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Relatos Ardientes

La novia que cuidó demasiado al amigo de su chico

Marina tenía veinticuatro años y era una de esas mujeres que entran en una habitación sin proponérselo. Morena, de estatura media, delgada, con el pelo castaño cayéndole liso hasta media espalda y unos ojos verdes que parecían iluminarse cuando sonreía. No era una belleza de revista, pero tenía algo más peligroso: una calidez que hacía que cualquiera quisiera quedarse cerca.

Su único defecto, si es que era un defecto, era que le gustaba gustar. Necesitaba caer bien, necesitaba que la gente estuviera a gusto a su alrededor, y esa necesidad la volvía a veces demasiado complaciente. Demasiado fácil de convencer.

Vivía con Diego, su novio, en un piso pequeño del centro. Diego tenía veintiocho años, era alto, trabajador y la quería con esa lealtad sencilla de quien nunca ha sospechado nada. Trabajaba de comercial y pasaba fuera la mayor parte del día. Y fue él quien una noche, casi disculpándose, le preguntó si podían acoger un tiempo a Tomás, un viejo amigo del instituto que se había quedado sin trabajo y sin casa de un día para otro.

—Solo unas semanas, hasta que se recupere —dijo Diego—. No tiene a nadie más.

Marina dijo que sí antes de pensarlo. Siempre decía que sí.

Lo primero que notó cuando Tomás llegó con su mochila y su cara de derrota fue que era guapo. Muy guapo. Alto, ancho de hombros, con el pelo negro siempre revuelto y unos ojos de un azul que incomodaba mirar demasiado tiempo. Se sorprendió a sí misma observándolo más de la cuenta y bajó la vista, avergonzada, como si la hubieran pillado en algo.

Las primeras semanas, Tomás apenas hablaba. Comía poco, dormía mucho y se pasaba las horas frente al televisor con la mirada perdida. Diego se iba al amanecer y volvía de noche, así que era Marina quien convivía con él durante el día.

Y a Marina le rompía el corazón verlo así.

Empezó a cuidarlo casi sin darse cuenta. Le cocinaba sus platos favoritos, le dejaba conversación cuando él tenía ganas, veían series juntos por las tardes. Es buen chico, solo ha tenido mala suerte, se repetía. Y poco a poco, semana tras semana, Tomás fue volviendo a la vida: mandaba currículums, hacía bromas, se reía. Pero seguía teniendo esa sombra detrás de la sonrisa, la de quien no tiene un sitio al que volver.

***

Una tarde de finales de mayo, Marina estaba sentada en el sofá doblando ropa, descalza, con las piernas cruzadas. Llevaba una camiseta de tirantes negra sin sujetador —se notaban los pezones marcados contra la tela— y unos pantalones cortos de algodón muy pegados que se le metían entre las nalgas cada vez que cambiaba de postura. Sonaba música suave de fondo y la luz entraba dorada por la ventana.

Tomás salió de la cocina con una cerveza en la mano, todavía en pijama, el pelo más revuelto que de costumbre. Tenía esa flojera en la sonrisa de quien lleva un par de copas encima, y con ellas, una desvergüenza que normalmente se guardaba. Marina notó de reojo el bulto que se le marcaba contra el pantalón de chándal y apartó la vista deprisa, sintiendo un calor incómodo subiéndole por el cuello.

—Joder, Marina… —dijo, apoyándose en el marco de la puerta y mirándola de arriba abajo sin disimulo—. ¿No te cansas nunca de estar tan guapa todo el día?

Ella se quedó pillada un segundo. Luego comprendió: Tomás hablaba a impulsos, sin filtro, y con el alcohol todavía menos. Decidió no ofenderse y levantó la vista con naturalidad.

—Qué exagerado eres —rió bajito, y siguió doblando una camiseta—. Solo estoy recogiendo, que si no Diego dice que parece que ha pasado un huracán.

—No, en serio. —Avanzó despacio y se sentó en el brazo del sofá, muy cerca de ella—. Llevo aquí un mes y todavía no me acostumbro. Eres como… no sé. Como si alguien hubiera diseñado la novia perfecta y le hubiera salido bien.

Marina se sonrojó, pero lo tomó como un piropo inocente y bajó la mirada hacia la ropa.

—Tonto. Gracias, supongo. —Alzó los ojos verdes y le sonrió con ternura—. ¿Estás mejor ya?

Tomás se inclinó un poco más y bajó la voz.

—Estoy mejor desde que llegué aquí. Sobre todo desde que te veo moverte por la casa. ¿Sabes que tienes la forma de caminar más peligrosa que he visto en mi vida? Ese culo tuyo va a acabar conmigo.

—Para, anda, que me pongo colorada. —Se rió, nerviosa, pero no se apartó—. Camino normal, ¿eh? No tengo la culpa de que estos pantalones sean cómodos.

—No son los pantalones. —Bajó aún más la voz, hasta un susurro cómplice—. Es todo. Cómo te recoges el pelo, cómo te muerdes el labio cuando piensas, cómo se te marcan las tetas debajo de esa camiseta cuando respiras. Eres demasiado… follable. Y lo sabes.

Marina parpadeó, confundida, intentando seguir tomándoselo como algo bueno a pesar del descaro.

—Yo solo intento ser amable —balbuceó, sacudiendo la cabeza—. Me gusta que la gente esté a gusto en casa. Y tú eres amigo de Diego, así que claro que quiero que estés bien.

Entonces él estiró la mano y le rozó el brazo desnudo con las yemas de los dedos, muy suave, como probando.

—¿Y si te digo que ahora mismo no quiero estar «bien»? Quiero estar mucho mejor. Contigo. Debajo de ti. Dentro de ti.

Marina se quedó quieta, sintiendo el roce. No se apartó. Su voz salió más baja, casi dulce.

—Tomás… No digas esas cosas. Diego se enfadaría muchísimo si te oyera.

Pero él no retiró la mano. La deslizó despacio hasta el hombro, masajeándolo apenas, y de ahí bajó al escote, rozándole el nacimiento del pecho con el pulgar.

—Diego no está. Y tú estás aquí, con los pezones duros marcándose contra la camiseta, poniéndote nerviosa, pero sin decirme que pare. —Se inclinó hasta que su aliento le rozó la oreja—. ¿Eso no te dice algo?

Ella tragó saliva. Sus ojos verdes brillaban, húmedos, mezcla de confusión y de esa necesidad suya de no disgustar a nadie chocando de frente con la incomodidad de la situación.

—No sé… —empezó, insegura, mirando hacia otro lado—. Solo quiero que todo esté bien. No quiero que te sientas mal aquí. Pero tampoco me gusta que me hables así…

Tomás sonrió, lento, victorioso, y le apartó un mechón detrás de la oreja.

—No eres borde. Eres demasiado buena. Y eso es justo lo que me está poniendo la polla dura desde hace un mes. —Su voz era casi un ronroneo—. Dime que pare si de verdad quieres que pare. Pero dilo claro. Porque si no lo dices, voy a pensar que en el fondo te mueres por que te folle en este sofá.

La respiración de Marina se aceleró. Los labios entreabiertos, la mirada perdida entre la ropa y el suelo. Susurró, casi inaudible:

—No quiero que te vayas sintiéndote mal… Pero para, por favor. Por favor…

Él se acercó hasta que sus narices casi se tocaron, hablando contra sus labios.

—Entonces no me hagas irme sintiéndome mal. Deja que me quede un poco más cerca.

Se hizo el silencio. Solo se oía la respiración de ella, cada vez más irregular. No dijo que no. Tampoco dijo que sí. Se quedó ahí, quieta, mientras Tomás terminaba de deslizarse hasta quedar sentado a su lado, con una rodilla pegada a la suya y la mano subiéndole muy despacio por el muslo desnudo.

Tras unos segundos eternos, Marina lo miró a los ojos con una mezcla de nervios y de algo más profundo, casi rendición.

—No me hagas decir que pares —susurró, y su voz tembló—. Porque no quiero que pares.

Y se inclinó ella primero.

***

Sus labios rozaron los de él con una suavidad casi tímida, como comprobando si era real. Tomás respondió al instante, pero sin prisa, dejando que fuera ella quien marcara el ritmo. El beso creció despacio: primero tierno, exploratorio, luego más hondo, más hambriento. Las lenguas se buscaron, se enredaron, y Marina soltó un gemidito bajito cuando notó que Tomás le mordía el labio inferior. Las manos de Marina le subieron al cuello, los dedos enredándose en su pelo. Él la sujetó por la cintura y la atrajo hasta que ella terminó sentada a horcajadas sobre sus piernas, sin separar la boca ni un segundo. Al sentarse notó al instante el bulto duro debajo del pantalón de chándal, pegándose justo contra su coño a través de la tela fina de las bragas.

—Joder, ya estás dura, Marina —masculló él contra su boca, sintiéndola apretarse contra su polla—. Y solo por unos besos.

Ella sonrió, los ojos encendidos, y se movió apenas encima de él, restregándose despacio.

—Calla y bésame. Así. Más despacio.

Se devoraron durante lo que parecieron minutos. Las manos de Tomás recorrían su espalda por debajo de la camiseta, sintiendo la piel caliente; le subió la tela hasta los sobacos de un tirón y le sacó la camiseta por la cabeza. Las tetas de Marina quedaron al aire, redondas, pequeñas, con los pezones oscuros duros como piedras. Él soltó un gruñido bajo al verlas.

—Dios, qué tetas tienes. Las he imaginado mil veces, joder.

Se inclinó y se metió un pezón en la boca, chupándolo hondo mientras con la mano le apretaba el otro pecho. Marina echó la cabeza atrás y soltó un gemido largo, agarrándose al respaldo del sofá.

—Ay… así, sigue así… no pares…

Tomás pasó de una teta a la otra, chupando, lamiendo, mordisqueando los pezones hasta dejárselos brillantes de saliva. Ella suspiraba cada vez que le apretaba un poco más la cintura y le seguía moviendo las caderas encima, montándolo por encima de la ropa. Marina le besó el cuello, dejando rastros húmedos que lo hacían cerrar los ojos, y bajó una mano hasta el bulto que se le marcaba, apretándolo por encima del chándal. Sintió el grosor, la dureza, el latido, y se le escapó un suspiro.

—Me gusta cómo hueles —murmuró ella, pasándole la nariz por la mandíbula—. Y me gusta lo dura que la tienes. Me haces sentir cosas que no debería. Pero no puedo parar.

—Entonces no pares —respondió él, abrazándola más fuerte—. Tócamela. Por encima no. Métete la mano dentro.

Marina obedeció, casi hipnotizada. Le metió la mano por dentro del chándal, esquivando los calzoncillos, y cuando sus dedos se cerraron alrededor de la polla desnuda soltó un jadeo. Estaba caliente, dura, mojada de precum en la punta. La rodeó bien y empezó a masturbarlo despacio, arriba y abajo, sintiendo cómo se le engrosaba en la mano.

—Dios, la tienes enorme —susurró contra sus labios—. No pensé que la tuvieras tan grande.

—Toda para ti —jadeó él—. Sácamela. Quiero vértela.

Marina se apartó un poco para mirarlo, con una expresión de pura dulzura mezclada con calentura, y le acarició la mejilla con el dorso de la mano libre. Sin dejar de masturbarlo, se echó un poco hacia atrás y le tiró del pantalón y de los calzoncillos hasta los muslos. La polla de Tomás saltó libre, tiesa, la punta hinchada y brillante. Marina se mordió el labio.

—Escúchame. Esto es nuestro secreto, ¿vale? Nadie puede saberlo. Ni Diego, ni nadie. —Le besó la comisura de los labios sin dejar de pajearlo—. Porque si se entera, se acaba todo. Y yo no quiero que se acabe.

—Lo sé. Seremos cuidadosos. Muy cuidadosos —prometió él con la voz ronca—. Chúpamela. Por favor. Solo un poco. Necesito ver tu boca en mi polla.

Ella sonrió, traviesa y tierna a la vez, y sin decir nada se deslizó al suelo, arrodillándose entre sus piernas. Le agarró la polla con las dos manos, la sujetó firme, y le pasó la lengua por toda la longitud, desde los cojones hasta la punta, muy despacio, mirándolo a los ojos. Tomás gimió alto.

—Joder, Marina, joder…

Ella se metió el glande en la boca y chupó, hundiendo las mejillas. Bajó despacio, tragando lo que podía, notando cómo la polla le llenaba la garganta. Volvió a subir, con la saliva chorreándole por la comisura, y se relamió antes de volver a bajar.

—Así… mira cómo te la chupo… —susurró entre lametones—. Es solo para nosotros. Cuidadosos, pero no menos intensos —murmuró—. Quiero que me mires siempre como me estás mirando ahora. Como si fuera lo único que existe. Porque contigo me siento deseada de verdad. Y me encanta.

Empezó a mamársela en serio, con ritmo, subiendo y bajando la cabeza, haciendo ruidos húmedos que llenaban el salón. Le lamía la punta, se la metía entera, le chupaba los huevos, volvía a tragársela. Tomás le agarró el pelo con una mano y empezó a marcar el ritmo, follándole la boca con cuidado. Ella gemía con la polla dentro, salivando, dejándose. Cuando notó que él estaba a punto, se apartó, jadeando, con los labios rojos e hinchados.

—Todavía no —dijo con una sonrisa pícara—. Todavía no te vas a correr. Ven aquí.

Se subió otra vez encima de él, se movió suavemente, un vaivén sutil que les arrancó a ambos un gemido bajito. Le apartó las bragas a un lado con dos dedos y le enseñó lo mojada que estaba, deslizándose las yemas por los labios brillantes.

—¿Ves lo que me haces? Estoy empapada. Métela. Métemela ya.

***

Pasaron unos segundos. Marina apoyó la frente en la de él, los ojos cerrados, con la mano de Tomás entre sus piernas metiéndole ya dos dedos, entrando y saliendo despacio. Ella suspiraba, moviendo las caderas contra su mano, como ordenando pensamientos que no quería soltar del todo.

—Yo no hago esto para hacerle daño a Diego —dijo en voz baja, casi maternal, acariciándole el pelo mientras se dejaba dedear—. Te lo juro. Él es bueno conmigo, me cuida, me quiere. Pero tú llegaste aquí hecho polvo. Sin nada, sin sitio donde caerte muerto, con esa cara de no haber dormido en semanas. Y cada vez que te veía en la cocina mirando el móvil sin saber qué hacer… se me partía el alma.

Tomás intentó hablar, pero ella le puso un dedo en los labios, un dedo que olía a su propio coño porque acababa de meterse la mano por dentro de las bragas. Él lo chupó, mirándola.

—No es solo atracción, aunque… Dios, claro que lo es. —Sonrió, avergonzada pero sincera—. Pero sobre todo es que no soporto verte sufrir. Y cuando me miras como si yo fuera lo único bonito que te ha pasado en mucho tiempo… no puedo decirte que no. No puedo decirle que no a esta polla.

Se inclinó y le dio un beso lento, casi casto, en la comisura de la boca, mientras con la mano volvía a rodearle la polla y a acariciársela.

—Sé que está mal —continuó, pegada a él—. Sé que es una locura. Pero cuando te veo relajarte conmigo, siento que estoy haciendo algo bueno. Aunque sea un secreto. Aunque sea pecado.

Él la abrazó más fuerte, enterrando la cara en su cuello, mordisqueándole el hombro.

—Nadie me había mirado nunca así. Como si importara de verdad. Nadie me la ha chupado nunca como tú.

—Pues déjame seguir mirándote así —le pidió ella, besándole la frente y los párpados cerrados—. Déjame cuidarte. Pero tenemos que ser muy listos, Tomás. Diego no puede enterarse nunca. Porque si se entera, no solo nos destroza a nosotros. Se destroza él. Y yo quiero que siga siendo feliz. Y que tú también lo seas aquí. Conmigo. En silencio. En nuestros ratos robados.

Le cogió la mano y se la llevó al pecho, sobre el corazón, para que sintiera lo rápido que latía. Después la bajó despacio hasta el coño, guiándole los dedos para que volviera a meterlos.

—Cada vez que estemos solos voy a hacerte sentir que no estás solo. Que alguien te quiere de verdad. Voy a chupártela, voy a dejar que me folles como quieras, voy a tragarme todo lo que me des. Pero solo cuando nadie mire.

—Te lo prometo —respondió él, y la besó largamente en la frente mientras le hundía los dedos hasta el fondo, arrancándole un gemido húmedo.

***

Marina notó que él temblaba un poco. No de frío, sino de esa mezcla de ansiedad acumulada y deseo contenido que no sabía cómo soltar. Lo sentía en su respiración acelerada contra el cuello, en cómo se aferraba a su cintura como si tuviera miedo de que todo desapareciera, en cómo la polla le latía dura contra su vientre.

—Tranquilo —susurró contra su oído, con esa voz que calmaba tormentas—. Estás temblando. No pasa nada. Estoy aquí. Déjame que te olvides de todo lo malo, aunque sea solo un rato. Déjame que te la monte bien rico.

Sin esperar respuesta, se movió con una lentitud deliberada. Se puso de pie un momento, se bajó las bragas por los muslos hasta dejarlas caer al suelo, y se quedó desnuda del todo delante de él. Tomás la miró de arriba abajo con la boca abierta: las tetas duras, el vientre plano, el coño depilado y brillante de tan mojado. Se acabó de bajar el chándal y los calzoncillos hasta los tobillos y se los sacó de una patada.

—Ven aquí. Ya —le pidió él, con la voz rota.

Apoyó las rodillas a ambos lados de sus caderas y, con cuidado, casi con reverencia, le agarró la polla con una mano y se la colocó en la entrada. La restregó primero contra los labios del coño, arriba y abajo, mojándole toda la punta con sus flujos, frotándose el clítoris con el glande. Los dos gemían.

—Notas lo mojada que estoy? —susurró—. Todo esto es por ti. Por tu polla.

Tomás la miraba con los ojos muy abiertos, sin atreverse a moverse, como si temiera romper el momento. Y entonces, muy despacio, Marina se dejó caer. La polla la abrió centímetro a centímetro, y cuando lo tuvo dentro entero soltó un suspiro largo, casi de alivio, con la boca abierta.

—Ah… joder… qué grande la tienes… me estás llenando entera…

—Estás apretadísima —jadeó él, agarrándola por el culo con las dos manos—. Coño, Marina, estás caliente por dentro…

Empezó a moverse con un vaivén muy lento, hipnótico, sin fuerza, buscando solo calmar. Las palmas apoyadas en su pecho, sintiendo el corazón desbocado bajo los dedos. Subía y bajaba entera sobre la polla, sintiendo cómo se le hundía hasta el fondo cada vez que se sentaba, cómo le rozaba un punto por dentro que la hacía temblar. Sus caderas giraban en círculos amplios, lentos, apretando cada vez que bajaba, mordiéndole con el coño.

—Mírame a los ojos —le pidió, en voz ronca, obligándolo con suavidad a no apartar la vista—. Así. Respira conmigo. No tienes que hacer nada. Solo déjame darte esto. Déjame hacer que te sientas deseado. Seguro. Déjame que te ordeñe la polla con mi coño.

Tomás gimió bajito, las manos subiendo por sus muslos hasta las caderas, no para guiarla, sino para aferrarse a ella como a un ancla. Marina se inclinó hacia delante, las tetas rozándole la cara, y él le atrapó un pezón con la boca, chupándolo mientras ella lo montaba encima. Le besó el cuello, la mandíbula, la comisura de la boca, sin dejar de moverse con esa cadencia tranquila.

—¿Notas cómo todo lo malo se va deshaciendo? —susurró—. Esto es para ti. Solo para ti. Mira cómo entra y sale, mira cómo te lo hago…

Se echó un poco hacia atrás, apoyándose con las manos en las rodillas de él, y empezó a rebotar más fuerte, más deprisa. Las tetas le saltaban con cada bajada, el culo le chocaba contra los muslos de Tomás con un ruido húmedo. Él la miraba embobado, viendo cómo la polla desaparecía dentro de ella, brillante de sus flujos, y volvía a salir para hundirse otra vez.

—Así… así… ay, dios, qué a gusto me hace… —gimió Marina, mordiéndose el labio—. Dime lo puta que soy. Dímelo.

—Eres una puta calentona —jadeó él, agarrándole las nalgas—. Follándote al amigo de tu novio en su propio sofá. Menuda puta estás hecha.

—Sí… soy tu puta ahora… tu putita, solo para ti…

Aceleró un poco más, lo justo para que él sintiera el calor, la entrega. No buscaba el clímax rápido, sino prolongar la sensación de cercanía, pero el sexo se estaba volviendo cada vez más intenso, más sucio. Se echó hacia adelante y le pidió que la cambiara de postura. Tomás la levantó en volandas, la giró y la dejó a cuatro patas sobre el sofá, con el culo en pompa.

Se puso de rodillas detrás de ella y le metió la polla de una embestida. Marina gritó, con la cara contra los cojines.

—¡Ay, dios, sí, así, fóllame, fóllame fuerte!

Tomás la agarró por las caderas y empezó a embestirla con fuerza, entrando hasta el fondo, sacándola casi entera para volver a meterla de golpe. El sofá crujía. Las nalgas de Marina rebotaban contra su pelvis con un chasquido carnoso que resonaba en el salón. Ella arqueaba la espalda, apoyada en los codos, gimiendo cada vez más alto.

—Sigue, sigue… más fuerte… rómpeme… —jadeaba entre dientes—. Que se entere todo el barrio de lo bien que me la metes…

Él le dio un cachete en el culo, marcándole la mano. Marina soltó un gemido agudo.

—Otro. Dame otro.

Tomás la azotó otra vez, mientras seguía embistiéndola sin bajar el ritmo. Le agarró el pelo con una mano, tirándole suave, obligándola a arquear más la espalda, y con la otra le buscó el clítoris y empezó a frotárselo mientras la seguía folllando por detrás.

—Ay, ay, ay… me voy a correr… así… no pares… no pares, joder…

Marina empezó a temblar, todo el cuerpo en tensión. El coño se le apretó alrededor de la polla de Tomás, ordeñándolo con espasmos, y se corrió con un grito ahogado contra los cojines, mordiendo la tela para no despertar a los vecinos. Él aguantó, quieto dentro de ella, dejando que las contracciones lo apretaran, jadeando.

Cuando ella todavía temblaba, la sacó suave y le pidió que se tumbara de espaldas. Marina se dejó, laxa, con las piernas abiertas, ofreciéndose entera. Tomás se colocó encima, le pasó las piernas sobre los hombros y volvió a metérsela hasta el fondo. Ella soltó un gemido largo al notarlo tan hondo.

—Ahora tú —susurró, acariciándole la cara con las dos manos—. Ahora tú, mi amor. Córrete dentro. Quiero sentirlo.

Tomás la embistió con más fuerza, plegándola contra el sofá, con el peso de su cuerpo apretándola. Los ruidos húmedos llenaban el salón, los besos, los jadeos, el chasqueo de los cuerpos.

—Cuando estés a punto —le dijo, entrecortada pero siempre tierna—, déjalo salir. Déjame recibirlo todo. Quiero llevarme tu tristeza, tu miedo. Todo. Vacíame los huevos entera. Lléname el coño, no te salgas, quiero notarlo caliente por dentro.

Él jadeó, la cabeza echada hacia atrás. Marina le apretó las nalgas con las manos, tirándolo hacia sí, obligándolo a hundirse todavía más. Sintió cómo se tensaba, cómo la polla se le engrosaba dentro un segundo antes.

—Me corro… Marina, me corro… ah, joder…

—Sí, dentro, dentro, todo dentro… —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo.

Cuando llegó al límite, se pegó a él, lo abrazó fuerte por el cuello y lo besó hondo mientras él se vaciaba dentro con un gemido ahogado contra su boca. Notó los chorros calientes uno tras otro, llenándola por dentro, y se le escapó un gemido largo de puro gusto. Él siguió empujando despacio unos segundos más, apurando las últimas gotas, mientras ella le acariciaba la espalda.

Ella no paró del todo: siguió moviéndose muy despacio, prolongando las réplicas, calmándolo con caricias en el pelo. Cuando por fin él se salió, un hilo espeso y blanco le resbaló del coño hasta el sofá. Marina se rió bajito y se pasó dos dedos, recogiéndolo, y se los llevó a la boca.

—Ya está. Ya pasó —susurró, los labios pegados a su sien, meciéndolo—. Ahora estás más tranquilo, ¿verdad? Eso es lo que quería. Que te sintieras en paz.

Se quedó sobre él, abrazándolo, los dos respirando al unísono, sudados, calmados, oliendo a sexo.

***

A la mañana siguiente, Marina abrió los ojos despacio y se quedó mirando la nota que Diego le había dejado en la mesita antes de irse a trabajar: un corazón mal dibujado y un «Te quiero, nos vemos a la tarde».

Sonrió. Se giró hacia el techo. No había remordimiento en su cara, solo una calma extraña, casi serena. Se levantó, caminó descalza hasta el baño y se miró en el espejo. El pelo revuelto, los labios todavía algo hinchados, una marca rojiza en el cuello que iba a tener que tapar. Notaba el coño dolorido, agradecido, y todavía sentía un hilo pegajoso resbalándole por dentro del muslo. No apartó la mirada con asco ni con culpa: simplemente observó, como comprobando que todo había salido bien.

Abrió el grifo del agua caliente, mojó una toalla pequeña y empezó a limpiarse con movimientos lentos, casi cariñosos. Se pasó la toalla entre las piernas, retirando los restos de semen seco, y se sorprendió a sí misma sonriendo. Mientras lo hacía, hablaba bajito consigo misma, terminando una conversación que había empezado la noche anterior.

—No fue follar por follar —murmuró, con voz suave—. Fue ayudarle. Solo ayudarle a respirar mejor. A dormir sin pesadillas. A levantarse hoy con algo de luz en los ojos.

Se miró de nuevo y sonrió, sin malicia.

—Si Tomás está feliz, Diego lo va a notar. Y si su amigo está bien, Diego estará más tranquilo en casa. Todo encaja. —Se rió por lo bajo, como quien acaba de resolver un puzle sencillo—. Es como si estuviera cuidando de los dos a la vez. Sin que nadie tenga que sufrir.

Se mojó la cara con agua fría y se quedó un segundo con las manos apoyadas en el borde del lavabo, mirando su reflejo. Los ojos verdes brillaban con una claridad casi infantil.

—No le estoy poniendo los cuernos a Diego —susurró, convencida—. Le estoy regalando un amigo más feliz. Un hogar más tranquilo. Eso no es traición. Eso es… amor. El que hace que los demás estén mejor sin que sepan por qué.

Se puso una bata corta de satén, se ató el cinturón con un nudo flojo y salió al pasillo. Tomás estaba en el salón, sentado en el sofá cama ya recogido, con una taza de café en la mano. Cuando la vio, levantó la vista y sus ojos se iluminaron. Una sonrisa tímida pero genuina se le dibujó en la cara.

—Buenos días —lo saludó ella, con voz cálida—. ¿Has dormido bien?

—Como nunca en semanas —respondió él, sin apartar la mirada—. Gracias a ti.

Marina se acercó, se inclinó y le dio un beso casto en la frente, acariciándole el pelo un segundo. Aprovechó y, con una sonrisa traviesa, le deslizó la mano por dentro del pantalón un instante, apretándole la polla flácida con cariño.

—Esta noche, cuando Diego se duerma, quiero que vengas a buscarme al baño —le susurró al oído—. Y me la vuelves a meter así de rico.

Se enderezó y sonrió como si nada.

—Voy a hacer café. ¿Quieres tostadas?

Y se fue hacia la cocina tarareando una canción cualquiera. En su cabeza, todo tenía un sentido perfecto: Tomás más ligero, Diego más contento al verlo así, y ella en medio, siendo el puente, la que cuida, la que ayuda. Sin culpa. Solo con esa paz tan suya, la de quien cree de verdad que está haciendo lo correcto.

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Comentarios(8)

Florencia_B

tremendo relato, no lo pude dejar de leer!

PabloMarin87

Por favor seguí con esto, me quedé con ganas de saber cómo termina la historia de ellos dos.

LucasQ

Me recordó algo que pasó con un amigo mio hace años. Es increible como estas cosas se dan solas, sin que nadie lo planee. Gracias por compartir.

MiriamSol

muy bien escrito, se siente real

CrisBaires9

y despues? hay segunda parte??

VioletaNDF

El suspenso que le fuiste dando es lo mejor, ya sabes para donde va pero igual querés conocer todos los detalles. Excelente trabajo.

Rodrigo_mza

jajaja el titulo ya lo dice todo, demasiado cuidadosa la chica

Roci_lectora

me gustó que no fue todo tan directo sino que fue construyendo tension de a poco, eso lo hace mas interesante que otros relatos del estilo

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