La mujer de mi jefe volvió a buscarme en la playa
El sol caía sobre la playa nudista de Roquetas sin una sola nube que lo frenara. El aire olía distinto esa mañana, o quizá era yo el que lo respiraba distinto. Llevaba un rato tendido sobre una toalla grande, vigilando la entrada del arenal, cuando ella apareció. Reconocí su silueta antes que su cara, y por cómo caminaba supe que el juego apenas empezaba.
Marina se detuvo a unos metros, como si buscara mi mirada a través del calor que temblaba sobre la arena. Después, con una lentitud teatral, empezó a desnudarse. Primero el vestido ligero, que dejó caer junto a sus pies. Luego la parte de arriba del biquini.
Al soltarlo, sus pechos —ya de por sí imponentes— parecieron liberarse con una audacia nueva. Se los sostuvo un instante con las manos, ofreciéndomelos a la vista, antes de dejarlos caer con un peso sensual. Su mirada me encontró entonces. No había vergüenza en ella, sino el orgullo desafiante de una mujer que ha encontrado su sitio y lo exhibe sin pedir permiso.
Después, con un giro lento, me dio la espalda. Y ahí estaban. Sobre la piel suave de sus nalgas se dibujaban las marcas de la noche anterior: líneas rojas, algunas simples rojeces, otras más definidas, casi moradas, siguiendo la curva de sus glúteos. Un mapa de su entrega, pintado en su carne.
Las mostraba como medallas, balanceando las caderas para que el sol las iluminara mejor.
—¿Te gusta lo que ves? —dijo sin volverse del todo, la voz cargada de una satisfacción densa—. Tu marca en mí. Me desperté, me miré al espejo y me mojé en el acto. Recordando cada golpe, cada vez que me decías «mía» y yo te suplicaba más.
Llevaba toda la mañana esperando que dijera justo eso.
Por fin se dio la vuelta, completamente desnuda, y caminó hacia mí con una cadencia que hacía temblar cada parte de su cuerpo. Se arrodilló en la arena, a mi lado, y apoyó la mano en mi muslo.
—Al principio le dio un apuro terrible, ¿sabes? —murmuró, y su tono cambió a uno de reporte lascivo—. Que fueras tú. Un empleado suyo. Su orgullo de empresario hecho a sí mismo se hizo trizas. —Una sonrisa le jugueteaba en los labios—. Pero luego le hice recordar. Le describí cada detalle de anoche. Cómo gimió, cómo se le puso la voz, cómo le pregunté si en todos sus años de matrimonio me había hecho sentir ni la mitad de lo que tú me hiciste sentir en una sola noche.
Se inclinó más, su aliento caliente contra mi oído.
—Y esta mañana, antes de venir, quiso intentarlo. Quiso tomarme como tú lo hiciste. Pobre. —Soltó una risa baja—. No duró ni un minuto. Se vino como un crío, temblando. Y después me pidió perdón. Y me pidió que te pidiera perdón a ti, por haber dudado.
En ese momento una sombra cayó sobre nosotros.
Era Ricardo. Don Ricardo, mi jefe, el hombre que firmaba mi sueldo. Desnudo como su mujer, su cuerpo más delgado y pálido contrastaba con la exuberancia de Marina. Pero no quedaba rastro de la cara compungida de la víspera. Su expresión era serena, con una aceptación profunda, casi de alivio.
Su mirada no buscó la mía de inmediato. Bajó hasta donde la mano de Marina me acariciaba el muslo, y después a mi entrepierna, donde ya se insinuaba una respuesta a la narración de su esposa. No había asco en su rostro. Solo una curiosidad sombría y algo aprendido.
Marina, sin apartar los ojos de mí, extendió la otra mano hacia atrás, en gesto de mando. Ricardo se acercó obediente, tomó esa mano y se dejó guiar hasta arrodillarse al otro lado de mis pies. Quedamos formando un triángulo extraño bajo el sol.
—Le he estado enseñando —siguió ella, ahora en un murmullo íntimo que sabía que él también podía oír—. Cómo arrodillarse. Cómo esperar. Cómo mirar. —Sus dedos subieron por la cara interna de mi muslo—. Pero creo que toca una lección práctica. Con el escenario adecuado.
Su mirada recorrió la playa, buscando algo, y volvió a mí llena de malicia.
—Quiero que me tomes aquí. Ahora. En la arena, con el sol quemándonos. Y quiero que él mire.
La propuesta, dicha con esa mezcla de desafío y súplica, hizo que la sangre me bajara con fuerza. El sitio era perfecto: el sol como testigo y su marido como espectador forzado, obligado a cubrirnos y vigilar. El rincón no estaba a la vista, pero tampoco libre del riesgo de que nos pillaran.
—Como ordenes —gruñí, con la voz más ronca de lo habitual.
Recogimos las cosas y nos movimos hacia las dunas. Me senté, tiré de Marina por el brazo y la atraje contra mí. Ella soltó un pequeño grito de sorpresa. Mis manos se aferraron a sus caderas marcadas, presionando justo sobre las líneas rojas. Gimió, una mezcla de dolor residual y placer anticipado.
La hice bajar, sin suavidad, con la urgencia que ella misma había provocado. Cayó de rodillas sobre la toalla, las nalgas marcadas ofrecidas al sol y a mi vista. Me coloqué detrás, mi cuerpo proyectando sombra sobre el suyo. No hubo preliminares. No los necesitábamos. Ya estaba empapada.
Con una mano me guie a mí mismo, con la otra le separé las nalgas. Entré de un solo empuje firme. Marina gritó, un sonido desgarrado, y su espalda se arqueó violentamente. Estaba apretada, caliente, y cada centímetro de ella parecía vibrar con una entrega eléctrica.
No esperé a que se adaptara. Empecé a moverme con un ritmo duro, cada embestida un recordatorio físico de quién mandaba. El sol me quemaba la espalda y brillaba sobre el sudor que ya le perlaba la piel.
—Míralo —le gruñí a Ricardo sin frenar—. Mira cómo recibe lo que es suyo. Eso es lo que ella necesita.
Ricardo, arrodillado como una estatua pálida, no podía apartar la vista del punto donde nuestros cuerpos se unían. Y Marina, sacudida por cada golpe, encontró la voz entre los gemidos. No eran palabras de amor, sino de pura provocación dirigida a la figura temblorosa de su marido.
—¿Lo ves, Ricardo? ¿Lo sientes? —jadeó, volviendo la cabeza hacia él, el rostro contraído de éxtasis—. Así folla un hombre de verdad. No tus prisas patéticas. Esto es lo que me parte en dos.
Mi ritmo se intensificó, azuzado por sus palabras. Ricardo emitía un sonido ahogado, a medio camino entre el sollozo y el gemido. Su mano temblorosa bajó hacia su propio regazo, donde una erección débil pero inconfundible se tensaba contra su voluntad. La humillación lo encendía.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte! —gritó Marina, las palabras para mí pero los ojos, llenos de lágrimas de placer, clavados en su marido—. ¡Enséñale! ¡Enséñale lo que es!
El clímax se acercaba como una tormenta. El cuerpo de Marina estaba tenso como un arco, sus gritos convertidos en un alarido ronco y continuo que se mezclaba con el sonido de las olas. Mis caderas perdieron todo ritmo.
—¡Dentro! —aulló—. ¡Quiero sentirlo todo! ¡Quiero que él vea cómo me llenas!
Fue la orden final. Con un gruñido que me salió de lo más hondo, me hundí en ella hasta el fondo, sintiendo cómo sus músculos internos se cerraban a mi alrededor. El calor fue instantáneo, intenso, un torrente que no parecía tener fin. Marina se estremeció, su propio orgasmo desatándose en una serie de contracciones que me exprimieron entero.
El silencio que siguió fue rotundo, roto solo por nuestra respiración y el mar. Me desplomé sobre su espalda. Después nos dimos un chapuzón y volvimos a nuestro sitio como si nada.
***
El regreso a su casa fue silencioso, cargado con el peso de lo ocurrido en la arena. Marina caminaba con una sumisión nueva en los ojos, y Ricardo, aún pálido, no se atrevía a mirarme de frente.
Una vez dentro, la atmósfera cambió. La luz del atardecer entraba por las ventanas e iluminaba el salón ordenado. Pero ese orden estaba a punto de romperse. Sin decir una palabra, señalé el centro de la habitación.
—Desnudaos. Los dos. Ahora.
Mi voz no dejaba lugar a dudas. Obedecieron con movimientos torpes. Marina lo hizo con una especie de orgullo perverso, exhibiendo su cuerpo marcado y sudoroso. Ricardo, avergonzado, se cubrió por instinto hasta que mi mirada lo congeló. Quedaron de pie, desnudos y vulnerables, bajo mi escrutinio.
Recorrí la habitación con los ojos hasta encontrarlo: una gruesa correa de cuero colgada de un gancho junto a la puerta. La descolgué. El cuero era pesado, y su sonido al deslizarse por mi mano fue un susurro prometedor. Los ojos de Marina se llenaron de anticipación; los de Ricardo, de puro terror.
—De rodillas. Espalda con espalda.
La orden salió cortante. Obedecieron, sus cuerpos desnudos rozándose al arrodillarse sobre la madera fría. Marina mantuvo la cabeza alta, la respiración acelerada. Ricardo temblaba.
—Tú —dije, dirigiéndome a él, la voz baja pero penetrante—. Levántale el pelo a tu esposa. Sujétaselo bien. Quiero ver su cuello.
La mano de Ricardo tembló al alzarse y enredarse en el cabello sudoroso de Marina. Ella cerró los ojos y dejó escapar un suspiro cuando él tiró, exponiendo la línea larga y vulnerable de su cuello.
—Bien —musité. Y, sin más preámbulo, levanté la correa.
El primer latigazo cayó sobre sus omóplatos. No con toda mi fuerza, pero el chasquido del cuero resonó en la habitación como un disparo seco. Una línea roja floreció al instante sobre su piel. Marina contuvo el aliento, su cuerpo se tensó, y después soltó un jadeo largo que era mitad dolor, mitad éxtasis. Ricardo dio un respingo, su propio cuerpo estremeciéndose.
—¿Duele? —pregunté, la voz una caricia peligrosa—. Es solo el comienzo.
El segundo latigazo cruzó más abajo y un gemido húmedo escapó de sus labios. Entonces me moví y quedé frente a Ricardo. Su rostro estaba blanco, la débil erección de la playa reemplazada por el encogimiento del miedo.
—Aún crees que tienes algún derecho sobre ella —le dije—. Sobre esto.
La correa silbó en el aire. No usé el filo, sino la parte plana contra su pecho, y sonó como una bofetada. Él soltó un grito más de humillación que de dolor, y una mancha roja empezó a extenderse sobre su piel. Marina giró la cabeza para ver, y en sus ojos brilló una fascinación perversa.
—Así se siente cuando alguien más fuerte toma lo que era tuyo —siseó ella, ronca por los gritos.
Otro golpe, esta vez en el muslo. Él chilló, encogido. Pero, contra toda lógica, una débil erección volvió a palpitar entre sus piernas. La sumisión total lo encendía.
Volví a Marina. Su espalda ya lucía dos líneas paralelas. Arrastré la punta de la correa por su columna y ella se estremeció. Después la dejé caer al suelo con un ruido sordo. En su lugar, me arrodillé detrás de ella y posé las manos sobre las marcas, sintiendo el calor que irradiaban.
—Quieres que te marque de otra manera —murmuré, y mis dedos descendieron sin encontrar resistencia, hundiéndose en la humedad caliente que ya la preparaba.
Marina gritó, un sonido largo que se transformó en gemido cuando mis dedos se curvaron dentro de ella. Su cuerpo se convulsionó. Ricardo observaba, hipnotizado, su erección ahora plena y dolorosamente evidente.
Me levanté y lo miré. Su rostro era un pozo de conflicto: terror, deseo, humillación y una necesidad desesperada.
—Ella es mía ahora —le dije—. Cada gemido, cada temblor me pertenece. Y tú solo eres el que sostiene el pelo de su ama mientras ella es tomada. Aquí. No te muevas. Quiero que escuches todo.
Le tendí la mano a Marina. Ella la tomó, los dedos fríos y temblorosos enredándose con los míos, y la levanté. Sin una palabra, la guie por el pasillo hasta su dormitorio. Dejé la puerta abierta de par en par, para que cada sonido viajara sin obstáculos hasta el hombre arrodillado en el salón.
—Sí, mi amo. Lo que ordenes —dijo ella, y esa entrega total encendió algo primitivo en mí.
—Entonces empieza —gruñí, quitándome la camiseta—. Háblale. Dile lo que voy a hacer contigo.
Marina volvió el rostro hacia la puerta, como si pudiera verlo, y tomó aire. Su voz, temblorosa al principio, después firme y cargada de crueldad, llenó el dormitorio.
—¿Estás escuchando, cariño? —dijo, casi cantarín—. Tu mujer está aquí, desnuda y mojada, esperando que otro hombre la tome. ¿Sabes por qué? Porque tú nunca supiste cómo.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas y le separé los muslos, exponiéndola aún más. Ella gimió, la provocación quebrada un instante por el placer anticipado. Bajé la cabeza y la recorrí con una lamida larga y lenta. Marina gritó, un sonido agudo que sin duda se extendió por toda la casa, y sus caderas se elevaron del colchón buscando más.
—No te calles —ordené, levantando la cara—. Él necesita oírlo. Cuéntale lo que estoy haciendo, o me detengo.
Ella tragó saliva, luchando por hilar palabras entre el jadeo.
—Su boca está donde la tuya nunca supo estar —forzó—. Me lame como nunca te atreviste. Y me encanta. Prefiero esto a cualquier cosa que tú intentaras.
La recompensé por cada palabra. Volví a bajar, concentrándome en su clítoris con un ritmo insistente. Los gemidos de Marina se convirtieron en alaridos ahogados, sus manos blanqueando los nudillos sobre las sábanas. Cuando introduje dos dedos sin dejar de lamer, su cuerpo se convulsionó.
—¡Me corro! ¡Me estoy corriendo! —aulló—. ¿Lo oyes? ¡Tu mujer se corre por otro!
Su orgasmo fue una ola larga y violenta. Sentí sus músculos cerrándose alrededor de mis dedos en espasmos húmedos, y prolongué su clímax hasta que los gritos se volvieron sollozos y su cuerpo cayó, exhausto, sobre el colchón.
Me incorporé, limpiándome la boca con el dorso de la mano.
—Buen trabajo —dije, áspero por la excitación—. Pero el acto principal aún no empieza.
La tomé de las caderas y la giré hasta dejarla de rodillas, la espalda arqueada, el trasero elevado hacia mí. Coloqué la punta en su entrada, que aún goteaba, y me incliné sobre ella.
—Ahora cuéntale cada centímetro —susurré contra su oído.
Empujé de una sola embestida profunda. El sonido fue húmedo y obsceno, seguido del grito desgarrado de Marina.
—¡Lo está metiendo todo! —aulló hacia la puerta—. ¡Dios, me llena como tú nunca pudiste!
Empecé a moverme, lento al principio, cada embestida calculada para maximizar el sonido. Después aceleré, mis caderas chocando contra sus nalgas con una fuerza que retumbaba en la habitación. Marina ya no formaba frases coherentes; su discurso se había reducido a gemidos y fragmentos de insultos lanzados al hombre invisible.
Su cuerpo volvió a tensarse bajo el mío, los músculos cerrándose a mi alrededor. Esta vez no hubo orden mía. El clímax la tomó por sorpresa, un tsunami que rompió cualquier último resto de control. Y en medio de los espasmos, entre sollozos de éxtasis, las palabras le brotaron crudas y devastadoras:
—¡Marcos! ¡Marcos, te quiero! ¡Te amo!
Cayeron en el silencio de la casa más humillantes que cualquier insulto: una confesión de alma, arrancada por el puro placer. El sonido de mi nombre, dicho con devoción, fue lo que colmó mi propia excitación.
Un rugido escapó de mi garganta. Mis embestidas se volvieron salvajes, el ritmo quebrado en una serie de empujes caóticos. Con un último impulso me hundí en ella hasta el fondo y exploté, oleada tras oleada de calor, sosteniéndome sobre su espalda mientras los dos jadeábamos de puro placer.
***
Desde ese día me quedé en su casa, y follamos a todas horas. Algunos días ni salíamos; el único que pisaba la calle era Ricardo, para comprar lo que hiciera falta. Ellos se marcharon una semana antes que yo, y yo volví la víspera a mi apartamento.
La sorpresa fue que Marina se empeñó en venir a despedirse antes de partir. Subieron los dos.
La escena en el umbral estaba cargada de tensión. Ricardo permanecía de pie, con una sonrisa tensa y una mirada que intentaba, sin éxito, parecer cómplice. Había aceptado su nuevo papel —proveedor y espectador consentido— con una resignación que solo alimentaba nuestro fuego.
Marina, en cambio, era un volcán sin disimulo. Sus labios buscaron los míos no en un beso de despedida, sino en una afirmación de propiedad: lento, profundo, obscenamente prolongado. Mis manos se aferraron a sus caderas a través del fino vestido de verano, recordándole quién la había marcado por dentro. Gimió contra mi boca, olvidando por completo a su marido.
Cuando por fin nos separamos, ella jadeaba, los labios hinchados, los ojos llenos de un fuego que ya no quería ocultar.
—Te quiero, mi amor —susurró, las palabras claras y dirigidas solo a mí, un dardo lanzado a plena luz del día.
Después, con una calma devastadora, se volvió hacia Ricardo. Su expresión se suavizó, pero no con el cariño de una esposa, sino con la condescendencia de quien maneja a una mascota leal. Alargó la mano y le acarició la mejilla, un gesto que debería haber sido tierno y que, en ese contexto, era la humillación más exquisita.
—No te pongas celoso, que a ti también te quiero, cariño —dijo, dulce como la miel—. Pero de otra manera, amor. De otra manera.
Las palabras flotaron en el rellano, definiendo para siempre los términos de aquel triángulo. Ricardo asintió, tragando saliva, la sonrisa todavía fija. Él no era su amante: era el marco que sostenía el cuadro de nuestra lujuria. Marina me lanzó una última mirada, una promesa cargada de futuro, antes de tomar a su marido del brazo y dirigirse hacia las escaleras.
Cerré la puerta despacio, con el sabor de su beso aún en la boca. Y entonces me alcanzó el fantasma de lo que vendría: el lunes, en la oficina, Don Ricardo y yo frente a frente. Más me valía que lo que pasó ese verano se quedara en ese verano, o sería yo quien acabara en la puta calle.