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Relatos Ardientes

El amante que mi madre encontró en aquella tienda

Nunca supe cuánto daño podía hacer un libro hasta que vi a mi madre cerrar aquella novela con las manos temblorosas, como si algo dentro de ella hubiera despertado sin pedir permiso.

Se titulaba «La sed del desierto», de un tal Eduardo Salinas, y contaba la historia de una mujer europea que se dejaba doblegar por un hombre llegado del otro lado del mar. Mi madre, Beatriz, la leyó tres veces aquel invierno. Cada vez la cerraba más despacio.

No culpo del todo al escritor, aunque durante años pronuncié su nombre con rencor. Él solo puso las palabras. Fue mi madre quien decidió leerlas como si le hablaran a ella.

Tengo que explicar algo sobre Beatriz para que se entienda lo que vino después. Era la mujer más devota del barrio del Pinar. Misa todos los domingos, rosario los martes, la primera en ofrecerse cuando la parroquia de San Cristóbal organizaba lo que fuera. Mi padre, Joaquín, la adoraba con esa devoción callada de los hombres que no saben decir te quiero y lo dicen arreglando el grifo de la cocina.

Y era hermosa. Lo digo sin pudor porque era un hecho del barrio, algo que todos sabían y nadie nombraba. Melena rubia que no venía de ningún frasco, ojos grandes y muy azules, una forma de caminar que tensaba la tela de sus vestidos sin que ella pareciera notarlo. Los hombres se giraban. Ella bajaba la vista y apretaba el paso.

***

El extranjero llegó al barrio una primavera, con lo puesto y un macuto gastado al hombro. Darian, se llamaba, aunque casi nadie usaba su nombre. Para todos era «el del bazar».

En menos de dos meses, aquel hombre que había aparecido sin nada alquiló el local grande de la esquina de la avenida de los Tilos y montó El Bazar del Cuero: bolsos, maletas, cinturones, carteras que olían a animal y a tinte. Las mujeres del barrio entraban a mirar el bolso de temporada y salían con la cara encendida, apretando los muslos sin saber muy bien por qué.

Yo sí lo sabía, o empezaba a intuirlo. Darian las trataba a todas con la misma arrogancia tranquila, como si les estuviera haciendo un favor con mirarlas. No halagaba. No sonreía de más. Decía lo que pensaba con una seguridad que en cualquier otro habría sonado grosera y en él sonaba a sentencia. Y, por algún motivo que entonces no entendía, eso las mojaba.

Era un hombre grande. Metro noventa, hombros anchos, manos enormes. No era guapo en el sentido del barrio, pero ocupaba el espacio de una forma que obligaba a mirarlo. Como un animal que no necesita demostrar que es peligroso, pensé una vez, y me asusté de haberlo pensado.

Mi compañero de trabajo, Tomás, lo odiaba sin haber cruzado con él más de tres frases. Decía que esa gente venía a quedarse con todo. Yo asentía por no discutir, pero por dentro sospechaba que lo que Tomás odiaba de verdad era la facilidad con la que un desconocido conseguía lo que él llevaba media vida mendigando: que lo miraran, y que las mujeres se preguntaran a solas cómo la tendría.

***

La primera vez que entendí que Darian se había fijado en mi madre fue un domingo, al volver de misa. Beatriz iba un par de pasos por delante de mi padre, y yo cerraba el grupo, rezagado como siempre.

Él estaba en la puerta del bazar con dos conocidos. Cuando mi madre pasó, los tres se quedaron en silencio, y ese silencio fue más obsceno que cualquier silbido. Beatriz lo notó. Se apartó hacia el bordillo, incómoda, y ese gesto pequeño bastó para que mi padre se adelantara, la agarrara de la cintura y siguiera andando sin mirar atrás.

Al pasar yo por su lado, escuché a Darian decirles, en un español lento y deliberado:

—Esa mujer un día va a entrar en mi tienda. Y va a entrar sola. Y va a salir con mi leche escurriéndole por los muslos.

Uno de los otros se rió.

—Sueñas, amigo.

—No sueño —dijo él, sin levantar la voz—. Espero. Las santas son las que peor se corren, porque llevan años apretando los dientes.

Me quedé con esas palabras clavadas. Lejos de horrorizarme, despertaron en mí una curiosidad enferma, una especie de vértigo en el estómago cada vez que imaginaba a mi madre fuera del alcance de mi padre, fuera del alcance de todo lo que la sostenía recta.

***

El enfrentamiento llegó semanas después. Otra vez volvíamos los tres del mismo sitio cuando Darian salió del bazar y se plantó delante de mi madre. Le dijo algo al oído, tan cerca que sus labios casi le rozaron la sien. Beatriz se quedó rígida.

Mi padre llegó justo cuando el extranjero se apartaba.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó.

Ella negó con la cabeza, alterada, incapaz de repetirlo. Mi padre insistió, y fue Darian quien respondió por ella, divertido.

—Le he dicho que tiene coño de mujer que no la follan bien. Si no te lo repite, quizá es porque le ha gustado oírlo.

Mi padre se le fue encima. Le agarró la camisa con la izquierda y levantó la otra mano. No llegó a soltar el golpe. El extranjero le clavó una rodilla en el vientre con una calma terrible, como quien aparta una silla, y Joaquín cayó al suelo doblado, sin aire.

Lo que pasó después lo tengo grabado y todavía no sé cómo ordenarlo. Mi madre se lanzó a sujetar a Darian para que no siguiera. Y él, en lugar de apartarla, la usó. Mientras fingía dejarse contener, le pasó las manos por la cintura, por las caderas, por la espalda, despacio, como si tuviera todo el derecho del mundo. Le bajó una mano hasta el culo y se lo apretó entero, con la palma abierta, midiéndoselo. Con la otra le rozó el pecho por encima de la blusa, y le pellizcó el pezón por debajo del sujetador con dos dedos, corto y preciso, como quien prueba una fruta madura. Beatriz lo miraba a los ojos y le suplicaba que parara, pero no se soltaba, y yo vi cómo se le marcaban los pezones duros a través de la tela.

—Por favor —dijo ella, con un hilo de voz—. Para.

Y él paró. Pero antes de soltarla, le acercó la boca a la oreja y le susurró una última cosa. Vi cómo a mi madre se le cortaba la respiración. Vi cómo, por una fracción de segundo, dejaba de empujar y simplemente se quedaba ahí, sostenida contra aquel cuerpo enorme, con los ojos cerrados, y con la cadera pegada a un bulto que yo, desde donde estaba, veía crecer bajo el pantalón del extranjero.

Entre mi padre, todavía en el suelo, y yo, la apartamos y la metimos en el portal. Ella no dejó de mirar hacia el bazar hasta que la puerta se cerró.

Desde aquel día, mi padre no volvió a dirigirle la palabra al extranjero. Y mi madre empezó a tardar más de la cuenta en volver de la compra.

***

Aprendí a leerla. Los días que pasaba por delante del bazar se ponía un poco de carmín que no usaba para ir a la iglesia. Se soltaba el botón de arriba de la blusa al doblar la esquina y se lo volvía a abrochar al llegar a casa, creyendo que nadie lo veía. Yo lo veía todo.

Durante semanas la vi librar una guerra silenciosa. Rezaba más. Limpiaba la casa con una furia que no venía a cuento. Una noche la encontré sentada en la cocina a oscuras, con la novela de Salinas cerrada sobre la mesa y los dedos apoyados en la portada, como si quemara. Tenía la otra mano metida entre los muslos por debajo del camisón, quieta, apretada, como si se estuviera aguantando a sí misma. No me vio. Me retiré antes de que lo hiciera.

Una tarde de junio, mi padre se quedó haciendo horas extra y mi madre dijo que iba a comprar hilo. Salió con un vestido azul que yo no recordaba, el pelo suelto, y giró hacia la avenida de los Tilos. La seguí a media manzana de distancia, con el corazón golpeándome como si el infiel fuera yo.

La vi detenerse frente al escaparate del bazar. La vi dudar. Y la vi empujar la puerta y entrar. El cartel de la entrada giró a «cerrado».

***

Rodeé el edificio. Había un callejón estrecho que daba a la trastienda, y una ventana alta y mugrienta entornada para que entrara el aire. Arrastré una caja de plástico, me subí y miré.

Darian la tenía contra el mostrador del fondo, entre rollos de cuero y cajas sin abrir. No la estaba forzando. Esa fue la parte que me dejó sin habla: mi madre, la mujer del rosario de los martes, tenía las manos agarradas a los antebrazos de él y lo atraía hacia ella.

—No deberíamos —la oí decir, a través del cristal—. Esto está mal.

—Lo sé —respondió él—. Por eso lo quieres. Por eso llevas dos meses viniendo a mirar el escaparate con las bragas húmedas.

Beatriz gimió bajito, como si esas palabras le hubieran entrado más adentro que una mano. Él le bajó los tirantes del vestido sin prisa, como quien desenvuelve algo que ya es suyo. La tela cayó hasta la cintura. Debajo, el sujetador blanco, de los de misa, contenía a duras penas dos tetas pesadas y muy blancas, con los pezones ya duros marcando la copa. Mi madre no se cubrió. Él le pasó los dedos por encima del encaje, se lo desabrochó con una sola mano y las dejó caer libres. Le sopesó una teta entera con la palma, se agachó y le mordió el pezón. Beatriz cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, y de su boca salió un sonido que yo no le había oído jamás, ronco, rendido.

—Chúpamelas —le pidió, con la voz quebrada—. Por Dios, chúpamelas.

Y él se las chupó. Se metió un pezón entero en la boca, tiró, lo soltó con un chasquido húmedo, pasó al otro. Los mordisqueaba y luego los lamía despacio, con la lengua ancha, mientras con la mano libre le levantaba la falda hasta la cintura. Le metió los dedos por encima de las bragas y le tocó el coño por encima de la tela.

—Estás empapada —dijo, casi con desprecio—. Estás empapada, señora del rosario.

—Cállate —jadeó ella—. Cállate y hazlo.

Él se puso de rodillas. Le bajó las bragas blancas hasta los tobillos, le abrió las piernas con las dos manos y le hundió la cara en el coño sin ceremonia. Vi la cabeza de Darian moverse entre los muslos de mi madre, vi la lengua asomar y lamerle la raja de abajo arriba, lenta, larga, y vi a Beatriz clavarle los dedos en el pelo negro para que no se apartara. Se le doblaron las rodillas. Él la sostuvo por el culo con las dos manos abiertas, se lo apretó, y siguió comiéndosela mientras ella se retorcía contra su boca. Le chupó el clítoris con los labios, se lo mordisqueó, le metió dos dedos gruesos hasta el fondo, y mi madre soltó un gemido largo que no sonaba a mi madre.

—Me voy a correr —susurró ella, aterrada de decirlo—. Me voy a correr en tu boca.

—Córrete —le respondió él contra el coño, sin dejar de lamerla—. Córrete en la boca del extranjero.

Y se corrió. Se corrió apretándole la cabeza con los muslos, mordiéndose el puño, con una sacudida que le recorrió toda la espalda. Nunca le había visto la cara así. Ninguno de nosotros se la había visto.

Antes de que terminara de recuperar el aire, él se levantó, se desabrochó el pantalón y se sacó la polla. Era gorda, larga, mucho más gruesa que nada que yo pudiera imaginarme en las manos de mi madre. La tenía completamente dura, apuntándole al vientre, con una vena marcada corriéndole por debajo. Beatriz la miró un segundo con la boca abierta y sin querer se pasó la lengua por el labio.

—Ponte de rodillas —le ordenó.

Ella se puso. Mi madre, la del misal, se arrodilló entre las cajas de cuero y le abrió la boca a un desconocido. Él le agarró la nuca con una mano y le metió la polla despacio, hasta que le vi a Beatriz las lágrimas saltarle a los ojos y la garganta rendirse. La sacó, le dio dos golpes con el glande brillante sobre la lengua, y volvió a meterla. La follaba por la boca sin prisa, sujetándola por el pelo rubio con las dos manos, y ella se dejaba, tragaba saliva, gemía con la polla dentro. Un hilo de baba le colgaba de la barbilla hasta las tetas desnudas.

—Así —le decía él—. Así se la chupa una santa cuando por fin se entera.

La levantó del pelo, la giró y la inclinó sobre el mostrador con una mano firme entre los omóplatos. Le subió del todo la falda por encima de las caderas y le dejó el culo blanco al aire. Le abrió las nalgas con los pulgares. Beatriz se dejó colocar, las palmas abiertas sobre la madera, la respiración entrecortada empañando el barniz. Se pasó la punta de la polla por la raja del coño, empapándosela, y de una sola embestida se la metió entera hasta la raíz. Ella mordió el dorso de su propia mano para no gritar, y aun así se le escapó un gemido agudo que rebotó en las paredes de la trastienda.

No fue suave. La sujetaba por la cintura con las dos manos y la movía a su ritmo, sin preguntar, y cada embestida le arrancaba un gemido que intentaba tragarse y no podía. La carne del culo de mi madre le temblaba con cada golpe. Se oía el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo, el choque de las caderas de él contra las nalgas de ella. Le escupió en la raja del culo y le pasó el pulgar por el ojete, apretando sin llegar a meterlo, mientras seguía follándole el coño.

—Aquí también —le dijo—. Otro día, aquí también.

—Sí —jadeó ella, ida—. Donde quieras.

Le tiró del pelo hacia atrás, arqueándole la espalda, y la obligó a levantar la cara hasta el espejo manchado de la pared. La sostuvo así, con la polla enterrada hasta el fondo, y la obligó a mirarse mientras la tomaba.

—Mira —le dijo al oído, sin dejar de embestir—. Mira lo que eres cuando nadie te ve. Mira la cara que pones cuando te follan bien.

Y ella miró. Lo que vi en su cara reflejada no fue vergüenza. Fue otra cosa, algo que no tenía nombre en el vocabulario de la parroquia: la cara de alguien que por fin había dejado de pelearse consigo misma. La boca abierta, los ojos húmedos, la lengua asomando entre los dientes cada vez que la polla del extranjero le tocaba el fondo.

—Dilo —le exigió él, embistiendo más fuerte—. Dime lo que eres.

—Tuya —gimió—. Soy tuya. Soy una puta. Soy tu puta.

—La puta del bazar —remachó él—. Dilo.

—La puta del bazar —repitió ella, y se corrió otra vez, sacudida sobre el mostrador, apretando el coño alrededor de la polla que la reventaba.

Él aguantó unos segundos más, con los dientes apretados, y después se derramó dentro. Vi cómo le empujaba la cadera contra el culo y se quedaba quieto, gimiendo bajo, vaciándose. Cuando por fin sacó la polla, un chorro de semen blanco escurrió por la cara interna del muslo de mi madre, brillante contra la piel pálida. Ella se quedó doblada sobre el mostrador, temblando, las piernas apenas sosteniéndola, sin hacer nada por limpiarse.

Él la mantuvo así un momento, una mano abierta sobre su espalda húmeda, marcando una propiedad que mi padre nunca había sabido reclamar. Le pasó dos dedos por el coño chorreante, recogió su propia leche mezclada con la de ella, y se la acercó a la boca. Beatriz abrió los labios y le chupó los dedos sin abrir los ojos. Después se apartó, se acomodó la ropa y le dijo algo que no alcancé a oír. Mi madre asintió sin mirarlo, recogiendo el vestido del suelo y limpiándose los muslos con las bragas antes de guardárselas en el bolsillo.

Bajé de la caja antes de que ella saliera. Volví a casa por el camino largo, con las piernas flojas y la certeza de que acababa de ver desmoronarse algo que creía de piedra.

***

Beatriz llegó media hora después que yo, con un carrete de hilo azul en la mano por si alguien preguntaba. Nadie preguntó. Se metió en la cocina y se puso a preparar la cena tarareando, y esa fue la primera vez en años que la oí tararear. Al pasar por detrás de ella para coger un vaso, la olí. Olía al semen de otro hombre por debajo de la colonia.

Volvió al bazar muchas tardes más. Aprendió a inventar recados, a soltarse el botón en la esquina, a llegar con las mejillas encendidas, la mirada lejos y las bragas hechas un ovillo en el bolso. Mi padre seguía arreglando grifos y diciendo te quiero con las manos, ajeno a que su mujer había encontrado, detrás de un mostrador de cuero, una versión de sí misma que la casa nunca le había permitido ser: una hembra que se dejaba abrir el culo entre cajas, que aprendía a tragarse una polla entera sin toser, que se corría cuatro veces por tarde y volvía a santiguarse antes de cenar.

Yo nunca dije nada. A veces me pregunto si callé por protegerla a ella, por proteger a mi padre, o por proteger aquel secreto que, sin quererlo, también se había vuelto un poco mío. Nunca supe cuánto daño podía hacer un libro, pienso todavía. Pero ya no sé si fue daño. Solo sé que mi madre, después de aquello, dejó de cerrar los libros despacio. Los cerraba de golpe y salía a la calle, con el coño ya húmedo antes de doblar la esquina.

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Comentarios(8)

CarlosMza

increible, me dejo sin palabras!!!

PabloViajero

Por favor que haya segunda parte. Me quede con muchisimas ganas de saber como sigue todo esto.

Ramiro_cba

me hizo pensar en cosas que vivi de chico... uno nunca sabe del todo quienes son las personas que tiene al lado. tremendo relato

DiegoMR

Lo que me atrapó es que no es solo algo picante, tiene un drama humano de fondo que lo hace distinto a los demas. Buena prosa, en serio. Me sorprendio gratamente.

LunaSol_27

Esto es autobiografico o pura ficcion? Se siente muy real para ser inventado jaja

Roberto_Rpl

el final me cayó como baldazo de agua fria, no me lo esperaba para nada

NachoMDP

buenisimo!!! seguí subiendo mas asi

veranico82

Que manera de arrancar una historia. Ese excerpt me enganchó enseguida y despues no pude parar de leer. Merece muchos mas comentarios este relato.

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