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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando el frutero tocó mi puerta

Hola otra vez, queridos lectores. En el relato anterior les conté la primera vez que don Ramiro, el frutero del barrio, me hizo suya entre cajas de mangos y papayas en la trastienda de su local. Después de aquel mensaje me llovieron pedidos para que les contara las otras veces, y la verdad es que hubo unas cuantas. Pero hay una que recuerdo con un cosquilleo especial, porque fue la primera vez que él se atrevió a venir a buscarme a mi propia casa.

Antes de empezar, déjenme recordarles cómo soy. Tengo treinta y dos años, la piel muy blanca, las caderas anchas y las nalgas firmes. Los pechos los heredé de mi madre: redondos, naturales, todavía altos. No he tenido hijos, así que mi sexo sigue siendo estrecho, casi como el de una jovencita. Cuando me miro al espejo en ropa interior, entiendo por qué don Ramiro me eligió.

Pasó una semana entera desde aquella tarde en la frutería. Siete días en los que no pude pensar en otra cosa. Repasaba cada escena en mi cabeza mientras tendía la ropa, mientras cocinaba, mientras le sonreía a mi marido. Recordaba cómo don Ramiro me empujó contra la balanza, cómo me metió aquel pepino entre las piernas, cómo su lengua me recorrió hasta hacerme temblar.

Mi esposo, Andrés, seguía haciéndome el amor con la misma ternura de siempre, pero algo se había roto por dentro. Cada vez que me penetraba pensaba en otra cosa, en otra polla, en otra boca que sabía a tabaco barato y a frutas maduras. Después me sentía culpable durante horas. Y al rato volvía a calentarme yo sola.

No volví a poner un pie en su local. Tenía vergüenza, tenía miedo, tenía la sensación de que cualquiera que me mirara a los ojos se daría cuenta de lo que había hecho. Pero también tenía calor entre las piernas todo el día. Lo que no imaginé es que don Ramiro fuera capaz de oler ese calor a tres calles de distancia.

Aquella mañana de martes amaneció tibia. Le preparé a Andrés su café con leche y dos tostadas con aguacate, como cada día. Hablamos del recibo de la luz, de una salida con sus hermanos el sábado, de cosas que ya ni recuerdo. A las ocho y media le di un beso en la frente y se marchó al taller.

Me quedé sola con la casa entera para mí. Como hacía un poco de calor y no esperaba visitas, decidí no vestirme. Llevaba puesto un conjunto de encaje negro que Andrés me había regalado en San Valentín: un sostén que me levantaba el pecho y una tanga finísima que apenas me cubría. Me até el pelo en un chongo flojo, me serví un café y me puse a hacer las tareas. Cargué la lavadora, barrí la cocina, comencé a pelar zanahorias para el guiso.

Estaba inclinada sobre la encimera cuando sonó el timbre.

Pensé enseguida en Andrés. A veces se olvidaba el celular o la cartera y volvía a media mañana. Sin pensarlo mucho, con la idea boba de provocarlo un poco y arrastrarlo al dormitorio antes de que se fuera de nuevo, caminé hasta la puerta y la abrí.

El que estaba del otro lado no era mi marido.

Don Ramiro me miraba de arriba abajo, con esa sonrisa torcida que ponía cuando algo le caía bien. Llevaba puesta su camisa blanca de la frutería, los pantalones de gabardina y una bolsa de papel marrón colgando de la mano izquierda. Sentí que toda la sangre se me bajaba a los pies. Quise cerrar la puerta de un golpe, pero él metió el pie y la mano al mismo tiempo.

—Buen día, Lorena —dijo con calma—. ¿Así me recibes?

—No es lo que parece —tartamudeé, cruzando los brazos delante del pecho—. Pensé que eras mi marido.

—Ya veo que no soy yo el único al que recibes en ropa interior.

—Tienes que irte. Esto fue un error. Aquella vez fue un error y no quiero que vuelvas a buscarme. Ni acá ni en la frutería ni en ningún lado.

Don Ramiro asintió como si me diera la razón, pero no se movió. Apoyó la bolsa en el suelo, sacó algo de adentro y me lo extendió. Era un plátano macho, grande, todavía verde por las puntas, envuelto con un preservativo. Una broma cruda, casi obscena, que me hizo sentir el latido en el cuello.

—Te traje un regalito. Me pareció que te hacía falta —dijo.

—¿Estás loco? Vete ya mismo.

Hice el gesto de cerrar la puerta y ahí fue cuando él entró, sin pedir permiso, y la cerró detrás de sí. En dos pasos estaba pegado a mí. Sus manos grandes me agarraron las nalgas por debajo de la tanga y me apretaron contra él. Sentí su bulto durísimo a través del pantalón.

—Una putita como tú no quiere que la dejen de coger —me susurró en la oreja—. Y menos como te cojo yo.

No alcancé a contestar. Me besó. Un beso largo, húmedo, con la lengua dentro de mi boca como si fuera el dueño. Intenté resistirme dos segundos. Solo dos. Después me derretí. Sentí que las piernas me temblaban y que la tanga ya estaba empapada.

—Acá no —le pedí entre dientes—. Acá no, vamos al cuarto.

Si Andrés vuelve, lo escucho entrar y nos da tiempo a vestirnos, pensé. Y si no nos da tiempo, allá él que no avisó.

Caminé delante con la espalda erizada. Don Ramiro me siguió por el pasillo dándome nalgadas suaves, sonoras, y diciéndome cosas al oído sobre lo que iba a hacerme. Que esta vez no había nadie que pudiera entrar a la trastienda a interrumpirnos. Que esta vez me iba a dar todo el tiempo. Que su verga ya no aguantaba dentro del pantalón.

Llegamos al dormitorio. La cama estaba todavía sin tender; las sábanas blancas, arrugadas, todavía olían a Andrés. Don Ramiro me empujó con suavidad sobre el colchón y se acostó encima.

Me besó otra vez, ahora más despacio, recorriéndome el cuello, la clavícula, el nacimiento de los pechos. Con una mano me desabrochó el sostén y lo tiró al piso. Mis tetas saltaron afuera y él soltó una risita ronca antes de chuparlas. Primero una, después la otra. Se las metía enteras en la boca, las apretaba contra los dientes con cuidado, las soltaba con un chasquido húmedo.

Mientras me chupaba, su mano libre se metió debajo de la tanga. Corrió la tela hacia un costado y dos dedos suyos se pasearon por mis labios.

—Mira lo mojada que estás —dijo levantando la cabeza—. No hace falta que hagas tanto teatro.

—Cállate —jadeé—. Cállate y métemela.

—Todavía no.

Me sacó la tanga de un tirón y bajó por mi cuerpo dejando un rastro de besos. Cuando llegó entre mis piernas, separó los muslos con las dos manos y hundió la cara. Su lengua era larga, áspera, sabía perfectamente lo que hacía. Me lamió de abajo hacia arriba varias veces antes de detenerse en el clítoris y jugar con él con la punta. Me agarré de las sábanas y me arqueé. No quería gritar, no quería que ningún vecino me oyera, pero los sonidos se me escapaban a mi pesar.

Cuando sentí que un primer orgasmo me iba a partir en dos, le tiré del pelo y le pedí que parara.

—Te toca a ti —le dije incorporándome—. Siéntate.

Don Ramiro se sentó en el borde de la cama. Me arrodillé en la alfombra entre sus piernas. Le desabroché el cinturón, le bajé el cierre y le saqué la verga. Salió de golpe, dura, gruesa, con las venas marcadas y la punta brillando. Me la metí en la boca todo lo que pude. Era demasiado grande para tragarla entera, así que con la mano izquierda le tomé la base y con la derecha le acariciaba los huevos mientras la chupaba de arriba abajo.

—Así, Lorena, así —gimió él sin dejar de mirarme.

Le solté la verga un momento y le besé los huevos, uno por uno, metiéndomelos en la boca. Después volví a la punta, jugué con la lengua alrededor del glande, lo lamí despacio. Él me tomó del pelo y empezó a marcarme el ritmo cada vez más rápido.

—Espera, espera —jadeó de repente—. No quiero acabarte en la boca. Quiero terminar adentro de ti.

Me hizo subir a la cama otra vez. Me acostó boca arriba, me abrió una pierna y se acomodó entre las dos. Pero antes de penetrarme, agarró su verga con la mano y la usó como si fuera un pincel. Me la pasó por encima del clítoris, en círculos lentos, con la punta resbalándole en mi propia humedad. Lo hizo durante varios minutos, hasta que sentí que algo se rompía dentro de mí y un orgasmo me sacudió de la cabeza a los pies.

Justo en ese momento, mientras todavía me palpitaba todo, me la metió de un solo golpe.

—Ahhh —grité contra la almohada.

Me llenó por completo. Sentí cómo me abría centímetro a centímetro hasta el fondo. Don Ramiro empezó a moverse con fuerza, sin pausas, agarrándome las tetas con las dos manos mientras me embestía. La cama crujía. Mi cabeza rebotaba contra la almohada. Sus huevos me golpeaban contra el culo a cada estocada.

Después de unos minutos me dio vuelta. Me puso en cuatro. Me dio dos nalgadas que dejaron un ardor delicioso, me abrió las nalgas con los pulgares y me dio un beso largo y húmedo en el ano. Su lengua bajó hasta mi sexo y subió otra vez. Mientras tanto, sus dedos me llenaban por delante.

—¿Quieres que te meta el plátano, putita? Como hice con el pepino la otra vez.

—Sí —jadeé contra la almohada—. Métemelo, ya.

Estiró el brazo y agarró el plátano del piso, donde lo había dejado caer al entrar al cuarto. El preservativo seguía en su lugar. Me lo metió despacio al principio, después con embestidas firmes, mientras seguía besándome y mordiéndome las nalgas. La sensación era nueva, distinta: una llenura redonda y suave que me hacía gemir como una loca.

Estuvo así un buen rato, hasta que el plátano ya no le bastó para verme el morbo. Lo sacó, lo tiró a un costado y se acostó en la cama boca arriba.

—Ahora ven tú. Quiero que me montes.

Le obedecí. Me senté sobre él, agarré la verga con una mano y me la guié yo misma. Bajé despacio, hasta que la sentí toda adentro. Apoyé las dos manos en su pecho y empecé a moverme. Primero suave, en círculos. Después más fuerte, subiendo y bajando, mientras él me apretaba los pechos y me decía obscenidades que no me animo a repetir acá.

—Ya está, Lorena, ya está, me vengo —gruñó después de unos minutos.

Lo monté más rápido. Hasta que él soltó un gemido largo, animal, y sentí que algo caliente me llenaba por dentro. Su verga se hinchó adentro de mí y palpitó varias veces. Me quedé sentada encima de él hasta que la última oleada pasó, respirando agitada, con el pelo cayéndome sobre la cara.

***

Después nos vestimos en silencio. Me puse una bata, él se acomodó la camisa frente al espejo del armario como si nada. Lo acompañé a la puerta. Antes de irse, me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso largo, con la lengua, sin apuro.

—Vuelve el viernes a la frutería —me dijo en voz baja—. Tengo otra sorpresa para ti.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella un rato largo. Después volví al dormitorio, recogí el preservativo, cambié las sábanas, lavé la marca de su colonia en la almohada. El plátano lo guardé en el refrigerador. Esa noche, cuando Andrés se quedó dormido, me lo comí con chocolate mientras veía una película en silencio en el comedor.

Hasta hoy, cada vez que cuento esta historia, vuelvo a calentarme y termino con la mano entre las piernas.

Cuéntenme ustedes en los comentarios qué les pareció. Y díganme si quieren saber lo que pasó el viernes en la trastienda de don Ramiro.

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Comentarios (5)

PedroSalta

jajaja que arranque!!! no me lo esperaba así. Muy bueno

MilenaBsAs

necesito saber que pasó después!!! segunda parte por favor, no me dejes así 😩

Lena_noche

Me encantó la tensión del principio. Ese momento de abrir la puerta y darte cuenta que no es quien esperabas... muy bien narrado, se siente real.

NocheRosario

Me hizo acordar a algo que le pasó a una amiga, esas situaciones incomodas que terminan siendo todo menos incomodas jajaja. Muy creible.

curiosaBA

¿hay continuación? me quedé con muchísimas ganas de saber qué pasó después

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