Lo que mi marido no sabe del hotel Palmera
Me bajé del taxi a media cuadra del hotel, como siempre. Esa fue la regla desde el primer día: que el chofer no supiera nunca a qué puerta entraba. Pagué con efectivo, le sonreí lo justo y caminé el último tramo con el bolso apretado contra el costado, sintiendo el sol de la tarde golpeándome la nuca por debajo del pelo recogido.
El Palmera tenía una entrada lateral que daba a un patio interno con dos macetas tristes y una recepcionista que ya no me preguntaba el nombre. Me alargaba la llave de la 304 con una mirada que no era de complicidad ni de juicio, apenas de oficio. Yo le devolvía un gesto breve, subía las escaleras de dos en dos y golpeaba la puerta tres veces, pausadamente, antes de girar la manija.
Andrés estaba ahí. Siempre estaba antes que yo.
Esa tarde lo encontré de espaldas a la ventana, con la cortina entornada y dos copas vacías sobre la mesa baja. Se había aflojado la corbata, pero seguía con la camisa abrochada, y el contraste me hizo apretar los muslos sin querer. Me gustaba que se vistiera. Me gustaba más quitarle cada prenda con la calma de quien sabe que tiene tiempo.
—Llegas tarde —dijo, sin volverse.
—Llego cuando puedo.
—Llegas tarde —repitió, y esta vez giró la cabeza lo justo para que yo le viera la sonrisa.
Dejé el bolso en el sillón. Me saqué los aretes uno por uno, los apoyé junto a la lámpara, y recién entonces me acerqué. Le pasé la mano por la espalda y sentí el calor de su cuerpo a través de la tela. Olía a ese perfume suyo cuyo nombre nunca le pregunté, una mezcla de cuero y algo más oscuro, algo que en mi casa no existía.
—¿Cuánto hace? —preguntó.
—Veintidós días.
—Y él, ¿cuánto?
—Casi un mes. Y mal.
Andrés dejó escapar una risa baja. Se giró por fin y me tomó la cara con las dos manos, sin besarme todavía, mirándome como si quisiera medir hasta dónde había llegado el hambre esa vez. Era un juego viejo entre nosotros. Cuanto más tiempo pasaba sin que mi marido me tocara, más despacio empezaba él. Me lo había explicado la segunda tarde: «si vengo con apuro, te dejo a medias; si vengo con calma, te dejo destrozada». Y yo, hasta ese día, no había podido contradecirlo.
Me besó por fin. Despacio, en serio, con la lengua pidiendo permiso antes de entrar. Sentí cómo se me aflojaban las rodillas y me sostuve de las solapas de su camisa. Me llevó hacia la cama caminando hacia atrás, sin separar la boca de la mía, y cuando llegamos al borde me hizo sentar en el colchón con una presión suave de las palmas sobre mis hombros.
—Quédate quieta —pidió.
Se arrodilló frente a mí. Empezó por los zapatos: me los sacó uno por uno, cada uno acompañado por un beso en el empeine. Luego subió las manos por la pantorrilla, por la cara interna del muslo, sin apuro, levantándome el vestido hasta dejarlo arrugado en la cintura. Me había puesto la lencería negra de encaje, la que él me había elegido en silencio una tarde, señalándola en una tienda mientras mi marido no estaba.
—La llevas puesta —murmuró.
—Me la pongo siempre que vengo.
—Sácatela.
Levanté la cadera y se la deslicé hasta los tobillos. Andrés me separó las piernas con el dorso de las manos, despacio, y se quedó mirándome unos segundos en silencio. Era ese silencio el que me ponía mal. El silencio en el que él me observaba como si fuera la primera vez, como si no me hubiera visto así una decena de tardes antes.
Después bajó la cabeza.
La primera vez que me lo hizo, hacía meses, casi le pedí que parara. Mi marido no me lo hacía. Mi marido nunca me lo había hecho, en quince años. Yo no sabía lo que era una lengua paciente, una boca sin apuro, unos dedos que entraban solo cuando ya estabas pidiendo más. Esa primera tarde lloré. Andrés se asustó, levantó la cabeza, y yo le dije «sigue, por favor, sigue» y me agarré de las sábanas como si me estuviera ahogando.
Esa tarde no lloré. Esa tarde me agarré de su pelo, le presioné la cabeza contra mí y le dejé que hiciera lo que ya sabía hacer. Él me conocía. Sabía cuándo bajar el ritmo, cuándo subir la presión, cuándo meter un dedo y cuándo dos. Sabía el momento exacto en el que yo dejaba de respirar antes del orgasmo, y se quedaba ahí, en ese punto justo, hasta que se me quebraba la voz en un sonido que ni yo reconocía.
—Ay, Dios.
—Otra vez —dijo, sin levantar la cabeza.
—No puedo.
—Otra vez —insistió, y me hizo otra.
Cuando terminó la segunda, yo temblaba de las piernas. Me ardía la cara. Me dejé caer hacia atrás sobre el colchón, con el vestido todavía arrugado en la cintura, mirando al techo blanco mientras él me besaba el ombligo, el vientre, el costado de los pechos por encima de la tela.
—Ven —le dije.
Se incorporó y empezó a desabrocharse la camisa, sin sacarme los ojos de encima. Me senté para ayudarlo, con las manos torpes, y le tiré del cinturón y de los pantalones de un solo movimiento. Él no se reía. Esa era otra cosa: cuando llegaba el momento, Andrés dejaba de jugar.
—Date vuelta —pidió.
Me puse en cuatro sobre la cama, apoyada en los codos, con el vestido todavía a medio sacar y la espalda arqueada hacia él. Sentí cómo se acomodaba detrás, cómo me ponía una mano en la cadera y con la otra se guiaba. Entró despacio, milímetro a milímetro, dejándome sentir cada centímetro como si fuera la primera vez. Cuando estuvo entero adentro, los dos nos quedamos quietos.
—Mírame —dijo.
Giré la cabeza por encima del hombro. Andrés tenía esa cara suya, la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados, esa cara que mi marido nunca había puesto por mí en quince años de matrimonio.
Empezó a moverse.
Al principio con calma, dándome embestidas largas, dejando que me acostumbrara. Después subió el ritmo. Me agarró del pelo con suavidad, juntó mis manos detrás de la espalda con la suya libre, y me empujó contra el colchón como si me estuviera reclamando algo que le debía. Yo gemía en la almohada, mordía la sábana, le pedía que no parara, le pedía más fuerte, le pedía cosas que en mi casa no había dicho jamás.
—Dilo —pidió.
—¿Qué?
—Lo que piensas. Dilo.
Y se lo dije. Le dije que mi marido no servía. Le dije que esa tarde me estaba salvando la semana. Le dije palabras que en mi vida diaria no existían, palabras que solo aparecían ahí, en la 304, con la cortina entornada y las dos copas vacías sobre la mesa.
Cuando terminó, me apretó tan fuerte que pensé que iba a dejarme marcas en las caderas. No me importó. Marcas las podía explicar. Lo que no podía explicar era esa cara con la que volvería a mi casa esa noche, esa cara de mujer satisfecha, de mujer que ya no se conformaba.
***
Después nos quedamos en silencio un rato largo. Él me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, dibujándome el camino de la columna desde la nuca hasta la base de la cintura. Yo tenía la cara apoyada contra su pecho y le escuchaba el corazón bajar de a poco.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó.
—No sé. Cuando pueda.
—Tramposa.
—Te aviso —dije, y le mordí el hombro.
Me levanté antes de que se durmiera. Era otra regla mía: nunca dormir en la 304. Dormida era ya otra cosa, otra clase de mujer, otra clase de traición. Acostarme con él se podía justificar a una misma. Dormir, no.
Me lavé en el baño pequeño, me arreglé el pelo frente al espejo manchado de gotas, me puse otra vez los aretes. Me miré la cara. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes, como una adolescente. Me pasé agua fría por la nuca hasta que el espejo me devolvió una cara más serena, más casada, más útil para volver a casa.
Andrés se levantó para acompañarme hasta la puerta. Me besó en la frente, no en la boca. Eso era de él: el último beso no iba a la boca para no estropearme el lápiz labial que yo ya me había vuelto a poner.
—Cuídate —dijo.
—Tú también.
***
Bajé las escaleras del Palmera con las piernas todavía blandas. La recepcionista me saludó con el mismo gesto de oficio. Salí al patio interno, respiré el aire pesado del verano y caminé las dos cuadras hasta la parada del autobús.
En el autobús me senté pegada a la ventanilla. Iba mirando los edificios sin verlos, con el bolso en la falda y las manos quietas. Al llegar a mi barrio me bajé una parada antes para caminar un poco. Necesitaba que el cuerpo terminara de aterrizar.
Cuando entré en casa, Martín estaba en el sillón, mirando un partido. No me miró. Apenas me preguntó si había mucho tráfico, sin sacar los ojos de la pantalla. Le dije que sí, que la avenida estaba imposible. Le serví un vaso de agua y se lo dejé en la mesa baja.
—Voy a darme una ducha —avisé.
—Bueno.
En la ducha me apoyé contra los azulejos y me dejé llorar un par de minutos. No de culpa. De otra cosa. De ese cansancio que da darse cuenta de que ya no se vuelve atrás, de que una vez que el cuerpo aprende lo que es estar bien atendido ya no acepta volver a lo otro, a esa rutina de dos veces al mes en la oscuridad, sin palabras, sin ganas, sin nada.
Me sequé, me puse el camisón viejo, me peiné. Bajé a cenar lo que había sobrado del mediodía. Martín seguía con el partido. Le pregunté quién iba ganando. Me contestó algo que no escuché.
Me acosté pensando en la 304. En la cortina entornada. En las dos copas vacías. En Andrés diciéndome «llegas tarde» sin volverse. Me dormí enseguida, con una sonrisa floja en la boca que mi marido ni siquiera notó.
Mañana sería otro día. Y aguantaría hasta que el cuerpo me volviera a pedir.