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Relatos Ardientes

La tarde que salí a buscar lo que necesitaba

Todo empezó con una página que no debería haber abierto. Valentina lo sabía mientras le daba al pulgar hacia abajo, buscando algo que no le hiciera daño. No puede ser que un texto me ponga así. Cerró el teléfono de golpe y lo dejó boca abajo sobre la cama, como si la pantalla apagada pudiera hacer algo por ella. No pudo.

Su novio llevaba cuatro días fuera por trabajo. Nada extraordinario. Había pasado antes y volvería a pasar. Valentina era una mujer adulta, perfectamente capaz de quedarse sola sin desmoronarse. El problema no era la soledad.

El problema era ese calor que se le instalaba entre las piernas con una insistencia que no conocía de medias tintas. Desde que abrió los ojos esa mañana lo había sentido, húmeda y lista sin razón aparente, y durante horas se repitió que se le pasaría solo. No se le pasó.

Se levantó del colchón con la determinación de quien decide actuar antes de arrepentirse. Fue al armario y revolvió el cajón de la ropa interior. Pasó por encima de las bragas de algodón de todos los días, las cómodas, las que no pretendían nada. Buscaba una en particular: la tanga roja. La encontró en el fondo, doblada con descuido.

Se la puso frente al espejo. El hilo desaparecía entre sus nalgas y dejaba los dos glóbulos completamente al aire. La había comprado en un momento de audacia y casi nunca la usaba, pero cuando se la ponía algo cambiaba en ella, como si la tela roja activara un modo distinto, más directo, menos negociable.

Encima, una falda corta con algo de vuelo que no llegaba a cubrirla del todo cuando se movía, y un top holgado con un sostén de encaje sin aro debajo. El encaje asomaba por los bordes y enmarcaba la forma de sus pechos. Valentina no los tenía grandes pero sí bien formados, ligeramente separados, con los pezones marcándose contra la tela ligera. Le gustaba que se vieran así. Y le gustaba ver cómo los hombres los miraban sin poder evitarlo.

Salió a la calle sin plan concreto.

***

El sol de la tarde caía a plomo sobre la acera. Valentina caminaba despacio, consciente de cada paso, del roce de la tanga contra su piel, del modo en que el vuelo de la falda amenazaba con subir si había algo de brisa. No lo evitaba. Lo buscaba.

Miraba a los hombres que pasaban. No a sus caras, sino a sus manos, a sus caderas, a la forma en que ocupaban el espacio. La mayoría no se daba cuenta. Alguno giraba la cabeza tarde, cuando ella ya había pasado. Valentina los descartaba con una frialdad que la sorprendía a ella misma.

Lo que más la encendía de esos momentos no era tanto el deseo físico como la conciencia de sí misma como algo deseable. Saber que podía provocar. Que bastaba con una mirada sostenida, con un gesto lento, con el ángulo exacto del cuerpo, para que algo cambiara en el hombre que tuviera enfrente. Eso era lo que buscaba esa tarde: la confirmación.

Lo vio desde lejos. No era nadie especial. Cuarenta y tantos años, complexión ordinaria, barba de varios días con alguna cana. Caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón y miraba el suelo con la distracción de quien piensa en otra cosa. Valentina subió la pretina de la tanga por encima de la cintura, dejándola visible, y fijó la mirada en él.

El hombre la miró. Primero con intriga, después con algo más. No apartó los ojos enseguida.

Valentina se detuvo en medio de la acera y esperó.

Él se acercó casi sin darse cuenta, como arrastrado por una corriente que no había calculado.

—Hola —dijo ella—. ¿Tienes un momento? Tengo un problema que necesito resolver.

El hombre la estudió un segundo.

—¿Cuánto tiempo nos llevaría ese problema?

Valentina no esperaba eso. Lo miró de nuevo, más despacio. No había nada en él que justificara esa respuesta tan directa. No era atractivo en ningún sentido convencional. Pero había algo en la forma en que la miraba que desactivó sus reflejos habituales y la dejó buscando palabras.

—Perdona, creo que malentendiste —dijo, ganando tiempo.

—No creo. —Una pausa breve—. El problema, digo.

Valentina respiró.

—Tengo una grieta en el baño que gotea sin parar. El tiempo depende de ti.

Dios, qué mal sonó eso.

—¿Vives cerca?

—Al final de esta calle. Me llamo Valentina.

—Marcos.

—Vamos.

***

El camino fue incómodo de una forma que Valentina no esperaba. No hablaron casi nada y ella, que en otras circunstancias siempre había sabido qué decir, se descubrió sin recursos. La noche era su territorio natural: la música, la barra, la penumbra conveniente. Esto era diferente. Plena tarde, plena calle, un extraño a su lado al que había abordado con el pretexto más burdo que se le había ocurrido.

Entraron al edificio en silencio y esperaron el ascensor. Marcos miraba el panel de los pisos. Valentina miraba sus manos.

Cuando las puertas se cerraron, él le tomó la mano sin decir nada. No fue un gesto brusco. Fue despacio, con calma, como algo decidido de antes.

—Esto no deberías hacerlo —dijo, mirándola—. Pero no voy a hacerte nada que no quieras. Si entendí bien lo que buscas, solo vamos a darnos lo que los dos necesitamos. ¿Es así?

Valentina respondió con su boca. Lo besó antes de terminar de escucharlo, porque ya había entendido todo lo que necesitaba entender sobre ese hombre.

Sus lenguas se encontraron. Él olía a algo limpio con un fondo más oscuro debajo. Le puso una mano en el trasero y apretó, y la falda se alzó un poco y sus dedos encontraron la piel directamente, la curva firme y cálida, el hilo de la tanga que desaparecía entre sus nalgas. Valentina sintió cómo la presión de esa mano le llegaba hasta el vientre.

Ella buscó su entrepierna. Lo encontró semiduro dentro del pantalón, creciendo contra su palma. Quería abrirle el cierre ahí mismo, en el ascensor.

Las puertas se abrieron.

***

En cuanto entraron al apartamento, lo poco que quedaba de protocolo desapareció. Valentina lo empujó contra el pasillo y le sacó la camiseta. Él le subió el top de un tirón. Se desnudaron rápido y sin orden, con la urgencia de quien lleva demasiado tiempo esperando.

Marcos se detuvo cuando llegó a la tanga.

—Esto se queda —dijo.

Valentina no protestó.

Lo empujó hacia el dormitorio y lo acostó boca arriba. Se arrodilló entre sus piernas y bajó despacio hacia su pecho. Él no se había depilado nada. Tenía el pecho con pelo, el vientre con un volumen que sus amantes anteriores, todos jóvenes y sin un gramo de sobra, nunca habían tenido. Había algo en eso que la encendía de una forma que no esperaba. Sin excusas, sin artificio. Un cuerpo real con años encima.

Su pene era de tamaño normal, tirando a grueso. Crecía recto y firme con el glande ancho y brilloso. Valentina lo miró antes de tocarlo, como si quisiera fijar ese detalle.

Lo tomó con los dedos y lo midió despacio. Después le pasó la lengua por toda la longitud, de abajo hacia arriba, con calma. Oyó cómo él soltaba el aire.

Marcos le agarró el pelo con una mano y le hizo abrir la boca.

—Métemelo todo.

Valentina obedeció. Lo metió hasta que el glande le tocó el fondo de la garganta y sintió las arcadas, pero no se apartó. Lo tuvo ahí un segundo, con la nariz enterrada en su vello púbico.

—Así —dijo él con la voz cambiada—. Eres mi pequeña puta, ¿verdad?

—Sí —respondió ella cuando pudo—. Pero con una condición.

—Dime.

—Que no pares.

—Lo haré.

***

Valentina lo subió hacia el cabecero y se colocó encima de su cara. Se corrió el hilo de la tanga hacia un lado sin quitársela y apoyó su sexo directamente sobre su boca. Llevaba todo el día así, húmeda y caliente, esperando exactamente eso.

Marcos la sujetó por las caderas y la pegó contra él sin ceremonias. La lengua de él la recorrió entera. Lenta, con la presión exacta sobre el clítoris. Valentina se frotó contra su cara como si buscara el ángulo preciso, y lo encontró, y sintió el primer orgasmo construirse desde las rodillas hacia arriba.

—No pares —dijo entre dientes—. Ahí, ahí mismo.

El orgasmo llegó fuerte y limpio. Valentina lo montó hasta el final, apretando los muslos contra las sienes de él, sintiéndose inundar. Cuando bajó del pico siguió moviéndose despacio. Marcos recogía sus fluidos con la lengua sin ninguna prisa.

—¡Qué bien me lames! —dijo—. Si no paras me corro otra vez.

—Dámelo todo en la boca.

Ese morbo de él la volvió a encender al instante. Recogió lo que había entre sus dedos y se los tendió. Marcos los lamió uno a uno, despacio. Después juntó saliva, le abrió la boca con una mano y le escupió dentro.

Valentina nunca había recibido eso. Era grosero y directo y completamente inesperado. Y la puso a mil en un segundo.

***

Se puso en cuatro sobre la cama. El hilo rojo cruzaba sus nalgas y Marcos se lo separó con los pulgares para verla mejor. Escupió sobre su ano, despacio, tal como ella le había pedido en susurros. Valentina sintió el calor y cerró los ojos.

—Eso lo trabajamos otro día —dijo él—. Hoy esto.

Le separó los labios con los dedos y vio el interior brillante y rosado. Pasó la lengua desde el clítoris hasta el punto donde los dos orificios casi se tocan y jugó ahí un momento con la punta. Valentina apoyó la frente en el colchón y apretó el puño en las sábanas.

Después Marcos se incorporó sobre sus rodillas, se tomó el pene y fue entrando despacio.

—Siente cómo te abres —dijo sin moverse todavía, con todo adentro—. ¿La sientes bien?

—Sí —respondió Valentina. La voz le salió pequeña—. Gracias por hacerlo despacio.

Empezó a apretar internamente, sin que ninguno de los dos se moviera. Solo ese pulso rítmico desde adentro, controlado y preciso. Marcos veía cómo el cuerpo de ella respondía a cada contracción con un pequeño movimiento que le llegaba hasta la raíz.

—¿Quieres que acabe adentro? —preguntó.

—Lléname —respondió ella—. Quiero sentirlo caliente dentro.

—Después te lo sacas con los dedos y me muestras cómo te lo comes. Los dos fluidos juntos.

Valentina no respondió. Apretó más fuerte.

***

Sin empujar, sin moverse hacia atrás y hacia adelante, solo con la tensión acumulada de ese diálogo y de los movimientos internos de ella, Marcos eyaculó. El primer chorro fue brusco y la tomó por sorpresa. Valentina sintió el calor expandirse adentro y después el segundo, y el tercero, más abundantes. Era evidente que llevaba mucho tiempo sin acabar.

El orgasmo de ella llegó al mismo tiempo. No lo esperaba tan fuerte. Le temblaron las piernas y tuvo que apoyarse en los antebrazos para no caer.

Cuando se separaron, Valentina se sentó sobre las sábanas y abrió las piernas. Se puso la palma de la mano sobre el sexo y dejó que todo lo que había adentro saliera despacio entre sus dedos.

Marcos seguía semiduro, goteando. Se pasó los dedos por la base del pene, recogió la mezcla que se había acumulado ahí y se la llevó a la boca.

Valentina hizo lo mismo con lo que tenía en la mano.

Se miraron a los ojos. Se acercaron y se besaron, y en ese beso estaba todo: el sabor de los dos, el olor de lo que habían hecho, el calor que todavía no bajaba del todo. Se les escapaba por las comisuras y ninguno de los dos lo evitó.

—Siento que acabo de ganar algo importante —dijo Marcos, apoyado sobre el codo, mirándola—. Y que esto es apenas el principio.

Valentina se quedó mirando el techo un momento.

—No lo compliques —dijo—. Pero tampoco lo estropees.

Afuera, el sol terminaba de caer. En el teléfono, boca abajo en la mesita de noche, había dos mensajes sin leer de su novio preguntando cómo estaba.

No los leyó todavía.

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Comentarios (5)

Lore_noche

Dios mio, que relato!!! Me dejo sin palabras

CuriosoMx

El titulo me engancho desde el primer momento. Muy bien narrado, se siente autentico. Espero la segunda parte!

Ibero54

La tension del inicio es perfecta. Se nota la experiencia al escribir. Muy buen relato.

TangoNoche

jajaja lo de salir a cazar dice... tremenda! Me encanto

Renata

Hay momentos que uno no puede mas y punto. Me recordo algo que viví hace un tiempo. Muy bien contado.

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