Los celos que inventé me llevaron a mi hermana
Los celos comenzaron como un juego inofensivo entre Andrés y yo, una manera privada de mantener viva la llama que llevábamos cuidando desde hacía dos años. Yo cultivaba esos celos imaginarios porque cada día estaba más segura de que él me deseaba con la misma intensidad del primer mes, y esa certeza alimentaba todo lo demás.
Andrés casi nunca tenía celos reales. La celosa era yo, y por eso necesitaba inventármelos. Necesitaba ese pulso de tensión, esa sospecha mínima que volvía a Andrés más territorial, más posesivo, más mío.
Mi hermana Renata se convirtió en el punto perfecto para ese juego. Vivíamos en países distintos desde la universidad y solo nos veíamos en bodas, cumpleaños o aniversarios familiares. Andrés no la conocía. Yo apenas sabía cómo era ahora, a sus treinta y dos años, una profesional reservada que vivía sola en la capital de un país vecino, sin más rastros amorosos que una relación lejana con un hombre maduro de la que nunca quiso hablar.
Cuando Andrés empezó a insistir en que quería ver una fotografía de Renata, reaccioné con un enojo medido. Era puro teatro. Era yo midiéndolo, encendiéndolo, llevándolo despacio hacia un terreno donde se ponía más agresivo, más hambriento. En medio del amor con Andrés solía mencionar a mi hermana, decirle lo guapa que era, lo sola que se la veía, y observar cómo él se encendía hasta empujarme a un final que no era el habitual.
Lo que nunca supe es qué se imaginaba él en esos momentos. Probablemente nada concreto. La fantasía era mía. Eran mis celos fingidos los que avivaban la hoguera.
Y, sin embargo, una noche el juego dio un giro.
Encontré una foto de Renata, ampliada de un pasaporte, y se la entregué a Andrés sin pompa. Él la miró sin decir nada, sin un solo comentario, y me la devolvió. Casi me desilusioné. Después, ya en la cama, en medio de un beso largo, me dijo:
—Se parecen.
Esas dos palabras me marcaron una corriente eléctrica por dentro. Le respondí con otra mentira metida en el juego: que Renata tenía un cuerpo más bravío que el mío, más indomable, que seguramente sería más ardiente en la cama. Andrés se movió sobre mí con un brío nuevo y, en algún punto entre la mentira y la verdad, me descubrí imitando lo que imaginé sería la forma en que se entregaría mi hermana. Una manera distinta. Una manera que yo no había usado nunca.
Andrés pareció notarlo. Me tomó con un ritmo nuevo, como si estuviera con otra mujer, y yo lo dejé. Esa tarde ninguno de los dos confesó nada. Quizá nos parecía peligroso. Quizá creímos que la fantasía se desinflaría sola si no la nombrábamos.
No se desinfló.
El miércoles siguiente, en mi cama vacía, me sorprendí pensando en Renata. No en Andrés. En ella. En la manera en que Andrés se hundía en ella dentro de mi imaginación, en la forma desvergonzada con que yo creía que ella se le entregaría. Empecé a tocarme con una urgencia que no recordaba, sin saber muy bien si el orgasmo que se me venía encima era mío o suyo, si yo era yo o era ella prestándome el cuerpo.
Lo más excitante del asunto era que Renata no tenía ni idea. Y nunca podría contárselo. Con ella no había ninguna confianza en ese plano.
El sábado, en medio del calor habitual y mientras Andrés me besaba el cuello, lo escuché susurrar:
—Renata.
Fue como si me hubiera caído un fósforo encendido en el vientre. Mis caderas se descontrolaron, mi respiración se rompió, y él, sin retenerse ya, volvió a decirlo, una y otra vez, mientras entraba y salía con un ritmo que no habíamos alcanzado nunca. Después, ya en reposo, nos besamos largo, sin urgencia, como dos cómplices que acababan de cometer algo y todavía no se animaban a nombrarlo.
Pactamos un silencio sin acordarlo. Pero el silencio empezaba a pesar.
***
Anoche, en el restaurante de siempre frente al mar, mientras Andrés sostenía una copa de vino con esa elegancia que me desarma, se atrevió a preguntarme:
—¿No te dan celos que te llame Renata?
El solo hecho de oírlo me prendió un escalofrío entre los muslos. Le respondí que sí. Le dije que tenía celos hermosos. Celos embriagadores. Celos que quería multiplicar, porque cada vez que él se transformaba en ese amante nuevo, yo también me sentía otra. Le dije que esos celos me llevaban a querer ser las dos. Las dos para él. Para poseerlo desde todos los costados.
Andrés se fue encendiendo. Lo supe en el brillo de sus ojos, en el modo en que sus labios se entreabrían sin darse cuenta, en la mano cálida que viajaba por debajo del mantel hacia mis muslos. Y en ese momento, sin haberlo planeado del todo, le dije:
—Déjamela a mí. Yo sabré convencerla.
No sabía cómo. No sabía qué decirle a Renata, ni cómo iba a reaccionar. Solo sabía que era inevitable.
***
Tres semanas después estaba sentada frente a mi hermana en el restaurante más alto de la ciudad, ese de los ventanales infinitos que dan al estuario. Habíamos pedido un aperitivo y conversábamos con ese aire un poco distante con el que a veces fingimos vivir las mujeres que no necesitan a nadie.
Pero no era comodidad. Era ansiedad. Yo sola me había metido en este desafío y empezaba a entender la distancia que hay entre una fantasía que cuidas en la intimidad de tu cama y la realidad de tener delante a la mujer que quieres meter en ella.
En mis insomnios, abrasada por el deseo, todo me parecía sencillo. Imaginaba las frases que le diría a Renata para convencerla, las pausas, las miradas, el momento en que ella aceptaría. Pero ahora ella estaba ahí, con su naturalidad reservada de siempre, y no me daba el más mínimo resquicio para acercarme.
O quizá sí.
Porque cuanto más la miraba, más distinta la encontraba. Algo en ella había cambiado. O quizá yo nunca la había mirado de verdad. Había en su modo de inclinar la cabeza, de cruzar las piernas, de pasarse el meñique por la comisura del labio, una sensualidad nueva que yo no le recordaba. Una sensualidad casi provocadora.
Después de un silencio breve, fue ella la que habló.
—Vamos, Camila. Cuéntame de Andrés. ¿Sigue siendo el centro de tu vida?
Me sorprendió. Renata jamás había mostrado interés por mis asuntos amorosos. Pero ahí, en un brillo apenas perceptible de sus ojos, había una curiosidad nueva. Y esa curiosidad era la única rama de la que podía colgarme.
Me escuché hablar sin preámbulos. Le dije que la relación con Andrés había entrado en una etapa diferente, la etapa de los amantes maduros, de los que ya no tienen vuelta atrás. Le dije que, cuando los prejuicios se quedan en el pasado, los dos pueden caminar desnudos y de la mano por un mundo paralelo donde todo es posible.
Renata no decía nada, pero toda su actitud me pedía seguir. Y seguí.
Le conté que desde el miércoles mi cuerpo ya empezaba a esperarlo. Le conté las caricias que me hacía a mí misma para apagar el fuego mientras llegaba el sábado, caricias que nunca le había contado a nadie, ni siquiera había visto descritas en un libro. Le conté cómo elegía la lencería, cómo me bañaba, cómo me preparaba para que Andrés me la quitara después con la lentitud de un ritual.
Renata miraba a veces a las mesas vecinas, como cuidando que nadie estuviera escuchando. Quería ser ella la única destinataria de esa confesión, y yo lo entendí.
Entonces fui más lejos.
Le conté que algunos sábados Andrés y yo almorzábamos en un reservado del restaurante de la playa. Le conté que ahí, calentados por el vino y por la charla, terminábamos de pie, apretados contra la pared, con su mano dentro de mi ropa interior y mi cuerpo abierto sin más. Le dije que algunos de los mejores orgasmos de mi vida me los había dado el riesgo de que alguien pudiera entrar.
Mientras hablaba, yo misma me estaba encendiendo. Y habría jurado que Renata también lo estaba. No me lo decía. Pero conozco a las mujeres. Sé reconocer ese modo de apretar las rodillas bajo la mesa, ese gesto mínimo de juntar los muslos, esa respiración que se acorta y se hace más profunda al mismo tiempo. Si Renata no hubiese querido oír más, me habría detenido. No lo hizo.
De pronto pidió la cuenta.
—Vámonos —dijo.
***
Caminando detrás de ella por el pasillo del restaurante, descubrí algo que no había visto en treinta años. Renata se movía con un balanceo casi imperceptible que solo otra mujer podía descifrar. Cada nalga subía y bajaba con vida propia bajo el vestido ajustado, y yo no podía dejar de mirar. Sentía el pasillo demasiado corto.
Salimos a la avenida y caminamos en silencio. Era una tarde calurosa, de esas que pesan en la nuca, y entramos a un cine porque era el único lugar fresco a la vista. La película ya había empezado. Le pedí a Renata que me diera la mano para guiarme en la penumbra.
Su mano estaba fría. La mía ardía.
Lo que me sorprendió fue que, una vez sentadas, no la soltara.
Al principio fingí estar atenta a la película. Pero a los pocos minutos abandoné toda intención de mirar la pantalla. Empecé a acariciarle el dorso de la mano, despacio, con un pulgar tímido que se fue volviendo audaz. Renata aceptaba todo, sin moverse, sin retirar nada, sin decir una palabra.
Su mano respondió. Se posó sobre mi rodilla con una seguridad nueva y avanzó por mi muslo sin pedir permiso. La falda corta me dejaba demasiada piel descubierta, y cada centímetro que ella recorría me arrancaba una respiración rota. Era la primera vez que me acariciaba una mujer. Y esa mujer era mi hermana.
Estaba quemándome viva en una hoguera que yo misma había prendido.
Mi mano libre, casi como para defenderme, buscó uno de mis pechos por encima del vestido y empecé a apretar el pezón hasta hacerme daño. Renata me observaba de reojo. Y entonces, aprovechando que la fila de atrás estaba vacía, se bajó un poco el escote y liberó uno de los suyos para imitar lo que yo hacía.
Era un pecho hermoso, blanco en la penumbra del cine, con un pezón oscuro, dilatado, casi insolente, apuntando hacia adelante porque ella se había recostado un poco en la butaca. Lo sostenía desde la base, ofreciéndomelo, y la sangre se me fue del cuerpo.
Me incliné hacia ella sin pensarlo. Mi boca, anhelante. Mis labios, buscadores. Mi lengua, encontrando ese pezón ajeno como si fuera propio. Y cuando lo tuve dentro de mi boca, una descarga me subió del vientre con tanta fuerza que tuve que morder para no gritar. Su mano había encontrado el camino entre mis piernas. A través de la fina tela de mi ropa interior le pude entregar cada pulso, cada espasmo, cada detalle de un orgasmo que se desplomaba sobre nosotras como una ola larga y silenciosa.
Cuando recobré el aliento, Renata me susurró al oído:
—Así sientes con él, ¿verdad?
No le contesté. No hizo falta.
Los celos ya no me importaban. Habían cumplido su trabajo. Ahora solo faltaba el sábado.