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Relatos Ardientes

La pareja de la cala aceptó mi oferta indecente

Lo que voy a contar es real, lo creáis o no. Siempre pensé que eso de pagar por sexo solo existía en los vídeos de internet, montajes de actores con guion barato. Hasta aquella mañana de julio.

Había cobrado la paga del mes en mano —mi jefe sigue empeñado en darla así, un fastidio— y decidí celebrarlo a mi manera: playa, sombrilla y todo el día para mí solo. En cuanto aprieta el calor llevo el maletero siempre cargado de bártulos, de modo que fui directo desde el trabajo, parando apenas para comprar algo de comer y un par de cervezas que metí en la nevera portátil.

Aparqué y caminé hasta mi rincón favorito: una cala estrecha al final de un buen paseo, encajonada entre la arena y una pared de rocas. La gente llega hasta allí dando un garbeo, pero casi nunca se queda, porque el agua está plagada de piedras. Por eso me gusta. Suele estar vacía.

Planté la sombrilla, extendí la toalla, me eché crema y me tumbé al sol. Al rato me di un baño y, al volver, descubrí que ya no estaba solo. Pegada a la pared de roca, clavada en la arena, había otra sombrilla tumbada de lado. Quien estuviera detrás quedaba completamente tapado. O alguien se la había olvidado allí, pensé.

Me sequé al sol echando alguna miradita de vez en cuando. Nada se movía. La curiosidad pudo conmigo y me levanté a dar un paseo en paralelo a la roca, como quien no quiere la cosa. La arena quemaba. Cuando llegué cerca de la pared, lo vi: media espalda y un brazo de una chica, y las piernas de un chico tumbado. Ella movía la mano deprisa, con un vaivén que conocía bien. Le estaba haciendo una paja a su novio.

En ese momento giró la cabeza y me pilló. Disimulé como pude, me agaché fingiendo recoger algo de la arena y volví a mi toalla con el corazón acelerado. Ella había parado en seco. Y mi cabeza empezó a maquinar.

***

Antes de seguir, dejadme que me presente. Me llamo Tomás, tengo cuarenta años aunque aparento bastantes menos. Soy un tipo normal, delgado y fibroso de tanto entrenar. Nada del otro mundo, pero sé que gusto, sobre todo a las chicas más jóvenes. Eso siempre me ha dado cierta ventaja.

Pasaron unos minutos y la parejita salió de detrás de la sombrilla hacia la orilla. Me miraron de reojo, dudando de cuánto habría visto. A ella le calculé veintiún años: morena de piel, tostada por el sol, no muy alta, delgada pero con un buen pecho y un culo pequeño y respingón. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y un bikini blanco anudado a las caderas. Una maravilla. Él era de su estilo: delgado, moreno, con unas bermudas rojas y la misma cara de no llegar a los veinticinco.

Se metieron en el agua a jugar, besándose y abrazándose. Pensé que terminarían allí mismo, pero no. Él salió primero, con cara de pocos amigos, y desapareció tras la sombrilla. Ella se quedó un rato más, y cuando por fin volvió, se estrujó la coleta escurriendo el agua. Aquel gesto, no sé por qué, me puso a cien.

Tenía que actuar rápido. Cuando pasó cerca de mí, le hablé.

—Disculpa…

—¿Qué? —se paró.

—Siento lo de antes. Vi la sombrilla tumbada y pensé que alguien se la había olvidado. No distinguía nada detrás. Os he cortado el rollo, lo sé.

Se ruborizó un poco.

—Ah… No pasa nada. Adiós —y siguió su camino.

Con eso me confirmó lo que ya sabía. De cerca estaba aún mejor: ojos rasgados y oscuros, labios carnosos. Me quedé mirando cómo se le movía el culo al alejarse y supe que tenía que intentarlo.

***

Esperé unos diez minutos pensando el siguiente paso. Luego cogí la nevera y me acerqué a su sombrilla.

—Hola —saludé.

—Hola —respondió ella, sin demasiado entusiasmo. Él se asomó y me miró sin decir nada.

—Me preguntaba si os apetecería un par de cervezas frescas. Las acabo de comprar, están heladas.

Se miraron sorprendidos. Sin esperar respuesta, abrí la nevera y les tendí dos latas. Las aceptaron. Bebimos los tres unos tragos.

—Mirad, quiero pediros perdón de verdad —dije—. No era mi intención fastidiaros el momento.

—Está bien, disculpas aceptadas —cortó ella.

—Ya, pero no quiero que la cosa quede así. Me gustaría compensaros.

—¿Compensarnos cómo? —el chico se incorporó, en guardia.

—Os presto mi sombrilla. La pongo a continuación de la vuestra y entre las dos crean un rincón cerrado entre la arena y la roca. Nadie os vería desde la playa. Para que estéis… a vuestra bola.

Se rieron, medio incómodos.

—O sea, que nos la prestas para que acabemos de follar —soltó él.

—Dicho así suena más directo, pero sí —sonreí.

—Tranquilo, Iván —dijo ella tirándole del brazo cuando él hizo amago de levantarse.

Así supe que él se llamaba Iván. Fui a por mi sombrilla y mi toalla y, sin pedir permiso, las coloqué pegadas a las suyas, creando ese pequeño habitáculo escondido. Ellos discutían en voz baja. Entonces metí la mano en la bolsa, saqué la cartera y dejé dos billetes de sesenta sobre mi toalla.

—¿Y eso? —preguntó él.

Me puse serio.

—Os doy ciento veinte euros por veros. Es mi oferta.

—¡Eh, eh! ¡No te pases, tío! —Iván se levantó de un salto.

No me asusté. Era un chaval; podría tumbarlo en un segundo si hiciera falta. Pero no hizo falta.

—Tranquilo —dije sin moverme—. Voy a hacer una cosa: dejo el dinero aquí y me retiro a la orilla unos minutos. Habladlo. Si cuando vuelva el dinero sigue en la toalla, significa que me quedo a miraros. Si no está, recojo mis cosas y me largo de la playa. Pensadlo.

—¡No hay nada que pensar! ¡No soy ninguna puta! —saltó ella.

Pero ni ella ni los billetes se movieron de sitio. Volví a la orilla. Desde lejos los oía cuchichear, susurros que el viento se llevaba. La mecha estaba prendida.

***

Diez minutos eternos después, me acerqué de nuevo. Antes de mirarlos a la cara, miré la toalla. El dinero no estaba. Un cosquilleo me recorrió entero.

—Veo que lo habéis hablado —dije en cuclillas.

—Solo porque nos hace falta el dinero, ¿vale? —murmuró él.

—Me parece bien. Me siento en esta roca, así puedo veros y aviso si entra alguien en la playa. ¿De acuerdo, Lucía? —pregunté mirándola a ella.

Asintió a regañadientes. Lucía. Solo el nombre me la ponía dura.

Iván se tumbó y se bajó las bermudas. Lucía se acercó y empezó a acariciarle, primero despacio, luego más rápido, con unos dedos finos que parecían prodigiosos. Me recreé viéndole crecer la polla a aquel afortunado.

—¿Se la vas a chupar? —pregunté.

—Eso no entra en el precio —dijo con una voz aguda que me encendía.

—Haced lo que ibais a hacer. Si se la ibas a chupar, adelante.

Ella ladeó la cabeza, dejó caer la coleta a un lado —juraría que para que yo viera mejor— y empezó a lamerle la punta. Mientras la lengua entraba y salía, mi polla se ponía cada vez más dura. Me llevé la mano al bañador.

—¿Qué haces? —preguntó Iván.

En ese instante Lucía me miró a los ojos sin dejar de chupar. Me la saqué. Los dos se sorprendieron al ver lo gruesa y cabezona que era. Ella se quedó mirándola un segundo.

—¿Me dejáis pajearme? —pregunté.

—Sí —dijo él, poco convencido—. Pero ni se te ocurra intentar nada más.

***

Empecé a tocarme mientras ella aceleraba. Saqué otro billete de sesenta y lo dejé en la toalla.

—¿Y eso? —preguntó Lucía.

—Es para que te folles a tu novio. Quiero verte montarlo. Que no se corra todavía.

—No sé si esto está bien… —dudó ella—. Primero una paja, ahora esto…

Para mi sorpresa, fue Iván quien cogió el billete y se lo guardó.

—Vamos, nena. Este tío habrá visto a mil tías. No te pasa nada por enseñarle cómo me lo montas.

Lucía se puso de pie sobre él, se apartó la tela del bikini y dejó entrever un sexo depilado y pequeño. Mi corazón se disparó. Se fue agachando, él se guio la polla y ella la recibió con un par de soplidos. En segundos lo cabalgaba con ganas: la coleta saltando, las tetas apretadas dentro del bikini. Me machacaba la polla de pie, fuera de su ángulo de visión, mientras ella me miraba y se acariciaba el clítoris.

Saqué otro billete. Ya íbamos por doscientos cuarenta.

—Para aceptar este hay condiciones —dije pisándolo cuando ella fue a cogerlo—. Una: te desnudas del todo. Dos: Iván se corre cuando yo diga. Tres: mientras él te folla, tú me la chupas y me lames los huevos.

—¡¿Qué?! —gritaron a la vez.

—¡Vete a la mierda y llévate tu dinero! —Iván me tiró todos los billetes que ya tenían.

Recogí el fajo con calma, lo apilé y lo dejé otra vez en la toalla.

—Doscientos cuarenta euros. No sé de qué vivís ni me importa, pero con esto salís de más de un apuro. Pensadlo. Me voy a la orilla diez minutos.

—¡Fuera! —chilló Lucía.

***

Pasaron más de quince minutos. Yo ya daba el dinero por perdido cuando Iván apareció a mi lado en la orilla, vestido, sin los billetes.

—Es verdad que tenemos problemas con la pasta —confesó, ya sin el tono violento—. Los padres de Lucía se desentendieron de ella. Vivimos en casa de los míos, los dos estudiamos y mis padres están en el paro. Si hacemos esto es porque nos hace falta. Ella está llorando ahí detrás, pero sabe que nos quedamos con el dinero.

—Me parece bien. Así todos ganamos —dije.

—Eres un cerdo.

—Puede. Pero he visto lo dura que se te ponía mientras ella me miraba. Además del dinero, también lo hacéis por el morbo. Sois jóvenes, esto lo olvidaréis o quién sabe, igual se os abre el horizonte.

—Sigamos. No quiero alargarlo —dijo, y volvió a las sombrillas.

Lucía se estaba secando las lágrimas, todavía con el bikini puesto.

—Si necesitáis un rato más… —ofrecí.

—Empecemos —cortó ella.

Se desabrochó la parte de arriba y sus tetas quedaron libres, con el triángulo blanco que el sol no tocaba y los pezones rosados y puntiagudos. Luego se quitó la de abajo. Me saqué la polla, dura como una piedra. Lucía le devolvió la erección a Iván con la boca y volvió a montarlo, esta vez sin barreras. Dejé que cogieran ritmo, recreándome en esas tetas botando, en sus labios abiertos recibiendo embestida tras embestida. Estaban disfrutando; por un momento pareció que se olvidaron de mí.

***

Me quité el bañador del todo y di un par de pasos. Mi polla quedó a un palmo de su cara. Eché una ojeada por encima de las sombrillas: la playa seguía vacía.

—Vamos —dije—. Empieza.

Lucía abrió los ojos, vio mi capullo de cerca y levantó la vista. Sus pestañas seguían mojadas por las lágrimas de antes, y esa imagen acabó por ponérmela como el cemento. Abrió la boca y sacó la lengua. Le posé la punta encima. Tenía la boca caliente. Le sujeté la coleta con suavidad y fui metiéndosela mientras ella gemía. Iván, debajo, no nos quitaba ojo, follándosela más rápido por culpa de unos celos silenciosos.

—Qué boca más apretada tienes —solté.

—No le llames así —protestó Iván.

—Tranquilo, son solo mis formas.

Le dirigí la boca hacia los huevos y ella los lamió con una destreza que no me esperaba. Aproveché para inclinarme y sopesarle los pechos con las manos; le cabían justos, rebosando un poco. Sorprendentemente, ninguno protestó. Noté su boca vibrar sobre mi polla: estaba empezando a disfrutarlo de verdad.

Saqué otro billete y subimos a trescientos.

—Ahora quiero comerte el coño hasta que te corras. Y a partir de aquí, como un juego, hablamos más sucio.

Lucía se estremeció solo de oírlo.

—Será un juego, nada más —insistí—. Vosotros también participáis. Incluso insultándome, si queréis.

—Está bien —cedió Iván guardando el billete—. Pero solo de palabra.

La tumbé y le abrí las piernas. Le acaricié el clítoris y los labios; estaba empapada.

—Voy a comértelo hasta que no puedas más —le dije.

—Sí… cómemelo, cabrón, méteme la lengua —respondió ella, ya entrando en el juego.

—¿Qué dices, Lucía? —se sorprendió Iván.

—Sigo el juego de este tío.

—Pues mira y aprende, chaval —le dije a él—. O acabará dejándote por uno que sepa hacerle esto.

Y empecé una de las mejores comidas de coño de mi vida. Lucía se corrió al menos tres veces, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar más fuerte que el acantilado. Cuando terminé, los dos estábamos empapados de sudor.

***

—Ya está, ¿no? —jadeó Iván meneándose la polla—. Dime que me corra y acabamos. Nos llevamos lo nuestro y no nos hemos visto nunca.

Yo seguía con una idea fija en la cabeza. Recordé que llevaba encima la paga entera del mes. Saqué cuatro billetes más y los apilé sobre la toalla.

—Quinientos en total. Quiero ser yo el que termine. Quiero follármela.

—¡Ni hablar! —Iván se plantó a un palmo de mí—. Coge ese dinero y lárgate.

—Cógelo, tío —dijo Lucía poniéndose el bikini de nuevo.

Aparté mis cosas un poco, dejando los billetes a la vista.

—Ahí siguen. Es todo lo que tengo —mentí—. Cinco minutos. Os dejo otros diez para pensarlo.

—¡Fuera! —Lucía se acercó y me lanzó el fajo a la cara. Algunas personas que acababan de llegar al inicio de la playa giraron la cabeza, pero no se movieron.

Volví a la orilla, ya convencido de que me iría a casa con los huevos a reventar. Pasaron veinte minutos. Estaba recogiendo cuando oí su voz a mi espalda. No la había sentido llegar.

—Oye… —dijo Lucía, cabizbaja—. Lo hemos hablado. Solo cinco minutos. Y solo por el dinero.

No me lo podía creer. No moví ni un músculo, no fueran a arrepentirse.

—Mi novio está detrás de la sombrilla con ganas de partirte la cara. No sabe si aguantará mirando.

—No tiene por qué quedarse —dije con calma—. Lo entiendo.

***

Recogimos las sombrillas y volvimos a montar el escondite de antes. Iván se me acercó con la mandíbula apretada.

—Escúchame bien, cabrón. Voy a estar vigilando de cerca. Si ella grita mi nombre o me pide que venga, voy a por ti.

—Claro. Eso no va a pasar —dije.

Lucía se quitó el bikini otra vez y se tumbó. Yo me arrodillé entre sus piernas, todavía húmedas de antes, y la fui penetrando despacio. Soltó un gemido largo, de los que no se fingen. Iván miraba a un lado, fuera de sí, masturbándose sin querer mirar del todo. Me la follé sin prisa primero y con ganas después, sintiendo cómo el cuerpo de Lucía dejaba de resistirse y empezaba a responderme, a buscarme, a apretar.

Cuando noté que estaba a punto, me retiré y terminé sobre su vientre, sin tocarle la cara ni la boca, respetando aunque fuera eso. Lucía se quedó tumbada, recuperando el aliento, mirando al cielo como si no terminara de creerse lo que acababa de pasar. Yo tampoco.

—Ojalá nos veamos otra vez —le dije mientras me vestía—. ¿Me das tu número?

—No, no… —respondió limpiándose.

Nos vestimos en silencio. Ella se fue a la orilla a buscar a Iván y yo recogí rápido, antes de que a él le diera por volver con un último ataque de celos. He vuelto alguna vez más a aquella cala, pero nunca volví a verlos, ni creo que los vuelva a ver. Y todavía hoy, cuando lo recuerdo, me pregunto si de verdad pasó.

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Comentarios (5)

VeroMDP

Que relato tan rico!!! me quede enganchada desde el primer parrafo, que atrevido jaja

SolMarina

Me encanto como lo narraste, muy natural y emocionante. Espero que haya segunda parte

Juanpablo_lect

buenisimo!!! ojalá que me pasara algo asi en la playa

Gaby_lectora

Me hizo acordar a unas vacaciones en el sur, aunque yo nunca me anime tanto jaja. Muy buen relato, segui escribiendo

Richi_54

La propuesta fue lo mas atrevido y al mismo tiempo lo mas emocionante del relato. Me gusto mucho

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