La novia que cuidó demasiado al amigo de su chico
Marina tenía veinticuatro años y era una de esas mujeres que entran en una habitación sin proponérselo. Morena, de estatura media, delgada, con el pelo castaño cayéndole liso hasta media espalda y unos ojos verdes que parecían iluminarse cuando sonreía. No era una belleza de revista, pero tenía algo más peligroso: una calidez que hacía que cualquiera quisiera quedarse cerca.
Su único defecto, si es que era un defecto, era que le gustaba gustar. Necesitaba caer bien, necesitaba que la gente estuviera a gusto a su alrededor, y esa necesidad la volvía a veces demasiado complaciente. Demasiado fácil de convencer.
Vivía con Diego, su novio, en un piso pequeño del centro. Diego tenía veintiocho años, era alto, trabajador y la quería con esa lealtad sencilla de quien nunca ha sospechado nada. Trabajaba de comercial y pasaba fuera la mayor parte del día. Y fue él quien una noche, casi disculpándose, le preguntó si podían acoger un tiempo a Tomás, un viejo amigo del instituto que se había quedado sin trabajo y sin casa de un día para otro.
—Solo unas semanas, hasta que se recupere —dijo Diego—. No tiene a nadie más.
Marina dijo que sí antes de pensarlo. Siempre decía que sí.
Lo primero que notó cuando Tomás llegó con su mochila y su cara de derrota fue que era guapo. Muy guapo. Alto, ancho de hombros, con el pelo negro siempre revuelto y unos ojos de un azul que incomodaba mirar demasiado tiempo. Se sorprendió a sí misma observándolo más de la cuenta y bajó la vista, avergonzada, como si la hubieran pillado en algo.
Las primeras semanas, Tomás apenas hablaba. Comía poco, dormía mucho y se pasaba las horas frente al televisor con la mirada perdida. Diego se iba al amanecer y volvía de noche, así que era Marina quien convivía con él durante el día.
Y a Marina le rompía el corazón verlo así.
Empezó a cuidarlo casi sin darse cuenta. Le cocinaba sus platos favoritos, le dejaba conversación cuando él tenía ganas, veían series juntos por las tardes. Es buen chico, solo ha tenido mala suerte, se repetía. Y poco a poco, semana tras semana, Tomás fue volviendo a la vida: mandaba currículums, hacía bromas, se reía. Pero seguía teniendo esa sombra detrás de la sonrisa, la de quien no tiene un sitio al que volver.
***
Una tarde de finales de mayo, Marina estaba sentada en el sofá doblando ropa, descalza, con las piernas cruzadas. Llevaba una camiseta de tirantes negra y unos pantalones cortos de algodón. Sonaba música suave de fondo y la luz entraba dorada por la ventana.
Tomás salió de la cocina con una cerveza en la mano, todavía en pijama, el pelo más revuelto que de costumbre. Tenía esa flojera en la sonrisa de quien lleva un par de copas encima, y con ellas, una desvergüenza que normalmente se guardaba.
—Joder, Marina… —dijo, apoyándose en el marco de la puerta y mirándola de arriba abajo sin disimulo—. ¿No te cansas nunca de estar tan guapa todo el día?
Ella se quedó pillada un segundo. Luego comprendió: Tomás hablaba a impulsos, sin filtro, y con el alcohol todavía menos. Decidió no ofenderse y levantó la vista con naturalidad.
—Qué exagerado eres —rió bajito, y siguió doblando una camiseta—. Solo estoy recogiendo, que si no Diego dice que parece que ha pasado un huracán.
—No, en serio. —Avanzó despacio y se sentó en el brazo del sofá, muy cerca de ella—. Llevo aquí un mes y todavía no me acostumbro. Eres como… no sé. Como si alguien hubiera diseñado la novia perfecta y le hubiera salido bien.
Marina se sonrojó, pero lo tomó como un piropo inocente y bajó la mirada hacia la ropa.
—Tonto. Gracias, supongo. —Alzó los ojos verdes y le sonrió con ternura—. ¿Estás mejor ya?
Tomás se inclinó un poco más y bajó la voz.
—Estoy mejor desde que llegué aquí. Sobre todo desde que te veo moverte por la casa. ¿Sabes que tienes la forma de caminar más peligrosa que he visto en mi vida?
—Para, anda, que me pongo colorada. —Se rió, nerviosa, pero no se apartó—. Camino normal, ¿eh? No tengo la culpa de que estos pantalones sean cómodos.
—No son los pantalones. —Bajó aún más la voz, hasta un susurro cómplice—. Es todo. Cómo te recoges el pelo, cómo te muerdes el labio cuando piensas, cómo sonríes aunque estés muerta de sueño. Eres demasiado… apetecible. Y lo sabes.
Marina parpadeó, confundida, intentando seguir tomándoselo como algo bueno a pesar del descaro.
—Yo solo intento ser amable —balbuceó, sacudiendo la cabeza—. Me gusta que la gente esté a gusto en casa. Y tú eres amigo de Diego, así que claro que quiero que estés bien.
Entonces él estiró la mano y le rozó el brazo desnudo con las yemas de los dedos, muy suave, como probando.
—¿Y si te digo que ahora mismo no quiero estar «bien»? Quiero estar mucho mejor. Contigo.
Marina se quedó quieta, sintiendo el roce. No se apartó. Su voz salió más baja, casi dulce.
—Tomás… No digas esas cosas. Diego se enfadaría muchísimo si te oyera.
Pero él no retiró la mano. La deslizó despacio hasta el hombro, masajeándolo apenas.
—Diego no está. Y tú estás aquí, poniéndote nerviosa, pero sin decirme que pare. —Se inclinó hasta que su aliento le rozó la oreja—. ¿Eso no te dice algo?
Ella tragó saliva. Sus ojos verdes brillaban, húmedos, mezcla de confusión y de esa necesidad suya de no disgustar a nadie chocando de frente con la incomodidad de la situación.
—No sé… —empezó, insegura, mirando hacia otro lado—. Solo quiero que todo esté bien. No quiero que te sientas mal aquí. Pero tampoco me gusta que me hables así…
Tomás sonrió, lento, victorioso, y le apartó un mechón detrás de la oreja.
—No eres borde. Eres demasiado buena. Y eso es justo lo que me está volviendo loco. —Su voz era casi un ronroneo—. Dime que pare si de verdad quieres que pare. Pero dilo claro. Porque si no lo dices, voy a pensar que en el fondo te gusta que te miren así.
La respiración de Marina se aceleró. Los labios entreabiertos, la mirada perdida entre la ropa y el suelo. Susurró, casi inaudible:
—No quiero que te vayas sintiéndote mal… Pero para, por favor. Por favor…
Él se acercó hasta que sus narices casi se tocaron, hablando contra sus labios.
—Entonces no me hagas irme sintiéndome mal. Deja que me quede un poco más cerca.
Se hizo el silencio. Solo se oía la respiración de ella, cada vez más irregular. No dijo que no. Tampoco dijo que sí. Se quedó ahí, quieta, mientras Tomás terminaba de deslizarse hasta quedar sentado a su lado, con una rodilla pegada a la suya.
Tras unos segundos eternos, Marina lo miró a los ojos con una mezcla de nervios y de algo más profundo, casi rendición.
—No me hagas decir que pares —susurró, y su voz tembló—. Porque no quiero que pares.
Y se inclinó ella primero.
***
Sus labios rozaron los de él con una suavidad casi tímida, como comprobando si era real. Tomás respondió al instante, pero sin prisa, dejando que fuera ella quien marcara el ritmo. El beso creció despacio: primero tierno, exploratorio, luego más hondo, más hambriento. Las manos de Marina le subieron al cuello, los dedos enredándose en su pelo. Él la sujetó por la cintura y la atrajo hasta que ella terminó sentada a horcajadas sobre sus piernas, sin separar la boca ni un segundo.
—Eres aún más dulce de lo que imaginaba —masculló él contra su boca.
Ella sonrió, los ojos encendidos.
—Calla y bésame. Así. Más despacio.
Se devoraron durante lo que parecieron minutos. Las manos de Tomás recorrían su espalda por debajo de la camiseta, sintiendo la piel caliente; Marina suspiraba cada vez que le apretaba un poco más la cintura. No había prisa, solo caricias que se volvían cada vez más íntimas. Ella le besó el cuello, dejando rastros húmedos que lo hacían cerrar los ojos.
—Me gusta cómo hueles —murmuró ella, pasándole la nariz por la mandíbula—. Me haces sentir cosas que no debería. Pero no puedo parar.
—Entonces no pares —respondió él, abrazándola más fuerte.
Marina se apartó un poco para mirarlo, con una expresión de pura dulzura, y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Escúchame. Esto es nuestro secreto, ¿vale? Nadie puede saberlo. Ni Diego, ni nadie. —Le besó la comisura de los labios—. Porque si se entera, se acaba todo. Y yo no quiero que se acabe.
—Lo sé. Seremos cuidadosos. Muy cuidadosos —prometió él.
Ella sonrió, traviesa y tierna a la vez, y se pegó más a él, el pecho contra su torso.
—Cuidadosos, pero no menos intensos —susurró—. Quiero que me mires siempre como me estás mirando ahora. Como si fuera lo único que existe. Porque contigo me siento deseada de verdad. Y me encanta.
Volvió a besarlo, esta vez más lento, más hondo. Se movió suavemente sobre él, un vaivén sutil que les arrancó a ambos un gemido bajito.
***
Pasaron unos minutos. Marina apoyó la frente en la de él, los ojos cerrados, como ordenando pensamientos que no quería soltar del todo.
—Yo no hago esto para hacerle daño a Diego —dijo en voz baja, casi maternal, acariciándole el pelo—. Te lo juro. Él es bueno conmigo, me cuida, me quiere. Pero tú llegaste aquí hecho polvo. Sin nada, sin sitio donde caerte muerto, con esa cara de no haber dormido en semanas. Y cada vez que te veía en la cocina mirando el móvil sin saber qué hacer… se me partía el alma.
Tomás intentó hablar, pero ella le puso un dedo en los labios.
—No es solo atracción, aunque… Dios, claro que lo es. —Sonrió, avergonzada pero sincera—. Pero sobre todo es que no soporto verte sufrir. Y cuando me miras como si yo fuera lo único bonito que te ha pasado en mucho tiempo… no puedo decirte que no.
Se inclinó y le dio un beso lento, casi casto, en la comisura de la boca.
—Sé que está mal —continuó, pegada a él—. Sé que es una locura. Pero cuando te veo relajarte conmigo, siento que estoy haciendo algo bueno. Aunque sea un secreto. Aunque sea pecado.
Él la abrazó más fuerte, enterrando la cara en su cuello.
—Nadie me había mirado nunca así. Como si importara de verdad.
—Pues déjame seguir mirándote así —le pidió ella, besándole la frente y los párpados cerrados—. Déjame cuidarte. Pero tenemos que ser muy listos, Tomás. Diego no puede enterarse nunca. Porque si se entera, no solo nos destroza a nosotros. Se destroza él. Y yo quiero que siga siendo feliz. Y que tú también lo seas aquí. Conmigo. En silencio. En nuestros ratos robados.
Le cogió la mano y se la llevó al pecho, sobre el corazón, para que sintiera lo rápido que latía.
—Cada vez que estemos solos voy a hacerte sentir que no estás solo. Que alguien te quiere de verdad. Pero solo cuando nadie mire.
—Te lo prometo —respondió él, y la besó largamente en la frente.
***
Marina notó que él temblaba un poco. No de frío, sino de esa mezcla de ansiedad acumulada y deseo contenido que no sabía cómo soltar. Lo sentía en su respiración acelerada contra el cuello, en cómo se aferraba a su cintura como si tuviera miedo de que todo desapareciera.
—Tranquilo —susurró contra su oído, con esa voz que calmaba tormentas—. Estás temblando. No pasa nada. Estoy aquí. Déjame que te olvides de todo lo malo, aunque sea solo un rato.
Sin esperar respuesta, se movió con una lentitud deliberada. Apoyó las rodillas a ambos lados de sus caderas y, con cuidado, casi con reverencia, le bajó lo justo el pantalón de chándal. Luego se quitó los pantalones cortos con un movimiento fluido y se quedó solo con la camiseta de tirantes y la ropa interior.
Tomás la miraba con los ojos muy abiertos, sin atreverse a moverse, como si temiera romper el momento.
—Solo quiero que te sientas bien —le dijo ella, mirándolo—. Que dejes de pensar en lo que no tienes. Déjame cuidarte así.
Se colocó sobre él despacio, guiándolo con la mano. Cuando lo sintió dentro, soltó un suspiro largo, casi de alivio, como si fuera ella la que necesitaba esa cercanía tanto como él. Empezó a moverse con un vaivén muy lento, hipnótico, sin fuerza, buscando solo calmar. Las palmas apoyadas en su pecho, sintiendo el corazón desbocado bajo los dedos.
—Mírame a los ojos —le pidió, en voz ronca, obligándolo con suavidad a no apartar la vista—. Así. Respira conmigo. No tienes que hacer nada. Solo déjame darte esto. Déjame hacer que te sientas deseado. Seguro.
Tomás gimió bajito, las manos subiendo por sus muslos hasta las caderas, no para guiarla, sino para aferrarse a ella como a un ancla. Marina se inclinó hacia delante, el pecho rozándole el torso a través de la tela fina, y le besó el cuello, la mandíbula, la comisura de la boca, sin dejar de moverse con esa cadencia tranquila.
—¿Notas cómo todo lo malo se va deshaciendo? —susurró—. Esto es para ti. Solo para ti. Para que sepas que aquí, conmigo, siempre vas a tener un sitio donde refugiarte.
Aceleró solo un poco, lo justo para que él sintiera el calor, la entrega. No buscaba el clímax rápido, sino prolongar la sensación de cercanía. Sus caderas giraban en círculos amplios, lentos, apretando cada vez que bajaba.
Las manos de Tomás recorrieron su espalda bajo la camiseta y ella arqueó un poco la columna, ofreciéndose más, pero sin perder el control del ritmo.
—Cuando estés a punto —le dijo, entrecortada pero siempre tierna—, déjalo salir. Déjame recibirlo todo. Quiero llevarme tu tristeza, tu miedo. Todo.
Él jadeó, la cabeza echada hacia atrás. Marina aceleró lo necesario, sintiendo cómo se tensaba debajo. Cuando llegó al límite, se pegó a él, lo abrazó fuerte por el cuello y lo besó hondo mientras él se vaciaba dentro con un gemido ahogado contra su boca. Ella no paró del todo: siguió moviéndose muy despacio, prolongando las réplicas, calmándolo con caricias en el pelo.
—Ya está. Ya pasó —susurró, los labios pegados a su sien, meciéndolo—. Ahora estás más tranquilo, ¿verdad? Eso es lo que quería. Que te sintieras en paz.
Se quedó sobre él, abrazándolo, los dos respirando al unísono, sudados, calmados.
***
A la mañana siguiente, Marina abrió los ojos despacio y se quedó mirando la nota que Diego le había dejado en la mesita antes de irse a trabajar: un corazón mal dibujado y un «Te quiero, nos vemos a la tarde».
Sonrió. Se giró hacia el techo. No había remordimiento en su cara, solo una calma extraña, casi serena. Se levantó, caminó descalza hasta el baño y se miró en el espejo. El pelo revuelto, los labios todavía algo hinchados. No apartó la mirada con asco ni con culpa: simplemente observó, como comprobando que todo había salido bien.
Abrió el grifo del agua caliente, mojó una toalla pequeña y empezó a limpiarse con movimientos lentos, casi cariñosos. Mientras lo hacía, hablaba bajito consigo misma, terminando una conversación que había empezado la noche anterior.
—No fue hacer el amor —murmuró, con voz suave—. Fue ayudarle. Solo ayudarle a respirar mejor. A dormir sin pesadillas. A levantarse hoy con algo de luz en los ojos.
Se miró de nuevo y sonrió, sin malicia.
—Si Tomás está feliz, Diego lo va a notar. Y si su amigo está bien, Diego estará más tranquilo en casa. Todo encaja. —Se rió por lo bajo, como quien acaba de resolver un puzle sencillo—. Es como si estuviera cuidando de los dos a la vez. Sin que nadie tenga que sufrir.
Se mojó la cara con agua fría y se quedó un segundo con las manos apoyadas en el borde del lavabo, mirando su reflejo. Los ojos verdes brillaban con una claridad casi infantil.
—No le estoy poniendo los cuernos a Diego —susurró, convencida—. Le estoy regalando un amigo más feliz. Un hogar más tranquilo. Eso no es traición. Eso es… amor. El que hace que los demás estén mejor sin que sepan por qué.
Se puso una bata corta de satén, se ató el cinturón con un nudo flojo y salió al pasillo. Tomás estaba en el salón, sentado en el sofá cama ya recogido, con una taza de café en la mano. Cuando la vio, levantó la vista y sus ojos se iluminaron. Una sonrisa tímida pero genuina se le dibujó en la cara.
—Buenos días —lo saludó ella, con voz cálida—. ¿Has dormido bien?
—Como nunca en semanas —respondió él, sin apartar la mirada—. Gracias a ti.
Marina se acercó, se inclinó y le dio un beso casto en la frente, acariciándole el pelo un segundo.
—Me alegro. Mucho. —Se enderezó y sonrió—. Voy a hacer café. ¿Quieres tostadas?
Y se fue hacia la cocina tarareando una canción cualquiera. En su cabeza, todo tenía un sentido perfecto: Tomás más ligero, Diego más contento al verlo así, y ella en medio, siendo el puente, la que cuida, la que ayuda. Sin culpa. Solo con esa paz tan suya, la de quien cree de verdad que está haciendo lo correcto.