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Relatos Ardientes

El capataz de la granja me hizo olvidar que era casada

Esto que voy a contar me pasó hace un par de años, cuando volví de un trabajo en una hacienda lejos de la ciudad. Todavía me sonrojo al recordarlo, y al mismo tiempo me muerdo el labio.

Me llamo Marcela. Por aquel entonces tenía treinta y ocho años y, sin falsa modestia, un cuerpo que sabía usar. Cabello negro hasta media espalda, piel trigueña, casi un metro setenta y una cola redonda que me había costado fama de presumida en el gimnasio. Estoy casada hace mucho con un hombre trabajador pero distraído, de esos que no notan cuando una se arregla de más. Tengo un hijo adolescente y una vida que, vista de afuera, parece intachable.

De afuera. Porque más de una vez le había sido infiel a mi marido. Un pretendiente acá, un amigo allá, siempre lejos de la mirada de mi familia, siempre con la excusa perfecta y la conciencia tranquila. No me sentía culpable. Me sentía viva.

Soy veterinaria, especializada en ganado. Por eso suelo viajar a ranchos y haciendas donde necesitan a alguien que sepa de animales grandes. Y fue justo en uno de esos viajes donde me pasó lo que estoy por contar.

Un día de otoño recibí la llamada de un viejo cliente, don Genaro, dueño de una hacienda a cuatro horas de la ciudad. Me dijo que uno de sus sementales estaba enfermo y que algunos caballos parecían haber agarrado una infección. Acordamos el contrato, mis honorarios y los gastos, y le confirmé que iría. Dejé a mi hijo al cuidado de mi hermana, preparé el instrumental y tomé el primer ómnibus de la mañana.

***

Después de tres horas de viaje y un trasbordo, llegué a la hacienda. Don Genaro, un señor de unos setenta años, me recibió con una sonrisa amable y llamó enseguida a su capataz.

—Damián te va a llevar las cosas y te va a mostrar dónde dormís —dijo.

Damián tendría cuarenta y pocos. Alto, moreno, de espaldas anchas y manos enormes. Un cuerpo trabajado por años de sol y esfuerzo, no por máquinas. Tenía la mirada seria, casi tímida, pero cuando creyó que yo no lo veía, me recorrió de arriba abajo con un descaro que me hizo sonreír por dentro. Me cargó el bolso sin decir mucho y me guió hasta una habitación sencilla que me habían preparado.

El resto del día lo pasé descansando. Bajé solo a cenar algo liviano y volví a acostarme temprano, porque al otro día había trabajo de sobra. A la mañana siguiente, cerca de las ocho, don Genaro vino a darme los buenos días con Damián detrás, sombrero en mano, anunciando que todo estaba listo para revisar a los animales enfermos.

Me ofrecieron un caballo. Damián me ayudó a montar con una delicadeza que no esperaba de esas manos tan grandes, después subió al suyo y me pidió que lo siguiera. Cabalgamos un buen rato entre potreros y corrales. El aire olía a tierra húmeda y a pasto, y yo sentía el cuerpo del capataz adelantándose, firme sobre la montura.

***

Llegamos a los establos. Bajé del caballo y fui directo al primer toro. El animal estaba inquieto, así que le clavé un dardo tranquilizante en el lomo y esperé a que hiciera efecto. Mientras lo revisaba, Damián no se despegaba de mí.

Para amenizar la mañana nos pusimos a charlar. De la hacienda, del clima, de nuestras vidas. Me contó que estaba separado, que su hija estudiaba en la ciudad y que él trabajaba como una mula para mantenerla. Yo le hablé un poco de mi casa, sin entrar en detalles. Y entre frase y frase, noté algo raro en el toro: tenía los testículos hinchados, casi del doble de su tamaño.

—Mirá esto —le dije, sorprendida.

Damián se acercó y arrugó la cara.

—¿Y eso de qué viene, doctora?

—Puede ser una infección, un golpe… —Hice una pausa, sopesando—. O que no esté montando ninguna vaca y tenga el semen acumulado.

El capataz soltó una risa corta.

—Ni que fuera cristiano.

—Los machos también sufren cuando no descargan lo suficiente —le contesté, divertida—. No es tan distinto.

Él me miró con una chispa nueva en los ojos. Y a mí se me ocurrió una idea para salir de dudas. Empecé a masajear los testículos del toro, despacio, palpando. Y no lo voy a negar: en cuanto sentí esa carne tibia y pesada bajo mis dedos, algo se me encendió por dentro. Traté de disimular, pero la forma lenta y casi mimosa con la que acariciaba al animal sedado no le pasó inadvertida a Damián, que no se perdía un solo movimiento de mis manos.

Cuando terminé, me limpié y me incorporé.

—Están llenos —dije—. Cuando despierte, póngalo con una vaca y veamos qué pasa.

—¿Y si no se le baja?

—Entonces será otra cosa. Una infección, quizá. Pero démosle la chance primero.

Revisé después a los caballos y las yeguas. Nada grave: unas infecciones leves y garrapatas por falta de limpieza en los corrales. Para cuando terminé eran casi las dos de la tarde. Le dije a Damián que volviéramos, que era hora de almorzar y de pasarle el informe a don Genaro.

En la casa le conté al patrón lo necesario, omitiendo, por supuesto, la parte del masaje. Di mis recomendaciones y me retiré a descansar.

***

Pasaron dos días yendo y viniendo a ver a los animales. Confirmé que la hinchazón del toro no era golpe ni infección: simplemente tenía problemas para montar. Al cuarto día me levanté temprano, antes que nadie, con ganas de caminar y conocer un poco más el lugar.

Y entonces los vi.

Damián caminaba con una de las muchachas de servicio, los dos demasiado juntos para ser solo compañeros. Sonreí y, por pura curiosidad, los seguí a cierta distancia. Llegaron a una construcción a medio derrumbar, apartada de las miradas. La criada se dejó besar, él le devoró la boca con un hambre que se notaba desde lejos, las lenguas jugando entre suspiros. Después ella se agachó, le abrió el cierre del overol y le sacó el pene.

Me quedé clavada en mi escondite. Lo tenía duro, parado, grueso. No alcanzaba a ver todo desde donde estaba, pero sí lo suficiente para que se me secara la boca. La muchacha empezó a chupárselo entera, con devoción, y él la sostenía de la cabeza marcándole el ritmo, como queriendo atravesarla. Yo miraba sin respirar, con el corazón golpeándome y un calor entre las piernas que ya no podía ignorar.

De pronto él soltó un gruñido, le sacó el pene de la boca y se vino afuera, sobre la mano de ella. Me di vuelta y salí casi corriendo, antes de que me descubrieran, con las piernas temblando y la cabeza llena de imágenes que no me iba a poder sacar.

***

Volví a la casa fingiendo calma. Don Genaro me preguntó si había salido a caminar y le dije que sí, que estaba lista para ir a ver cómo seguía el toro. Esperamos un rato. Damián llegó algo agitado, todavía con el rubor del momento, y yo no pude evitar sonreírle de una manera que no dejaba dudas. El patrón le reprochó la tardanza; él se disculpó y partimos hacia el establo.

El toro seguía medio dormido. Me acerqué con ayuda de Damián y comprobé que los testículos seguían igual de hinchados.

—¿Le dio la vaca? —pregunté.

—Me olvidé de dar la orden, doctora.

—No importa. Busquemos una.

Había cuatro en el corral de al lado. Damián eligió una que no estuviera preñada y la acercó al toro, mientras nosotros nos hacíamos a un costado a esperar. No pasaron ni dos minutos: el animal se acercó a la hembra, la olfateó, le dio un par de vueltas y se montó. La escena era cruda, primitiva, y los dos la mirábamos en silencio.

Entonces sentí las manos de Damián en mi cintura, por detrás.

—¿Le gustó lo que vio esta mañana, doctora? —me dijo al oído, sin vueltas—. La mamada que me estaba dando la muchacha.

No le contesté. Me di vuelta y lo besé. Nos abrazamos como poseídos, las manos recorriéndonos por encima de la ropa, mientras los mugidos de la vaca llenaban el establo. Él me besó el cuello, los hombros, me bajó el cuello de la camisa. Me desabrochó el pantalón con urgencia y deslizó la mano por debajo de la ropa interior, encontrándome ya empapada. Yo le saqué la camiseta de un tirón, la tiré al suelo y me lancé a morderle el pecho, a saborear esa piel salada de sudor y de hombre de campo.

Le abrí el overol y, esta vez sí, le saqué el pene yo misma. No solo era grande, también estaba surcado de venas, latiendo en mi mano. No dejé de acariciárselo mientras me lo metía en la boca, tratando de tomar todo lo que pudiera.

—Así que a la doctorcita le gusta —se burlaba él, con la mano apoyada en mi nuca—. Ya me lo imaginaba, desde que vi cómo le agarraste las bolas al toro.

Yo no respondía. Seguía con lo mío, hasta que me hizo parar.

***

Me puso de pie y se prendió de mis pechos, de mis pezones que ya estaban duros y sensibles. Su lengua, sus dientes mordiéndome apenas, me hacían arquear la espalda. Nos terminamos de desnudar entre los dos. Le vi las bolas, casi tan grandes como las del toro, todavía pesadas a pesar de la mañana con la criada.

Tendió en el suelo una manta de las que usaban para los animales y me recostó sobre ella. Me abrió las piernas y bajó la boca a mi sexo con una habilidad que no esperaba. Le agarré la cabeza, lo apreté contra mí, quería más. No paró de lamerme y mordisquearme hasta que me hizo terminar dos veces, una atrás de la otra, temblando sobre su cara.

Después se acomodó sobre mí, apoyó la punta en mi entrada y jugó un rato, entrando un poco, saliendo, provocándome.

—Metémela de una vez —le supliqué, sin reconocer mi propia voz.

Me la metió de golpe y se me escapó un grito. Empezó a embestirme fuerte, y el sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con los mugidos del toro y la vaca al lado. Damián no dejaba de besarme y de decirme cosas sucias. Me llamaba puta y yo le decía que sí, que era suya.

Me puso de costado, me sostuvo una pierna en alto y siguió penetrándome en esa posición nueva que me hacía sentir cada centímetro. Acercó mi boca a la suya para callarme con besos. Cuando nos cansamos, me senté encima de él, acomodé su sexo y bajé de un solo movimiento, hasta el fondo. Empecé a cabalgarlo, perdida la cuenta de las veces que ya me había venido. Me agarraba el culo, me daba palmadas, y yo le respondía que era mi macho, que yo era su puta. Saltaba y gritaba con cada embestida.

***

Cuando lo creí agotado, me dio vuelta y me puso en cuatro. Sacó el pene, todo mojado, y empezó a lubricarme el otro orificio con paciencia, con la saliva, con los dedos. Nunca había dejado que me hicieran eso. Pero ahí, en esa hacienda, lejos de todo, perdí cualquier resto de cordura.

Me la fue metiendo despacio, con una presión que me hizo cerrar los ojos y morder el borde de mi propia ropa para aguantar. Hubo un ardor intenso, después un placer raro y profundo. Me sostenía de las caderas mientras empezaba a moverse, primero suave, después más firme. Yo gemía y se me escapaban lágrimas, no de dolor sino de una intensidad que no había sentido nunca.

Estuvo así un buen rato, alternando el ritmo, hasta que lo sentí tensarse. Me puso de pie sin salir de mí, siguió embistiendo mientras nuestros jadeos se confundían, y con un gruñido ronco se vació por dentro. Nos quedamos pegados unos segundos, mi cuerpo todavía latiendo alrededor del suyo.

Después nos echamos sobre la manta, abrazados y desnudos, recuperando el aire. Él me acariciaba y me besaba con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Tanto fue lo nuestro que nos olvidamos del toro y la vaca, que habían terminado hacía rato y nos miraban, quietos, como espectadores de lo que acabábamos de hacer.

***

Cuando me levanté y me acerqué al toro, noté que la hinchazón había bajado un poco. Damián me miraba con una sonrisa torcida, repitiendo que yo era una buena puta. Yo solo le sonreí. Nos vestimos, traté de arreglarme para que nadie sospechara, y volvimos cabalgando a la casa. Sentía el cuerpo entero distinto, marcado.

Por suerte don Genaro estaba reunido con otros hacendados, así que me metí directo a la ducha. Cuando el agua me caía encima, todavía sentía los rastros de Damián en la piel.

Más tarde le dije al patrón que el animal necesitaba dos o tres días más de observación. Aceptó sin problema. Llamé a mi casa avisando que demoraría. Claro que todo era un plan entre Damián y yo, una excusa para seguir encontrándonos en las caballerizas y los establos, escondidos como dos adolescentes.

Me volví adicta a él esos días. Mientras los animales se apareaban, nosotros también nos dábamos lo nuestro, una y otra vez, con una urgencia que no se gastaba. Cuando finalmente volví a la ciudad, a mi marido distraído y a mi vida intachable, me llevé conmigo el recuerdo de esa hacienda como un secreto más, el mejor de todos.

Y esa fue la experiencia que viví en la granja. Hasta hoy, cuando paso cerca de un campo, se me acelera el pulso.

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Comentarios (4)

CamperoSur77

Tremendo relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!

LorenaBA

Necesito una segunda parte, no puede quedar asi... me dejo con ganas de mas.

viajero_mx

Muy bueno, se siente autentico. Sigue asi!

Rosita_Mza

Que situacion mas intensa, me tuvo pegada hasta el final sin poder parar. Esas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja

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