con la otra se acariciaba el coño.

Eduardo gimió grave y le agarró la cabeza con las dos manos, marcándole el ritmo. La miraba a los ojos mientras ella lo chupaba.

—Así, mi amor, así… qué bien la chupás… mirá cómo la tenés toda dura para vos…

Camila la sacó y se la lamió por los costados, mirándolo, escupiendo un hilo grueso sobre la punta para lubricarla mejor. Se la volvió a meter y se la garchó con la boca hasta que él tuvo que sacársela.

—Basta, nena, o me corro y quiero cogerte primero.

La levantó, la acostó boca arriba en la cama, le sacó la bombacha del todo pero le dejó las medias y los tacos puestos. Le abrió las piernas con las dos manos, se acomodó entre ellas y se puso la punta de la polla en la entrada del coño. La rozó, la pasó de arriba abajo por los labios empapados, tocándole el clítoris con el glande. Camila gemía, movía las caderas buscándolo.

—Metémela, por favor… metémela…

—Pedímela bien —le susurró él, sonriendo.

—Metémela, Eduardo, cogeme, por favor, te la estoy pidiendo…

Él empujó despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. Camila soltó un gemido largo y roto. La polla la abría, la estiraba, la llenaba completamente, la tocaba en lugares que nadie había tocado antes. Sintió cómo se le acomodaba adentro, hasta el fondo, hasta que los huevos le golpearon el culo. Se quedó quieto un instante, dejándola sentir todo.

—¿Te gusta cómo te lleno, nena?

—Sí… ay, sí… tanto… nunca me habían llenado así…

Eduardo empezó a moverse. Un ritmo lento y seguro, hondo, sacando la polla casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo. Cada vez que entraba, la panza chocaba contra el vientre plano de ella con un plaf suave y le rozaba el clítoris con el pubis. Camila se abrazó a él, le clavó las uñas en la espalda ancha, le mordió el hombro. Él le besaba el cuello, la boca, las tetas, sin dejar de moverse.

—Mirá cómo entra —le susurró, y ella miró hacia abajo: vio la polla gruesa saliendo brillante de flujo, entrando otra vez hasta desaparecer entera dentro de su coño. Volvió a gemir.

Eduardo aceleró un poco. Le agarró una pierna y se la puso sobre el hombro, doblándola en dos, para entrarle más profundo. Ese ángulo la hizo gritar. La polla le tocaba una zona nueva, más adentro, y cada embestida le arrancaba un gemido más fuerte.

—Ay dios, ay dios, así… así…

—Callate, nena, o te va a escuchar todo el hotel —le dijo él sonriendo, y le puso dos dedos en la boca. Camila los chupó como si fueran otra verga.

La dio vuelta. La puso en cuatro patas al borde de la cama, con el culo levantado y la cara contra la almohada. Eduardo se paró detrás, se agarró la polla y se la volvió a hundir de una. El plaf de la panza contra las nalgas se volvió más sonoro. La agarró de las caderas y empezó a garcharla más fuerte, con embestidas largas y rítmicas, marcándose las huellas de los dedos en la piel de la cadera. Camila apretaba las sábanas con los puños, con las tetas sacudiéndose debajo, gimiendo contra la almohada.

—Qué culo perfecto tenés —jadeó él, y le pegó una palmada suave que le dejó la nalga roja. Le pasó el pulgar por el ojete y presionó apenas, sin meterlo—. Todo mío esta noche.

—Sí… todo tuyo… cogeme, Eduardo, cogeme fuerte…

Él la agarró del pelo con una mano, tiró suave hacia atrás para arquearla, y siguió garchándola. Con la otra mano le buscó el clítoris y se lo frotó al mismo ritmo de las embestidas. Camila sintió venir el tercer orgasmo, más profundo, subiéndole desde los pies. Cuando explotó, se contrajo con tanta fuerza alrededor de la polla que Eduardo tuvo que morderse el labio para no correrse ahí. La cogida no paró: siguió embistiéndola durante toda la contracción, alargándole el clímax, hasta que ella cayó boca abajo sobre la cama, temblando.

La dio vuelta otra vez, la puso boca arriba y se metió de nuevo. Ahora quería mirarla a la cara mientras terminaba. Se acostó encima, sintiendo cómo las tetas de ella se le aplastaban contra el pecho, cómo las piernas enfundadas en medias le rodeaban la cintura. Empezó a moverse otra vez, hondo, mirándola.

—Me voy a correr adentro, nena —le susurró—. Decime que sí.

—Sí… correte adentro… lléname toda…

Aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más urgentes. Camila lo abrazó con brazos y piernas, sintiéndolo pulsar dentro de ella. Eduardo gimió grave, largo, y explotó. Sintió cómo la polla latía adentro suyo, chorro tras chorro caliente llenándola, mucho más semen del que había sentido nunca. Él siguió empujando despacio, exprimiéndose entero adentro, mientras le besaba la boca.

Camila se vino una cuarta vez, apretándolo, sintiendo cómo la corrida ajena se mezclaba con su propio flujo, cómo desbordaba y le chorreaba por el culo hasta la sábana.

Se quedaron abrazados, respirando juntos. Eduardo se salió despacio y ella sintió el vacío, y después el hilo espeso escurriéndosele entre los muslos. Él le pasó los dedos por el coño abierto, recogió un poco del semen mezclado y se lo llevó a la boca de ella. Camila le chupó los dedos sin dudar.

Y entonces la culpa volvió, más fuerte que nunca.

Camila pensó en Mateo, en Tomás, en la vida que estaba rompiendo. Se sentía sucia, egoísta, embarrada del semen de otro hombre. Pero al mismo tiempo su cuerpo todavía vibraba, el coño le seguía palpitando alrededor de nada, los pezones le seguían duros.

—No sé qué estoy haciendo… —susurró—. Tengo una familia… tengo un hijo…

Eduardo la abrazó con más fuerza, acariciándole el pelo con ternura, sin importarle que las sábanas quedaran empapadas debajo de ellos.

—Shhh… lo sé, mi vida. No tenés que decidir nada ahora. Esto solo existe si vos querés. Yo estoy acá para lo que necesites. Solo… quiero que sepas que esto no es solo sexo para mí.

Camila se quedó un rato más en sus brazos, sintiendo su calor, su olor mezclado con el suyo, el semen escurriéndose lentamente entre los muslos y empapando la sábana. Le acarició la panza blanda con la punta de los dedos y sintió cómo la polla, todavía dormida entre las piernas de él, empezaba a hincharse otra vez contra su cadera.

Sabía que iba a volver. La batalla interna acababa de volverse una guerra.

Y ella ya estaba del lado del deseo.

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Comentarios(9)

Mila_99

Que relato!!! me quede sin palabras de verdad

NestorBA

Por favor decime que hay segunda parte. Quede con demasiada intriga y necesito saber como termina, no me hagas esto jaja

LectorOculto22

Me engancho desde el primer parrafo. Esos silencios que describe al principio son muy reales, me recordaron cosas de mi propia vida

Marianela_Mdq

A mi me paso algo muy similar en mi primer trabajo, nada tan intenso claro jaja. Excelente relato, muy bien contado

Guenco

increible!!! sigue asi!!!

ValeriaMQ

Esto es basado en algo real? lo cuenta con tanto detalle que da esa sensacion. Saludos!

RosaLitoral

Se hizo cortisimo, necesito mas. Muy bien escrito

Tito_88

el titulo me atrapo y el relato no decepciono para nada, tremendo

ConfesionesFan

Me gusto mucho como lo narraste, se siente autentico sin ser exagerado. Espero el proximo relato!

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