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Relatos Ardientes

La sorpresa que preparé al leer los chats de mi novia

Antes adoraba los viernes. Sabía que a las ocho en punto Camila iba a salir del campo de fútbol con el bolso al hombro, las mejillas todavía rojas por el esfuerzo, y se iba a colgar de mi cuello con esa sonrisa medio tímida que me derretía desde el primer día. Llevábamos casi dos años así. Ella estudiando cosmetología, yo trabajando en el taller, los viernes para nosotros.

Camila tenía un cuerpo que la gente miraba en la calle, aunque ella fingiera no darse cuenta. Caderas anchas, cintura estrecha, una piel muy clara que se le ponía rosada cuando reía. Llevaba el pelo negro recto sobre los hombros y unos piercings finos en los pezones que solo yo conocía. Vestía dulce, casi infantil, pero por debajo siempre la ropa interior más diminuta que se pueda imaginar. Tangas de hilo que se le hundían entre las nalgas, sostenes de encaje transparentes que dejaban ver las areolas rosadas y esos aritos plateados atravesándole los pezones duros. Esa contradicción me volvía loco. Me la había cogido cientos de veces y todavía se me paraba la verga cada vez que la veía desvestirse.

Hace unos meses empecé a notar cosas. Rodillas raspadas que justificaba con caídas. Una amiga que se reía bajito cuando yo preguntaba. Un perfume nuevo que apareció en su mochila. El coño más mojado de lo normal cuando volvía de sus supuestos entrenamientos, como si ya viniera cebada de otra parte. Nada concreto, nada que pudiera señalar con el dedo. Solo una incomodidad terca metida detrás del estómago, como cuando uno sabe que algo no encaja pero no encuentra la pieza torcida.

Un viernes decidí ir más temprano. En vez de estacionar frente al parque, dejé la moto a dos calles y caminé bordeando los arbustos altos que rodean el campo. Eran las seis y diez. El sol estaba bajo, los chicos ya se retiraban, y el lugar tenía esa quietud pesada de los lugares vacíos.

Entonces escuché voces. No risas, murmullos. Y por debajo de los murmullos, un ruido húmedo, rítmico, inconfundible. Me agaché entre las hojas. Tardé unos segundos en entender lo que estaba mirando.

Camila estaba arrodillada en la tierra, con la boca abierta y una polla gruesa entrando y saliendo entre sus labios. Frente a ella, con la espalda apoyada contra un árbol, estaba Rodrigo, ese tipo del equipo que siempre la abrazaba un poco más de la cuenta. Tenía las manos enredadas en el pelo de ella, guiándole la cabeza, marcándole el ritmo, y Camila se dejaba hacer con una concentración que nunca le había visto. Le chupaba la verga entera hasta la base, hundía la nariz contra el vello púbico, se atragantaba y sacaba la lengua para lamerle los huevos antes de volver a tragárselo. Un hilo de saliva le colgaba del mentón. Los ojos entrecerrados, brillantes, como si estuviera comiendo algo delicioso.

—Así, puta, así me gusta —murmuraba él—. Chúpamela toda, no me dejes ni una gota.

Y ella asentía con la polla en la boca, gimiendo, con un sonido gutural que yo jamás le había arrancado en dos años.

***

No me moví. No grité. No hice nada. Me quedé ahí, entre las hojas, viendo a mi novia mamar una verga ajena con un descaro que me resultaba ajeno. Ella conmigo siempre me chupaba con vergüenza, con cierta torpeza dulce, tapándose la cara con el pelo, escupiendo si le llegaba el semen a la boca. Ahí, en cambio, se la tragaba como si fuera lo único que quisiera en el mundo. En un momento, él le bajó el tirante de la camiseta y le descubrió una teta. El piercing plateado brillaba al sol bajo. Le pellizcó el pezón entre dos dedos, se lo retorció, y Camila gimió con la boca llena. No se cubrió. Ni siquiera abrió los ojos. Se llevó una mano ella misma al otro pecho, se pellizcó el otro pezón, se lo estiró.

La otra mano se le fue directo entre las piernas. Se levantó apenas la falda y empezó a frotarse el coño por encima de la bombacha, meneando las caderas, restregándose los dedos mientras seguía chupando. La tela se le empapó en segundos. Vi cómo apartaba el hilo hacia un costado y se metía dos dedos hasta los nudillos, con un movimiento entrenado, seguro, que jamás había mostrado conmigo.

Rodrigo la agarró del pelo con más fuerza, la clavó contra su pubis y soltó un gruñido largo. Camila abrió más la boca, sacó la lengua, y él empezó a correrse. Chorro tras chorro, semen espeso cayéndole en la lengua, en los labios, en la barbilla, en el escote descubierto. Ella tragaba una parte y dejaba caer el resto sobre la teta, sobre el piercing, como si le encantara sentirse manchada. Cuando él terminó, le lamió la punta despacio, con mimo, recogiendo las últimas gotas.

Después levantó la cara, le sonrió con los labios brillantes y se limpió la boca con una servilleta como si acabara de comer un helado. Se acomodó el pelo. Se levantó. Se sacudió la tierra de las rodillas. Toda la escena duró menos de lo que tarda en hervir el agua, y yo seguía clavado entre los arbustos, testigo de mi propio reemplazo.

Pero no se fueron. Hablaron un rato. Compartieron una botella de agua. Y después la vi girarse, apoyarse en el mismo árbol, subirse la falda hasta la cintura y ofrecerle el culo. La bombacha se le había hecho un hilo entre las nalgas. Rodrigo se acercó por detrás, ya con la verga otra vez dura, y empezó a rozarla con una lentitud calculada, restregándole el glande entre los cachetes, bajándole hasta la entrada del coño, subiendo de nuevo. Camila arqueó la espalda, buscándolo. Le apartó ella misma la tela con dos dedos, se abrió, le pidió sin decir palabra.

Él se la metió despacio. Vi cómo la polla entera desaparecía dentro de mi novia, cómo ella soltaba un gemido largo que apagó contra su propio antebrazo. Después la agarró de las caderas y empezó a cogérsela contra el árbol, embestidas duras, secas, que hacían chocar las nalgas contra el pubis con un sonido de carne mojada. Camila gemía bajo, mordiéndose el labio, meciendo el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Los pechos le rebotaban por debajo de la camiseta, los piercings marcados contra la tela. Él la agarró del pelo, le tiró la cabeza hacia atrás, le clavó los dedos en la cintura. Un temblor pequeño, un jadeo ahogado, el silencio. Camila acomodándose la falda con la parsimonia de quien guarda un secreto en la piel, un hilo blanco corriéndole por la cara interna del muslo.

Cuando salió del parque y me encontró esperándola en la esquina de siempre, me besó como cualquier otro viernes. Olía a césped, a sudor, a semen y a algo más que no quise identificar.

—¿Te pasa algo? —me preguntó en el camino.

—Nada —le dije—. Cansado, nada más.

***

Esa noche le pedí que se quedara a dormir en mi casa. Aceptó como si el día hubiera sido el más normal del mundo. Cenamos, vimos una película, me dejó acariciarle el pelo en el sofá como siempre. Yo seguía repitiendo en mi cabeza la imagen de sus rodillas hundidas en la tierra, del hilo de semen colgándole del mentón, de su culo levantado contra el árbol.

En la cama me besó con hambre, se me montó encima. Yo no dije nada. Le dejé hacer. Se bajó la ropa interior y me la vi por primera vez con otros ojos: el coño hinchado, todavía rojo, todavía usado. Se sentó sobre mi verga y empezó a cabalgar despacio. Sentí el interior más resbaladizo que de costumbre, más caliente, como si le hubieran dejado la casa recién habitada. Me la cogí en silencio, mirándole las tetas rebotar, los piercings dibujar círculos en el aire, la boca abrirse en un jadeo que ya no me pertenecía. Me corrí adentro sin avisarle, algo que ella siempre me pedía que no hiciera. No protestó. Se dejó caer sobre mi pecho, respirando fuerte, satisfecha, sin saber que yo acababa de mezclar mi semen con el de otro.

Camila tenía la costumbre de dormirse viendo series en mi celular. Esa noche le pedí prestado el suyo con la excusa de que quería bajarme una aplicación. Me lo pasó sin pensarlo, ya medio dormida.

Esperé a que la respiración se le volviera pareja. Después me encerré en el baño con el teléfono en la mano. Sabía la contraseña desde hacía meses, ella me la había dado para mostrarme fotos. Nunca había abierto sus chats. Esa noche sí.

El de Rodrigo estaba fijado arriba. Había audios. Escuché uno. Su voz sonaba distinta, más rápida, más adulta, casi sin aliento. Le contaba que la primera vez le habían temblado las piernas cuando él le metió la polla hasta la garganta, que se había sentido sucia al tragarse la corrida, pero también libre. Que ya no podía pensar en otra cosa los miércoles por la noche, que se tocaba imaginando la verga de él partiéndole el coño en dos.

Había una foto de ella sentada en el césped, con una blusa fina que no perdonaba nada. Los pezones le marcaban la tela y los piercings se transparentaban. La pose era confiada, una confianza que conmigo nunca había usado. Había otra: Camila de rodillas frente al espejo, la boca abierta, la lengua afuera, un chorro de semen atravesándole la cara desde la frente hasta el mentón, y una sonrisa orgullosa. Había un video. Cinco segundos bastaron para reconocer su boca engullendo entera una verga oscura, el ángulo desde arriba, el sonido contenido que ella hacía cuando estaba concentrada chupando. Se le veía la garganta hincharse con cada embestida.

Más abajo, un mensaje de él:

—¿Te gustó más que con tu novio?

Camila había respondido con un emoji. Uno de esos que no dicen nada pero lo insinúan todo. Después:

—No sé. Me dejé llevar. Nunca me habían cogido así.

Me dejé llevar. Nunca me habían cogido así. Así lo había resumido.

***

Seguí bajando. Encontré dos chats más, fijados también, con dos nombres que yo nunca había escuchado: Daniel y Sebastián.

El de Daniel era el más reciente. Coordinaban encuentros en una casa que él alquilaba los jueves por la tarde. Había planes, pedidos de ropa específica, fotos suyas frente al espejo del baño con tangas que yo creía haberle visto guardadas en un cajón al que ella no me dejaba acercarme. En una foto se abría las nalgas con las dos manos y mostraba el ojete rosado, dilatado, brillante de lubricante. Debajo escribía: «así como me gusta que me lo dejes después». En otra estaba de espaldas al espejo, mirándose por encima del hombro, con el coño abierto entre dos dedos y un vibrador rosado a medio meter. En un mensaje él escribía:

—Lleva la falda corta y sin bombacha. Hoy de postre te toca doble ración, adelante y atrás.

Ella respondía con risas y emojis y un audio corto: «tráete lubricante del bueno, la última vez me dejaste caminando raro dos días». El tono era ligero, juguetón, casi adolescente. Era una Camila que yo no conocía, y que claramente existía hacía rato. Una Camila que se dejaba dar por el culo, que pedía más, que salía de esa casa caminando raro y me sonreía en la puerta de mi taller como si viniera de una clase de yoga.

El de Sebastián era otra cosa. Más espeso, más oscuro. Él le hablaba como si fuera dueño, le daba órdenes, le decía cómo vestirse, le exigía puntualidad. Le mandaba audios largos describiendo lo que le iba a hacer: cómo la iba a atar boca abajo, cómo le iba a llenar la boca con su verga hasta que las lágrimas le corrieran el rímel, cómo la iba a azotar hasta dejarle el culo rojo antes de metérsela. Camila respondía corto, sumisa, con un «sí, papi» que me cortó la respiración. «Sí, papi, hago lo que me digas.» «Sí, papi, soy tu putita.» «Sí, papi, me abro cuando tú quieras.»

Había fotos suyas en posiciones que yo nunca le había pedido y que ella jamás había aceptado cuando yo insinué algo parecido. Camila de rodillas con un collar de cuero y una correa en la mano de él. Camila boca abajo con marcas rojas atravesándole las nalgas. Camila con la boca abierta y un chorro de semen espeso resbalándole por la lengua hasta el escote. Un video de doce segundos donde él la tenía agarrada del pelo, cogiéndosela por detrás contra el borde de una mesa, mientras ella repetía «más fuerte, papi, más fuerte» con una voz rota que yo nunca le había escuchado.

En un momento, Sebastián le proponía sumar a un amigo. Ella se resistía. Decía que no, que eso no era para ella, que el juego se le estaba yendo de las manos. Él insistía con una calma fría:

—Tranquila, muñeca. Nadie te obliga. Pero dime la verdad. ¿No te excita pensar en dos pares de manos sobre tu cuerpo, dos vergas duras para vos sola, una en la boca y otra en el coño, sin saber cuál te va a llenar primero?

Camila tardaba en responder. Y al final escribía:

—Voy a ir. Pero si decido parar, me respetas.

Cerré el teléfono. Lo dejé exactamente donde lo había encontrado. Me lavé la cara con agua helada. Me miré en el espejo mucho rato. No estaba triste. No estaba furioso. Estaba pensando.

***

Durante los días siguientes seguí siendo el mismo novio de siempre. La besaba en la frente cuando se iba a la facultad. Le preguntaba por sus clases. Le llevaba un café cuando se quedaba estudiando hasta tarde. Cada vez que me decía «te amo», en mi cabeza sonaba aquel «sí, papi» de Sebastián, palabra por palabra. Eso me ayudaba a mantener la sonrisa.

Mientras tanto, preparé las cosas.

Alquilé una casa pequeña a las afueras, una que tenía dos entradas y un salón amplio con una alfombra suave que iba desde el dormitorio hasta el centro del living. Compré velas, incienso, un par de botellas, algo de picar. Compré también la lencería que durante meses le había pedido a Camila que se pusiera y que ella siempre se había negado a usar «hasta una ocasión especial». Encaje morado y rosado, sus colores favoritos. Una pieza que cubría poco y prometía mucho: un body abierto en la entrepierna, con tirantes finos que se le cruzaban en la espalda y una tanga de hilo transparente que dejaba a la vista todo lo que había que ver.

Le hablé de un fin de semana distinto, una sorpresa romántica, una noche solo para los dos. Se le iluminó la cara. Me dijo que era el mejor novio del mundo. Me besó como si yo fuera el único hombre del planeta. Esa misma noche se me arrodilló en el pasillo, me bajó el pantalón y me la chupó despacio, mirándome desde abajo con esos ojos grandes, y yo pensé mientras me corría en su boca que esos labios eran una puerta giratoria por la que había pasado media ciudad.

Después abrí tres conversaciones nuevas desde un número que no era el mío. Escribí a Rodrigo, a Daniel y a Sebastián. El mensaje fue idéntico para los tres: fiesta privada, casa discreta, chicas, alcohol, dirección, horario. Sin nombres, sin firma, sin explicaciones. Ninguno preguntó nada. Los tres dijeron que sí antes de que pasara una hora. Tan fácil como atraer abejas con miel.

***

El domingo bajé las persianas, encendí las velas y dejé la música baja. Camila llegó con un vestido floreado y la sonrisa de las primeras citas. Le serví una copa. Le dije que la sorpresa estaba en el cuarto, sobre la cama. Se metió a cambiar entre risitas.

Mientras tanto, por la puerta de servicio del fondo, fueron llegando los invitados. Rodrigo primero, después Daniel, por último Sebastián. Ninguno se conocía. Se cruzaron miradas extrañas, preguntaron por los demás, no supieron qué responderse. Yo les serví cerveza, puse unos snacks, subí la música. La casa olía a incienso, las luces eran cálidas, y a los pocos minutos los tres se reían como si fueran viejos amigos. La curiosidad y el alcohol son una mezcla generosa.

Cuando los tres estaban acomodados en el sillón del living, fui al cuarto. Camila ya tenía puesta la lencería. Estaba parada frente al espejo, mordiéndose el labio, girando para mirarse de costado. El body morado se le pegaba al cuerpo, los pezones se le marcaban duros contra el encaje, los piercings brillando por transparencia. La tanga de hilo se le hundía entre las nalgas y por delante dejaba ver el coño depilado, ya un poco húmedo, con los labios rosados asomando entre la tela. Le brillaban los ojos.

—Te queda perfecta —le dije.

—Es preciosa —respondió—. ¿Para qué tanto?

—Quiero que esta noche sea distinta. Confía en mí.

Saqué del bolsillo un pañuelo de seda. Le pedí que cerrara los ojos. Se lo até suave en la nuca, le acomodé un mechón detrás de la oreja, le besé la mejilla. Ella se rió bajito, nerviosa, juguetona. Le pasé la lengua por el cuello, le mordí el lóbulo, le rocé con dos dedos el coño por encima del encaje. Camila gimió apenas y separó las piernas un centímetro.

—¿Adónde vamos? —susurró.

—A donde te lleve la alfombra. Camina despacio. No hay forma de que te tropieces.

La tomé de la mano y la guie por el pasillo. Sus pies descalzos seguían la textura de la alfombra como un hilo invisible. Yo le iba susurrando al oído que no preguntara nada, que se dejara llevar, que solo sintiera.

***

El cuarto daba directo al salón. Cinco pasos. Cuando crucé el umbral con ella, los tres hombres dejaron de hablar al mismo tiempo. Rodrigo bajó el vaso. Daniel se enderezó en el sillón. Sebastián apretó la mandíbula sin saber dónde poner la mirada.

Camila avanzaba con esa ingenuidad dulce que alguna vez me había enamorado. El encaje morado apenas la cubría. Los pezones se le marcaban tensos bajo la tela fina, los piercings dibujados a través del hilo. Por delante, el coño rosado se le adivinaba entre las hebras de encaje. Por detrás, las nalgas quedaban enteras al aire, apenas partidas por el hilo de la tanga. La pieza estaba diseñada para provocar, no para esconder, y a ella le quedaba como si se la hubieran cosido encima.

Empezó a saltar ligeramente sobre los pies, impaciente, como una niña que espera un regalo.

—¿Cuánto más me vas a hacer esperar? —dijo en ese tono jugado que yo conocía de memoria—. Me tenés toda mojada, amor, tocame ya.

Sin saber que su voz rebotaba en una sala que ya no era solo nuestra.

Cada pequeño salto la convertía en otra cosa. Los pechos rebotaban suaves bajo el encaje, las caderas oscilaban con una naturalidad casi obscena, la curva de las nalgas temblaba apenas con cada movimiento, y por delante los labios del coño asomaban entre el hilo, brillantes de humedad. Ella sonreía, coqueta, segura, creyendo que solo yo la estaba mirando. Se pasó una mano por el pecho, se pellizcó ella misma el pezón por encima del encaje, se lamió el dedo. Que esa todavía era nuestra noche.

Los tres hombres no se movían. Atrapados entre el deseo y la culpa, mirando a la misma mujer que cada uno creía tener en exclusiva los miércoles, los jueves, los viernes. A Rodrigo se le marcaba el bulto en el pantalón. Daniel se pasaba la lengua por los labios sin darse cuenta. Sebastián respiraba por la nariz, hondo, largo, como quien contiene una embestida. Camila seguía saltando, sin saberlo, ofreciéndose entera a tres pares de ojos que la habían tenido de rodillas, de espaldas, boca abajo, a cuatro patas.

Yo me quedé en la puerta, en silencio, observando la escena entera. No por crueldad. No por castigo. Por algo más pequeño y más feo que todavía no sé nombrar.

Verla expuesta no era lo más fuerte. Lo más fuerte era anticipar el segundo exacto en que iba a quitarse el pañuelo, abrir los ojos, y entender que el pastel que yo había preparado tenía un trozo para cada invitado, menos para el novio.

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Comentarios(9)

lector777

buenisimo!! de los mejores que lei ultimamente

Juanki92

Por favor hace una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

MarioK_47

Me enganchó desde el principio. Esa sensacion de saber algo y dudar sobre que hacer... muy bien narrado

NadiaM77

Muy bueno!!!

Lucho_cba

jajaja tremendo, no me lo esperaba para nada

FernandoNqn

Como termino la historia con ella despues? Me quede con la duda, espero que hayas podido cerrar ese capitulo

LetrasYDeseos

Lo que mas me gusta es como manejas la tension antes del desenlace. Hay algo muy real en esa mezcla de emociones encontradas, se nota que lo viviste o lo imaginaste con mucho detalle. Felicitaciones por el relato.

DiegoCba92

Me recordo a algo parecido que me paso, esas situaciones te cambian la cabeza. Buen relato

Pelu_Mdq

Excelente, gracias por compartirlo

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