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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la bodega de mi vecina casada

No sé en qué categoría cabe lo que voy a contar. ¿Confesión? ¿Fantasía? ¿Infidelidad? Probablemente las tres. Hay cosas que se escurren entre las etiquetas y se quedan ahí, vibrando, esperando que alguien las cuente.

Esto pasó (o no pasó) en una ciudad del centro de México, en un edificio viejo donde los pasillos huelen a cera y los vecinos saben cuántas veces sale la basura cada uno.

Llevaba meses cruzándome con Mariela. Ella casada, yo soltero por aquel entonces. Treinta y pocos los dos, esa edad en la que ya no inventas excusas para no hacer algo: lo haces y después ves cómo lo justificas.

Nos habíamos liado un par de veces antes. Cosas rápidas, encuentros robados a la rutina. Una tarde en mi departamento mientras su marido estaba de viaje —esa vez me la cogí encima de la mesa del comedor con las piernas abiertas y el vestido subido hasta la cintura, ella tapándose la boca con la mano para no gritar mientras yo le metía la verga hasta el fondo—, otra en el estacionamiento subterráneo después de una junta de propietarios, donde me la mamó de rodillas entre dos coches, con el pelo agarrado en una cola y el semen chorreándole por la comisura cuando terminé. Lo nuestro tenía la cadencia de algo que sabíamos que no iba a terminar bien y que, precisamente por eso, continuaba.

Aquella tarde fue por casualidad. Yo bajaba de la lavandería del último piso y ella subió en el ascensor con dos cajas y una bolsa de tela colgada del hombro. Llevaba unos pants grises, una sudadera vieja, el pelo recogido con una pinza de plástico. Nada arreglada. Nada pensado para gustarme.

Y sin embargo.

—¿Te ayudo? —le pregunté antes de que las puertas se cerraran.

Me miró un segundo de más. Ese segundo que en realidad es una conversación completa.

—Voy a la bodega —dijo—. Está arriba.

—Tengo manos libres.

Sonrió de lado. Le quité una caja, ella conservó la otra. El ascensor se cerró y se quedó un instante quieto antes de moverse, como si dudara. Yo también dudaba. Y eso que ya habíamos estado desnudos.

—¿Qué llevas? —pregunté, por decir algo.

—Cosas que no quiero en la casa.

—¿Cosas malas?

—Cosas viejas. Ropa que ya no me pongo. Discos de mi marido. Una caja con cartas que nunca tiré.

Levanté una ceja. Ella se rió.

—Cartas de antes de él. No te emociones.

—No me emocioné.

—Sí te emocionaste. Te brillaron los ojos.

Las bodegas estaban en el último nivel, después de un pasillo angosto que olía a cemento húmedo. Una hilera de puertas metálicas pintadas de gris oscuro, una sola bombilla cada tres puertas, ese silencio raro de los lugares donde la gente guarda lo que no quiere ver. La suya era la quinta a la derecha. Sacó un manojo de llaves y se le cayó. Me agaché a recogerlo y, de paso, le miré los tobillos.

—Te vi —dijo.

—No te vi mirándome.

—Vi cómo me miraste.

Abrió la puerta. Adentro había exactamente lo que uno espera de una bodega de departamento en la Ciudad de México: dos metros por dos, un foco que se prende con un cordón, cajas apiladas hasta el techo, un armario viejo, una bicicleta colgada en la pared. Olor a polvo y a madera mojada.

—Pasa —me dijo, y cuando entré, ella cerró la puerta detrás de mí.

No del todo. La empujó hasta dejarla apoyada, sin echar el seguro. Pero la dejó.

—Los vecinos —dijo—. Ya sabes. Son insoportables.

—Lo son.

Dejé la caja en el suelo. Ella se quedó parada delante de mí, con la bolsa todavía en la mano, mirándome como si esperara que yo decidiera por los dos. Me molestaba un poco esa costumbre suya de cargar el peso del primer movimiento sobre el otro, pero entendía por qué lo hacía. Si yo daba el paso, era yo el que la había buscado. Si lo daba ella, era ella la que estaba traicionando a su marido. Y nadie quiere ser quien empieza.

Le quité la bolsa de la mano y la dejé encima de una caja. Después le sostuve la cara con las dos manos y la besé. Despacio. Sin prisa, aunque la prisa estaba ahí, latiendo bajo todo.

Mariela besa con los ojos cerrados pero con la boca atenta. No es de las que se entregan en el primer beso: te prueba, te mide, decide. Sentí cómo me mordía el labio inferior, cómo se separaba un milímetro para mirarme, cómo volvía. Le pasé una mano por la nuca, por debajo de la pinza de plástico, y se la quité. El pelo le cayó sobre los hombros.

—Voy a tener problemas —murmuró—. Me están esperando.

—¿Quiénes?

—No importa.

—Importa.

—Importa después. Ahorita no.

Y volvió a besarme.

***

Lo que pasó después pasó rápido y al mismo tiempo despacio. Es esa cosa rara del deseo cuando sabes que tienes el tiempo medido: cada movimiento se vuelve más nítido, como si lo grabaras para verlo después.

Le metí las manos por debajo de la sudadera. Tenía la piel fría de cargar las cajas, pero debajo del ombligo estaba caliente. Le subí la sudadera hasta arriba de las tetas y le bajé el sostén sin desabrocharlo, dejándoselo apretado bajo los pechos, empujándolos hacia arriba. Los tenía firmes, con los pezones ya duros, oscuros. Le agaché la cabeza y le chupé uno primero, después el otro, mordiéndoselos apenas hasta que se le escapó un jadeo. Le pasé los dedos por el elástico de los pants y ella inspiró hondo, sin moverse. Le besé el cuello, justo en el punto donde se nota el pulso. Lo tenía acelerado.

—No traigo nada —dije, pensando en voz alta.

—No vamos a llegar a eso —contestó—. Es nada más un ratito.

—Un ratito.

—Un ratito.

Lo dijo como una promesa y como una advertencia. Las dos cosas a la vez.

Metí la mano dentro de los pants. Llevaba calzones de algodón, nada espectacular, y eso me gustó más todavía. Lo improvisado siempre me ha excitado más que lo preparado. Mariela cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyada en la puerta de la bodega. Cuando le pasé los dedos por encima de la tela, ya estaba empapada. El algodón se le pegaba a los labios del coño como una segunda piel, y noté el bulto duro del clítoris debajo. Se lo froté en círculos por encima de los calzones y a ella se le doblaron un poco las rodillas.

—Espera —dijo, y se separó un segundo para escuchar.

Pasos en el pasillo. Lejos. Alguien que abría una bodega de las primeras y volvía a cerrar. Esperamos así, con mi mano todavía dentro de su ropa interior, los dos sin respirar, hasta que los pasos se alejaron.

—¿Sigues? —preguntó.

—Sigo si tú sigues.

—Sigue.

Le moví los calzones a un lado y le metí dos dedos. Estaba tan mojada que se los tragó sin resistencia, hasta los nudillos. Los saqué chorreando y se los pasé por el clítoris, embarrándolo con su propio flujo, y después se los volví a meter. Despacio al principio, hasta que entendí cómo lo quería. Los curvé hacia arriba, buscando ese punto rugoso adentro, y cuando lo encontré ella dio un respingo, apretó los dientes y se me colgó del cuello con las dos manos. Mariela apretaba los labios para no hacer ruido, pero se le escapaban esos sonidos cortos, de garganta, que son los más sinceros. Apoyó la frente en mi hombro y empezó a mover la cadera contra mi mano, cabalgándomela, coño abierto contra los dedos, buscando el ángulo. Cada vez que curvaba los dedos adentro se le escapaba un gemido nuevo, más grave, y me clavaba las uñas en la nuca.

—Puta madre —susurró contra mi cuello—. Sácalos y métemelos otra vez, así, más adentro.

Le obedecí. Los saqué enteros, esperé un segundo mirándola pedirlo con la cadera, y se los enterré de golpe. Se le escapó un gemido más alto y se tapó la boca con la propia mano.

Después, sin dejar de moverse, me bajó el cierre con la otra, me sacó la verga por encima del pantalón, sin desabrocharme del todo, y empezó a masturbarme con la misma cadencia con la que yo la tocaba a ella. La tenía dura como una piedra, y ella la agarró con la mano llena, apretando, pasándome el pulgar por la punta cada tanto para untarme el líquido que ya me salía. Los dos sincronizados, los dos a punto, los dos sabiendo que no iba a terminar como queríamos que terminara.

—Voy a venirme si sigues así —le dije al oído.

—No te vengas.

—Entonces para.

—No quiero parar.

Se rió bajito contra mi cuello. Después se separó, se agachó, y antes de que yo pudiera decir nada, me la metió a la boca.

La luz de la bodega no llegaba bien hasta donde ella estaba arrodillada. Le veía la silueta, la curva de la espalda, el pelo cayéndole hacia adelante. Le aparté un mechón para verle la cara. Tenía los ojos cerrados y esa expresión concentrada que no he visto en ninguna otra mujer haciendo lo mismo. Como si estuviera resolviendo algo importante.

—Mírame —le pedí.

Abrió los ojos sin sacársela. Y mantuvo la mirada.

Sentí cómo se me iba todo el cuerpo a las piernas. Le sostuve la cabeza con cuidado, sin empujar, dejando que ella controlara el ritmo. Mariela lo hacía despacio, con la lengua, sin prisa por terminarlo. Me la sacaba entera, me pasaba la punta de la lengua por el frenillo, me lamía toda la longitud desde los huevos hasta la punta, y después se la volvía a meter hasta donde le llegaba. Cerraba los ojos, los abría. Me chupaba un rato hondo, tan hondo que le escuchaba la garganta hacer un ruido pequeño, y después se quedaba quieta, con la punta apenas adentro, respirando con la nariz pegada a mi vientre, el labio inferior bajándose sobre la corona de la verga como si estuviera besándomela.

—Escúpela —le dije bajito—, quiero verte.

Se la sacó y le escupió un hilo espeso en la punta, y con esa mano se puso a masturbármela mientras me lamía los huevos, uno primero, después el otro, chupándomelos despacio, con los ojos clavados en los míos. Volvió a metérsela toda de golpe y se atragantó un poco, tosió, se la sacó riéndose bajito con los ojos húmedos, y volvió a metérsela más despacio. Con la mano libre se metió dos dedos ella misma en el coño, sin dejar de mamar, tocándose mientras me chupaba. Verla arrodillada en esa bodega de mierda, con la sudadera arrugada arriba de las tetas, los pants bajados hasta la mitad del muslo, una mano en mi verga y la otra metida entre las piernas, casi me hace reventar ahí mismo.

Sonó un mensaje en su celular.

Lo ignoró.

Sonó otro.

—Mariela.

—Espera.

Se la sacó apenas para hablar, con la boca todavía pegada a la punta.

—Un ratito más —murmuró—. Nada más para probarlo.

Y se la volvió a meter, más hondo, chupándome con más fuerza, la mano apretándome los huevos abajo. Le agarré el pelo, esta vez sí, y le marqué el ritmo un momento, empujándole apenas la cabeza. Ella se dejó, gimiendo con la verga adentro, la vibración subiéndome por toda la espalda.

Sonó un tercero. Y un cuarto. Llamada.

Se sacó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se quedó un segundo así, arrodillada, mirándome desde abajo con una sonrisa que era a la vez de disculpa y de complicidad. Tenía los labios brillantes, hinchados, y un hilo de saliva colgándole hasta el mentón.

—Me tengo que ir —dijo.

—Lo sé.

—Lo siento.

—No lo sientas.

Se incorporó. Me la guardó ella misma, con cuidado, subiéndome el cierre del pantalón como si me estuviera vistiendo de nuevo para mandarme al mundo. Antes de acomodarse los calzones se pasó los dedos húmedos por la boca y se los chupó, mirándome fijo, y ese gesto me dejó peor que todo lo anterior. Después se acomodó el pelo, se subió los pants, se palpó los bolsillos.

—¿Se nota? —me preguntó.

—¿Qué?

—Algo. La cara. Lo que sea.

La miré bien. Tenía los labios un poco hinchados y la mejilla colorada. Le pasé el pulgar por la comisura.

—Te lavas la cara antes de bajar y ya. No se nota nada.

—Pendejo —se rió—. Eso significa que sí se nota.

—No se nota lo que no se busca.

Sacó el celular. Leyó los mensajes con el ceño fruncido. Tecleó algo rápido. Se guardó el teléfono.

—Continuamos —dijo, sin mirarme—. La próxima.

—La próxima.

—Te aviso.

—Avísame.

Se acercó, me dio un beso corto en los labios —todavía con el sabor mío en la boca— y abrió la puerta. Antes de salir me apretó la mano un segundo. Después se fue, con la bolsa colgada del hombro, caminando rápido por el pasillo hacia el ascensor.

Me quedé un minuto más adentro de la bodega. Cerré los ojos. Respiré. La tenía todavía dura, pegada al muslo, palpitando dentro del pantalón. No me había venido. Me dolían los huevos, cargados, pero ese dolor también era parte del juego. Mejor dejarlo así, pensé. Mejor quedarse con ganas. Las ganas son lo que hace que vuelvas.

***

Bajé por las escaleras para no encontrármela en el ascensor. Cuando llegué a mi piso, me crucé con una de las vecinas chismosas de las que ella siempre hablaba. La señora del 4B, que vive con tres perros y una sospecha permanente.

—Buenas tardes —me dijo, mirándome de arriba abajo.

—Buenas tardes.

—¿De dónde viene?

—De la lavandería.

—¿Sin ropa?

Me miré las manos. Vacías. Sonreí.

—La dejé arriba —dije—. Está girando.

Asintió como si me creyera y como si no. Yo entré a mi departamento, cerré la puerta, me apoyé contra ella. El corazón todavía me latía rápido. Me bajé los pantalones ahí mismo en el pasillo, me saqué la verga que seguía dura y goteando, y me la agarré con la mano todavía oliendo a ella, a su coño, a su saliva. Me la jalé pensando en cómo me había mirado desde abajo con los ojos abiertos, la boca llena, la lengua bajo la corona; en cómo me había pedido que se la metiera más adentro; en el ruido que había hecho su garganta al atragantarse. Aguanté treinta segundos, quizá menos. Me vine con una arcada, chorros gruesos que me cayeron en la mano y en el piso, y me quedé ahí un rato con la respiración cortada, el pantalón en los tobillos y la mano llena de semen. Después me senté en el sofá un rato largo, sin moverme.

El celular sonó. Mensaje de Mariela.

«Gracias por ayudarme con las cajas.»

Sonreí. Le contesté.

«Cuando quieras volver a mover cosas, avísame.»

Tardó un minuto en responder.

«El jueves mi marido se va de viaje. Y esta vez sí te la voy a dejar meter hasta el fondo.»

Y nada más.

***

De todo esto hace ya un tiempo. Pasaron más cosas después, claro, y otras pasaron antes que tampoco he contado. La bodega no fue la primera ni la última. Pero esa tarde, en ese cuarto chico que olía a polvo, con el foco mal puesto y la puerta apenas pegada, fue la que mejor me acuerdo. Quizá porque no terminamos. Quizá porque lo que no se cierra del todo no se acaba nunca.

¿Ustedes? ¿Algo con vecinas? ¿Alguna bodega, algún elevador, algún pasillo? Los leo.

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Comentarios(8)

Vecino_ansioso

jajaja el titulo me mato, muy bueno

Marcos_BA

Por favor continua, quede con ganas de saber como termino todo esto

Pato_corrientes

Me recuerda a una situacion parecida que tuve de joven, las casualidades llevan a cosas increibles. Muy bien contado

AnaLucia77

Me encanto como lo narraste, se siente autentico sin caer en lo burdo. Segui escribiendo!

curiosa_lectora

Y despues que paso? seguis en contacto con ella?

nocturno77

De las mejores confesiones que lei aca. Tiene ese toque de cosa real que se extraña en otros relatos

RositaMar

excelente!!

JuanMa_cba

El detalle del ascensor al principio le da mucho contexto, bien planteado. Espero que haya segunda parte si es que hay mas para contar

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