Mi comadre apareció varada y se quedó cinco noches conmigo
Aquel invierno fue uno de los buenos. No faltó trabajo, no faltó dinero y, sobre todo, no faltó sexo. Yo dirigía un frente de obra en una mina de altura, lejos de la ciudad, y por esos meses arrastraba todavía el recuerdo caliente de mis primeros encuentros con Patricia, otra comadre con la que había cruzado una línea que ya no se podía descruzar. Hablábamos casi a diario. Fotos, videollamadas, mensajes a media noche. La distancia, lejos de apagar las cosas, las mantenía al rojo.
Nos habían ampliado el contrato y se acercaban los feriados largos. En esa zona, cuando llega el frío fuerte, la carretera de montaña se cierra: nevadas que tumban camiones y dejan a la gente varada durante días. Terminando el turno nos avisaron que el paso hacia la capital estaba cortado y que estuviéramos atentos por si podíamos subir al campamento al día siguiente.
Ya en Punta Alta, el pueblo gris donde tenía mi hospedaje, sonó el teléfono. Era Lorena, la madrina de mi hija mayor. Me extrañó, porque casi nunca me llamaba.
—¿A qué se debe el milagro? —contesté.
—Hola, chiquillo —así me decía ella desde siempre—. Acá, molestándote.
—Para eso estoy. ¿Qué pasó?
—Tú trabajas por Punta Alta, ¿no?
—Afirmativo.
—El taxi que me llevaba a San Lorenzo se malogró y estoy botada en este pueblo horrible. ¿Ya llegaste?
—¿Dónde estás exactamente?
—Al costado de un restaurante que se llama El Fogón.
—No te muevas de ahí. Estoy a un paso.
Llegué en minutos. Nos dimos un abrazo largo y sentí que temblaba de frío. La metí al restaurante para que cenara algo caliente, y mientras comíamos fue recuperando el color. Conversamos un buen rato, como si no hubieran pasado los años.
Para ubicarse: a Lorena la conozco desde hace casi treinta años. Tuvimos nuestra época de enamorados, fue mi amor imposible, y si pudiera retroceder el tiempo lo haría solo para quedarme con ella. Ahora éramos compadres, dos vidas que se habían cruzado y separado mil veces.
—¿Me llevas a un hotel a descansar? —pidió al final de la cena.
—Tengo mi cuarto en el hospedaje. Si no te incomoda compartir cama, es tuyo.
Me miró con una sonrisa pícara y aceptó sin dudar. Total, no tenía nada que esconderle.
En la recepción estaba doña Marta, la dueña, que casi nunca se asomaba a esa hora. Nos recibió con una gran sonrisa.
—Ingeniero, buenas noches. Veo que su esposa vino a visitarlo.
No la corregí. Le presenté a Lorena como pude y doña Marta nos pasó un juego extra de toallas y frazadas. Subimos. Apenas entró, ella se dejó caer en el pequeño sofá y yo me senté a su lado.
Entonces vino el detalle. Lorena había aceptado dictar unas clases en una universidad de San Lorenzo porque necesitaba cambiar de aires. Y necesitaba cambiar de aires porque su marido la había dejado: se había largado a otro país con la amante de turno y le había soltado la noticia por teléfono, sin más. Estaba destrozada. La escuché en silencio y solo atiné a abrazarla.
—Pequeña —le dije, porque también la llamo así—, estoy acá para lo que necesites.
Le sequé las lágrimas con el pulgar. Tenía los ojos negros enormes, brillándole en la cara. Encendí la estufa para quitarle el frío al cuarto.
—Chiquillo, ¿tienes algo para tomar?
—Sí y no. Tengo cerveza y gaseosa, pero agua no.
—Una cerveza, por favor.
Con ese clima ni hacía falta enfriarla. Destapé una lata y se la di. Se la tomó casi entera de corrido.
—Creo que voy a necesitar otra.
—Tranquila, tengo de sobra.
Me contó todo con lujo de detalles. Cada vez que se le quebraba la voz yo la apretaba más fuerte contra mí. Cuando terminó de soltar lo que llevaba adentro, lo supe por cómo respiró. La levanté en vilo para ponerla de pie, quedamos cara a cara, y al bajarla despacio le dije que se fuera cambiando mientras yo me bañaba. Asintió con la cabeza y entré al baño.
Estaba regulando el agua caliente cuando escuché la puerta. Era Lorena, envuelta solo en una toalla. Me quedé sin palabras.
—Chiquillo, no vine hasta acá para que me consueles —dijo, y dejó caer la toalla al piso.
—Eso queda más que claro.
—Vine a devolver lo que me hicieron.
—O sea que yo soy el elegido.
—Sí, chiquillo. Tú lo eres.
Soy apenas mayor que ella por unos meses. Lorena es blanca como el papel, de cabello lacio, negro y largo. No tiene un cuerpo de revista, es un cuerpo normal, de mujer de verdad: pechos pequeños y firmes, areolas grandes y oscuras, poco más de metro sesenta, esos ojos saltones y una sonrisa que desarma.
Verla desnuda después de tantos años me puso duro de inmediato. No me importaba cómo estaba ahora; me importaba cómo la recordaba. Me acerqué, le acaricié la cara y la besé. Nos metimos juntos bajo el agua. Recorrí cada centímetro de su piel, redescubriendo lo que creía olvidado. Me acordé de que le encantaba que la tocara así, despacio, mientras el agua nos caía encima, y eso hice, entre besos que no terminaban nunca. Habríamos seguido, pero el agua empezó a enfriarse y tuvimos que salir.
Nos secamos rápido, porque el frío de la sierra se mete hasta los huesos. Ella se sentó al borde de la cama, me tomó con la mano y se lo llevó a la boca. Sentir el calor de su boca, su lengua subiendo y bajando, me nubló la cabeza. Me sujetó por las nalgas y, sin dejar de mirarme, fue subiendo el ritmo. Quería hacerme acabar como fuera.
—Pequeña, no vas a poder —le dije.
—¿Por qué?
—Porque me estoy orinando.
Soltó una carcajada que retumbó en el cuarto.
—Anda, anda primero.
Cuando volví, estaba metida entre las frazadas con una toalla enrollada en el pelo. Aproveché para tomar mi cámara y le hice unas cuantas fotos. Ella se reía y levantó las mantas para que me acomodara a su lado.
—Veo que se te bajó —dijo—. Vamos a solucionarlo.
Otra felación de las que no se olvidan. Antes de que me hiciera terminar, me metí a la cama con ella.
—Pequeña, quiero acabar dentro de ti.
—Chiquillo, tengo cinco días para ti.
—Quiero llenarte entero.
—Soy tuya. Haz lo que quieras.
No se dijo más. Nos besamos y empecé a bajar por su cuello. Sonó el teléfono: me avisaban que la nevada seguía y que la carretera no se abriría, pero que igual estuviera preparado. Corté y volví a lo mío.
Bajé besando su cuello, sus hombros, hasta llegar a sus pechos. Me entretuve ahí un buen rato, lamiendo y mordiendo despacio hasta dejarle los pezones duros. Seguí por el vientre, jugué con su ombligo y bajé hacia los muslos, besándolos uno por uno, demorándome a propósito cada vez que rozaba el centro.
—Sigue, chiquillo —murmuraba ella con la respiración cortada—. No te detengas. Hazme sentir mujer otra vez.
Lorena no es de gritar. Es callada, casi no habla durante el sexo, pero es entregada y tiene sus mañas. Jugué con ella con la boca y con los dedos hasta arrancarle quejidos apenas audibles. Y sin descuidar nada, atendí también su entrada de atrás, esa que solo yo conocía: ella había debutado conmigo años atrás, y volver a tenerla así me prendió todavía más.
Me interrumpió para acomodarnos en sentido contrario. Puse una frazada bajo mi cadera para que estuviera cómoda y ella nos tapó a los dos con la manta. A oscuras, nuestros sentidos se afilaron. Su olor me volvió loco. Hundí la cara entre sus piernas y retomé la tarea con calma, mientras ella me devolvía cada caricia con la boca, lamiendo y apretando suavemente, llevándome al borde un par de veces.
—¡Qué dura la tienes, chiquillo! —se rio.
—Tú no te quedas atrás —le devolví el cumplido.
Llegó el momento. Me eché sobre ella y entré sin esfuerzo. Soltó un quejido largo. Empecé a moverme sintiendo el calor que irradiaba por dentro. Cruzó las piernas sobre las mías, nos besamos en un beso que parecía no tener fin, y entonces demostró sus dotes: apretaba las paredes de su sexo a cada embestida, como ordeñándome. Acompasamos el ritmo y nos dejamos ir, ella gimiendo bajito contra mi oído.
La volteé de costado, en cucharita, y la penetré desde atrás. Le giré la cara para besarla mientras mis caderas chocaban contra sus nalgas blancas.
—Así, sigue, no te detengas —repetía a cada golpe.
Después se acomodó encima de mí. Se sentó de golpe y empezó a marcar ella el ritmo, apoyada en mis rodillas, primero despacio y luego frenética. Le tomé las caderas para empujar más fuerte.
—Sí, sí, sí… ¡sí! —y se dejó caer sobre mi pecho, sin aire. Su primer orgasmo. La atraje hacia mí para besarla.
No le di descanso. La rodeé con los brazos y seguí bombeando con fuerza.
—¡Espera, chiquillo, no seas malo! Acabo de llegar —protestó.
No hice caso. Sus pechos me quedaban a la altura de la boca y me prendí de ellos. Cuando se recuperó, volvió a moverse sola, mordiéndose los labios, hasta que un par de minutos después llegó por segunda vez y se desplomó otra vez sobre mí.
***
Todavía agitada, se recostó boca arriba. Le levanté las piernas sobre mis codos, la abrí y entré hasta el fondo. Empecé a moverme con fuerza, sintiendo cómo chocábamos. Ella se acariciaba los pechos, con la cara perdida de placer.
—Sigue, dame, sigue —jadeaba.
La besé y me mordió el labio. Seguí embistiendo hasta que sentí la corriente subirme por la espalda; arqueé el cuerpo y acabé dentro de ella en oleadas. Lorena apretó otra vez, queriendo sacarme hasta la última gota, y terminé desplomado encima.
—Ni se te ocurra salirte —dijo, acariciándome el pelo—. Quédate así.
Asentí. Descansamos unos minutos con las lenguas todavía enredadas. Pero su mano ya estaba jugando de nuevo conmigo. Se metió entre las frazadas, me dejó listo otra vez y se puso en cuatro, apoyada en la cabecera. No esperé invitación. Le di unas palmadas que dejaron marcas rosadas en su piel blanca y entré de una sola vez. Sus nalgas se sacudían con cada golpe; ella resoplaba, entregada por completo.
Probé todas las variantes así, con su cara hundida en la almohada y mis manos clavadas en sus caderas. Le ofrecía los dedos para que los chupara y ella obedecía. Cuando vi que estaba completamente lista, busqué entre mis cosas el lubricante y un preservativo. Me lo puse, la preparé despacio y me acerqué a su oído.
—¿Quién fue el que estrenó esto?
—Fuiste tú, chiquillo. Fuiste tú.
Su mano me guio hasta la entrada y fui ingresando con cuidado. Lorena se relajó para disfrutarlo. En esa postura sentí toda su estrechez, el calor apretándome. Embestida tras embestida, ella aguantaba agarrada de la almohada, retorciéndose.
—Espera, chiquillo —dijo, y se volteó.
Me ofreció las piernas sobre los hombros. Acomodé la punta, rocé primero su clítoris y entré de nuevo. Le encantaba esa pose. Le tomé los pechos, jalé sus pezones y la penetré hondo, alternando entre golpes fuertes y movimientos lentos. Después juntó las dos piernas a un lado, apoyó los pies en mi pecho, y siguió aguantando todo.
En un momento se soltó, me quitó el preservativo y dirigió mi sexo hacia su clítoris para rozarlo. Luego me guio de vuelta a su interior y me acerqué a besarla mientras entraba y salía con fuerza.
—Sí, sí, dale… ¡sí! —llegó otra vez.
Le solté las piernas, me eché sobre ella sin salir, y la besé chupando sus pechos mientras bombeaba más suave. Después le recogí las piernas contra el pecho y arremetí sin descanso. Su mano bajó a su entrepierna para estimularse ella misma.
—Sigue así, no pares —pidió.
Un par de embestidas más y sentí otra vez la electricidad por la espalda. Acabé dentro de ella mientras Lorena apretaba y gemía hasta que llegamos juntos, los dos vacíos y temblando.
***
Nos dimos un duchazo rápido. Le avisé que me levantaba a las cuatro y media para intentar subir a la mina, y que cualquier cosa que necesitara llamara a doña Marta. Le anoté el número, le dije dónde desayunar y dónde almorzar.
Antes de salir la besé. Ella me retuvo con una última mamada.
—Te espero desnuda y sin nada encima —dijo, riéndose con picardía.
Por suerte, la nieve seguía bloqueando la carretera y no pudimos subir. Volví al hospedaje a media mañana. El paso estuvo cerrado tres días enteros. Aprovechamos para pasear un poco, pero sobre todo para encerrarnos en el cuarto. Eso sí, me dejó algo claro: en la capital no podía pasar nada. Ella volvería cada tres semanas, y daba la casualidad de que coincidía con mi guardia. Fueron cuatro encuentros de los que no se borran.
Me acordé de toda esta historia porque Lorena me llamó ayer. Quiere hablar conmigo. Por su hermano me enteré de que su marido la dejó otra vez. Ya les contaré cómo me va.