Lo que mi marido me pidió en la gasolinera vieja
Era un domingo de finales de abril, uno de esos días en que el sol todavía sabe a primavera pero ya empieza a quemar la piel si te quedas demasiado quieta. Andrés y yo habíamos salido a dar una vuelta sin rumbo, solo por sacarnos de encima la pereza del fin de semana. Él conducía. Yo llevaba un vestido corto de tirantes finos, estampado con flores diminutas, sin sostén porque me lo había prohibido esa mañana con esa voz que no admite discusión. Las bragas eran un tanga negro mínimo, casi una formalidad. Me sentía expuesta, caliente, un poco asustada. Que era, exactamente, lo que él quería.
—Estás temblando —me dijo, sin apartar la vista de la carretera.
—No estoy temblando —mentí.
Sonrió. Esa sonrisa torcida que conocía demasiado bien. La sonrisa de cuando se le ocurría algo sucio y no me lo decía hasta que ya era tarde para echarme atrás.
Salimos del pueblo por una carretera secundaria, de esas que ya nadie usa desde que abrieron la autopista. A los veinte minutos pasamos delante de una gasolinera abandonada. Las bombas oxidadas, los carteles desconchados, el cristal del antiguo bar hecho añicos. Y contra la pared trasera, tres hombres sentados en el suelo, alrededor de una bolsa de plástico y unas latas vacías.
Andrés frenó. Dio marcha atrás. Aparcó en diagonal, a unos diez metros de ellos.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Apagó el motor. Me miró de arriba abajo, despacio, como si estuviera evaluando una mercancía.
—Baja la ventanilla —dijo—. Y déjales ver lo que llevas debajo.
Se me cortó la respiración. Miré hacia los tres hombres. Ya nos habían visto. El más flaco, uno con barba larga y la ropa hecha jirones, se había puesto de pie. El más corpulento, con una camiseta que dejaba ver un torso lleno de tatuajes mal hechos y cicatrices viejas, se estaba pasando el dorso de la mano por la boca, como si estuviera limpiándose de antemano. El tercero era el más joven, treinta y pocos quizá, con el pelo pegado a la frente por la grasa y una sonrisa que no era amable.
Bajé la ventanilla.
El aire tibio entró de golpe, con olor a polvo y a aceite viejo. Me incliné hacia la ventanilla, apoyando los codos en el marco. El escote del vestido se abrió. Los tirantes resbalaron un poco. Mis pechos quedaron casi del todo a la vista, con los pezones ya endurecidos rozando la tela.
—Buenas tardes, chicos —dije con voz tonta, fingiendo una inocencia que ninguno de los tres se iba a creer.
El grandote habló primero. Voz ronca, raspada, de muchos años de tabaco malo.
—Mira lo que nos trae la tarde, Sebas.
El flaco —Sebas, supuse— se rió. Se acercó dos pasos. Olía, incluso desde el coche, a sudor seco y a vino barato.
—Eso no es real —dijo—. Eso me lo estoy inventando yo.
Sin que Andrés me dijera nada, me bajé el tirante izquierdo. El pecho saltó al aire, libre, redondo, con el pezón apuntando hacia ellos como si tuviera vida propia. Oí al grandote soltar un gruñido.
Andrés puso la mano en mi muslo. Lo apartó hacia un lado con calma, sin prisa, hasta que el vestido se me subió por encima de la cintura. El tanga negro brillaba de humedad. Ya no engañaba a nadie. Yo tampoco.
—Mi mujer está caliente esta tarde —dijo Andrés, en voz alta, para que los tres lo oyeran bien—. Y por la pinta que tenéis, creo que vosotros también.
El joven se reía bajito, sin parar, mientras se metía la mano por dentro de los pantalones. El flaco se bajó la cremallera sin pedir permiso. La polla que sacó era larga, fina, marcada por venas oscuras, ya medio dura y con la punta brillante.
—Si quieres probarla, guapa —dijo—, no muerdo. Casi.
Miré a Andrés. No dijo nada. Solo asintió, una sola vez, lentísimo.
Abrí la puerta del coche.
El asfalto reventado me arañó las plantas de los pies en cuanto bajé. El vestido se me había subido tanto que prácticamente llevaba el culo al aire. Caminé hasta el flaco, me arrodillé sobre la grava sucia sin pensarlo y le agarré la polla con las dos manos. Estaba caliente, palpitante. Olía fuerte, a hombre que llevaba días sin lavarse, a calle, a sexo viejo. Y en lugar de darme asco, aquello me hizo apretar los muslos.
La lamí desde la base hasta la punta, lento, dejando un hilo brillante de saliva. Él gruñó como un perro al que le rascan justo donde le pica. El grandote y el joven ya se acercaban, las pollas fuera. La del grandote era más corta pero gruesa, con un glande grande y oscuro. La del joven más normal, pero tiesísima y goteando.
—Quiero que me la metáis los tres —dije, mirándolos uno a uno, con la voz temblándome de pura calentura—. Quiero que me uséis. Hoy soy vuestra.
Andrés se bajó del coche. Se apoyó contra el capó, cruzó los brazos y se quedó mirando. No iba a tocarme. Iba a verlo todo.
***
El flaco fue el primero. Me agarró del pelo con una mano áspera y me empujó la cabeza hacia su polla. La metió hasta la garganta de un solo impulso. Las arcadas me sacudieron, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no aparté la cara. Chupaba con ruido, babeando, dejando que la saliva me cayera por la barbilla y goteara sobre los pechos.
El grandote se puso detrás de mí. Me arrancó el tanga de un tirón —oí cómo se rompía la goma— y me metió dos dedos en el coño sin avisar. Entraron sin resistencia, como si llevaran toda la vida ahí.
—Joder —gruñó—. Está chorreando. Esta no necesita ni saliva.
Me empujó contra el suelo, a cuatro patas, allí mismo, sobre la grava llena de colillas y latas aplastadas. El flaco seguía clavándome la polla en la boca. El grandote se escupió en la mano, se la pasó por la polla y me la metió de una embestida. Grité con la boca llena. Era grueso, me abrió de golpe, me dolió un momento y luego me volví loca. Loca de verdad.
El joven se arrodilló a mi lado. Se masturbaba con una mano y con la otra me pellizcaba los pezones. No con suavidad. Me los retorcía, tiraba, los apretaba hasta que me arrancaba un gemido distinto, agudo, casi un grito. Yo gemía alrededor de la polla del flaco como un animal.
Cambiaron de sitio sin hablar, como si lo hubieran ensayado. El joven me agarró por las caderas, me levantó, me empujó contra la pared desconchada de la gasolinera. El cemento áspero me arañaba la espalda a través del vestido. Me abrió las piernas y me empotró de pie, sosteniéndome casi en el aire. El grandote se acercó por detrás, me escupió entre las nalgas y me metió dos dedos por el culo, mientras el flaco me bajaba el otro tirante del vestido y me escupía en la cara.
Miré hacia Andrés.
Seguía apoyado en el capó. Sin moverse. Sin tocarse. Sin apartar los ojos.
***
Después me tumbaron sobre una manta mugrienta que había en una esquina, restos del refugio que aquellos hombres se habían montado entre las bombas oxidadas. Los tres encima de mí. Uno en la boca. Otro en el coño. El tercero frotándose contra mis pechos, dejándome el vientre brillante de su humedad.
Me corrí así. Apretada entre tres cuerpos sucios, oliendo a sudor agrio, a calle, a sexo. Grité tan fuerte que mi propia voz me asustó. Sentí el orgasmo subiéndome por las piernas, sacudiéndome hasta el pelo, dejándome muerta de un solo golpe. Y aun así no pararon. Ni un segundo.
Me pusieron a gatas otra vez. El grandote se tumbó debajo y me hizo sentarme sobre su polla gruesa. Me empaló despacio, dejándome sentir cada centímetro. El joven me abrió las nalgas con los dedos, escupió y me la metió por detrás sin avisar. Doble. Las dos pollas al mismo tiempo, dentro de mí, sobre la manta mugrienta. El flaco se puso delante, me agarró la cara y me la metió en la boca otra vez, dándome cachetadas suaves en la mejilla mientras lo hacía.
—Díselo a tu marido —jadeó el grandote, debajo de mí—. Dile lo que estás haciendo.
Aparté la boca de la polla del flaco. Tenía la cara llena de babas, de lágrimas, de algo que ya no sabía si eran mocos o semen.
—Andrés… —jadeé, mirándolo—. Andrés, me están follando los tres. Aquí. En el suelo. Y no quiero que paren…
Él se tocó por encima del pantalón. Despacio. Sonrió.
—Sigue —dijo.
***
Terminaron casi a la vez, uno detrás de otro, como un cortocircuito.
El joven se corrió primero, dentro del culo, gruñendo entre dientes. Sentí los chorros calientes llenándome por dentro, derramándose después por los muslos.
El flaco se sacó de mi boca justo a tiempo y me corrió en la cara. Chorros largos, espesos, que me cayeron en los ojos, en la nariz, en la boca abierta. Tragué lo que pude. Lo demás me chorreó por la barbilla.
El grandote aguantó unos segundos más. Me agarró las caderas con las dos manos, me clavó al suelo, empujó tan fuerte que pensé que me iba a partir, y se corrió dentro del coño con un rugido que sonó a animal grande herido.
Después se apartaron. Sin abrazos, sin gracias, sin nada. Se subieron los pantalones y se sentaron otra vez contra la pared, jadeando, sonriendo, mirándome.
Me quedé tirada en la manta. Con el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas, el semen escurriéndome por todos lados. El pelo pegado a la frente, el maquillaje corrido, los labios hinchados.
Andrés se acercó despacio. Se agachó a mi lado. Me apartó un mechón de la cara con la punta de los dedos. Me dio un beso en los labios manchados, lento, casi tierno.
—¿Estás bien, mi vida?
Asentí. Todavía temblaba. No podía hablar.
—Entonces vámonos —dijo—. Que la tarde todavía es larga.
Me ayudó a levantarme. Las piernas casi no me sostenían. Los tres hombres seguían mirándome desde la pared, las pollas todavía a medio bajar, esa sonrisa fija de quien sabe que se acaba de llevar un premio.
Me subí al coche con el vestido pegado al cuerpo por el sudor y todo lo demás. El coño me ardía. El culo me ardía. La cara me ardía. Me senté con cuidado, apretando las piernas, como si pudiera retenerlo dentro un rato más.
Andrés arrancó. Dio media vuelta. Salimos por el mismo camino polvoriento por el que habíamos llegado.
A los pocos minutos me miró de reojo.
—La próxima vez —dijo, muy despacio— traemos lubricante. Y los invitamos a casa.
Cerré los ojos. Apreté los muslos. Gemí, bajito, casi sin querer.
Porque los dos sabíamos que sí.
Que la próxima vez sería todavía peor.
Y todavía mejor.