La sala de lectura en la que dejé de estudiar
La biblioteca municipal del barrio se vaciaba siempre a la misma hora. Pasadas las siete de la tarde, el personal del turno se reducía a una bibliotecaria somnolienta en el mostrador de abajo y los pocos estudiantes que quedaban se apelotonaban en la sala de ordenadores de la planta baja. La segunda planta —humanidades, derecho, fondos antiguos— se convertía entonces en un pasillo silencioso de estanterías altas, mesas de madera gastada y fluorescentes que zumbaban con un ronroneo constante. El aire acondicionado tapaba cualquier sonido que no quisiera oírse.
Yo llegaba puntual cada jueves, a las seis y media, como un reloj. Tenía cuarenta y siete años y veinticuatro de casada con un hombre correcto y ausente, un arquitecto que vivía más en su estudio que en nuestra casa. La alianza de oro blanco seguía en mi dedo, fría, un recordatorio que nunca me quité ni siquiera aquella tarde. Llevaba una falda de tubo gris que me marcaba las caderas hasta justo debajo de la rodilla y una blusa de seda color crema que el calor pegaba a la piel. Cuando me inclinaba sobre los apuntes, el escote dejaba entrever el encaje negro del sujetador. El pelo castaño, recogido en un moño bajo, con mechones sueltos rozándome el cuello.
Preparaba las oposiciones a la judicatura. Me quedaba el último examen, el más temido: Derecho Civil y Mercantil. Sobre la mesa tenía los códigos abiertos, los esquemas hechos con rotuladores fluorescentes, las fichas numeradas en un orden que solo yo entendía. Llevaba meses sin levantar la cabeza de aquellos libros, y meses sin que nadie me mirara como me miró él esa tarde.
Adrián apareció poco después de las siete. Veintitrés años, el mejor amigo de mi hijo Sergio desde el instituto. Alto, delgado pero fibroso, el pelo negro siempre revuelto, una barba de tres días que le daba un aire de hombre sin terminar de serlo. Llevaba una camiseta oscura ajustada y vaqueros desgastados. Se sentó a tres mesas de la mía, abrió el portátil como si fuera a avanzar en su trabajo de fin de grado, pero sus ojos se desviaron hacia mí casi de inmediato.
Lo noté desde el primer instante. A mi edad ya no me avergonzaba reconocer cuándo un chico me deseaba; al contrario, me encendía un fuego lento entre las piernas que mi marido no avivaba desde hacía demasiado tiempo. Durante cuarenta minutos fingí concentrarme. Me inclinaba sobre los códigos dejando que la blusa se abriera lo justo. Cruzaba y descruzaba las piernas, y la falda subía un par de centímetros cada vez. Me mordía el labio inferior mientras subrayaba un artículo que ya no leía.
Adrián aguantó lo que pudo. Al final se levantó, cogió un libro al azar de la estantería más cercana y se acercó a mi mesa.
—¿Puedo sentarme aquí? —susurró—. Allí atrás hay mucho reflejo en la pantalla.
Levanté la vista despacio. Me quité las gafas de lectura y lo miré sin prisa.
—Claro, Adrián. Siéntate.
Se sentó frente a mí. Durante diez minutos fingimos los dos estudiar, pero el silencio entre nosotros era espeso, casi sólido. Lo sentía removerse en la silla, sentía su mirada bajar a mi escote, a la curva de mis piernas bajo la mesa.
—¿Qué tal va el trabajo? —pregunté en voz baja.
—Lento… —tragó saliva—. Me cuesta concentrarme. Mucho.
Sonreí apenas.
—¿Y eso? ¿Alguna distracción?
Me miró a los ojos, sin apartar la vista esta vez.
—Usted. Lleva toda la tarde con esa blusa y esa falda, y yo no puedo dejar de mirarla. Me tiene… mal. Desde que entré.
Usted. Aquel tratamiento me derritió más que cualquier obscenidad. Deslicé la mano derecha por debajo de la mesa y le rocé la rodilla. Subí despacio por el muslo hasta sentir, a través de la tela vaquera, lo dura que estaba. Apreté un poco.
—Tutéame —dije—. Y escúchame bien. Sergio no debe enterarse nunca de esto. Ni una palabra. Si se entera, se acaba todo. ¿Lo entiendes?
Adrián asintió rápido, la respiración entrecortada.
—Ni una palabra, te lo juro. Sergio es mi mejor amigo… no quiero hacerle daño. Pero no puedo parar de pensar en ti.
Retiré la mano despacio, saboreando su cara de desconcierto.
—Entonces quédate callado y sigue mirándome. Sin hacer ruido. Todavía no.
***
Los quince minutos siguientes fueron un juego de paciencia. Me inclinaba más de lo necesario para alcanzar una ficha, dejaba a la vista el borde del encaje, me pasaba la lengua por los labios como si estuviera concentrada. Él se tocaba disimuladamente por encima del pantalón, creyendo que no lo veía. Lo pillé y le dediqué una sonrisa cómplice que lo dejó sin aire.
Al final recogí mis cosas con calma, me colgué el bolso del hombro y le hice un gesto con la cabeza hacia el fondo de la planta.
—Ven. Y trae el portátil, por si entra alguien.
Caminé sin mirar atrás, sabiendo que me seguía a unos metros. Llegamos al último pasillo, el de los tratados internacionales y los volúmenes que nadie consultaba nunca: estanterías altísimas, luz escasa, un rincón ciego donde la cámara del techo no alcanzaba. Dejé el bolso en el suelo y me apoyé de espaldas contra los lomos de los libros.
—Acércate —murmuré—. Pero no me toques todavía. Solo pégate a mí.
Obedeció. Sentí su pecho contra mi espalda, su respiración en mi nuca, y la presión inconfundible de su erección apretándose contra mí.
—Siente cómo estoy —le susurré, buscando su mano por detrás—. Llevo así toda la tarde, solo de notar que me mirabas.
Guié sus dedos hasta el borde de la falda y la levanté yo misma, despacio, hasta dejar al descubierto el muslo por encima de la media.
—Sube la mano. Sin prisa.
Sus dedos recorrieron la piel caliente, temblando un poco. Lo noté contener el aliento al llegar arriba.
—Tócame por encima de la ropa interior primero. Solo roza.
Encontró la tela y la presionó, y un gemido bajo se me escapó antes de que pudiera contenerlo. Empujé las caderas hacia su mano.
—Así… haz círculos lentos. Eso es.
Cerré los ojos y me mordí el labio. La estantería estaba fría contra mi espalda y él estaba ardiendo detrás de mí, y aquel contraste me hacía perder la cabeza.
—Ahora aparta la tela y mete un dedo. Solo uno.
Lo hizo. Jadeé bajito, tapándome la boca con la otra mano.
—Otro más. Despacio. Quiero correrme así primero.
Dos dedos dentro, moviéndose con un ritmo torpe que fui corrigiendo con el balanceo de mis caderas. Empecé a empujar contra su mano, cada vez más rápido, la respiración rota contra la palma que me sellaba los labios.
—No pares… ya casi…
Me corrí en absoluto silencio, el cuerpo entero en tensión, las rodillas a punto de fallarme. Me agarré a una balda para no caer mientras el orgasmo me recorría en oleadas largas y mudas.
Me giré despacio, todavía temblando, le cogí la mano y me llevé sus dedos a la boca, mirándolo a los ojos mientras los limpiaba.
—Buen chico —dije en voz muy baja—. Ahora sácala.
***
Adrián se bajó la cremallera con dedos torpes y se liberó. Estaba dura, tensa, la respiración acelerada de quien lleva una hora aguantando. Me bajé yo misma la ropa interior hasta los tobillos y separé las piernas, una rodilla apoyada en la balda más baja.
—Frótala entre mis piernas primero —le dije, guiándolo con la mano—. Despacio, sin entrar.
La deslizó arriba y abajo, rozándome donde más lo necesitaba, y los dos contuvimos un gemido a la vez.
—Ahora sí. Solo la punta al principio.
Empujó la cabeza y yo me mordí el dorso de la mano para no hacer ruido.
—Más… entra del todo.
Entró hasta el fondo de una sola embestida lenta, y los dos nos quedamos quietos un instante, jadeando contra el silencio de la sala.
—Dios… —murmuró él contra mi cuello.
—Calla. Y muévete. Fuerte, pero sin un solo ruido.
Empezó a moverse, retiradas largas y entradas profundas, la carne chocando contra la mía amortiguada por la pared de libros que teníamos al lado. Me subí la blusa, me desabroché el sujetador de un gesto y dejé que mis pechos cayeran libres. Él los buscó con las manos, ansioso, mientras me embestía con una urgencia que no se molestaba en disimular.
—Más fuerte —le pedí, los ojos cerrados—. Aprovecha ahora.
Aceleró. Yo me sostenía contra la estantería con una mano y me tapaba la boca con la otra, y aun así se me escapaban jadeos ahogados que se perdían entre el zumbido del aire acondicionado. Noté que volvía a subir, esta vez más rápido, más intenso.
—Otra vez… no pares ahora…
El segundo orgasmo me sacudió con más fuerza que el primero, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él. Tuve que apretar la frente contra los libros para no derrumbarme.
Adrián gruñó bajito, los dedos clavados en mis caderas.
—Espera… estoy a punto…
Me separé de él, me di la vuelta y me arrodillé en el suelo de moqueta gastada sin pensarlo dos veces. Me lo metí en la boca, hasta el fondo, una mano moviéndose con él y la otra acariciándolo más abajo. Lo sentí tensarse entero.
—Aquí —murmuré apenas un segundo, antes de seguir—. Termina aquí.
Se corrió con un espasmo largo, mordiéndose el labio para no gritar, las dos manos buscando apoyo en la estantería. No lo solté hasta que dejó de temblar.
Me limpié los labios con el dorso de la mano y levanté la vista hacia él, que me miraba como si no terminara de creérselo.
—Buen chico —repetí, poniéndome de pie y ajustándome la blusa—. Recuérdalo: Sergio no debe enterarse nunca. Ni una palabra. Si se entera, esto se acaba.
Adrián asintió, todavía sin aliento.
—Te lo juro. Nadie va a saber nada.
Me recompuse la ropa con una calma que no sentía por dentro, recogí el bolso del suelo y me alisé la falda. Antes de salir del pasillo, me volví hacia él una última vez.
—El jueves que viene llega tú primero —dije—. Y siéntate en mi mesa. Tenemos mucho que estudiar.
Me marché con paso firme entre las estanterías, dejándolo apoyado contra los libros con la certeza dibujada en la cara: volvería cada jueves, y guardaría el secreto.